Almarë...
He vuelto, luego de tanto tiempo, con un nuevo capítulo. Espero que les guste; me demoré en ponerlo, pero no es tan largo como piensan qué es. De hecho, no es de mucha acción, pero bueno... espero que lean :)
Les diré que ahora responderé los reviews por mensaje privado; me di cuenta de que estaba prohibido responderlos aquí mismo, y tuve que borrar mis respuestas de los capis pasados para no correr riesgos. En fin, lean y sean felices! Porque yo también lo seré...
Laitalë!
Capítulo XXXIV: El Camino Elegido.
Llevaban un par de días navegando en el cauce del Gran Río, y Frodo ya se había hartado del agua. Su único alivio era que al atardecer atracaban en alguna orilla para pasar la noche más cómodamente, pero Aragorn luego de una vez, no quiso repetirlo para no causar más demoras. Así que la noche pasada no durmió nadie: Merilnen, Aragorn y Legolas por estar cada uno encargado de un bote; Merry y Lila por ayudar con los remos en variadas ocasiones de la madrugada; y Pippin, Frodo y Gimli por simplemente tenerle desconfianza al agua y a la embarcación. A Pippin no le hacía mucha gracia ver el agua de un río, y además ver los árboles de la orilla; el panorama era demasiado parecido al incidente casi trágico del Tornasauce. Frodo no tenía más que mirarle el rostro pálido a su primo Pip para imaginarse otra vez ese horrible día. También recordaba, aunque muy poco, la muerte de sus padres en el río Brandivino, en cuya escena asomaba un bote, aunque de las embarcaciones élficas no había por qué desconfiar. En el caso de Gimli, la zozobra constante del bote le molestaba profundamente, y lo único que deseaba con fervor en esos días era encontrarse en su cómodo hogar bajo la montaña, donde el suelo era firme y apenas había agua para las labores básicas.
Sin embargo, no todo era tan malo. Tal como había predicho Lord Celeborn, avanzaron rápidamente por el Celebrant hasta llegar al Anduin, y habían cubierto mucho trayecto que de otro modo tendrían que haber caminado. El Río Grande era poderoso, y cruzaba grandes tierras, aunque ahora lo único que se apreciaba eran gigantescas paredes rocosas en ambas orillas. No era un panorama muy alentador, pero no había más que seguir navegando.
Era la mañana de la tercera jornada desde que dejaron el País de Lórien, y los hobbits se encontraban algo somnolientos. Lila y Merry lucían un poco más cansados por los remos, aún cuando Aragorn los había dejado descansar las últimas horas. De hecho, Lila no tenía como obligación remar, pero ella se sentía inútil sin cooperar.
Merilnen llevaba en su bote a Frodo y a Pippin, ella no tenía ayudantes, al igual que Legolas; Gimli no tenía idea de cómo tomar un remo. De todos modos, ambos Elfos eran incansables y no necesitaban dormir.
Un rato después, Frodo se sintió mas despierto, y miró a su alrededor.
Una suave bruma los rodeaba, y su capa estaba suavemente mojada por el rocío matinal. Tenía que ser muy temprano...
Pippin tragaba con velocidad un trozo de lembas, y Merilnen, notando que Frodo se hallaba dispuesto a desayunar, le ofreció una porción del pan élfico.
Mientras el joven hobbit comía, observaba hacia las otras embarcaciones. Merry y Lila habían agarrado unas cuantas manzanas y las devoraban con placer. Aragorn oteaba hacia el sur, algo ceñudo, al igual que Legolas. Gimli dormitaba.
A medida que la mañana avanzaba, la neblina iba disipándose, pero el día se pronosticaba nublado y algo frío. ¿Cuánto les quedaría para llegar a tierra? Frodo suponía que no mucho.
Comenzaba a aburrirse del entorno, cuando algo a lo lejos le llamó la atención. Eran dos figuras lejanas y borrosas, cada una en un borde del Anduin. El resto de la compañía no tardó en fijarse en ellas; Aragorn soltó una exclamación de sorpresa.
Al irse acercando, percibieron que aquellas figuras eran realmente altísimas; dos estatuas gigantescas de roca gris, lisas y con notoriedad, antiguas. Eran dos hombres, graves, solemnes; con sendas espadas en sus manos derechas, coronas ceñidas a su cabeza y vestiduras que denotaban su status real. Sus manos izquierdas se dirigían hacia el frente, dando una señal de detención.
-¡Son los Argonath! – exclamó con una clara excitación, Aragorn-. ¡Los Pilares de los Reyes! Es tan grato para mí estar en presencia de ellos…
Merry silbó, con asombro. El rostro de Aragorn de pronto se había vuelto tan imponente como el de aquellos Reyes del pasado.
-¿Qué reyes son éstos? – preguntó Lila, algo tímida por su notoria ignorancia.
-Son Isildur y Anárion, hijos de Elendil; mis antepasados…- le respondió Aragorn, con una sonrisa -. Isildur era el Rey de Arnor, mientras Anárion gobernaba en Gondor. Ahora, sólo están aquí, marcando el antiguo límite septentrional de Gondor, y advirtiéndonos acerca del precipicio que hay más allá. Seguiremos su consejo, nos detendremos en Parth Galen.
Luego de eso, se hizo el silencio una vez más entre la Compañía. Se hallaban ensimismados mirando los Argonath, sintiéndose de pronto demasiado pequeños frente a los poderosos descendientes de Númenor. El pasado volvía a hacerse presente en aquellos pilares. ¿Cuántas cosas maravillosas y terribles habían quedado atrás?. ¿Cuántos seres recordarían los días gloriosos de antaño? Ahora la Tierra Media parecía decaer; se oscurecía irremediablemente, y el poder de los Pueblos Libres menguaba. Ya nada era como antes.
Los Argonath se alejaban con rapidez, y el sol comenzaba a salir de su prisión de nubes. Brillaba suavemente sobre sus cabezas, aunque les infundía el calor necesario para animarse y proseguir. La barca de Aragorn iba más adelante que las otras, seguramente quería indicarles la parada. Frodo veía a Lila mirar constantemente el cielo y los árboles vecinos. Pronto Legolas y Merilnen hicieron lo mismo, observando con ojos penetrantes el follaje espeso de los árboles y arbustos. Algo no iba bien.
-¿Ocurre algo?- preguntó Aragorn, volteando el rostro hacia Merilnen.
- Hay sombras en el bosque – dijo Merilnen, vigilante.
- Algo nos sigue, hace varias noches – dijo a su vez, Legolas –. Aunque no es lo mismo que Merilnen ve. Creo que estamos rodeados de peligros en este lugar, más de lo que imaginaba.
- Eso creo yo también… - murmuró Aragorn, frunciendo el ceño –. En cuanto a ese "algo" que nos sigue, ya lo he visto otras veces y tengo una leve idea de quién puede ser.
- Nada que el filo de un hacha no resuelva – opinó Gimli, sarcástico.
Los hobbits se movieron inquietos, menos Frodo. Él sabía que Gollum iba tras sus huellas, desde que Gandalf lo puso al tanto en las Minas de Moria. ¿Tan vil y ambiciosa era aquella criatura como para perseguirlo tanto tiempo?. ¿Tanto deseaba de vuelta su Tesoro?
- Lila..¿has visto algo? – le preguntó Merry a su hermana, quién aún miraba hacia la espesura.
Ella lo miró, y negó con fuerza. No había visto nada fuera de lo normal, sólo deseaba saber dónde se hallaba Tindómerel, el ruiseñor de Lórien. Hace días había emprendido el vuelo, y aún no regresaba. Desvió su mirada hacia el agua, distraída.
Cuando por fin llegaron a Parth Galen, ya era media tarde.
Era un gran prado cubierto de hierba, en la orilla oeste del Anduin, un poco antes de llegar a las Cascadas del Rauros. Bosquecillos ya antiguos se alzaban en la pradera, y la Colina de la Vista, Amon Hen, se erguía por sobre ellos; en ruinas, pero manteniendo el poder pasado. Los hobbits no pudieron evitar recordar Amon Sûl, y un escalofrío les recorrió el cuerpo.
Luego de bajar de las embarcaciones y vararlas en la orilla, instalaron el campamento, cerca del río para no perderlas de vista. Al otro día, muy temprano, seguirían su rumbo hacia Mordor.
Mientras los hobbits estiraban sus mantas sobre el césped, los elfos miraban con desconfianza el entorno. Gimli se sentó rápidamente y prendió su pipa. Al dar una calada, se sintió más tranquilo.
- Aragorn… ¿Es posible que partamos hoy mismo de Parth Galen? – sugirió Merilnen mirando a Legolas, quién le asintió con firmeza.
- Creo que es mejor descansar esta noche, y partir al alba. Nos ayudará. – dijo el dúnadan, dubitativo.
- Este lugar no es seguro, Aragorn – le indicó Legolas. – Las apariencias engañan; tengo un mal presentimiento.
- Lo sé, pero es necesario descansar – arguyó Aragorn, inflexible.
- ¡Dejen que por lo menos este enano fume de su pipa tranquilamente! – exclamó Gimli, y Merry y Pippin rieron con el comentario. Ambos sacaron sus pequeñas pipas, y se sentaron a compartir con el enano. Legolas murmuró que iría a recorrer el lugar para verificar que todo se hallara bien, y se alejó, seguido por Aragorn. Merilnen revisaba el estado de sus flechas, mientras Lila y Frodo simplemente miraban el lugar, en silencio.
- Hay algo que no entiendo – dijo Merry, luego de hacer un anillo de humo-. Sé que debemos llegar a Mordor, pero..¿Qué ruta hay que tomar ahora?
- Creo que nos queda pasar a través de las Emyn Muil – señaló Gimli-. Unas montañas rocosas donde los viajeros se pierden con facilidad, puesto que el camino no está señalado.
- ¿Ese es el camino que Gandalf quería seguir? – preguntó Pippin.
- No lo sé, nunca le preguntamos cuáles eran sus intenciones luego de Lothlórien – respondió el enano, encogiéndose de hombros -. Ahora el guía es Aragorn, y creo que hay que seguirlo por donde sea conveniente; él ha viajado más que todos nosotros.
- Sí, pero… ¿Aragorn no querrá que nos dirijamos primero a Gondor? – preguntó Merilnen, uniéndose a la conversación -. Por Emyn Muil el camino parece más directo hacia Mordor, pero seguramente Aragorn desea hacer acto de presencia en Minas Tirith antes de partir rumbo a la tierra oscura.
Eso Frodo no lo había pensado. ¿Qué pasaría si se desviaban? No era una idea que le agradara demasiado.
- Habría que preguntarle – contestó Gimli, serio -. Pero en mi opinión, el que debe decidir acerca del camino es maese Frodo.
El enano, la elfa y los tres hobbits lo miraron, inquisitivos. Frodo bajó la mirada, aturdido.
¿Él debía decidir? Tenía ideas vagas en su mente, y un fuerte deseo de marchar a Mordor lo antes posible, para acabar con el asunto de una vez por todas. No encontraba necesario ir a Gondor primero; debían viajar directamente al sitio que habían acordado.
Pero entonces, percibió los rostros llenos de duda de sus compañeros; eran valientes, sí, pero ya comenzaban a sentirse amedrentados por los fuegos de Mordor, si es que ya no se sentían así hace tiempo. Veía las miradas llenas de temor de Pippin y Merry, el rostro de repente sombrío de Gimli, la expresión algo angustiada de Merilnen. ¿Qué quería decir todo aquello?..¿Acaso él debía marcharse… solo?
- Frodo..¿qué piensas tú de esto? – preguntó Merilnen. Lila lo miró sin inmutarse.
- Esperaré a que Aragorn y Legolas regresen – fue lo único que el joven hobbit dijo.
Comenzaba a sentirse un poco descompuesto. Prefirió vaciar su mente un momento, hasta que la Compañía estuviera completamente reunida. No tardó en estarlo; el elfo y el dúnadan volvieron rápidamente, comentando que no habían visto nada fuera de lo normal, aunque Legolas seguía pensando en que algo iba mal.
- Aragorn – lo llamó Gimli -. Estábamos hace un momento hablando de lo que nos queda de ruta hacia Mordor. ¿Qué has decidido tú al respecto?. ¿Vamos por Emyn Muil, o por otro camino?
Aragorn se sentó junto a Gimli, con el rostro pensativo.
- Eso es algo que deseaba discutir con ustedes hoy – dijo el hombre, luego de un momento –. Sé que lo justo y necesario sería marchar hacia las Emyn Muil, pero mis pensamientos a menudo se van hacia Minas Tirith, y lo que estará ocurriendo allí. Quiero que decidamos cual ruta puede ser más conveniente para nosotros. Si ustedes desean ir por el camino ya predispuesto, los acompañaré. Juré por mi honor no dejar a Frodo solo en esta misión; no será este un juramento que rompa.
Todos se quedaron en silencio, reflexionando acerca de qué decisión tomar, hasta que Gimli habló.
- Creo que podría ser bueno ir en dirección a Gondor. Allá están los aliados y la gente a la que hay que alertar. Además, lo más probable es que pasemos días sin poder salir de las montañas.
Legolas asintió.
- Concuerdo con el enano. Ir a Gondor es más seguro, y desde allí también podríamos tomar un camino directo a Mordor. No hay que arriesgarse más de lo necesario.
Merilnen se mordió un labio, indecisa. Los hobbits se hallaban confundidos. El resto esperaba su opinión.
- Gimli, como bien dijiste hace un momento, es Frodo quién debe decidir – dijo la elfa –. Él es el Portador del Anillo, en él recaen las decisiones más importantes.
Merry y Pippin miraron a su primo, aliviados por no tener la obligación de decir algo; querían ir a Minas Tirith, pero si Frodo deseaba tomar otro rumbo, allá irían ellos también. No pensaban abandonarlo. Lila permanecía mirando el suelo, casi inexpresiva. Sabía lo difícil que era para Frodo elegir. El aludido, sin embargo, ya sabía que hacer. Solamente debía pensarlo un poco mejor.
- Necesito pensar… ¿puedo retirarme unos minutos? – preguntó el hobbit.
- Claro que sí, pero no te alejes demasiado – le respondió Aragorn, amablemente.
Lila lo miró alejarse lentamente, y percibió en su rostro la duda y la determinación, a la vez. De inmediato, comenzó a pensar en algo que ella pudiese hacer, pero no se le ocurría nada. Sólo debía esperar, como todos, a que Frodo volviera.
Frodo, entretanto, trataba de caminar lo más lejos posible del campamento. Sabía que se preocuparían, pero él necesitaba su espacio.
Andaba por un viejo sendero, cubierto de césped y hojas secas, mientras árboles de mediano tamaño lo rodeaban, ajados por los años. Era un lugar tranquilo; quizás demasiado. Algunos pájaros trinaban, el viento soplaba levemente, y los pensamientos en la mente de Frodo bullían de una manera impresionante.
Una idea lo atosigaba, aquella que lo obligó a marcharse en busca de un poco de paz.
Él era el Portador del Anillo, él debía cumplir la misión. El resto de la Comunidad lo acompañaba y protegía, pero¿qué más podían hacer?. ¿Podían ellos lanzar el Anillo a los fuegos del Orodruin?... ¿Podrían ellos dejar la tentación a un lado, y destruirlo?
En realidad..¿podía él?... No lo sabía, hasta que lo intentara, porque de todas formas, debía intentarlo. Los otros no… debían hacer otras cosas.
Recordó lo que Lord Elrond había dicho: que Frodo era el único que no podía renunciar en la misión. Los otros que lo acompañaban podían irse, si así lo deseaban, o si el pánico era demasiado para ellos. Sí, algunos tenían miedo, otros simplemente querían cambiar la ruta. Sabía que la Comunidad estaría en las buenas y en las malas con él, no lo dejarían por ningún motivo, pero esto iba más allá. El hobbit no quería arrastrarlos a un viaje del cual quizás no volviesen, no deseaba obligarlos, aunque pareciese todo lo contrario. Ellos podían ir a Minas Tirith, a hacer lo que tuviesen en mente, eran libres. Frodo debía llegar a Mordor… solo.
No se había dado ni cuenta, cuando ya había llegado a la ladera de Amon Hen. Le dieron unas súbitas ganas de subir la colina, pero prefirió quedarse allí, a los pies, para no demorarse tanto cuando quisiese volver al campamento. Veía el paisaje y la nostalgia se apoderó de él; las últimas praderas iban quedando atrás, los últimos rincones de paz y belleza serían olvidados pronto, cuando los territorios agrestes y grisáceos del este lo rodearan por completo.
Sentía pena y miedo, pero no había nada que pudiese hacer para borrar esos sentimientos. Sólo afrontar el destino.
Decidió volver a donde sus amigos lo esperaban, sin muchas ganas. Caminó sin prisas, y con la firme decisión de partir solo. De pronto, se detuvo. ¿Pero qué estaba haciendo?
Ellos no lo dejarían partir solo…
Miró hacia el oeste, el sol se ocultaba.
Debía cambiar el rumbo. Partir… sin que lo vieran.
Pero..¿cómo lo haría si la orilla del Anduin no quedaba tan lejos del lugar donde sus compañeros se hallaban? Terminarían descubriéndolo…
Otra idea iluminó su mente, con rapidez.
¡Claro, el Anillo!. ¡Se pondría el Anillo y nadie lo vería! Solamente debía ser cuidadoso a la hora de soltar una embarcación, podían darse cuenta…
Animado y con las ideas claras, sacó el Anillo de su cadena de plata, y se lo puso.
No recordaba aquella sensación tan extraña que la invisibilidad le otorgaba; no era muy agradable moverse en ese vacío lleno de imágenes borrosas, pero no había otra forma.
Siguió caminando, con la esperanza de que todo resultara bien. Le producía tanto pesar abandonarlos a todos… pero más mal se sentiría si no cumplía su misión lo más rápido posible.
Lila no sabía que estaba ocurriendo. Solamente corría y corría a toda velocidad, para que no la atraparan. Eran demasiados y pronto la acorralarían si no hacía algo. ¿Dónde estaban los demás? Las ramas bajas de los árboles la azotaban cuando ella pasaba, y cada vez había menos luz solar. La joven hobbit se detuvo, mirando hacia todos lados. Ya no la seguían. De todas maneras se tapó bien con su capa élfica, y se escondió tras un gran tronco a la orilla del sendero.
Todo había ocurrido demasiado rápido.
Frodo se demoraba en volver al campamento, y al creerlo perdido, fueron en su búsqueda. Para ello, Aragorn quiso armar grupos, pero Pippin, Merry y ella no lo escucharon, y corrieron entre los árboles gritando el nombre de Frodo, sumamente preocupados. Merilnen al cabo de un rato, los encontró, y siguieron junto a ella. Inesperadamente, escucharon un rugido horrible y gritos espantosos lo secundaron; de pronto se vieron rodeados por una cuadrilla enorme de orcos, muy diferentes a los que habían visto en las Minas de Moria. Éstos eran más altos y robustos, más feroces y fuertes, producían más miedo..
Los hobbits se horrorizaron de inmediato, y Merilnen sacó velozmente arco y flecha, y disparó con agilidad. No era suficiente. Los orcos se acercaban a ellos, y la elfa no podía sola. Los hobbits sacaron temblorosos sus espadas, pero Merilnen los instó a correr. Ellos obedecieron, pero una buena parte de los orcos fue tras ellos. La elfa seguía disparando flechas y disminuyendo filas, pero pronto desapareció de la vista de Lila. Ella sólo corría desesperada, con un miedo intenso a esas horrendas criaturas. Se dio cuenta que Merry y Pippin ya no estaban con ella, seguramente se habían desviado. Ahora se encontraba allí, escondida, pensando en qué hacer. Legolas tenía razón, algo andaba mal.
¿Dónde estaban los otros?. ¿Dónde estaba Frodo?
Ahogó un grito, y el terror la dominó. Salió de su escondite, y emprendió la marcha nuevamente, buscando al hobbit. Temía encontrarlo herido, o peor, muerto; aunque sabía que él estaba bien, en alguna parte. ¿Dónde se habría metido?
- Vamos, Lila, piensa – se dijo a sí misma, mientras avanzaba –. Frodo quizás volvió a comunicarnos su decisión… y no nos encontró. Eso empeora las cosas. ¿Se habrá quedado allí, o no?
Insegura, se desvió camino a la orilla oriental del río; recordaba la expresión facial del hobbit hace unos momentos, algo había estado pensando…
Como siempre y por inercia, se aferró a la piedra de Arwen, buscando coraje y energía en ella. Se sintió más segura, y corrió hacia el lugar, esperanzada.
Frodo no entendía. ¿Dónde estaba todo el mundo?
Había llego al lugar dónde pasarían la noche, suponiendo que allí se encontrarían, pero estaba vacío. Se quitó el Anillo, y lo puso en su cadena nuevamente. No tenía sentido usar la invisibilidad. Pero decidió actuar rápido, los equipajes seguían allí mismo, ellos volverían en cualquier momento. Cogió su bolso, y algo de comida y pan lembas que los elfos llevaban consigo. Fue en ese momento cuando miró de reojo a Dardo, en su cinto, y vio que la hoja se había vuelto de un azul brillante.
¿Orcos?. ¿Los orcos los habían seguido?
Espantado, corrió hacia uno de los botes, pero alguien gritó su nombre desde la espesura. Volvió su rostro.
- ¡¿Lila?! – exclamó el hobbit, sorprendido, viendo como la hobbit lo miraba confundida, con su pequeño arco en la mano, y el carcaj en el hombro. Ella no le respondió inmediatamente. Tomó su equipaje con prisa, y se dirigió a Frodo, resoplando de cansancio.
- Lila…
- No me digas que no puedo ir contigo Frodo; puedo y quiero – le respondió, algo abrumada, y bien decidida.
- ¿Dónde están todos? – preguntó el hobbit, desviando el tema.
- No lo sé – dijo Lila, lanzando su bolso a la embarcación que Frodo había escogido –. Fuimos en tu búsqueda, te demorabas demasiado, y… caímos en una emboscada orca. No sé donde están los otros… Merry y Pippin desaparecieron, iban conmigo... Supuse que estarías acá, no sé como. ¿Tu idea era ir a Mordor solo?
Frodo se quedó sin palabras. Miró a Dardo, seguía azul, y sintió una extrema preocupación por el resto de la Compañía, sobre todo por sus primos.
- Frodo, iré contigo; recuerda las palabras de Galadriel… - siguió Lila. Frodo dio un respingo, no estaba preparado aún para aceptar aquellas verdades. Y…no quería que Lila pasara peligros por su causa.
- Esta es mi misión – le dijo, cortante a la hobbit.
- Es la misión de los dos. No dejaré que vayas tú solo, necesitas compañía – le contestó Lila, algo irritada –. No puedo devolverme, los orcos podrían capturarme. ¿Acaso quieres eso? Voy a ir contigo, así se decidió en el Concilio. Elrond bien lo dijo, el que quisiese abandonar la Comunidad, podía hacerlo, pero yo no lo deseo, así que seguiré contigo, como el único acompañante que te queda.
Eso era cierto. Frodo no podía obligarla a desistir, sólo podía abandonarlo por su propia voluntad. No podía responderle nada mejor, así que suspiró y agachó la cabeza, dándole a entender a Lila que había ganado.
Ella sonrió levemente.
- No te preocupes, Frodo – le dijo con voz suave –. Trataré de no darte muchas molestias, ya verás que te hará bien ir con compañía… nos podremos ayudar mutuamente, eso tú lo sabes. Y, los demás… confío en que estarán bien. Los veremos de nuevo.
- Ojalá… -murmuró Frodo.
- Sí, los volveremos a ver. Solamente espero que no estén heridos… - comentó Lila, preocupada pero optimista. Sabía que podía hacer para verlos… Sonrió otra vez, y desamarró el bote.
Lo empujaron y subieron rápidamente a él, dejando que se deslizara en el agua del río. Comenzaron a remar en silencio, pensando en lo que estaban haciendo.
Se estaban marchando, solos, a la Tierra de la Sombra. Solos, dos pequeños hobbits, pero con un alma inmensa. No tendrían a nadie que los defendiera, como Aragorn, Gimli o los elfos. No sabían que pasaría más adelante, si morirían o volverían a sus hogares.
Ante tanta incertidumbre, Frodo se sintió aliviado. Lila estaba a su lado, y era extraño, pero se sentía seguro. No entendía como se le había pasado por la cabeza viajar solo, pero ahora no le importaba. Le gustaba tener esa compañía, e inevitablemente recordó a Galadriel…sus palabras, sus revelaciones; y por primera vez, no se sintió mal o dudoso. Se alegró por superar ese miedo, por aceptar las cosas tal cual eran. Miró a Lila, quien remaba, distraída. ¿Tanta confianza guardaba en su corazón?. ¿De algún modo, la esperanza ayudaría? Eran cosas que se comenzó a preguntar, pero no encontró respuesta. El camino tenía que abrirse, y allí aparecerían las soluciones.
Un sonido los distrajo. Era un trino. De repente y sin aviso, un ave se posó con las alas extendidas en el hombro de Lila. Era el ruiseñor, Tindómerel.
- ¡Por fin has vuelto! – exclamó la hobbit, con alegría –. ¿Irás con nosotros a Mordor?
Tindómerel movió sus alas con suavidad; parecía haber dicho que sí.
- No todo es tan malo… por lo menos ahora – dijo Lila, sonriente.
Frodo asintió. Siempre podía haber algo peor… aunque deseaba que ese "peor" no llegara nunca. Su pensamiento voló hacia Pippin, Merry y el resto de la compañía. Ellos estarían bien, lejos de Mordor; tenía fe en que el ataque de los orcos hubiese fracasado. Se despidió en silencio, esperando verlos cuando regresaran de Mordor. Si es que en efecto, regresaban.
