Título:TiLa Yester

Autora: Orhen Shiy

Summary!FiC SlAsH!Ua! Un secreto ocultado a la sangre; un pasado que no se quiere recordar... El Salvador está desaparecido. Un hombre de treinta y tres años, moreno y de ojos verdes... el embajador Alan Chardeville oculta algo.


-Minerva –la nombrada dejó su conversación con Severus y Sinistra para mirar a Albus-. ¿Qué sabes del embajador de la Yester University?

Al pronunciar esas palabras la mirada de Minerva McGonagall se tornó en preocupación.

-Tenía que haber llegado ayer, pero no sé qué ha pasado. Esta tarde recibí una carta de Berck le Havre confirmando la asistencia del embajador y proporcionando los datos. Decía que hoy mismo estaría aquí; al parecer, había estado ilocalizable y no había podido contactar con el hasta esta mañana.

-¿Cómo se llama? –preguntó con curiosidad dejando un momento la comida.

-Alan Henry Chardeville –le dijo Minerva. En ese momento toda la mesa de profesores estaba atenta a la conversación.

Alan Henry Chardeville era muy conocido. Era famoso por progresos en la ciencia mágica y su gran aportación a los departamentos de Inefabilidad de Bélgica, Francia y España; además de su gran labor como profesor y su gran concimiento como erudito de la magia. Era casi la leyenda continental semejante al Albus Dumbledore antes de las Dos Guerras; su opinión era considerada hasta en los más variopintos temas. Sin embargo, el mismo Chardeville se había asegurado de que aunque su opinión fuera considerada por todos, no fuera llevada a misa. Era una completa leyenda.

-¿Vendrá solo o acompañado? –inquirió Albus, ya completamente interesado, no solo profesionalmente, sino también personalmente. Su fama le precedía.

-Vendrá con dos muchachos, ambos entrarán a Cuarto curso –dijo ella-. La documentación de los niños venía adjunta para el cambio de matrícula. Y ha avisado de que posiblemente los fines de semana saldrá del Colegio, más posiblemente del país, y con los niños.

-¿Y la madre de los niños? –preguntó. Recibió algunas miradas de incredulidad al ver que preguntaba algo tan personal de Chardeville-. ¿No viene?

-No, no viene… y no es madre, es padre. Irreconocido –dijo Minerva, mirándole como los demás.

-Ah… es que creo que le vi antes de fuera famoso, aunque él mismo reniegue de ese término. Hace muchos años… -sonrió con melancolía.

-Lo que me preocupa es que en su documentación pone que estudió en Hogwarts. Pero teniendo en cuenta la fecha de su nacimiento, soy consciente de que no recuerdo su nombre… -negó Minerva con la cabeza, ligeramente distraída.

-Oh¡no te preocupes, querida Minerva! En cuanto llegue le preguntaremos –rió con jovialidad y continuó comiendo.

Los demás poco a poco dejaron de prestar atención y volvieron a sus antiguas conversaciones. Minerva se puso a hablar con Draco Malfoy, profesor de Aritmacia desde un año después de su salida de Hogwarts. Mientras tanto Severus, situado a su izquierda, se inclinó hacia el para hablar.

-¿Donde se hospedará Chardeville? –inquirió con el entreceño fruncido.

-En una vacía y acogedora habitación en las mazmorras –dijo, aparentemente interesado en cortar su filete.

Aun sin estarle mirando, pudo ver fruncirse su entrecejo. Luego hizo una mueca casi sarcástica.

-¿Por qué será que no me extraña?

-Tranquilo, Severus –sonrió el anciano-. No está cerca de tu zona; de hecho, está en el mismo pasillo que las habitaciones de Draco.

-¿Ahora al que martirizas es a Draco? –dijo Severus Snape, casi sonriendo. Parecía increíble lo que una persona puede cambiar con el tiempo y las circunstacias.

-¿Qué ocurre conmigo? –inquirió Draco desde casi una de las esquinas de la mesa. Habría oído su nombre y no había podido aguatar la curiosidad de saber de qué estaban hablando.

-El embajador Chardeville se hospedará en la habitación que hay al final del pasillo donde están tus habitaciones –dijo Severus con ironía; eso sí, sonriendo de manera extraña, como si supera algo que los demás no.

-Mientras no sea un pedante o un pesado… -dijo Draco encogiéndose de hombros, volviendo a su antigua conversación.

-Mucho ha cambiado Draco… -suspiró Albus.

-El tiempo es capaz de cambiar hasta al más férreo idealista –opinó Severus.

-Lo sabes por propia experiencia… -dijo, más que preguntó. Sin embargo, el profesor de Pociones asintió-. No te molesta admitirlo.

-¿Por qué debería avergonzarme de lo que soy? No tendría sentido –dijo Severus, con una media sonrisa algo extraña.

-Posiblemente…

En esos momentos, se oyó el ruido de un chasquido de dedos y la comida desapareció para dejar paso a los postres. Albus, sonriendo con un inmenso deleite, cogió un poco de tarta de limón. Severus Snape se abstuvo de comentar nada. Después de tantos, tantos años, ya se había acostumbrado. Sin embargo, sonrió muy ligeramente ante la vista.

-¿Qué es lo que te hace tan feliz? –preguntó Severus, el cual decidió no tomar postre y recostarse en su asiento.

-Por fin conoceré al mítico Alan Henry Chardeville –sonrió de forma abierta.

-No sé si lo sabes, pero estoy seguro de que nos estás ocultando algo –entrecerró los ojos.

Albus Dumbledore solo se rió y continuó comiendo su deliciosa tarta de limón. A partir de ahí, Severus se dedicó a conversar con Flitwich y Gerald Stone, antiguo trabajador del ministerio que finalmente decidió, después de la guerra, aceptar un puesto de Cuidado de Criaturas Mágicas: justamente el mismo año que Harry Potter, Salvador del Mundo Mágico, había dado clases de Runas Antiguas, dos años después de salir de Hogwarts. Antes de aceptar ser profesor, Harry Potter había estado desaparecido desde pocos meses después de graduarse; había vuelto como profesor dos años después y finalmente, al acabar el curso, había desaparecido de nuevo. No se le había vuelto a ver... Los periódicos lo dijeron durante mucho tiempo... "El Salvador está desparecido".

Albus volvió a su cara seria y se perdió en sus pensamientos; con varios profesores mirándole de reojo. Hacía demasiados años que Albus no exibía esa cara de preocupación; cosa realmente escalofriante para la mayoria.

Diez minutos después Albus dio su típico discurso de principio de curso y poco a poco todos los alumnos fueron saliendo del Gran Comedor. Los prefectos se llevaron a los nuevos alumnos y los demás fueron saliendo a su propio paso. Los jefes de casa miraban atentamente a sus alumnos, esperando no tener que intervenir en ninguna trifulca a principio de curso. Los demás profesores se iban levantando con parsimonia mientras continuaban sus conversaciones.

Cuando cinco minutos después Albus Dumbledore se despidió y se dirigía a su despacho, llegó Argus Filch repentinamente reteniendo a todos los profesores.

-¿Qué ocurre, Argus? –inquiró Minerva McGonagall alarmada ante el comportamiento del conserje. Venía muy, muy agotado. Agitado y manchando todo el suelo de barro, cosa totalmente impropia en el-. ¿Otra vez Peeves? Esta vez sí que se va a enter…

-No, profesora McGonagall –negó Filch, con su gata, la sra. Norris en brazos. Respiró hondo un par de veces para recuperar la respiración y habló-. El profesor Chardeville y sus dos hijos están en la puerta de afuera. Llevo un rato intentando abrirla, pero al parecer es Hogwarts mismo quien no le deja pasar. Se están empapando. Me ha pedido que le avise.

-¿Cuanto es un rato, Argus? –preguntó con sorna Draco Malfoy. Filch le fulminó con la mirada y se quedó callado. Albus, sin perder el tiempo, se dirigó a la puerta, diciendo:

-Draco, Minerva, Severus; venid conmigo –llamó sin detener el paso. Estos se apresuraron a seguirle, extrañados. El que más, Draco; Severus Snape y Minerva McGonagall por lo menos eran jefes de Casas, pero el…

-¿Cómo es posible que Chardeville no haya podido entrar? –preguntó Draco confundido.

Fue Severus quien le contestó.

-Hogwarts reconoce el aura de todos los que alguna vez pisan sus terrenos. Debió de reconocer el aura de Chardeville y le negaría la entrada, pensando en que puede provocarle un daño al colegio o a su gente.

-No suele ocurrir. La última vez fue cuando Fudge llegó en plena guerra reclamando la rectoría de Hogwarts para el Ministerio. El colegio debió de considerarlo una amenaza potencial para denegarle la entrada. Y de hecho, jamás volvió a pisar los terrenos –añadió Minerva McGonalgall

-¿Por qué permitió que Voldemort entrara al Colegio durante la guerra entonces? El era una amenaza para todo y todos… -preguntó el antiguo buscador de Slytherin.

-Lord Voldemort nunca quiso dañar Hogwarts, ni sus terrenos, ni a su gente. Debo aclarar que, referiéndonos a su gente, me refiero a aquellos que respondían por Hogwarts. Este Colegio fue un hogar para Tom Riddle mientras estaba estudiando; y lo siguió siendo aun cuando salió del mismo…

Hizo una pausa momentánea, y justo antes de llegar a las puertas, añadió:

-Pero esa no es la razón por la que Alan Chardeville no puede entrar. Ni muchísimo menos…

En cuanto llegó a la puerta puso las manos sobre ella cerrando los ojos completamente concentrado. Apenas le llevó unos segundos, no demasiados ni demasiado pocos, pero al final la puerta se abrió, dejando ver a un hombre moreno a unos dos metros bajo de la puerta. A pesar de estar mojado hasta la médula, estaba hablando por un muggle teléfono móvil a voz en grito. Echando una ojeada alrededor vio a dos muchachos de catorce años sentados, apoyados en el muro, en una parte donde el agua no llegaba, pero el viento daba fuerte.

En cuanto el hombre vio la puerta abierta, se despidió en un idioma que no entendían y le hizo una seña a sus hijos. Se acercaron al interior mientras cargaban las maletas. Minerva, Severus y Draco quisieron ayudarle, pero negó con la cabeza, impidiéndoselo y entró.

Los chicos eran cada uno de un sexo. Ambos morenos hasta la raíz. Ella lo tenía liso y bonito, mientras el lo llevaba todo revuelto. Ambos tenían los ojos verdes esmeralda de su padre y sus caras se parecían mucho a la de Alan. Al parecer, no llevaban mucho de su otro padre, distinguió Albus.

-Alan Chardeville –se presentó el moreno dándole la mano a Albus Dumbledore-. Mis hijos son Larissa y Henry Chardeville –los presentó.

-Yo soy Albus Dumbledore –sonrió Albus y luego señaló a los otros profesores-. Estos son Severus Snape, profesor de pociones y jefe de la Casa Slytherin; Minerva McGonagall, profesora de transformaciones y jefa de la Casa Griffindor; y Draco Malfoy, profesor de Aritmancia.

-Encantado –dijo Alan dándoles la mano-. Lamento haber llegado tan tarde, pero Berck le Havre me avisó apenas esta mañana y tuvimos que hacer miles de cosas. Además de que nuestro avión se retrasó. Por cierto profesor Dumbledore, siento la molestia de las puertas, al parecer Hogwarts no guarda un buen recuerdo de mi–sonrió Alan a modo de disculpa.

-No te preocupes, Alan –negó Albus, mientras todos se dirigían a las mazmorras-. Y llámame Albus, por favor. Te ganaste ese privilegio hace demasiados años –sonriócon un cariño mal disimulado, al menos a vista de Alan.

-¿Cómo es que tu nombre no aparece en los archivos del Colegio? –interrumpió finalmente Minerva McGonagall, la cual ya se había aguantado demasiado..

-Cuando al salir de Hogwarts me trasladé a Bélgica cambié mi nombre y mis apellidos –se encogió de hombros sin añadir nada más. Era obvio que no quería aclarar el tema. Minerva no insistió.

Pasaron unos segundos hasta que una voz juvenil interrumpiera el silencio.

-¿Cuando nos van a seleccionar?

Todos se giraron y viero que Larissa Chardeville había hablado. No se acobardó ante las miradas de los adultos y subió su cabeza. Su padre sonrió ligeramente, pero un segundo después estaba mirando a Albus Dumbledore.

-Mañana por la mañana seréis seleccionados en mi despacho y comenzaréis las clases inmediatamente. Un prefecto os acompañará a la Sala Común correspondiente después de las clases –les dijo Albus; luego sonrió-. ¿A qué casa queréis ir?

Los dos sonrieron ligeramente, como cómplices.

-Yo quiero ir a Slytherin –dijo ella orgullosa-. Harry todavía no lo ha decidido –sonrió.

-Hace demasiados años que no oigo a nadie decir que quiere ir a Slytherin –entrecerró los ojos Severus, mirando a la muchacha atentamente. Miró de reojo a su padre que no se dio por aludido.

Ella se encongió de hombros y dijo:

-No todos los Slytherin son malos, ni todos los Griffindors buenos, ni todos los Ravenclow inteligentes... –sonrió Larissa-. Es casi una experiencia propia.

-Me alegra tener a alumnos tan tolerantes en este colegio –sonrió Albus con orgullo, mirando a Alan de reojo-; y a profesores con tan buenos principios.

-No voy a aceptar ningún puesto en tu Colegio, Albus –negó anticipadamente Alan, acelerando el paso-. Ya lo hice una vez y me arrepentí.

-Oh, venga, papá –intervino Henry-, nosotros queremos quedarnos todo el curso en un mismo colegio –se quejó.

El puesto de embajador inter-colegial para profesores solo duraba un trimestre y todos lo sabían. Alan frunció el ceño y dijo:

-Ya sabíais lo que había cuando aceptasteis venir a Inglaterra –dejó claro-. Podíais haberos quedado con Charles y Geneviéve, pero decidisteis venir. Ahora ateneos a las consecuencias –apuró el paso.

-¡Inglaterra es parte de nosotros! –protestó Larissa, montando una escena. Su padre entrecerró los ojos-. ¡No puedes arrebatarnos ese derecho!

-¡No tenéis nada en Inglaterra! –gruñó Alan mirándoles fijamente-. Nadie más que yo lo lamenta, os lo aseguro…

-¿Pero y papá…? –espetó ella, pero un segundo después se quedó muda. Su padre le había dirigido una mirada gélida, como pocas veces había hecho, y la había silenciado. Ella se volvió y dijo a los demás-. Siento la escena que acabo de montar.

Después de decir eso, apuró el paso y no volvió a decir palabra. Henry Chardeville, llamado Harry por sus amigos y familia, hermano de Larissa e hijo de Alan Chardeville, miró a su padre de forma extraña, casi con resentimiento, pero no dijo nada. Sabía lo que acababa de pasar y sabía que en cuanto estuvieran solos Larissa se ganaría una buena bronca.

-Te salieron con carácter –advirtió Albus segundos después.

-Y todavía no sabes cuanto… -suspiró Alan negando con la cabeza.

-¿No me digas que van a hacer lo mismo que tú en tu época de estudiante? –inquirió Albus con simpatía.

-Yo no hacía nada malo –negó Alan-. Fueron los demás quienes me metían en líos¡siempre me metían en líos! –advirtió con nostalgia.

-En eso tengo que darte la razón, Harry –sonrió Albus.

-¿Harry? –dijeron Severus y Draco al mismo tiempo exaltados y tomados por sorpresa. Hacía demasiado tiempo que no oían un nombre como ese…

-Es mi segundo nombre –dijo con incomodidad-. Y odio que me llamen así –fulminó a Albus con la mirada.

Albus sonrió inocente y señaló el pasillo:

-Ya hemos llegado –rió, señalando una estatua en la pared. Se rió de la cara de los demás.

La estatua era una gigantesca e imponente serpiente de más de dos metros de alto y medi metro de ancho. Era imponte y en cierta forma, terrorífica. Estaba esculpida con una variante mágica de la esmeralda muggle. Era brillante e impresionante, orgullosa y sabia…Todo lo que hace majestuoso a algo magnífico. Sus ojos miraban sin parpadeo a Alan; y Alan la miraba sin parpadeo a la gigantesca serpiente. Ninguno de los dos hizo movimiento alguno hasta que sin previo aviso el espectacular reptil se inclinó ante Alan y cerró sus ojos.

Severus, Draco, Minerva, Larissa y Henry suspiraron de alivio al ver que la magínifica escultura hecha de esmeralda mágica se tomaba a bien la entrada y estancia de Alan y el resto de los Chardeville.

Y sin embargo, cuando comenzó a hablar en pársel a siseos, Severus, Draco y Minerva se llevaron un susto de muerte; Larissa y Henry solo se sorprendieron. Albus estaba serio, pero por dentro estaba tranquilo.

Dijo en pársel lo que en inglés hubiera equivalido dos frases enteras.

Y justo después de que vieran a Alan sonreir la serpiente se apartó de la apuerta y les dejó el paso libre. Los demás guardaron un, aparentemente, organizado silencio.

Lo primero que se vio fue un gran salón, decorado con los adornos más caros y lujosos que en el mercado se puedieran encontrar. La majestuosidad de la sala era imponente. Todos se quedaron con la boca abierta; todos, salvo Alan. ¡Hasta Albus estaba asombrado!

-¿Ya conocías la sala? –interrogó Albus repentinamente-. ¿Ya sabías a quién perteneció la sala¿Habías entrado?

-Con tranquilidad, Albus –sonrió Alan con inocencia, entrando a la sala e invitando a los demás a hacer lo mismo-. Sï, la conocía; sí, sé a quién perteneció; y sí, si había entrado.

-Él te lo enseñó –afirmó, más que preguntó, completamente serio. Al parecer, solo ellos dos sabían de quién hablaban.

Larissa y Henry, por el tono algo nervioso de su padre se pusieron alerta, rezando por descubrir sus más secretos deseos.

-¿Por qué no pasáis? –cambió radicalmente de tema. Albus no insistió.

-Lo siento, profesor Chardeville, pero tengo que organizar papeles para mañana –se disculpó Minerva. Segundo después se despidió y se fue.

-Todavía debo pasar por mi sala Común para arreglar un asunto con un estudiante. Lo siento, profesor –intervino Severus Snape.

Nadie más se dio cuenta, pero tras abrir la Sala Severus le había mirado de forma extraña. Alan le había evadido, y no había dicho nada. Al despedirse hizo un ligero ademán que solo Alan percibió y que él entendió perfectamente. Sin embargo, se fue. Poco después Albus y Draco también se estaban despidiendo.

Había quedado con Draco Malfoy por la mañana, tres cuartos de hora antes de que comenzaran las clases. Él iría con Alan a acompañar a los dos niños al despacho del directo y tras dejarlos con Albus, irían ambos a desayunar. Tras marcharse Draco, los tres se quedaron en las habitaciones. Habitaciones, había dos. Una para el y otra para invitados, supuso; ambas con cama matrimonial. Los niños dormirían juntos en la otra habitación por esa noche.

Cuando se quedaron solos, Alan esperó una discusión con Larissa y a la larga con Henry; sin embargo lo que pasó le dejó anonadado:

Su hija se fue a dormir sin dirigirle la palabra y Henry fue tras ella, sin despedirse también, pero con una mirada que por imposible que pareciera, entendía todo y le pedía perdón, pues no sería capaz de decirlo con palabras debido a los acontecimientos acontecidos.

Negando con la cabeza y lléndose a dormir, se preguntó si haber vuelto a Inglaterra había sido una buena idea.


Título:TiLa Yester

Autora: Orhen Shiy

Summary!FiC SlAsH!Ua! Un secreto ocultado a la sangre; un pasado que no se quiere recordar... El Salvador está desaparecido. Un hombre de treinta y tres años, moreno y de ojos verdes... el embajador Alan Chardeville oculta algo.


NoTa: Al contrario a lo que dije en la nota del capítulo anterior, he decidido actualizar, debido a que estoy subiendo la historia también en slasheaven y allí prometí actualizarla. Estoy dudando en si continuar la historia solamente en slasheaven, pues aquí no tiene mucho éxito (obviamente esto no va por ti, Ailuj; además, sé que visitas y estás logeada en esa página), no soy de las que quiere ocupar espacio, ff net ya tiene demasiadas historias¿no creeis? Sin embargo, todavía no lo sé; supongo que esperaré un tiempo y, obviamente, lo avisaré con antelación si lo decido y cuando lo decida. Muchos bss: Orhen Shiy