Los Thestrald que nadie ve.

Suena como un crimen lo que tú me has hecho,

Deberías ir a parar a la prisión,

Suena como un crimen que me hayas mentido,

Que hayas engañado a este corazón.

El vagón que había elegido estaba al final del tren. Alumnos iban y venían, se asomaban, y al verla, daban media vuelta y se iban. Ninguno parecía querer quedarse con ella. Luna los miraba de reojo, sin prestarles mucha atención. Estaba concentrándose en el reportaje de el Quisquilloso. Un muchacho de cara regordeta y simpática con un sapo en la mano, se asomó. Luna murmuró un hola, pero el muchacho, tartamudeando una respuesta inaudible cerró la puerta marchándose enseguida. Por lo visto viajaría nuevamente sola. No le incomodaba, al contrario, nadie la molestaría y ella podría esforzarse en encontrar el hechizo en las páginas centrales del Quisquilloso. Lo lograría. Siempre lograba todo lo que se proponía. Sin embargo, momentos más tarde, la puerta del vagón se abrió nuevamente. Luna no se inmutó y no apartó la cara de la revista. Estaba casi segura de dar con la solución.

-¡Hola, Luna! ¿Te importa que nos quedemos aquí? – Luna levantó la vista. Ginny estaba parada en la puerta del vagón sonriendo, y, atrás de ella, estaban dos chicos: el primero ya había pasado antes por ahí, era el chico del sapo. El otro era Harry Potter.

Entraron al vagón y se acomodaron. Potter fue a sentarse justo enfrente de ella. Luna sentía curiosidad, y con ella lo observaba a través del Quisquilloso. No parecía triste o preocupado, sino tranquilo, como si los eventos de la Tercera Prueba, simplemente no hubiesen sucedido. ¿Acaso ya lo habría olvidado?.

- ¿Has pasado un buen verano Luna? – La pregunta de Ginny la hizo volver al presente. "Sí", dijo como única respuesta, seguía estudiando a Potter quien a estas alturas parecía incómodo. Tal vez su verano no había sido tan bueno. Y menos al lado de esos seres retorcidos que Potter tenía por tíos. – Tú eres Harry Potter – dijo. Quería romper el hielo y que el chico dejara de mirarla como bicho raro. - Sí, ya lo sé – fue todo lo que dijo Potter por seca respuesta.

Es desagradable, pensó Luna sin darle demasiada importancia.

Viajar con otros tenía su desventaja. No podía concentrarse al cien por ciento en las runas de la revista por más que lo intentara. Tenía sus razones para asegurarlo: la Mimbulus Mimbletonia del chico del sapo y su jugo fétido eran una de ellas. Su compañera de Ravenclaw, Cho Chang, que pasó únicamente para saludar a Potter, era otra. Y al parecer aquí venía la última. La puerta del compartimiento volvió a abrirse. Pero esta vez Luna no podría quejarse. Su corazón dio un vuelco casi imperceptible. Ronald Weasley acababa de entrar junto a Hermione Granger.

-Estoy muerto de hambre- dijo como todo saludo y hundiéndose en el asiento empezó a saborear la cabeza de una rana de chocolate arrebatada a Potter. Luna lo observaba sin disimulo a través del Quisquilloso. Veía su cabello rojizo cayendo rebelde sobre su cara en gruesos mechones. Reparó en sus gestos perezosos mientras degustaba el chocolate. Y guardó en su memoria su rostro pecoso y sus ojos cerrados.

De un momento a otro, hablaba con los demás. De muchas cosas. A Luna no le atraía la conversación, tanto como mirarlo. Hasta que se mencionó el nombre de Padma Patil. Sin poder contenerse intervino.- Tú fuiste al baile de Navidad con Padma Patil – La orilla del Quisquilloso raspaba su nariz. Ron tragó el trozo de rana que traía en la boca y la miró aturdido. Recordó todo lo que había escuchado a Padma decir del pelirrojo. Recordó que eso también la había enfurecido. – Ella no se lo pasó muy bien... No está contenta con como la trataste, porque no quisiste bailar con ella. A mí no me habría importado. – Y era verdad. A Luna, por lo regular, lo que le gustaba a los demás era indiferente para ella. Tras de meditarlo un segundo afirmó – A mi no me gusta bailar. –Y volvió a enfrascarse en el Quisquilloso, conciente de la cara estupefacta de Ron y de las risitas que aguantaban todos.

Según Luna, hablar con Ronald Weasley era una de las ventajas al viajar con Harry Potter.

El tiempo transcurría lento y no tenía remedio. La oscuridad invadió todo y las luces iluminaron el tren. Enrolló el Quisquilloso que durante todo ese tiempo había estudiado y lo guardó cuidando que no se arrugara. Después se dedicó a observar a todos. No era común que viajara acompañada y menos con tantas personas. Sin saber muy bien porqué, se detuvo en Potter. Su rostro ensimismado y ese aire de tristeza que siempre lo perseguía le daban curiosidad. Recargaba su frente en la ventanilla y sus ojos escudriñaban a través del cristal, húmedo y sucio. Luna también miró. Tan sólo se veía el reflejo de los demás ¿Qué podría buscar Potter más allá de la suciedad del vidrio?

Cuando llegaron a Hogwarts Luna guardaba dentro de sí un gran regocijo. Había compartido el viaje ni más ni menos que con Ronald Weasley. Ahora sabía que le gustaban las ranas de chocolate y que podía ser de una gracia adorablemente maliciosa. Pero todo lo que empieza tiene que acabar y el viaje había llegado a su fin. Era hora de descender. Fue entonces cuando reparó en Potter haciéndose un lío con las jaulas. Sus plateados ojos se posaron en la lechuza más pequeña. Sabía a quién pertenecía. – Puedo ayudarte con eso – murmuró.

Con la pequeña lechuza de Ron en las manos, siguió a Harry y a Ginny entre la muchedumbre, pero el diminuto animal parecía hambriento. Se detuvo y hurgó en sus bolsillos. Unas semillas recogidas apresuradamente de su casa servirían para saciar a la mascota de Ron. Ella pensaba usarlas para fines mágicos, pero bien valía la pena sacrificar esas semillas con tal de hacer algo bueno a los ojos del chico. La lechuza agradeció el gesto picoteando suavemente la mano de Luna quién comenzó a andar de nuevo para alcanzar a Potter y a Ginny, a quienes había perdido entre los demás alumnos, mientras decía a la pequeña mascota "¿Sabes que eres muy agradable? Comprendo que Ronald te quiera tanto".

No tardó mucho en divisar a Potter de nuevo. A su lado, Ron Weasley platicaba extrañado con él. Luna se acercó y miró una vez más a Pig, como despidiéndose de ella, luego dijo dirigiéndose a Ronald – Toma... es una lechuza encantadora ¿no?- "Este...sí..., encantadora" Le respondió el pelirrojo y sin hacer caso de ella se dirigió una vez más a Potter. Luna no pudo evitar escuchar de lo que hablaban.

Potter trataba de mostrar a su amigo los caballos alados que desde siempre habían tirado de los carruajes. Luna fijó su mirada en Potter. Desde que había llegado a Hogwarts, nadie, que ella supiera, podía ver a los Thestrald, que así se llamaban. Luego reflexionó. Diggory. Esa era la causa por la cual Potter podía ver a esos animales. Parecía desesperado tratando de convencer a su amigo. Cuando Ron dijo "¿qué se supone que estamos viendo?", fue que comprendió que Ronald no podía verlos. Era una suerte. Al menos, por lo pronto, no había visto a nadie morir. Harry también debió darse cuenta de que su amigo no podía ver a las bestias aladas. Y quedó confundido mientras el pelirrojo subía al carruaje.

- No pasa nada- dijo para animarlo – no te estas volviendo loco ni nada parecido. Yo también los veo – era una forma de aceptar que tenían algo en común. "¿Ah,sí?" respondió Potter desesperado. Cuando volteó a verla, Luna pudo descubrir en sus negros ojos algo diferente en los demás que no supo explicarse. Potter también era distinto. – Sí claro. Yo ya los vi el primer día que vine aquí- explicó y sin saber porque le dijo– Siempre han tirado de los carruajes. No te preocupes, estas tan cuerdo como yo.

Sonrió pensando en la perplejidad que esas palabras causarían en Potter, y subió detrás de Ron al antiguo carruaje.

Suerte que el Profesor Snape había suspendido las clases por cierto accidente con una poción. Podría usar ese tiempo libre en lo que quisiera. Tal vez iría a la biblioteca a estudiar. O quizás continuara tratando de descifrar el hechizo del Quisquilloso. Rodeó el lugar con la vista. El pasillo en el que se encontraba estaba lejos del alboroto de los estudiantes. Sería un buen lugar para concentrarse. Se sentó justo detrás de una armadura recargándose contra el muro. Abrió la revista y trató una vez más de descifrar el hechizo. No estuvo mucho tiempo concentrada, y cayó en cuenta que no había sido el mejor lugar que podía haber escogido. Un ruido de pasos presurosos y voces que discutían se oyó antes de doblar la esquina del pasillo.

- ¿Es qué siempre tienes que ser tan irritante? – La voz de una chica que no alcanzó a distinguir, sin embargo, la siguiente voz sí que le fue familiar. Luna hizo a un lado su revista.

- La irritante eres tú... Y yo no tuve la culpa de que Harry se enojara.- Los dueños de las voces dieron vuelta al pasillo y Luna pudo ver a Granger y a Ronald caminando de prisa y deteniéndose de pronto. Muy cerca de donde ella estaba y sin fijarse en su presencia.

-¿Sabes que creo? – Granger miraba hacia arriba clavando sus ojos en Ron que era mucho más alto que ella – Que deberíamos tratar de ya no pelear... – Ronald hizo un gesto de desconfianza – bueno, al menos deberíamos intentarlo – continuó Granger – y también creo que Harry debe dejar de desquitarse con nosotros.

-¿Desquitarse?

- Vamos Ron, sabes que lo hace... puedes decírselo, para ver si así corrige su actitud.

-¿Y porqué yo?

- Porque eres su mejor amigo. Porque te hace más caso a ti que a mí y porque ahora mismo tienes clases con él y yo me voy a Runas antiguas.

- Valiente cosa... ¿a Vicky también le dabas tantas órdenes como a mí?

Granger observó a Ron con un extraño brillo en los ojos. Parecía que en cualquier momento iba a sonreír. Más luego haciendo un gesto de enfado murmuró alejándose – Habla con Harry, Ron, dile que no pelearemos más... y ya no seas tan niño. – Lo último pareció más un susurro que cualquier otra cosa.

Alcanzó a ver como Ronald se mesaba el cabello con enfado, sin despegar la vista por donde había desaparecido su amiga. Sin poder evitarlo soltó entre dientes - ¿Pero qué demonios le habrá visto a Krum? Y haciendo aspavientos se alejó.

Luna se incorporó de donde había estado sentada. La mirada de ambos chicos por un momento no le pareció de amistad. Y recordó, con un extraño hueco en el estómago, que Padma Patil había dicho que en aquél baile de Navidad, Ronald no había despegado la vista de Hermione.

Por un angustioso y prolongado momento, se sintió como un Thestrald, a quién nadie, especialmente Ron, podía ver.