Dedicado a Vicky, porque sé que te encantan los detalles.

Para el tema "Primera cita".


EL DUQUE Y YO

La primera cita de toda chica, suele ser la más importante, todo debe ser perfecto, único cada detalle. Y así se veía aquel salón, detallado, único, perfecto. Cada rosa había sido escogida y puesta meticulosamente, sobre todo teniendo en cuenta que aquel hombre, que había ordenado su elaboración, era igual que como se veía aquel salón. Las lámparas del techo pulidas a conciencia, las botellas de vino, limpiadas y perfectamente escogidas desde la bodega, la comida puesta a prueba por el paladar del aquel hombre, las cortinas de raso de seda pulcramente recogidas engalanaban una terraza, el terciopelo de las sillas limpio y reluciente, ya se había colocado la vajilla más fina, las delicadas copas de cristal brillaban a la par con los candelabros de plata que sostenían finas velas, el delicado y complicado bordado del mantel complementaba aquel cuadro, todos los sirvientes hacían su máximo esfuerzo por hacer que aquel salón luciera sacado de un cuento de hadas, aquella que había obtenido una cita con el duque de Hiragizawa, debía ser cosa especial, aquel salón reflejaba como era Eriol Hiragizawa, perfeccionista, detallado, meticuloso, consistente, fino, elegante, exigente y sobre todo… rico. Asquerosamente rico, era uno de los hombres más perseguidos de Inglaterra, su fortuna era equiparable a la del príncipe, codiciado por las mujeres más ambiciosas de Gran Bretaña, que querían engarzar en su dedo el milenario anillo de la familia Hiragizawa, y encima de poseer una inmensa fortuna, tenía la desfachatez de ser endemoniadamente apuesto, con músculos perfectamente definidos en todo su cuerpo, una sonrisa diabólica que hacía suspirar a todas las que se encontraban a su alrededor, unos ojos que invitaban a perderse en ellos, todo aquel conjunto que tenía por nombre Eriol Hiragizawa, tenía, una cita, las matronas de la alta sociedad, estaban escandalizadas, las admiradoras llorosas de que no fue alguna de ellas.

¿Quien sería aquella que tenía una cita con él?, decía la columna de chismes, perfectamente resaltado en grandes letras, la fecha, 17 de octubre del año 1798, el día que sería recordado por muchas como el día de su desgracia, el nombre de la chica se mantenía anónimo, aunque las más víboras habían sobornado a la mayoría de los sirvientes para descubrir la identidad de la susodicha, ninguno sabía nada, su señor había guardado absoluto silencio.

Entre cotilleos y miradas de odio de todas contra todas, paseaba por el parque Sir Daidouji y su hija Tomoyo Daidouji, y esta se mostraba nerviosa.

"Pero pequeña, mira cómo estás, pareces un gato al que ha asustado un perro."

"Perdóname padre, pero no es para menos, yo no sabía que le ibas a dar tu permiso al duque de Hiragizawa, para que fuera a cenar a su… residencia." Y aquella chica, se preguntaba si se podía calificar de "residencia" al inmenso palacete del duque.

"Oh hija, no tenéis que preocuparos de nada, sólo es una cena."

"El duque lo considero "mi primera cita", padre."

"Mi pequeña creo que estas asustada por nada, el duque es un hombre excelente." Y Tomoyo se preguntaba si lo que su padre quería era ascender en la sociedad a través de ella. Dado que un Sir era mucho, mucho menor que un duque ciertamente, y Tomoyo empezaba a preguntarse sí la dejaría casarse con alguien a quien ella amase.

"Además", continuo su padre "Creo que el duque ha quedado prendado de tu belleza hija, deberías sentirte honrada, todo Londres busca a la misteriosa dama que tiene una cita con él." Tomoyo suspiró, su padre obviamente, no le daría oportunidad de no asistir a esa cena.


En su estudio, el duque de Hiragizawa, revisaba que todas las cuentas estuvieran en perfecto orden, su frío mayordomo estaba por retirar el servicio de plata para el té, cuando su amo, tan frío y pulcro a la vez, le hizo la pregunta que él ya estaba esperando.

"Walter¿está todo preparado para la cena?", dijo sin interrumpir el trazado de un numero gracias a su fina pluma.

"Si, excelencia."

"Perfecto, puedes retirarte y avísame cuando sea un cuarto para las ocho para poder cambiarme."

"Por supuesto excelencia, discúlpeme parecer inoportuno¿Pero a quien debo anunciaros a la hora de la cena?" Dijo el fiel y confiable mayordomo, que conociendo los gustos de su señor esperaba que la que fuera a cenar con él se tratara de una fina dama, no cómo las que les gustaban a él, cómo detestaba anunciar a la última, a esa Kaho Mizuki, pero desde que había salido de Londres a la campiña francesa, había descansado en paz, sólo esperaba que no se tratara de otra igual.

"Me anunciareis a la señorita Tomoyo Daidouji, pero a partir de este momento eres el único que lo sabe ¿de acuerdo?" Los ojos azules se posaron en el fiel sirviente indicándole una silenciosa advertencia.

"Sí, mi señor" Y salió silenciosamente de la habitación.


Tomoyo se encontraba en su habitación junto con su mejor amiga, la condesa de Li.

"Tomoyo, te ves magnifica, no se porque no querías poneros el vestido que encargue para vos, si te ves muy bien."

"Sakura, el hecho de que me vea bien, no significa que me guste como vea, tú ya eres condesa, pero siempre tuvisteis ese don natural de moveros con elegancia aunque tu familia no fuera rica, pero en cambio yo, no tengo gracia, ni talento."

"Pamplinas, Tomoyo, tú lo único que estáis buscando son pretextos, ahora vas a asistiros a esa cena, te irá muy bien, además Shaoran me ha dicho que el duque es un hombre muy agradable y divertido."

"Ojalá tengas razón Sakura."


Veinte minutos después llega puntualmente a su cena con el duque, la recibió en el vestíbulo, el fiel mayordomo que en una rápida inspección pudo comprobar que se trataba sin lugar a dudas de una dama.

"Adelante, señorita, la anunciaré en el salón."

El duque se puso de pie rápidamente y sonreía al ver entrar a la chica que le había robado el aliento, desde la vez que la vio en Hide Park acompañando a la condesa de Li, fue abrumador para él, sintió como se quedaba literalmente sin respiración, y su oportunidad de conversar con ella, se dio en el baile de los Worth, después de que él, había mandado a su amante de vacaciones permanentes.

Ahora veía como la estatua de alguna diosa griega cobraba vida y se presentaba ante él, con ese corsé que definía perfectamente su estrecha cintura, y aquellos holanes tan franceses que no cubrían el busto, sino que lo magnificaba, delataba los esculturales senos que se escondían detrás de aquel fastuoso vestido, al final las estrechas zapatillas respingaban bajo la falda del inmaculado vestido blanco, el cuadro remataba con el pelo tan oscuro como el suyo, largo y suave, que terminaba en unos tentadores rizos que contrastaban, la pálida piel, no hacía más que resaltar, finalmente sí es que no podía pedir más, se encontraban sus ojos, tan profundamente brillosos con un tono de amatista delataban la inocencia de su dueña y para acabar con su cordura y aumentar su exaltación se encontraba su boca, delineada perfectamente, y tan roja como una tentadora cereza, simplemente no podía esperar a hacerla suya, suya hasta el punto de convertirla en su esposa, para que nadie más se atreviera a verla o siquiera comprometerla, no era una chica asediada, simplemente porque su padre no tenía el dinero para hacerle un debut espectacular como ella merecía. Pero eso a él no le importaba, ya era lo bastante rico como para casarse con alguien por interés y si aún no había encontrado el amor, esperaba que Tomoyo Daidouji no fuera una decepción, él era muy exigente y hasta el momento la chica enfrente de él, no lo había decepcionado.

"Buenas noches, Milord." Su voz era tan melodiosa como el canto de una sirena, simplemente lo había fascinado.

Tomoyo por su parte estaba igual de conmocionada que él, nunca había visto a un hombre tan guapo como él, sí, lo había visto en el baile, pero en realidad, no le había puesto atención hasta que él la sacó a bailar. Estaba arrebatador, si no es que glorioso, vestía una levita negra que lo hacía verse misterioso, el chaleco junto con la corbata le daba un aire mágico y peligroso, demasiado varonil, parecía demasiado pagado de sí mismo, demasiado para ella...

No es que se hiciera ilusiones para ser una duquesa, ella temía un poco de la alta sociedad, con sus complicadas reglas, exigentes etiquetas y sobre todo demasiado falsa, lo que ella buscaba era el amor de verdad y sí lo encontraba no importaba que el hombre en cuestión fuera un panadero, a ella le encantaba el pan, quizá fuera feliz con un panadero...

"Buenas noches, señorita Daidouji." La interrupción la sacó de sus pensamientos. "¿Le apetece que tomáramos una copa de vino? Hace un poco de frío." La voz de él parecía la de un hechicero que quería encantarla.

"Sí, por favor, aunque sólo un poco." El duque sirvió en las copas diligentemente dispuestas, un poco de vino para ella y la mitad de otra copa para él.

"¿Tiene hambre, o prefiere esperar?" ¿Hambre? Con los nervios que tenía en lo que menos podía pensar era en comida. Dio un delicado sorbo, aunque ella dijera que no tenía gracia, Tomoyo era una innata con las habilidades de una dama, tanto que se podía pensar que fue criada para ser una reina.

"No, aún no tengo hambre, si no le molesta preferiría esperar."

"Comprendo, le enseñaré la casa para distraernos un rato." Y ahí fue cuando Tomoyo, se dio cuenta del elegante salón en que se encontraba, todo arreglado a la perfección, como sí fuera un sueño.

"El salón es hermoso." Comentó en voz baja para ella, pero el duque la oyó.

"¿Le a gustado?"

"Sí, mucho." Ella era directa, no le gustaba como las chicas se hacían las tontas fingiendo interés en algo que no les gustaba.

"Venga conmigo." Y le ofreció su brazo para darle un recorrido por el palacete.

Dieron un recorrido por toda la mansión, Tomoyo había preguntado por unos cuadros de la galería, que descubrió que eran los antiguos ancestros, en el jardín le había preguntado que cuales eran sus flores favoritas pues las de ella eran las rosas y las lilas, Tomoyo era curiosa por naturaleza y el duque parecía dispuesto a contestar todas las que ella hiciera. En el salón de juegos, Tomoyo le había pedido que si le enseñaba a jugar pókar, pues una dama no debería mas que jugar canasta o el piquet, el duque extrañamente divertido ante su petición, no pudo rehusarse, la chica era aún más natural de lo que él suponía. Luego de más de un juego de pókar perdido por él descubrió que a Tomoyo se le daban excepcionalmente bien las cartas. Pero su estomago reclamo la falta de alimento, y Tomoyo con un brillo de diversión le preguntó "¿cenamos?"

La primera cita de Tomoyo Daidouji con el duque fue un éxito, luego de la magnifica cena, que habían degustado, Tomoyo alabo todo lo que pudo a quien fuera que la hubiera hecho y la conversación fue una delicia. El duque la llevó a lo que él consideraba su recinto sagrado, su estudio. Cuando Eriol, abrió la puerta, Tomoyo Daidouji pensó que había muerto y estaba en el paraíso, estaba lleno de libros, para ella que adoraba leer, había obras de todas partes del mundo e incluso encontró el libro que su padre le había prohibido leer, por considerarlo una lectura impropia de una dama, "La guerra y la paz", escrito hacía siglos por un chino. Lo tomo sin pensar del estante, maravillada, podía pasarse horas y horas en ese estudio, la felicidad resaltaba por toda su alegre cara, el duque estaba muy complacido, hasta el momento no había ni una sola mujer en Inglaterra que valiera la pena tener una conversación madura e intelectual que no tuviera entre sus palabras "baile" o "vestidos", pero al parecer Tomoyo era una lectora ávida. Muy satisfecho de haberla encontrado, quería preguntarle cuál habría leído ya.

"¿Lo ha leído?"

"No, mi padre me dice que no es una lectura apropiada para mí." Dijo Tomoyo con el libro entre sus dedos.

"¿Entonces que tipo de lectura le permite leer?" Dijo Eriol molesto de que el conocimiento se hubiera cortado por el simple hecho de no ser una "lectura apropiada".

"Oh, aparte del tradicional libro de la escuela de monjas, la Biblia y las normas de etiqueta, he leído todas las obras de Shackespeare, el pensamiento filosófico de Aristóteles, las matemáticas de Rene Descartes, las leyes de gravedad de Isaac Newton, algunas novelas románticas, nada de mucha importancia."

¿Nada de mucha importancia? Él ciertamente le encontraba importancia al asunto, el libro de Aristóteles le causó sueño cuando él estudió literatura en Oxford. ¡Oh Dios, la había encontrado!

El inoportuno reloj anunció el fin de la velada, pues eran las 10 de la noche, hora en que una dama decente debería estar en su casa, más si se encontraba sola, con un hombre soltero en su casa aún con el permiso de su padre.

"Temo señorita Daidouji que usted, deberá regresar a su casa." Aunque eso no sonaba muy convincente.

"Por favor dígame Tomoyo, y temo que así tiene que ser." Tomoyo lamentaba también terminar esa primera cita.

"Espero que me acepte una invitación a pasear por el parque mañana."

"Será un placer."

La acompañó hasta el carruaje y se despidió sintiendo un pesar dentro de él.


Al día siguiente sólo fue cuestión de contar...

Una, esa fue la cantidad de horas que le tomó a Eriol Hiragizawa darse cuenta que estaba perdidamente enamorado de la señorita Tomoyo Daidouji la cual, paseaba de su brazo por el parque, siendo el objeto de las más espantosas envidias.

Una, la hora que le tomo a Tomoyo Daidouji darse cuenta que quería ser algo más para el enigmático, educado e inteligente duque Eriol Hiragizawa.

Miles, la cantidad de mujeres que querían saber de donde había salido la "señorita" que paseaba del brazo del duque.

Cuatro, la cantidad de palabras que correspondían a la flamante pregunta que Tomoyo Daidouji jamás creería que saldría de la boca del importante duque, y menos al día siguiente de su primera cita.

Una, la respuesta a la pregunta.

Tres, la cantidad de semanas que tardó en planearse la boda.

Una, la cantidad de palabras que correspondía a la pregunta en el altar.

Dos, la cantidad de palabras que ambos se dijeron en su alcoba esa noche...