-Harry... – se sobresaltó, pero al instante una sonrisa se dibujó en su rostro, podía reconocerla, podía escucharla, olerla, sentirla; sabía quien era, porque la conocía de toda la vida, y puede que desde antes también.

-Hermione...qué haces aquí.

-Pues, creo que es obvio -¡Mierda! Si él seguía sonriéndole así, si seguía mirándola con esa picardía en los ojos, estaba segura de que le fallarían las piernas-. Salí a buscarte cuando vimos que no estabas.

Y ciertamente había sido así, pero a diferencia del resto que se alarmó al ver que el salvador del mundo, en quien depositaban todas sus esperanzas (y responsabilidades) había desaparecido, ella: Hermione Granger no se preocupó por el destino del universo, sólo se limitó a pensar en él, en Harry, no en quien debía ser, o en los títulos que los vacíos cerebros de la gente que no sabe afrontar sus propios miedos le habían puesto. Y supo que él estaba bien, porque si no fuese de aquella forma, ¿cómo era posible que ella aún viviese? ¿cómo sería posible aún estar en pie? Todos comenzaron a exponer teorías, y a entrar en pánico, pero ella lo entendía, siempre lo había hecho, y comprendía que después de todo lo habían pasado (porque siempre permanecieron juntos), su amigo necesitaba estar solo, aunque fuese sólo por un rato. Trató de explicar, pero no la comprendieron, no lo comprendieron, aunque accedieron a darle algo de tiempo y cuando ya no esperaron más, se decidió (en verdad a fuerza de que ella se lo había propuesto) que lo más conveniente es que Hermione lo buscase, mientras los otros se preparaban para pasar la noche en aquella sala.

Y allí estaba ella, parada, frente a él, pensando en lo bello que sería si las cosas fuesen distintas, en que esa sonrisa que tanto la derretía asomaría más a menudo por el rostro de su mejor amigo, en que él no habría sufrido tantas pérdidas, en que aún serían el grupo de amigos de siempre, que tal vez, y con algo de suerte, ahora no estarían en aquella situación, sino que quizás...no, aquello no era posible, estaba dejando volar demasiado a su imaginación, él...ella...ellos...no, no habría eso.

Para despejarse, pronto pensó que sin los acontecimientos de ese pasado en común, su relación no sería tan estrecha, no serían los mejores amigos que siempre habían sido. Tenía que distraerse, y rápido, o cometería una locura; porque Harry (sin quitar aquella sonrisa) se había acercado hasta ella y tomándole una mano la había sacado de atrás de las cortinas, y la había llevado al borde del balcón, mientras miraba el horizonte. Y se volvió para mirarla. Se sonrieron, aunque lo de ella apenas si fue un esbozo, porque su mente volaba en terreno peligroso, tenía que desviar sus pensamientos. Pero para su sorpresa fue él quien habló primero.

-Y bien...¿me he perdido de mucho?

-No de mucho –respondió ella soltando al aire una breve carcajada

-Entonces, supongo, que me vienes a castigar mi osadía.

-Bien, es cierto que no deberías haberte ido, al menos no sin avisarle a alguien, pero entiendo tus motivos, y por ello, y sólo por ello te perdono, y libro del castigo –dijo ella riendo alegremente.

-¿Si? –dijo mirándola maliciosamente- Pues lamento informarte tú no te librarás del tuyo. ¡Has osado molestarme mientras meditaba! –y mientras reía la atacó desprevenida, y comenzó a hacerle cosquillas.

Ella se libró como pudo, y comenzó a correr, Harry sabía que era más rápido, pero decidió jugar un rato al gato y al ratón, y no fue hasta que ya habían corrido por todo el balcón y parte de la habitación, cuando decidió darle alcance.

-Te tengo –le susurró al oído, mientras le rodeaba las cintura con los brazos desde atrás. Hermione sólo reía.

-Bien...pero...no...me hagas...nada...compadécete...soy...sólo...una pequeña bruja –dijo mezclando las palabras con los jadeos (producto de la corrida) y la risa.

-No tendré piedad –le contestó también riendo, mientras le volvía a hacer cosquillas. Mientras ella intentaba devolverle la tortura

Y de repente, pasó. El mundo se paró. Sus miradas se cruzaron, y todo enmudeció, incluso ellos mismos. Las miradas pasaron del ambiente de la alegría, a la seriedad, casi anhelante de saberse observados por el otro. Era como si cada uno pudiese leer en el interior del otro, y eso los asustó, trataron por algunos instantes de ocultarle al otro la verdad, pero al descubrir ese mismo miedo en la mirada ajena, sus propias intenciones se aplacaron, para buscar la verdad (deseada desde siempre) en esa ajena mirada. Y cuando lo descubrieron, las palabras no servían, y sin darse cuenta, sus bocas se unieron, en un beso casto y tímido. Tal vez fue Hermione la primera, o no, quizás fue Harry, o los dos, pero eso ya no importaba. Se separaron. Se miraron. Se sonrieron. Y volvieron a besarse, pero ya sin timidez, pues habían descubierto que los dos deseaban ese beso (y los que hubiese por delante). Era obvio, se necesitaban, se anhelaban, se deseaban, se querían... se amaban. ¿Por qué negarlo? ¿De qué servía esconderlo?

Durante esos instantes no es importó el pasado o el futuro, sólo el presente, ese presente que los dos experimentaban, ese que estaba cargado de sensaciones, de suspiros.

Se arrastraron por la habitación hasta que chocaron contra la cama, y riéndose cayeron sobre ella.

Hermione, que había quedado sobre Harry, se levantó un minuto, lo miró, le sonrió, y volvió a besarlo. Por su parte Harry, puso sus manos sobre la cintura de ella, y comenzó a acariciarle la espalda, extasiado al sentir los boca, disfrutando de las manos de ella que le revolvían el pelo, volvió sus manos a la cintura de Hermione, la atrajo contra su cuerpo, la necesitaba, por Merlín que sí.

Poco a poco, las prendas de ropa comenzaron a dormir en el suelo, y la calma de la noche se rompía sólo por los suspiros, algunos gemidos, las risas, la pasión, el deseo, las caricias, los besos, que se regalaban, cargados de frenesí.

Y de pronto, el mundo volvió a pararse, cuando él estuvo dentro de ella, y fue mágico, porque sus cuerpos se movían al compás de una danza tan antigua como el hombre mismo. Porque allí, entres suspiros y gemidos, los dos comprendieron que nada era más poderoso e importante como aquello que ahora sentía, que ni la más poderosa de las magias superaría a aquella que ahora los embargaba, porque nada podía sobreponerse al amor. Y cuando los dos se elevaron, al mismo tiempo, llegando al cielo, no supieron de nada más, o quizás sí, y de eso que era lo único que los dos tenían en mente, surgieron dos palabras, casi gritadas en oscuridad de la noche.

-¡Harry!

-¡Hermione!

Poco a poco, bajaron del cielo en el que los dos estaban, aquel cielo que ahora compartían. Y sudorosos, se recostaron besándose, mirándose, amándose. Harry, estaba boca arriba, con la mitad del cuerpo desnudo de Hermione, su Hermione, sobre él, con una mano sobre su cintura, mientras que ella, cruzaba una pierna sobre las de Harry, y apoyaba una mano sobre su pecho, aferrada a la otra de él, y acariciaba sus cabellos con la otra.

-Te amo –al principio se sobresaltó, pero sonriendo de inmediato levantó la cabeza y mirándolo le respondió.

-También yo te amo.

-Sabes, cuando llegué aquí esta noche, todo lo que quería hacer era olvidarme de todo, aunque sólo fuese por un instante, y te debo a ti, y sólo a ti el poder haberlo logrado; durante este tiempo, no he sabido ni mi nombre, no he sabido más que de ti.

Ella rió, y se durmió pensando que se había vuelto adicta a él. Algún tiempo después, los sonidos de una nueva tormenta, más fuerte que la anterior, hizo que los dos amantes se despertaran y tomaran un baño (juntos), para acabar más tarde, tendidos sobre la cama nuevamente, sudorosos y felices. Porque no les importaba el mañana, ni los retos o peligros que trajera consigo, sabían que de afrontarlos, lo harían juntos, y ahora disfrutarían de esa noche, por si ya no hubiese más, como si aquella fuese la última noche.

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