CAPÍTULO III – Sueños cumplidos
Con el paso de los días mi humor no mejora, es más, casi podría afirmar que va a peor. Ron y Hermione ya no saben cómo decirme las cosas para que no les responda con gritos. Lo siento por ellos, pero es que ya no lo soporto, si sigo así voy a terminar volviéndome loco. Y por si esto no fuera suficiente, Snape se pasa el día atormentándome. En clase de Pociones se las ha ingeniado para que me tocara con su protegido, sí, Draco Malfoy. Toda la hora a su lado y, evidentemente, no he pensado ni un segundo en la poción que estábamos elaborando. Simplemente he dejado libre mi imaginación y me he puesto a pensar si su padre olerá igual que él, si moverá las manos tal y como lo hace él mientras remueve los ingredientes en el caldero, si tiene el mismo porte aristocrático de cerca… Tan metido estaba yo en mis meditaciones que no me he dado cuenta de que lo estaba mirando con cara de embobado.
- ¿Se puede saber qué te pasa,
Potter? – esa voz me devuelve a la realidad.
- Ehhh… yo…
-
Genial, te has vuelto tonto del todo. ¡Está bien, la
terminaré yo solo, pero será la última vez!
-
Yo… - parece que ante su visión hablándome
desaparezcan mis neuronas y soy incapaz de hablar.
- Vale, tomaré
esto como un sí. Pero si te comportas de esta forma, el
profesor Snape se dará cuenta de que… - se calla de repente
pues el nombrado profesor aparece cerca de nuestra mesa.
- Vaya,
Draco, no me sorprende, es la mejor poción del aula. Supongo
que Potter no ha tenido mucho que ver, puesto que no ha explotado y
está en su perfecto estado de elaboración y tiene el
color adecuado. Os pondré un 10, claro que Potter no se lo
merece… seguramente la has hecho tú solo. ¡20 puntos
menos para Gryffindor! – sonríe triunfalmente mientras se
aleja.
- Pero no es… - empiezo yo pero Draco me pega una
patada-. ¡Aughhhh! – Lo miro furioso.
- ¿Eres
idiota o qué?
- No… yo… - su actitud me confunde.
-
Retiro lo dicho, sí, lo eres…
Y así ha terminado la clase, con un 10 por primera vez –y única seguramente- en mi vida en una poción, con 20 puntos menos y con un constante dolor de cabeza después de tanto pensar en por qué Draco Malfoy se porta 'tan bien' conmigo. Claro que, después de la clase, ha vuelto a ser el mismo de siempre. Me ha insultado un par de veces por los pasillos y se ha metido con Ron y Hermione que venían conmigo. Pero su tono no era el mismo del curso pasado, este cambio me está intrigando demasiado y no me deja concentrar en nada más.
Y ahora, ahora tengo clase de oclumancia, otra vez con Snape, y solos. ¡Merlín! Debo de haber hecho algo muy malo para que me castiguen de esta manera. Resignado, llamo a la puerta y entro. Sentado tras su mesa, aguardando el momento propicio para hacerme sentir más estúpido de lo que me siento ahora mismo.
-
Por lo menos es puntual, Potter – su voz resuena en mi cabeza, este
hombre disfruta, lo sé -. Bien, empezaremos pronto, así
podrá descansar, claro que últimamente no hace nada más
que eso en las clases, por lo que he oído. Pero ya le digo que
aquí no ocurrirá. Prepárese, ¡legerimens!
-
¡Protego! – grito con todas mis fuerzas consiguiendo repeler
su entrada.
- Vaya, me sorprende su eficacia. ¿No será
que esconde algo? – me ruborizo y sonríe maliciosamente -.
Oh, el niño-que-vivió tiene secretos… muy
interesante. ¡Legerimens!
- ¡Protego! – exclamo
pasados unos segundos, pero los justos para que vea mi enfado con
Sirius de ayer.
- Esa no es forma de tratar a un profesor, Potter.
¡20 puntos menos! – antes de que proteste, añade -,
sí, le quito puntos pues estoy convencido de que su querido
padrino – escupe la palabra como si le quemara – no hizo nada en
contra de usted.
Y después de una hora soportando sus intromisiones en mi mente y sus afiladas palabras, por suerte no ha conseguido ver nada más, me dirijo a la sala común. Ahí están Ron y Hermione, me miran apenados. Les debo una disculpa, así que me acerco a ellos.
- Ho… hola… -
empiezo casi tartamudeando.
- Hola, Harry, ¿qué tal
las clases?
- Como siempre, Hermione, gracias. Chicos… yo… -
me aclaro la garganta – quería pediros perdón…
-
Harry, no es necesario…
- Sí lo es, Ron. Sé que mi
comportamiento no ha sido bueno con vosotros y no os lo merecéis.
Yo espero que me podáis perdonar.
- Claro que te
perdonaremos, Harry – dice Hermione y me abraza, antes de que Ron
haga lo mismo.
- Bue… bueno chicos, yo… yo tenía que ir
a la biblioteca, ¡uy, se ha hecho tardísimo…! Cómo
pasa el tiempo, ¿no? Jejeje – añade nerviosa mientras
recoge sus libros y desaparece de nuestra vista.
- ¿Y a
esta qué le ocurre? – pregunta Ron.
- No lo sé…
parecía nerviosa, ¿verdad?
- Sí, seguramente
había olvidado algún trabajo… Conociendo a Hermione,
sólo puede tratarse de deberes.
- Sí – respondo
yo, sin estar convencido del todo, pues estoy seguro de que esta vez
es algo distinto.
La noche llega sin que apenas nos demos cuenta. Ron y yo hemos estado en la Sala Común haciendo los deberes y, una vez terminados, jugando al ajedrez. Me ha gustado ver reír a Ron, hacía días que no lo hacía, seguramente por mi culpa. Sé que no es fácil para ellos verme triste y ausente, y mucho menos que les grite. Estoy molesto conmigo mismo por mi comportamiento y me prometo que de ahora en adelante cambiaré y no culparé a nadie de mi desastrosa vida.
Bajamos a cenar. Dean, Seamus, Neville y Ginny ya están sentados en la mesa. Me disculpo con ellos, sonrientes me dicen que todos pasamos por malos momentos, pero que siempre estarán ahí para mí. Sonrío, me siento un poco mejor, han conseguido alegrarme con sus palabras de ánimo. La verdad es que a veces creo que no los merezco.
- Ayer por la tarde vi a
Sirius que regresaba de las mazmorras. ¿No lo encontráis
extraño? – dice Neville.
- ¿Sirius? ¿En las
mazmorras? – pregunto incrédulo.
- Sí, yo iba
hacia la habitación cuando me topé con él que
venía del pasillo que conduce a las mazmorras, no podía
venir de ningún otro lugar – explica.
- ¿Pero…
qué habría ido a hacer allí? – pregunta Ron
quien no logra terminar de asimilar la información.
- Eso
no lo sé… pero parecía nervioso cuando me vio.
-
¿Nervioso? – digo mientras dirijo mi mirada hacia la mesa de
profesores buscándolo. Está hablando con Dumbledore,
sonríen los dos y entonces veo que me saluda con la mano. Le
devuelvo el gesto y me volteo de nuevo.
- Pues yo lo veo igual que
siempre – interviene Ron -. Quizá tenía que hablar de
algo con Snape… sobre tus clases o cosas de la Orden…
- ¿Quién
tenía que hablar con Snape? – aparece Hermione, con el pelo
más alborotado que de costumbre y con un ligero sonrojo en las
mejillas.
- ¡Oh, por fin apareces! Harry y yo estábamos
preocupados…
- Sí, ya veo, pero no te ha quitado el
apetito… - le contesta la chica mirando al plato del pelirrojo,
lleno hasta rebosar.
- Muy graciosa… pero podrías haber
dicho que tardarías tanto.
- Bueno, estaba haciendo…
deberes, sí, deberes, ya sabéis, y se me pasó la
hora… - contesta empezando a comer para así no tener que
hablar al ver que yo iba a preguntarle algo.
- Pues vaya
aburrimiento, toda la tarde haciendo deberes… ¡eres lo que no
hay, Hermione! – puntualiza Ron cogiendo un muslo de pollo al que
se dispone a devorar.
- Oh, Ron, no es aburrido, los deberes son
lo más importante para mí… - protesta la chica ante
la insistencia.
- Sí, lo más importante… no
debemos descuidarlos… - añado yo mirándola fijamente
y veo como se ruboriza un poco.
Como casi cada noche me veo incapaz de poder conciliar el sueño. Son muchas semanas ya sin dormir, demasiadas noches mirando a la nada. Estoy harto de todo esto, pero sé que es inevitable. Es una carga, una pesadilla, sí, pero tengo que afrontarlo.
Opto por levantarme y coger la capa para deambular por los pasillos de la escuela, a lo mejor así me entra sueño. Abro las cortinas de la cama, me calzo las zapatillas y salgo hacia la sala común. Me dirijo hacia la salida y la Dama Gorda, por suerte, no se da cuenta de nada, está durmiendo. Como todos. Todos menos yo.
Los pasadizos están desiertos. Ruego por no tropezarme con Filch o su gata. La señora Norris lo detecta todo, incluso con la capa. Me reprocho a mí mismo por no haber cogido el mapa, pero ahora no quiero regresar a por él. La paz que se respira a esas horas en el castillo invade mi ser y me siento bien, descansado, un poco más feliz…
Mis pasos me alejan de las dependencias de Gryffindor y, de repente, me doy cuenta de que no sé si dónde estoy. Es un pasillo oscuro, pero no tengo miedo, llevo la varita conmigo y la capa, nadie puede verme. Oigo un ruido detrás de mí, seguramente es la gata… ¡Maldito animal! Me meto en un aula vacía, se ve que hace tiempo que está en desuso si hay que juzgar por la cantidad de polvo que hay allí dentro.
- ¿Ahí? – oigo la voz de Filch acercándose -. Muy bien señora Norris… quién esté dentro no se podrá esconder de nosotros por mucho tiempo.
La puerta se abre y la gata encamina sus pasos hacia mí pero, sin motivo aparente, da media vuelta y se aleja. Quizá algo la haya asustado. Veo como Filch cierra la puerta y su voz es cada vez más lejana. Suspiro aliviado. Tengo calor, decido regresar y darme una ducha. Empiezo a andar hacia la puerta cuando algo hace que me pare. Me ha parecido ver… no, no puede ser, estoy solo… retomo mi marcha diciéndome que no hay nadie más y que si me ha parecido ver una sombra es producto del sueño que tengo y de mi imaginación. Me sitúo delante de la puerta y paro atención por si vuelve Filch. No se oye nada.
-
Menos mal que la gata no me ha visto– digo en voz alta.
- Sí,
ha sido una suerte – añade una voz a mis
espaldas.
Reconocería esa voz donde fuese. Está ahí, detrás de mí, no puedo verlo pero sé que es él. Oigo sus pasos que se acercan y ahora puedo ver sus manos tanteando a la nada. No puede verme, recuerdo que aún llevo la capa encima. Lentamente, voy moviéndome hacia la derecha, pero como si un hechizo le indicara mi posición, también modifica su rumbo. Doy otros pasos más, él hace lo mismo.
- No vas a poder escapar – su voz es apenas un susurro pero se me clava en el pecho. Siento miedo.
Sigo sin decir nada y, procurando hacer el menor ruido posible, me deslizo hacia delante y a la izquierda. Esta vez lo veo moverse hacia la derecha, lo estoy consiguiendo, no sabe dónde me encuentro ahora. Justo cuando he llegado de nuevo delante de la puerta, me quita la capa.
- Te lo dije.
- Pe… pero…
- Te
recuerdo que soy un gran mago, por si lo habías olvidado.
-
Yo…
- ¿Tienes miedo? – niego la cabeza -. Pues deberías
tenerlo – un escalofrío recorre mi espina dorsal.
Se acerca hasta situarse a escasos milímetros de mi cuerpo. Mi rostro queda a la altura de su pecho, se separa un poco y agacha la cabeza hasta situarse a mi altura. Me mira como si pudiera traspasarme, me siento frágil e indefenso.
- Nadie escapa a mis deseos, Potter – dice antes de abalanzarse sobre y, cuando me doy cuenta, me está besando.
No puede ser… esto no puede estar sucediendo… Me aparto bruscamente, empujándolo y eso parece irritarle.
- Si no te resistes será más
fácil.
- No te acerques, llevo la… - busco mi varita pero
no la encuentro.
- ¿Buscas esto? – pregunta y veo mi
varita en sus manos, debió de cogerla al besarme -. Te la
devolveré, pero sólo si te portas bien – añade
con una sonrisa malévola.
- Yo…
- No digas nada, tan
sólo disfruta. Sé que te gusta… -dice en un tono de
voz sensual que me derrite por dentro.
Y vuelve a besarme. No me muevo, mi cuerpo permanece inmóvil, me siento incómodo… Mi corazón late deprisa, acelerado, casi noto como quiere salirse de mi cuerpo. Es él quien me besa, yo no hago nada. Me acerca hasta arrinconarme y ahora sí que no tengo escapatoria. Estoy entre la pared y su cuerpo y con una gran contradicción. Mi cuerpo está respondiendo a sus besos y quiere dejarse llevar, pero mi cerebro ordena lo contrario. Esto no es normal. Yo no debería estar aquí. Debería estar en mí cama, dormido, y no en vete a saber dónde con él, besándome, con pasión, con desenfreno.
Mi cuerpo triunfa finalmente por encima de la razón y me dejo llevar. Abro un poco la boca y aprovecha para profundizar el beso. Ahora ya no es él solo, yo también lo beso con deseo. Las dos lenguas se rozan y noto como se estremece mientras lo abrazo y se aferra más a mí al notar que mi resistencia me ha abandonado. Me estoy entregando completamente a él, a mi enemigo, y no me importa.
Empieza a desnudarme, sus manos son rápidas y en pocos segundos me ha quitado el pijama dejándome sólo con los bóxers puestos. Hace lo mismo con su túnica y a nuestro alrededor se ha formado una marea de ropa en el suelo. Sus manos recorren mi cuerpo y, a pesar de estar clavándome las malditas piedras de la escuela en la espalda, no siento ningún dolor. Es tanto el placer que me da sólo con sus besos que me olvido incluso de que existo. Este hombre es, sencillamente, perfecto.
Deja un momento mis labios para mirarme. Sus ojos brillan intensamente, parecen dos estrellas, mis dos estrellas, ya no quiero contemplar ninguna más, ni el cielo más bello se puede comparar a sus ojos. Sigue torturándome mordiendo el lóbulo de la oreja y el cuello, se acerca a mis pezones, los lame, los muerde, apenas me quejo, me encanta lo que me está haciendo. Vuelve a subir por el otro lado hasta el cuello, sigue depositando besos y mordiscos y nunca me había sentido tan bien. Esas sensaciones que recorren mi cuerpo hasta casi hacerme tocar el cielo escapan a mi control. Creo que voy a enloquecer de pasión. Y si él sigue a ese ritmo, también.
Me mira de nuevo y su rostro parece el de un ser que ha vagado por el desierto durante años y de repente encuentra un oasis, que debe de ser mi boca, porque apenas se aleja de ella. Vuelve a mirarme, parece que le encanta perderse en mis ojos, porque sonríe cuando ve que le miro con la misma pasión que veo en los suyos. Y también veo obsesión, obsesión por tenerme entre sus brazos. Le cambia el rostro… ahora se ha vuelto más frío, más distante, pero le beso igual, quiero que continúe y se da cuenta.
- Me
vuelves loco, ya he esperado demasiado – dice a mi oído,
antes de atrapar mi erección con sus labios.
- Ahhhhh…
mmmmmm…
- Hoy vas a ser mío – añade con un tono
de voz que casi da miedo.
Pero ahora mismo, todo me da igual. Su lengua recorre mi pene y se adapta a la perfección a mis movimientos de cadera. Lame, besa y muerde con suavidad cada milímetro de mi miembro y yo sólo puedo jadear. Me doy cuenta de que él también me está volviendo loco por momentos y más cuando empieza a succionar y masajear mis testículos.
- Mmmmm… Ahhh… mmmmm… - apenas logro articular nada.
Se aferra a mis caderas y profundiza más mientras arqueo la espalda. Parece que quiere devorarme y no me molestaría con tal de sentir esa lujuria que despierta en mi cuerpo.
- Ohhh… mmmmmm… ¡Lucius! – grito al alcanzar el orgasmo y me golpeo contra la pared.
Se levanta y veo como lame sus dedos y recorre sus labios para que no se escape ninguna gota de mi esencia. Es la escena más erótica que he visto en la vida y me lanzo a por él con tanto ímpetu que terminamos rodando por el suelo, quedando encima de mí.
Me mira, y es que parece que le encanta hacerlo, y veo en su rostro satisfacción, le sonrío y hace lo mismo. Se acerca mi oído, otra de sus aficiones favoritas, y me muerde el cuello de nuevo. A este paso voy a terminar lleno de marcas. Sonrío ante la idea, así recordaré que esta noche no ha sido un sueño.
- Ahora vas a disfrutar aún más, pequeño.
Y noto como un dedo se introduce en mi interior. Me tenso al instante, estoy nervioso y lo nota.
- Tranquilo – dice besándome de nuevo -, te cuidaré bien.
Me relajo un poco y sigue besándome, deposita besos muy pequeños sobre mi cuerpo mientras su dedo explora mi interior. Al cabo de un rato mete un segundo y me tenso de nuevo, pero se encarga de que me olvide con más besos y torturando mis pezones. Mete el tercero, apenas protesto, no tengo fuerzas… ha tomado mi erección con la otra mano y se me está olvidando hasta mi nombre. Noto como retira los dedos y gruño, me estaba gustando, y mucho.
- Te deseo, Potter… hace tanto
tiempo que te deseo… - vuelve a cambiar la expresión de su
rostro, de nuevo aparece el Lucius de siempre, con su voz
maquiavélica. Me tenso un poco y cambia de nuevo.
- Y yo…
- le respondo.
Eso le enciende aun más, se posiciona en mi entrada y me penetra de una sola estocada. Dejo escapar un grito mientras me acostumbro a la intromisión. Agarra de nuevo mi miembro y lo masajea, mientras empieza el vaivén de su cuerpo encima del mío. Su rostro… parece enloquecido a veces, pero cambia a otro que trasmite serenidad y ternura. Este hombre es una caja de sorpresas. Me atrae y me da miedo. Todo en él es una contradicción.
Noto que no aguantaré mucho más, quiero decírselo pero…
- Ahhhh… mmmm… - acaba de
dar con mi próstata -. ¡Dios…! Síiii… - grito
entre jadeos.
- Te… he… dicho… que… te… gus… taría
– dice abandonando por un momento mi boca.
- Mhhmmmm…
Me estoy volviendo loco, definitivamente no hay más explicación. Ahí estoy yo, en el suelo, mientras Lucius Malfoy me penetra salvajemente con mi consentimiento. Sí, me entrego a él por voluntad propia y no me arrepiento. Acierta de nuevo mi próstata y pierdo el control.
- Mmmm… ¡síiiiii! – digo
mientras me corro en su mano y noto cómo él hace lo
mismo dentro de mí, a los pocos segundos.
- Ohhh… síiii…
Cae encima de mi cuerpo y yo, instintivamente lo abrazo. Acabo de entregar mi virginidad a un hombre que me odia y lo he disfrutado. Ojalá esto no terminara nunca, pero ya es demasiado tarde.
Se retira lentamente de mi interior y se tumba en el suelo. No me mira, no dice nada. Sólo oigo su respiración, entrecortada y agitada, como va volviendo a la normalidad. No sé qué hacer… ¿huyo de él o me quedo ahí? ¿Me odia o siente algo por mí? Mi mente empieza el debate. Voltea la cabeza y me mira. Su rostro ha cambiado, no parece el mismo de antes, sonríe y veo ante mí al hombre más maravilloso del mundo.
Tiene su larga cabellera rubia completamente despeinada, está sudando, pero no he visto nada igual en la vida. Recorro su cuerpo con los dedos, ayudado por la complicidad de la luna que ilumina tenuemente la habitación y me deleita para que contemple tal belleza. Tiene un cuerpo perfecto, con los brazos musculosos, fuertes; un estómago liso, con los abdominales ligeramente delineados; las piernas robustas; la espalda ancha y la cintura más estrecha. Si esto no es un adonis, no hay ninguno en el mundo.
Sonríe al verme embelesado mirándolo. Acaricia mi mejilla y me besa de nuevo. Ahora con ternura, sin prisas, sin esa desesperación del primer momento. Cuando nos separamos, coge mi mano y la agarra con fuerza entre las suyas.
- Volveremos a vernos… - dice
recogiendo su ropa y desapareciendo.
- Eso espero… - digo a la
nada.
Regreso a mi habitación, tengo el cuerpo con moretones y lleno de mordiscos, pero no me preocupo, estoy feliz. Son las cuatro de la madrugada, apenas podré dormir unas horas, pero me siento bien, me siento completo. Consigo dormirme y, por primera vez en meses, no tengo ninguna pesadilla.
