Capítulo IV – Descubrimientos
- Harry… - oigo una voz llamándome -,
Harry – repite-. Vas a llegar tarde… - reconozco la voz de Ron.
-
Mmmmm…
- Vamos… levántate…
- Mmmm… no… -
protesto.
- Tú mismo, si Snape te castiga…
- Oh…
¡mierda! - me pongo de pie al oír la mención de
mí querido profesor -. ¿Qué…? – empiezo a
balbucear al abrir los ojos y ver a Ron fijando la vista en mi
cuello, entonces recuerdo y me tapo enseguida.
- No hace falta que
te tapes, el otro lado está igual –llevo la mano al lado
izquierdo y tengo mis dos manos rodeándome el cuello,
seguramente debe de parecerles gracioso pues todos se ríen al
verme así.
- ¡Maldición! – exclamo al evocar
los recuerdos de ayer.
- Creo que alguien ha tenido una noche
movidita… –aparece Seamus regresando del baño.
- Sí,
amigo, cuéntanos… - Dean también interviene.
- No…
yo… nada – digo corriendo hacia el baño y
encerrándome.
Una vez allí me siento a salvo. Cierro la puerta con un hechizo, abro el grifo de ducha y me sitúo debajo del agua, noto que me voy despejando. Apenas puedo abrir los ojos, normal, casi no he dormido. Cuanto más lúcida se vuelve mi mente al recordar los sucesos de la noche anterior, más se enciende mi cuerpo. No sé cómo puede excitarme tanto el simple hecho de pensar en él.
¡Dios! No me puede estar ocurriendo esto. Ayer fue una locura. ¡Por Merlín! Está casado, es el padre de Malfoy, fue un Slytherin… ¡Es Lucius Malfoy! Un mortífago, un fiel seguidor de Voldemort, su más fiel seguidor… Vale, creo que a parte de añadir que ha deseado mi muerte desde que nací, todo es perfecto, pienso ironizando.
El agua recorre cada rincón de mi cuerpo y mi mente regresa hasta un aula abandonada, aún puedo sentir su olor pegado en mi piel, puedo notar sus dedos sobre mi cuerpo, sus abrazos, sus besos… Y eso trae consigo una terrible erección. Tendré que solucionarlo, no puedo presentarme con este pequeño problema a clase de Pociones.
- ¡Dios! Tengo que darme prisa – exclamo al pensar lo tarde que es.
Pero la hora no supone ningún problema, estoy tan empalmado que al cabo de pocos minutos ya he alcanzado el clímax gritando su nombre. Termino de asearme y, corriendo, y sin pasar por el comedor, pues no tengo tiempo, me dirijo hacia las mazmorras.
Soy de los primeros en llegar, me siento y espero a que vengan Ron y Hermione. Me acuerdo de los mordiscos y cojo la bufanda y me la anudo alrededor del cuello. Al menos en las mazmorras hace frío y no será sospechosos, pero no sé cómo lo ocultaré en las otras clases. Poco a poco van llegando todos y se van sentando en sus respectivas mesas. Finalmente, llegan mis amigos. Ron me regaña por seguir sin querer contarle nada y Hermione me reprueba el hecho de no haber desayunado. ¡Genial! Esos dos se están comportando como mis guardianes, para variar, y yo me pongo a criticar su actitud.
- Señor
Potter… ¿me da su permiso para seguir con mi clase? – la
voz de Snape, tan amable como siempre.
- Ehh… sí… -
apenas reacciono.
- Bien, porque si sigue hablando va a sufrir un
castigo – respiro aliviado -, ah, y ¡30 puntos menos para
Gryffindor! ¿No creyó que iba a olvidarme, verdad? –
hace una mueca de superioridad y se aleja hacia la
pizarra.
Perfecto. De momento llevo despierto una hora y tan sólo he conseguido masturbarme pensando en el sexo que tuve con Lucius Malfoy y ahora acabo de perder treinta puntos para mí casa. ¡Este día promete!
Por la tarde, el rumor de que tengo el cuello señalado ya se ha extendido por todo Gryffindor, y quizá llegue a oídos de las otras casas. Hermione vuelve a sermonearme durante la cena por la osadía de vagar por el castillo de noche y me regaña para que coma más. Ron aún sigue molesto porque no sabe de quién se trata – y no lo acertaría ni de casualidad -, Dean y Seamus, junto con Neville y Ginny, me cosen a preguntas para tratar de adivinar algo o para que les cuente algún detalle sin darme cuenta. Pero yo permanezco impasible a sus comentarios e interrogaciones y sigo comiendo sin hacerles caso.
Aburrido de jugar con el puré que aún queda en mi plato, pues sigo sin tener mucha hambre, levanto la vista y, al otro lado del Gran Comedor, un par de ojos grises parecen analizarme. Me sonrojo levemente al pensar que es su hijo y la copa que sostengo en mis manos cae al suelo, manchándome de zumo de calabaza toda la túnica.
- ¡Harry! Ten
cuidado… - dice Ginny.
- ¡Mira cómo te has puesto!
– me riñe Hermione.
- Ehh… sí, mejor subo a
cambiarme.
Abandono la mesa mientras esos ojos siguen clavados en mí, parece que puedan traspasarme y adivinar lo que estoy pensando. Esa mirada me pone nervioso, me recuerda a la suya. ¿Sabrá algo? ¿O acaso es todo un juego? Ahora me siento peor que esta mañana y aún tengo más dudas respecto a lo que pasó ayer por la noche, a este paso mi cabeza va a estallar de tanto pensar.
Han pasado varios días y mi mente sigue nublada. Des de aquel fugaz encuentro no he vuelto a saber nada más de él. No sé si quiero volver a encontrármelo. Sí, sí quiero, pero no está bien. No… no es normal. No, nada normal. Harry Potter no puede estar enamorado de Lucius Malfoy. Eso no puede ser posible. No. Pero lo es. Es posible porque lo sufro. Y sufro en silencio, sin poder hablarlo con nadie. Mi corazón late sólo por él y él… no ha regresado a verme. Y lloro lágrimas amargas también en silencio, para no despertar sospechas. Intento actuar con normalidad, aunque sé perfectamente que no lo consigo. No me importa, hay sólo una cosa que me preocupa en este momento y lo que la gente diga de mí no es la principal.
A veces me gustaría subirme a una mesa del Gran Comedor y gritar a los cuatro vientos que amo a Lucius Malfoy. Sí, lo amo. Sí, estoy enamorado de él. Perdidamente enamorado. Obsesivamente enamorado. Sólo puedo pensar en él y en nuestro próximo encuentro. Pero nada, los días pasan y no tengo ninguna noticia al respecto. No sé por qué me hago ilusiones, seguramente fui sólo un pasatiempo para un hombre como él… Soy demasiado ingenuo. ¿Cómo un hombre que puede tenerlo todo, de su clase y siendo quién es, se fijaría en un chico como yo? Nadie, esa es la cruda respuesta. Y mucho menos un Malfoy.
- Señor
Potter… - oigo una voz lejana - señor Potter… - repite en
un tono más serio.
- Eh, ¿sí? –
repentinamente regreso a la tierra y me encuentro con los ojos de
todos los alumnos puestos en mí.
- ¿Podría
prestar un poco de atención a la clase, por favor?
- Sí,
profesora, lo… lo siento… yo…
- Bien, pero que no vuelva a
repetirse – me advierte la profesora McGonagall continuando con sus
explicaciones.
Suspiro aliviado, me he librado, pero por poco, suerte que es la jefa de Gryffindor, si hubiera sido Snape… creo que la tortura hubiese sido algo placentero comparados con sus castigos. La cara que pone Hermione cuando cruzamos las miradas es digna del ser más maquiavélico de cualquier película muggle. Evidentemente no me libraré de otro sermón suyo sobre la atención prestada en clase. Últimamente las charlas con mi amiga forman parte de mí día a día y sus consejos son más bien órdenes a seguir. Para ella es muy fácil, no tiene otras preocupaciones que dedicarse a estudiar, es lo único que hace todo el rato. Pero yo… mejor no me pongo a pensar de nuevo…
Por suerte para mí, Hermione regresa tarde de nuevo por la noche, circunstancia que se está volviendo habitual des de las últimas semanas. Después de cenar, nos ha comentado que estaría en la biblioteca hasta las nueve. Son las nueve y media y aún no ha llegado. Ron se muestra preocupado, yo, pensativo.
- ¿Dónde
puede estar a estas horas?
- No lo sé, Ron, pero espero que
tenga un buen motivo.
- Sí, seguro que lo tiene, ¡es
Hermione!
- Bueno, se lo puedes preguntar ahora mismo – digo
volteando mi cabeza hacia la entrada a la sala.
- ¡Hermione!
¿Se puede saber dónde te habías metido? – Ron
corre hacia la chica y se planta delante suyo con una mirada digna de
un padre protector.
- Yo… ya os lo he dicho, estaba en la
biblioteca.
- ¡La biblioteca cierra a las 9 y son las 10
menos cuarto! – le responde Ron enfadado.
- Es… estaba
terminando de hablar con… con las gemelas Patil. Me habían
pedido unos apuntes de Transfiguración de la clase de esta
tarde y bueno… ya sabéis, el tiempo pasa volando cuando uno
disfruta, ¿no?
- Sí, debe ser eso – añado
con una media sonrisa.
- Yo… voy a cambiarme chicos, ahora
vuelvo – y fugaz como un rayo desaparece de nuestra vista.
-
¿Son imaginaciones mías o estaba nerviosa?
- No,
Ron, no lo son… Hermione trama algo y no quiere que nos
enteremos.
- ¿Y de qué debe tratarse?
- Eso,
amigo, me encargaré personalmente de descubrirlo – respondo
encaminando mis pasos hacia mi cuarto.
Estoy empeñado en saber qué le ocurre a mi amiga. Quiero saber por qué nos miente y por qué se comporta de esa manera con nosotros. La mejor solución para averiguarlo es tomar medidas drásticas, así que decido ponerme la capa y colarme en su habitación. Normalmente no haría una cosa así, pero llevo demasiados días absorto en mis pensamientos y esto creo que conseguirá distraerme un poco. Bajo hasta la Sala Común esquivando a todos los gryffindor con los que me cruzo para no chocar con ellos. Subo lentamente los peldaños hasta las habitaciones de las chicas y giro el pomo de la puerta de la habitación de Hermione. Entro y observo a mí alrededor.
Es igual que la nuestra, pero todo mejor dispuesto. Las cinco camas con doseles y cortinas con los colores rojo y dorado de Gryffindor, las mesas de estudio, las ventanas – éstas dan a unas vistas del lago -, los baños al fondo… Distingo con facilidad la cama de mi amiga, es la más ordenada. Me acerco hasta ella, observo los libros, los pergaminos… los leo y veo que sí ha estado haciendo deberes. Quizá nos esté diciendo la verdad y Ron y yo somos algo paranoicos. Cierro el libro de Transfiguración y, al volver a dejarlo encima de la cama, una nota cae de entre las páginas. Sin controlar mi curiosidad, la despliego y la leo.
Te espero esta tarde en el mismo sitio de siempre.
Te
echo de menos, no soporto verte y no tenerte entre mis brazos.
Mis ojos no dan crédito a lo que acabo de leer, mi cerebro no asimila la información, mi cuerpo no responde ante ningún estímulo… Me he quedado petrificado al ver el contenido. Tenía yo razón, hay algo que nos oculta. He descubierto el secreto de mi amiga. Hermione se está viendo con alguien, y a escondidas.
Pasé los siguientes cinco días investigando sobre mi amiga y sus citas secretas. Por más que intentaba descubrir algo, ella siempre era más lista que yo. No logré pillarla ni una sola vez, ni tan siquiera una mirada dirigida hacia alguna de las mesas en el Gran Comedor. Porque si había algo de lo que estaba seguro era de que se trataba de otro alumno de Hogwarts. Nadie más le habría escrito en la nota que le dolía verla y no poder estar con ella.
Empecé a comportarme de forma paranoica, pero me sirvió para alejarme de mis obsesivos recuerdos. Estudiaba las caras de los alumnos con los que nos tropezábamos, espiaba sus encuentros en la biblioteca –nunca había pasado tantas horas allí ni en todos los años anteriores juntos-, y la seguía cuando hacía sus rondas nocturnas como prefecta. Pero nada. Nunca vi nada sospechoso. Nunca encontré a alguien que pudiera encajar en el perfil del autor de la nota. Y desistí. Me di por vencido. Y eso es el resumen de lo que le estoy contando a Ron, en este momento, mientras desayunamos.
- Creo que nunca lo
averiguaré. ¿Y tú? ¿Has notado al…?
¿Ron? – digo al ver que mi amigo no me está
escuchando. ¿Ron? – nada, sigue absorto mirando hacia… por
Merlín, ¿está mirando hacia la mesa de
Slytherin? No, eso no puede ser-. ¡RON! – grito y la mitad de
alumnos voltea la cabeza hasta quedarse mirándonos con caras
de interrogación.
- Harry, ¿se puede saber qué
te ocurre? – me dice avergonzado por mi comportamiento.
- No,
amigo, ¿qué te ocurre a ti?
- ¿A mí?
-
Sí, a ti, eras tú quien estaba mirando fijamente hacia
la mesa… – vamos, Harry, tu puedes decirlo, me digo tomando aire
- hacia la mesa… de Slytherin…
- ¿Yo? ¿A la mesa
de… de las ser… serpientes? – balbucea mientras se sonroja
levemente.
- Sí, hacia esa mesa precisamente – añado
en tono acusador.
- Debes de estar soñando. No hay nada en
esa mesa que me interese.
- ¿Estás seguro?
-
Claro que sí, Harry… ¡Por favor! Estamos hablando de…
de ellos, sólo míralos…
Hago lo que mi amigo me sugiere y me encuentro fijamente con la mirada de Malfoy. ¡Merlín! Tiene el don de ponerme nervioso… esos ojos, esa sonrisa de medio lado… me recuerdan tanto a él. Pero ahora no quiero pensar en eso, bastante sufro con su ausencia.
- Sí, ya los
veo…
- ¿Y? – pone cara de póquer -. ¿Cómo
puedes insinuar que hay algo que me interesa?
- Bueno, pues
primero porque mirabas hacia allí y no me estabas escuchando y
segundo porque te has sonrojado cuando te he descubierto…
-
Sonro… – empieza y se ruboriza aún más. Acabo de
encontrar otro reto.
- Ahora ya no puedes negarlo – le digo
sonriendo – y ten por seguro que descubriré de qué se
trata, igual que con Hermione.
Me levanto y lo dejo ahí, terminando su desayuno, aunque está tan perdido en sus pensamientos que derrama su jugo encima de la capa y luego, al querer levantarse, tira el plato con la comida al suelo. Definitivamente, hay cosas que con el tiempo no cambian, y Ron es una de ellas.
Ron… ¿qué esconderá? ¿Será que le gusta alguien de Slytherin? Vaya… parece ser que mis dos mejores amigos tienen a una persona especial en sus vidas. Tengo que investigar más, ahora tengo dos misiones por descubrir: el amor secreto de Hermione y quién le interesa a Ron. "Parece que Hogwarts está lleno de personas que se aman en secreto" – susurro para mí mismo pensando en mi situación.
-
Mmmm… síii… me vuelves loco… ¿lo sabías? –
dice un hombre tumbado en una cama mientras su pareja tortura sus
pezones.
- Tengo una ligera idea – responde el otro.
- No
pares… - protesta el de abajo.
- No tenía intención
de hacerlo.
- Oh, entonces, no hablemos más…
- Estoy
totalmente de acuerdo. A veces… es mejor dejar las palabras a un
lado para que hablen los sentimientos.
Su pareja, al oír estas palabras, se abalanza sobre él, tomando, por primera vez en esta noche, el control. Con ellos nunca se sabe quién gana, aunque tampoco pierde nadie. Cada uno se lleva algo de cada encuentro. Y ya han sido muchos. Demasiados a escondidas, demasiados ocultando su amor al resto de personas. Pero así lo decidieron y, a pesar de que a veces les duela tener que demostrar frialdad cuando se encuentran con más gente, aceptan y cumplen la decisión que tomaron.
Los primeros rayos de sol se cuelan por la ventana. Dos cuerpos medio en penumbras, abrazados. Las sábanas, revueltas, la habitación hecha un caos. La noche ha sido larga, hacía demasiados días que no podían tener intimidad. Abraza con fuerza a su pareja, no quiere soltarlo, no desea separarse de él. Con el dedo índice recorre su pecho desnudo, dibujando eses marcando su posesión, notando como se eriza la piel ante el contacto. Aspira su aroma en sus cabellos mientras entierra la nariz en ellos. No hay ningún olor más perfecto que el de su amado. Hierbabuena.
Lentamente, el otro va abriendo los ojos. Se siente completo teniéndolo a su lado. Apenas pueden disfrutar de momentos así, de horas enteras para estar a solas. Pero hoy sí y profundiza el abrazo para terminar de creer que no está soñando. Voltea su rostro para quedar cara a cara con su pareja y comprueba que piensa lo mismo que él. Hace tanto tiempo que se conocen que, con una mirada, logran adivinar en qué está pensando el otro. Lo besa y se vuelve a perder en esos labios que tanto ha anhelado, que tanto ha deseado y que al fin puede volver a probar. No es fácil llevar una relación a escondidas, hay momentos muy duros cuando quieres estar con quién amas y no puedes. Eso lo saben bien.
- ¿En qué
piensas?
- En cómo hemos terminado así… - responde
regresando a la posición anterior, tumbado boca arriba en la
cama y con su amado acariciándole.
- Pues fácil. Te
amo y tú me amas a mí.
- Sí, eso es obvio…
me refería a cómo empezamos nuestra relación.
-
Bueno, con odio… no fue un inicio muy bueno, que digamos.
- Ya…
lo siento… - suspira recordando los malos ratos que pasaron ambos
antes de confesarse su amor.
- Eh, no hay nada que sentir – dice
el otro besándole en la frente – el pasado es ya pasado,
ahora nos queda el futuro para estar juntos.
- Sí… espero
que tengamos futuro…
- Venga, ahora no pienses en cosas malas,
terminemos de disfrutar las horas que nos quedan, ¿te parece
bien? – propone mientras con su mano derecha aferra el miembro
erecto de su pareja-. Lo estabas deseando, ¿verdad?
- Sí,
a veces creo que hablas demasiado… - responde el otro guiñándole
el ojo -.
