Disclaimer: Los personajes de esta historia NO ME PERTENECEN (desgraciadamente) sino que son de la sensei Rumiko Takahashi. La historia TAMPOCO ES MÍA, es una adaptación de Reid Michelle.


Reseña:

Kagome e Inuyasha tenían tres hijos y formaban un sólido matrimonio, o al menos eso era lo que Kagome pensaba. Pero su feliz existencia se hizo añicos cuando supo que Inuyasha tenía una aventura. Entonces, se dio cuenta de que, a lo largo de los años, sus vidas se habían separado cada vez más. Quería salvar su matrimonio, pero tal vez fuera ya demasiado tarde. Si Inuyasha había llevado su infidelidad hasta sus últimas consecuencias¿podría perdonarlo alguna vez?


CAPITULO 2

Pasaron algunos minutos antes de que Inuyasha, se reuniera con ella en el cuarto de estar. Necesitaba algún tiempo para prepararse para lo que iba a ocurrir. Kagome lo esperaba sentada, pacientemente.

Curiosamente, estaba muy tranquila. Su corazón latía a un ritmo normal y tenía las manos apoyadas rela­jadamente sobre el regazo.

Inuyasha entró. Se había quitado el abrigo y la chaqueta, y se había desanudado la corbata y desabrochado el cuello de la camisa. No miró a Kagome y se dirigió al mueble bar para servirse un whisky.

--'¿Quieres uno? -le preguntó a Kagome.

Ella negó con la cabeza. Inuyasha no repitió la pregunta, tampoco la miró. Se sirvió una generosa cantidad de whisky y se sentó en el sofá, frente a Kagome.

Dio un largo trago.

-Tienes una amiga muy fiel -dijo. «y un marido infiel», pensó Kagome.

Inuyasha cerró los ojos. No la había mirado desde que entrara en la habitación. Estiró las piernas y tomó el vaso con ambas manos. Kagome se fijó en sus dedos: largos, fuertes y con las uñas perfectamente cortadas.

Era un hombre fuerte y alto, y siempre aseado. Bue­nos zapatos, trajes elegantes, camisas a medida y cor­batas de seda. Estaba más pálido que de costumbre, pero su semblante, que reflejaba tensión, seguía siendo atractivo. Sus rasgos eran bien formados y suaves, tenía la nariz recta y la boca delgada, en un gesto de deter­minación. Iba a cumplir treinta y dos años y siempre había sido muy masculino, aunque, con el paso de los años, habían ido aflorando otras facetas de su carácter.

Había adquirido una fuerza interior, que, tal vez, suele aparecer siempre con la madurez, y una nueva confianza y conciencia de la propia valía. Su rostro refle­jaba su personalidad, es decir, la de un hombre acos­tumbrado a ejercer el poder y con la capacidad de supe­rar eficazmente las dificultades. En su compañía, se tenía la sensación de estar ante un hombre especial.

Otro rasgo eminente de su personalidad, pensaba Kagome, era su dominio de sí mismo. Inuyasha siempre había poseído una gran capacidad para controlar sus emociones, raramente perdía los nervios, raramente se irritaba cuando las cosas no marchaban como él quería. Ante los problemas, tenía la rara habilidad de olvidar los aspectos negativos y extraer lo más positivo de la situación.

Aquél era el rasgo más sobresaliente de Inuyasha Tashio, presidente de Tashio Holdings, una organización que, en pocos años, había crecido de un modo extraordinario. Compraba pequeñas empresas que no marcha­ban bien y las reconvertía en filiales de la suya, logrando que obtuvieran grandes beneficios.

y lo había hecho todo con sus propios medios. Man­teniendo un delicado equilibrio entre el éxito y el desas­tre, aunque sin llegar a poner en peligro el bienestar de su familia, había construido un pequeño imperio. Por el contrario, la había rodeado de lujo, tanto como podía desear.

-Y ahora¿qué? -preguntó de repente, levantando los párpados y revelando la belleza de sus ojos dorados y profundos.

Así que no iba a tratar de negar nada, se dijo Kagome.

Deseaba encontrar algo que decir, pero no sabía qué. -Dímelo tú -dijo, todavía con aquella tranquilidad asombrosa.

Kykio debía haberle dicho que temía que cometiera colgarse de una lámpara. Qué melodramático, qué nove­lesco. Pobre Kykio, pensaba Kagome con simpatía, qué mal tenía que haberlo pasado.

-Es una zorra -gruñó Inuyasha.

La idea que tenía de Kykio, obviamente, no se pare­cía a la de Kagome. Se inclinó hacia delante apretando el vaso de whisky entre las manos. Tenía el ceño fruncido y le temblaba un músculo de la mandíbula. Apoyaba los codos en las rodillas y no apartaba la vista de la alfombra.

-Si no hubiera metido las narices, podrías haberte ahorrado todo esto. ¡Ya había terminado! -espetó-. ¡Si supiera cerrar la boca, se habría dado cuenta de que todo había terminado! Esa zorra me la tenía jurada. Ha estado esperando a que cayera para hincarme el diente. Pero nunca pensé que caería tan bajo como para hacerlo a través de ti.

Era cierto, pensaba Inuyasha. Maldita Kykio¿por qué se había metido donde no la llamaban?

-¡Di algo, por Dios! -gruñó Inuyasha.

Kagome parpadeó, porque Inuyasha nunca le había levantado la voz, y se dio cuenta de que, desde que Inuyasha había entrado, tenía los ojos fijos en él, pero sin verlo. Sólo se fijó verdaderamente en él en aquellos instantes, como si necesitara que sucediera algo para darse plena cuenta de lo que estaba ocurriendo. Aunque, en realidad, no deseara que sucediera por temor a echar­se a llorar y derrumbarse.

«Así debe sentirse uno», se decía, «cuando muere un ser querido».

-Quiero el divorcio -dijo.

Fue lo primero que le vino a la cabeza y se sorprendió tanto de oírlo como el propio Inuyasha.

-Tú puedes marcharte, yo me quedaré con la casa y los niños. No creo que tengas dificultades para man­tenemos -añadió y se encogió de hombros. No cabía en sí de asombro ante su propia tranquilidad, cuando lo normal era gritarle como una esposa ofendida.

-¡No seas estúpida! -gruñó Inuyasha-. Eso no es posi­ble y tú lo sabes.

-No grites, vas a despertar a los niños.

Aquello fue la gota que colmó el vaso. Inuyasha se puso en pie y dejó el vaso sobre la repisa de la chimenea con un sonoro golpe y derramando el líquido sobre el mármol de la repisa.

Inuyasha miró a Kagome con furia, pero no pudo sos­tener por mucho tiempo su mirada. Agachó la cabeza apesadumbrado y se metió las manos en los bolsillos.

-Mira ... -dijo al cabo de unos instantes, tratando de recobrar la calma- No era lo que tú crees, lo que esa zorra te ha hecho creer. Sucedió sólo ... por casualidad ... y se acabó casi antes de empezar -dijo haciendo un seco ademán.

«Pobre Subaki», pensó Kagome, «guillotinada de un plumazo».

-Tenía mucha presión en el trabajo. La compra de Yokina ha sido muy arriesgada y amenazaba todo lo que he conseguido -prosiguió Inuyasha, y tomó el vaso de whisky y dio un largo trago-. He tenido que trabajar día y noche. Tú has tenido que ocuparte de Katsu y he pasado más tiempo con ella que contigo. Luego, los mellizos tuvieron sarampión y no quisiste que con" tratáramos a una enfermera. Estabas agotada, casi enfer­ma, y yo estaba preocupado por ti, por los mellizos, por Katsu, que no dormía más de media hora seguida, y con más dificultades que nunca en la empresa. Creí que lo mejor para ti era que no te preocupara contándote mis problemas en la oficina ...

Inuyasha hablaba de los meses anteriores. Un periodo en que Kagome pensó que todo lo que podía ir mal había ido mal. Pero no se le había ocurrido añadir a su lista de problemas que su marido la engañaba con otra mujer.

-Kagome... -dijo Inuyasha con voz grave- no era mi intención. Ni siquiera quería hacerlo. Pero ella estaba allí cuando yo necesitaba a alguien, y tú no estabas, y yo ...

-¡Cállate! -exclamó Kagome.

Le dieron náuseas y tuvo que llevarse la mano a la boca para no. vomitar sobre su preciosa -y carísima alfombra. Se levantó, Inuyasha hizo intención de ayudarla y ella le dirigió una mirada hostil. Fue dando tumbos hasta el mueble bar y, con manos temblorosas, se sirvió whisky. Era una bebida que detestaba, pero, en aquellos momentos, sentía la angustiosa necesidad de beber algo fuerte.

Inuyasha seguía de pie. La miró con desconsuelo al veda beberse el whisky de un trago y cerrar los ojos echando la cabeza hacia atrás.

Kagome trataba de mantener la calma, pero la tor­menta se había desencadenado. Su cuerpo fue sacudido por un mar de emociones violentas. Le palpitaba el cora­zón y trató de respirar profundamente, pero tenía la sensación de tener los pulmones encharcados. Tenía paralizados los músculos del estómago, su cerebro, al contrario, estaba sumido en un torbellino de angustia y dolor.

-¡Se ha acabado, Kagome! -dijo Inuyasha con una voz grave que ella nunca le había oído-. ¡Por Dios, Kagome, se ha acabado!

-¿Cuándo se acabó? -le preguntó mirándolo a los ojos- ¿Cuando te permitiste el lujo de volver a hacer el amor conmigo? Pobre Subaki.

El whisky comenzaba a. hacer el efecto deseado. -¿Me pregunto a quién de las dos tomas por imbécil? Inuyasha sacudió la cabeza negándose a aceptar·la lucha.

-Simplemente, ocurrió -dijo tristemente, pasándose la mano por el pelo-. Ojala no lo hubiera hecho, pero no puedo echar marcha atrás, aunque sea lo·que más deseo. Por si te sirve de algo, te diré que me avergüenzo de mi mismo. Pero, y te lo juro por Dios, te doy mi palabra de que no volverá a suceder de nuevo.

-Hasta la próxima vez -dijo Kagome y fue a salir de la habitación antes de que los sentimientos sombríos que se agolpaban en su interior estallaran con amargura. -¡No!-exclamó Inuyasha, agarrándola del brazo y atrayéndola hacia sí-.¡Tenemos que arreglado! Por favor, sé que te he hecho daño pero necesitamos ...

-¿Cuántas veces? -le espetó Kagome, perdiendo el control- ¿Cuántas veces has venido oliendo a su perfume¿Cuántas veces me has hecho el amor por obli­gación después de haberte acostado con ella?

-¡No, no, no! -dijo agarrándola por ambos brazos mientras ella trataba de liberarse- ¡No, Kagome¡Nunca¡No he dejado que llegara tan lejos!

Se puso pálido ante la mueca de incredulidad de Kagome.

-¡Te quiero, Kagome! -dijo con voz grave- ¡Te quiero!

Por alguna razón, aquella declaración desesperada la enervó y, llevada por la violencia, le dio una bofetada.

Inuyasha se quedó de piedra. Kagome se apartó de él.

Nadie que la conociera la habría creído capaz de sentir tanto odio como revelaban sus ojos. Inuyasha estaba atónito, tratando de digerir el horror que contenía aquella mirada.

Sin decir nada más, Kagome dio media vuelta y salió de la habitación. Se detuvo en la puerta de la habitación que compartía con Inuyasha y luego, se dirigió a la habi­tación de Katsu.

El niño ni se movió cuando entró. Kagome se acercó se inclinó sobre la cuna y se quedó mirando a su hijo preguntándose si el intolerable dolor que sentía en s interior la haría enfermar.

Luego, el dique que contenía sus emociones se rompió y con un sollozo cayó sobre la cama que sería Katsu cuando creciera. Se arropó con la manta y aho­gó su llanto en la almohada, para que nadie la oyera.


La mañana comenzó con el gorjeo de Katsu, que, completamente despierto, pataleaba alegremente en su cuna. Kagome tardó unos instantes en darse cuenta de por qué estaba durmiendo en aquella habitación.

Sintió que algo se rompía en su interior al recordar la noche anterior, pero, a los pocos instantes, experi­mentó una gran calma, se sentía vacía, hueca.

Se levantó y frunció el ceño al darse cuenta de que llevaba la misma ropa del día anterior. Se llevó la mano a la cabeza. Tenía aún el pelo recogido con una goma. Se la quitó y sacudió la melena. Tenía un aspecto desas­troso y se sentía muy mal. Ni siquiera se había molestado en quitarse las zapatillas de deporte para dormir. Se sentó en la cama y se las quitó. En aquel momento, el niño se dio cuenta de su presencia y dio un gritito de alegría.

Kagome se inclinó sobre la cuna. La sonrisa de su hijo fue como un bálsamo para su triste corazón. Por unos instantes, se sumergió en la alegría que suponía disfrutar de su hijo. Le dio unos golpecitos en el vientre y murmuró las cosas que las madres suelen decirles a sus hijos, y que sólo ellas y sus hijos entienden.

Aquello le pertenecía, se dijo. No importaba qué cosas querría arrebatarle o concederle la vida, jamás podría quitarle el amor de sus hijos. «Esto», se dijo, «es sólo mío».

Katsu estaba empapado. Kagome le quitó el pañal antes de sacarlo de la cuna. Katsu siempre estaba alegre por las mañanas. No dejó de gorjear y moverse cuando lo llevó al baño, para limpiarlo y refrescarlo.

Lo sacó, lo envolvió en una toalla y volvió a su habitación para vestirlo. Normalmente, lo habría llevado a la cocina para darle el desayuno sin siquiera vestirlo y sin vestirse ella. Normalmente, lo hacía cuando los niños se habían ido al colegio y su marido a trabajar, pero no podía despertar a los mellizos con aquel aspecto. Le preguntarían por qué tenía una pinta tan desastrosa sin el menor rubor.

Hizo acopio de valor y abrió la puerta de su habitación. Sabía que Inuyasha sólo estaría medio dormido. Entró sin hacer ruido y miró hacia la cama, sumida en la penumbra del amanecer.

No estaba allí. Oyó ruido en el baño e Inuyasha apareció al cabo de un instante. Llevaba una camisa blanca y pantalones grises. En cuanto la vio, se detuvo bruscamente.

Desde que lo conocía, Kagome nunca se había sentido tan vulnerable en su presencia. Era consciente de su desamparado aspecto: de sus ojos enrojecidos por el llanto, de la palidez de su semblante y de sus cabellos enredados.

También estaba alerta ante él. Observaba lo alto que era, la fortaleza de su cuerpo. y sus músculos esbeltos . El ancho pecho, las caderas estrechas y las piernas largas y poderosas...

Tragó saliva y levantó la vista. Cruzaron una mirada. Tampoco él tenía buen aspecto. Parecía cansado, como si no hubiera dormido mucho. Debía haber estado pensando, tratando de encontrar una solución, la salida a una situación imposible. Era una de sus virtudes con­vertir los fracasos en éxitos. Era la causa principal de su prosperidad.

Acababa de afeitarse, su barbilla parecía limpia y suave... Kagome absorbió el familiar aroma de su loción de afeitar y se dio cuenta de que sus sentidos respondían. La atracción sexual no conocía límites, reconoció amargamente. Incluso en aquellos instantes, sin dejar de odiar­lo y despreciarlo, sabía que era el hombre al que había amado ciegamente durante muchos años.

Se acercó a la cama, apoyó la rodilla en el colchón y dejó a Katsu sobre la colcha. Entonces, se dio cuenta de que Inuyasha no había dormido en aquella cama, la única evidencia de que la había utilizado era la huella de su cuerpo sobre el edredón de color melocotón.

Katsu se puso a patalear, tratando de captar la atención de su padre, que, sin embargo, no apartaba los ojos de Kagome. El niño gritó con frustración y se puso colorado del esfuerzo de tratar de sentarse sobre la cama. Kagome sonrió al ver sus dificultades y le tendió una mano, que el niño usó para equilibrarse.

Inuyasha se acercó al otro lado de la cama e, incons­cientemente, estiró el brazo para ayudar a Katsu. -¡Pa! -dijo el bebé triunfalmente, librándose de ambas manos para prestar toda su atención a la colcha.

Kagome mantuvo la vista fija en su hijo, dándose cuen­ta de que Inuyasha no apartaba los ojos de ella.

-Kagome, por favor, mírame -dijo Inuyasha con una súplica que conmovió las entrañas de Kagome.

-No -dijo ella con un susurro, tratando de mantener la calma.

Inuyasha profirió un suspiro. Levantó a su hijo, le dio un beso en la mejilla y lo volvió a dejar sobre la cama.

Kagome fue a levantarse, pero Inuyasha fue más rápido que ella. La agarró por la cintura y tiró de ella hasta que pudo estrechada entre sus brazos.

A Kagome le dieron ganas de sumergirse en el calor que Inuyasha le ofrecía. Se puso tensa y tuvo que hacer esfuerzos por no llorar.

-No llores -le dijo Inuyasha.

Era lo peor que podía haber dicho, porque, al ver el gesto de ternura de Inuyasha, Kagome comenzó a sollozar sobre su hombro. Inuyasha la estrechó con fuerza y enterró la cabeza entre sus cabellos.

-Lo siento -dijo una y otra vez- Lo siento, lo siento, lo siento ... Pero no era bastante. No podía ser bastante. Inuyasha había acabado con todo. El amor, la fe, la confianza, el respeto, todo se había desvanecido, y las disculpas no iban a devolvérselo.

-Estoy bien -murmuró Kagome, haciendo un esfuerzo monumental por recobrar la calma y apartarse de él.

Pero Inuyasha la estrechó con fuerza.

-Sé que te he hecho mucho daño -dijo, tratando de contener sus propias lágrimas. Kagome podía sentir la tensión de su pecho, el ritmo errático de su corazón- Pero no tomes ninguna decisión precipitada mientras ... Lo tenemos todo para ser felices si nos das otra opor­tunidad. No lo tires todo por la borda sólo porque he cometido un error estúpido. ¡No puedes tirarlo todo por la borda!

-No he sido yo quien lo he hecho -replicó Kagome. Aquella vez, Inuyasha dejó que se separara de él. Tenía una mirada triste y desolada. Kagome, buscando algo que ponerse, fue del armario a la cómoda y vuelta al armario, sin saber realmente lo que estaba eligiendo.

Había pasado muchos años comprendiendo sus ambiciones, teniendo una fe ciega en él. Muchos años aguar­dándole en casa, esperando sus caricias como un perro o un gato, como una mascota, mientras él alimentaba en casa sus necesidades básicas: comida, bebida y un paseo de vez en cuando, y ella lo había aceptado con alegría.

«¡Qué criatura más patética eres!». se dijo.

Katsu dejó escapar un chillido. Los dos dieron un respingo. El niño, aburrido de jugar solo, reclamaba su desayuno.

Kagome se quedó inmóvil en el centro de la habitación, con la ropa en las manos, preguntándose qué hacer a continuación. Vestirse o atender a Katsu. Era una elección muy sencilla, pero no parecía en condiciones de tomarla.

Fue Inuyasha quien finalmente levantó al niño. -Yo me ocupo de él. Vístete tranquilamente, todavía es temprano -dijo y se marchó por la puerta. Kagome suspiró, sintiendo que la tensión de la habitación se relajaba.


El desayuno fue horrible. Kagome veía una provocación en cada gesto. En Ayumi porque comía demasiado, en Ryu porque se comió los cereales con muy poca leche, ella llenó demasiado la cafetera y su café estaba demasiado amargo. Al final, se enfadó consigo misma por reaccionar contra todo, frustrada por no saber lidiar con su propia desgracia. La emprendió con Ryu porque Se había dejado el ordenador encendido la noche anterior, con todos los juegos esparcidos sobre la alfombra. Cuando terminó de reñirlo, el pobre niño estaba pálido, rígido, Ayumi sorprendida, Katsu callado y Inuyasha... Inuyasha simplemente estaba sombrío. El resto del desayuno transcurrió en silencio. Los niños se mostraron visiblemente aliviados cuando su padre los mandó a reco­ger sus cosas para irse al colegio.

-¡No tenías por qué tratar así a Ryu! -le espetó Inuyasha en cuanto Ryu y Ayumi no podían oído- ¡Sabes muy bien que normalmente es muy ordenado! Vas a convertirlos en un manojo de nervios si no pones más cuidado. Son unos chicos estupendos y se comportan muy bien la mayor parte del tiempo. ¡No vaya dejar que la tomes con ellos porque estés enfadada conmigo!

Kagome se dio la vuelta hecha una furia.

-¿Y desde cuándo estás aquí el tiempo suficiente para saber cómo se comportan? -le dijo, viendo con-gran satisfacción que se ponía tieso como un clavo- Los ves durante el desayuno¡pero sólo cuando dejas de leer tu precioso Financial Times! ¡La mayoría del tiempo ni siquiera te acuerdas de que tienes tres hijos! Los... los quieres como quieres... a esa pintura de Lowry que compraste, eso cuando piensas en ellos. ¡Así que no me digas cómo tengo que educar a mis hijos cuando como padre eres un completo inútil!

¿Qué le ocurría? Se preguntó dando un paso atrás mientras Inuyasha se ponía en pie y se acercaba a ella. Me puedes acusar de muchas cosas, Kagome -dijo Inuyasha entre dientes- Y, probablemente, la mayoría de ellas me las merezco¡pero no me puedes acusar de no querer a nuestros hijos!

-¿De verdad? -le preguntó Kagome con sarcasmo- ¡En primer lugar, te diré que sólo te casaste conmigo porque estaba embarazada de los mellizos¡Incluso Katsu fue un error al que te costó acostumbrarte!

Inuyasha dio un puñetazo sobre la mesa. Kagome par­padeó al verlo levantar la mesa, apartarla para levantarse y acercarse a ella. La violencia casi se podía palpar. A Kagome se le secó la garganta al ver cómo Inuyasha se aproximaba a ella con la intención, creía ella, de estrangularla.

En el último momento, cambió de opinión y la agarró por los hombros. Kagome se dio cuenta de que estaba temblando.

-Es demasiado pequeño para comprender' lo que estás diciendo -dijo con una voz ronca y señalando a Katsu con la cabeza-, pero si los mellizos te oyen, si les das alguna razón para que piensen que no los quiero, te ...

No terminó la frase. No hacía falta, Kagome sabía exactamente .cómo continuaba. Inuyasha siguió mirándola por unos instantes, luego la soltó y salió de la cocina.

Tragó saliva y dio un profundo suspiro, y sólo entonces, se dio cuenta de que había estado conteniendo la respiración. Sólo por pura necesidad de consuelo, levantó a Katsu y lo meció en sus brazos.

Se avergonzaba de sí misma. Y también estaba furiosa, porque, al haberle gritado de aquella manera, le había dado el derecho a meterse con ella, cuando, hasta ese momento, era ella la que tenía todo el derecho a meterse con él.


Notas finales: Manden comentarios. Nos vemos.