Disclaimer: Los personajes de esta historia NO ME PERTENECEN (desgraciadamente) sino que son de la sensei Rumiko Takahashi. La historia TAMPOCO ES MÍA, es una adaptación de Reid Michelle.

Reseña:

Kagome e Inuyasha tenían tres hijos y formaban un sólido matrimonio, o al menos eso era lo que Kagome pensaba. Pero su feliz existencia se hizo añicos cuando supo que Inuyasha tenía una aventura. Entonces, se dio cuenta de que, a lo largo de los años, sus vidas se habían separado cada vez más. Quería salvar su matrimonio, pero tal vez fuera ya demasiado tarde. Si Inuyasha había llevado su infidelidad hasta sus últimas consecuencias, ¿podría perdonarlo alguna vez?

CAPITULO 3

Al llegar el fin de semana, los mellizos se dieron cuenta de que algo extraño sucedía. Y, como siempre, fue la observadora y callada Ayumi quien quiso saber qué era.

-¿Por qué estás durmiendo en la habitación de Katsu, mamá? -preguntó el domingo por la mañana mientras toda la familia estaba reunida en la cocina, .desayunando.

La niña lo había descubierto porque aquella mañana Katsu había dormido hasta más tarde de lo acostumbrado, con lo cual, su madre también se había despertado tarde. Después de pasar varias noches durmiendo mal en una cama demasiado pequeña y atormentada por sus pensamientos, estaba exhausta; la noche anterior, para su alivio, había conciliado el sueño nada más meterse en la cama, y no se había despertado hasta que Ryu entró en la habitación. Pero no se sentía mucho mejor que los días anteriores, Porque, si dormir había servido para dar descanso a su cuerpo, su mente no había reposado en absoluto. -sabía qué había soñado, pero, desde luego, sus sueños no habían aliviado el peso de su corazón, ni su rabia, ni su amargura. Incluso se aborrecía a sí misma por no hacer nada para remediar la situación. Inuyasha le había aconsejado que no tomara ninguna decisión hasta que no estuviera un poco más tranquila -hasta que dejara de ser la criatura patética en que se había convertido-, pero aquel consejo sólo le servía como excusa para no enfrentarse a la realidad.

Inuyasha no tenía mejor aspecto que ella, su rostro reflejaba la misma tensión. Desde la noche fatídica de la llamada de Kykio, había estado llegando a las seis y media todos los días. Kagome sospechaba que se debía más a que lo había criticado como padre que al deseo de demostrarle que su aventura había terminado.

Llegaba a tiempo de bañar a los niños y meterlos en la cama mientras ella preparaba la cena. En apa­riencia, su vida transcurría normalmente, y los dos hacían un gran esfuerzo por que los niños no se enteraran de sus problemas.

Cada noche, durante la cena, Inuyasha hacía algún intento por mantener una conversación, pero Kagome permanecía en silencio, de modo que él desaparecía en su estudio en cuanto terminaban de cenar. Kagome reco­gía la mesa y subía a acostarse a la habitación de Katsu sintiéndose cada día un poco más sola, un poco más deprimida.

Saber que su marido la engañaba había supuesto para ella un golpe brutal que había conseguido anular su voluntad, de modo que su vida transcurría en una lenta monotonía y no se daba cuenta de lo que hacía. Inuyasha la observaba, serio y en silencio, esperando que Kagome saliera de su letargo y estallara.

En aquellos momentos, la pregunta de su hija la devolvía a su cruda situación. Se sonrojó ligeramente, y se las ingenió para dar una respuesta coherente.

-A Katsu le están saliendo los dientes otra vez. Inuyasha arrugó ligeramente el periódico que estaba leyendo, y Kagome se dio cuenta de que estaba escu­chando. Y puede que también la estuviera mirando de reojo. Ella no lo miró. En realidad, le importaba muy poco lo que pudiera hacer.

Pelinegra y con ojos negros, Ayumi tenía, además, la misma mirada inteligente de su madre. Asintió, como si comprendiera perfectamente lo que decía Kagome. Los dientes de Katsu habían sido un tormento para todos en las noches anteriores. Aunque a Kagome no se le había ocurrido irse a dormir a su habitación. Pero aquello no se le había ocurrido a Ayumi, que prestaba atención a su querido padre.

-Seguro que echas de menos no poder abrazar a mamá, ¿verdad, papá? -dijo bajándose de la silla y acercándose a Inuyasha -. Si me lo hubieras dicho, habría ido a darte un abrazo -dijo y fue a sentarse sobre las rodillas de su padre, sabiendo que sería bien recibida.

La tensión se apoderó de la habitación.

-Muchas gracias, mi reina -dijo Inuyasha, doblando el periódico para prestar atención a su hija- Pero creo que puedo estar solo unos días más antes de que me sienta completamente triste.

Si aquel comentario iba dirigido a ella, Kagome lo ignoró, y siguió sentada bebiendo café, sin revelar el esfuerzo que le costaba.

Observó a Inuyasha, allí sentado, con su albornoz azul, quedejaba al descubierto la mata de vello que le cubría el pecho. Besó a Ayumi en la mejilla y esbozó una sonrisa tan encantadora que a Kagome se le hizo un nudo en el estómago, como si tuviera celos de su bija.

¿Celos de su propia hija! ¿Cómo era posible tanta amargura?

"' No pudo evitar dar un respingo mientras recogía .los platos. Inuyasha la miró y ella le devolvió la mirada. Inuyasha debió ver algo en sus ojos negros, porque frunció el ceño. Kagome se dio la vuelta de inmediato. Estaba incómoda y desconsolada.

Pero su marido y sus hijos parecieron ignorar su reacción. Ryu intervino en la conversación que Inuyasha estaba teniendo con Ayumi, e incluso Katsu insistió en que le sacaran de su silla. Inuyasha lo sacó y lo sentó sobre sus rodillas, mientras el niño alegraba la conversación con sus particulares gorgojeos. Kagome no pudo soportarlo. Había algo en aquella atmósfera de cariño que le ponía los nervios de punta. Se sentía incapaz de unirse a ellos, como habría hecho normalmente. Subaki se lo impedía. Su imagen era como un muro infranqueable que la separaba de su familia, del afecto y el amor de los suyos.

Dejó de fregar los platos, porque corría el riesgo de romper alguno y salió de la cocina diciendo entre dientes:

-Voy a hacer las camas.

Nadie la oyó y se sintió aún peor, más apartada de su familia.

Estaba en su dormitorio, el dormitorio de Inuyasha y ella, mirando al vacío, cuando entró Inuyasha. Con un gesto nervioso se dirigió al baño, tratando de aparentar que eso estaba haciendo cuando Inuyasha abrió la puerta. Cuando salió, Inuyasha seguía allí, al lado de la ventana y con las manos metidas en los bolsillos. Era alto y gallardo y, en aquel momento, estaba tan atractivo que a Kagome le daban ganas de tirarle algo, de hacer cual­quier cosa para mitigar su profundo dolor.

Haciendo un esfuerzo por ignorar su presencia, comenzó a arreglar la habitación. Se acercó a la cama, que, desde la llamada de Kykio, se había convertido en el mueble más odioso de la casa. Cada día era más difícil estirar las sábanas, ahuecar las almohadas, cubrirla con la colcha. Olía a Inuyasha, a su olor limpio y masculino. Despertaba sus sentidos, que creía dor­midos. Al contrario de lo que había esperado, su deseo por Inuyasha no había disminuido, sino todo lo contrario. La traición de Inuyasha no había provocado más que la odiosa actitud de estar siempre pendiente de él. El odio alimentaba el deseo, y el deseo hacía su tormento todavía mayor.

Inuyasha se dio la vuelta lentamente y observó a Kagome.

Al cabo de un rato, cuando el silencio comenzaba a hacerse insoportable, se acercó a ella y se interpuso en su camino. -Kagome... -dijo con suavidad.

Kagome permaneció con la cabeza agachada, sin querer mirarlo a los ojos.

-¿Te acuerdas de que tengo que pasar la semana que viene en Nerima?

No, no se había acordado hasta aquel momento. Sintió una ira repentina al comprobar que Inuyasha anteponía sus negocios a su vida privada, cuando ésta estaba en crisis

-¿Qué te meto en la maleta?

¿Iba a ir Subaki con él? ¿Iban a dormir en la misma habitación? ¿Iban a pasar toda una preciosa semana sin que nadie les interrumpiera?

Le palpitaba el corazón, y tuvo que hacer un gran esfuerzo para no retroceder para apartarse de él. Retroceder habría sido como otorgarle una especie de victoria, asíque se quedó donde estaba, sin mirarlo, con el semblante pálido.

Físicamente, no habían estado más cerca desde la noche en que todo estallara por los aires. Kagome sintió escalofríos.

-Cualquier cosa -replicó Inuyasha con impaciencia. Kagome solía hacerle la maleta siempre que él se marchaba de viaje. Y le encantaba hacerlo, guardar sus camisas, contar los pares de calcetines, la ropa interior, meter algunos pañuelos, las corbatas y los trajes. Inclusoen aquellos momentos, mientras rogaba que se apartara de su camino para poder alejarse de él y con ganas de decirle que se hiciera él la maleta, no podía evitar hacer, mentalmente, una lista con todo lo que necesitaba.

Inuyasha permaneció inmóvil, y la tensión entre ellos se hizo intolerable. No se atrevía a decir nada por miedo a que Kagome lo utilizara en su contra.

-¿Vas a estar bien? --preguntó por fin- Puedo llamar a mi madre para que se quede contigo, si no quieres quedarte sola, si te hace falta compañía, o…

-¿Y por qué me iba a hacer falta compañía? -le espetó Kagome, dirigiéndole una mirada penetrante- Nunca me ha hecho falta una niñera cuando te vas de viaje y no me va a hacer falta ahora.

Inuyasha apretó la mandíbula, pero mantuvo la tran­quilidad.

-Yo no estaba poniendo en duda tu capacidad --di­jo-, pero estás muy cansada y me preguntaba si, con todo lo que está pasando, no te vendría bien alguna ayuda.

«Muy cansada», se repitió Kagome, no estaba sólo cansada, estaba agotada.

-¿Tu secretaria va contigo?

Kagome se arrepintió de aquella pregunta nada más hacerla.

-Sí, pero, ...

-Entonces no tengo por qué preocuparme por ti,

¿verdad?

-Kagome -dijo Inuyasha, dando un suspiro-, Subaki no ...

-¡No quiero saberlo! --dijo Kagome empujándolo, pre­firiendo rozar su cuerpo a permanecer allí quieta por más tiempo soportando aquella conversación. -Entonces, ¿para qué me lo preguntas? -exclamó Inuyasha en voz alta e, inmediatamente, hizo un gran esfuerzo por controlarse- ¡Kagome, tenemos que hablar!

Kagome estaba haciendo la cama. Apretaba los dientes y seguía con su trabajo porque era lo único que le que­daba por hacer.

-No podemos seguir así -dijo Inuyasha -. ¡Tienes que darte cuenta! A Ayumi le parece muy raro que duermas con Katsu, lo que significa que, a partir de ahora, va a estar pendiente de nosotros, que va a vigilarte, a calcular los días que te quedas en la habitación de Katsu...

-y no debemos molestar a tu querida Ayumi, ¿verdad? -exclamó Kagome, y se avergonzó al instante. ¿Cómo podía sentir celos de su propia hija? Pero era cierto, estaba horriblemente celosa de su hija, porque tenía el amor de su padre.

-No pienso responder a eso, Kagome -dijo Inuyasha sobriamente.

Kagome terminó de hacer la cama, podía marcharse. -Deja que te explique que Subaki no ... -dijo Inuyasha.

-¿Qué vas a hacer hoy? ¿Vas a quedarte en casa?

-Sí -dijo Inuyasha, desconcertado-. ¿Por qué?

-Porque yo tengo que salir y, si tú te vas a quedar, no tengo que llamar a tu madre para que se quede con los niños.

Por qué había dicho aquello, Kagome no podía saberlo.

Su decisión de salir no había sido una decisión consciente. Pero nada más decirlo pensó que pasar unas horas sola, completamente sola, era vital para su integridad mental.

Abrió el armario, impaciente por salir y alejarse de su familia, y sacó lo primero que encontró, su anorak impermeable. Inuyasha parecía un poco aturdido, y se limitóa quedarse allí de pie, observándola.

- Kagome -dijo por fin-, si quieres salir, sólo tienes que decirlo.

Kagome no atinaba a cerrar la cremallera y se estaba poniendo cada vez más nerviosa. «¿Es posible sofocar sus propias emociones?», se preguntaba. Porque creía que eso era precisamente lo que estaba haciendo.

-Dame diez minutos y me voy contigo ...

¡Los zapatos! ¡No se había puesto los zapatos! Se inclinó y revolvió en la parte baja del armario. Inuyasha seguía quieto en el mismo sitio, cada vez más perplejo.

Kagome encontró sus botas de cuero negras y se sentó sobre la moqueta para ponérselas. Luego metió los pantalones en las botas con dedos temblorosos.

-¡Kagome... no hagas esto! -dijo Inuyasha.

Kagome se dio cuenta de que estaba realmente afectado porque quisiera irse sola, su voz era grave y denotaba impaciencia.

Nunca has salido sin nosotros, espera a que todos... Kagome apenas lo oía. Pero Inuyasha tenía razón, ella nunca había salido sola. Si no con él, con los niños, o con su madre. Durante toda su vida adulta, había vivido bajo el amparo protector de otros. Primero sus padres, luego sus amigas y finalmente, Inuyasha. Sobre todo, Inuyasha.

¡Pero por Dios, estaba a punto de cumplir veinticuatro años! Y allí estaba, convertida en ama de casa, cada día menos atractiva, con tres hijos y un marido que ...

-¡Me voy sola! ¡No te va a pasar nada porque, por una vez, te quedes con los niños!

-¡No me estoy quejando de eso! -dijo Inuyasha, sus­pirando y acercándose a ella- Pero, Kagome, nunca habías ...

-¡Exactamente -exclamó Kagome, apartándose de él-. Mientras tú te ocupabas de hacerte rico y de buscar a una amante, yo estaba sentadita en esta maldita casa, muriéndome de asco.

-¡No digas tonterías! -dijo Kagome, agarrándola por la muñeca- Esto es ridículo, te estás portando como una niña.

-Precisamente, Inuyasha, de eso se trata, ¿no te das cuenta? -dijo Kagome, apelando a la comprensión a pesar de que lo que más deseaba era irse de allí cuanto antes- Eso es exactamente lo que soy... una niña. Una niña a la que han explotado, a la que han herido profundamente. No he crecido porque no me han dado la oportunidad de crecer. ¡Tenía diecisiete años cuando me casé contigo! -le gritó- ¡No había terminado el instituto! Y antes de que aparecieras tú, mis padres me tenían entre algodones. Dios mío, qué decepción debió ser para ellos descubrir que su dulce y pequeña hija se había estado acostando con el lobo feroz.

Inuyasha se rió. A Kagome no le sorprendió, sabía que su calificación era tan acertada que no tenía más remedio que reírse si no quería llorar.

-y me quedé embarazada -prosiguió-, y cambié a unos padres por otros, tú y tu madre.

-Eso no es cierto, Kagome -protestó Inuyasha-. Yo nunca te he visto como una niña. Yo...

-¡Mentira! ¡Eres un maldito hipócrita mentiroso! ¿Y sabes porqué sé que eres un mentiroso? Por el miedo que te da que yo quiera pasar algún tiempo sola.

-¡Esto es una locura! -dijo Inuyasha, negando con la cabeza, como si no creyera que aquella conversación pudiera tener lugar.

-¿Una locura? -repitió Kagome-. ¿Cómo crees que me siento sabiendo que he dejado que me hicieras todo eso? Lo único que hice fue sentarme y dejar que me trataras como te daba la gana... y mira qué he conseguido. Veinticuatro años, tres hijos y un marido que se ha cansado de mí. Así que, por favor, deja que me vaya.

Con un sollozo, se apartó de él y salió de la habitación.

Corrió escaleras abajo, recogió el bolso de la mesita del recibidor y salió precipitadamente a la calle.

El BMW de Inuyasha cerraba el paso a su Ford Escort blanco, así que tuvo que irse a pie, alejándose de la moderna casa en la que vivían desde hacía cinco años. En una casa situada en una de las zonas más acomodadas de Tokio. Aquella casa le encantaba porque les ofrecía mucho más espacio que el pequeño piso alquilado del centro de Tokio en el que vivían anteriormente.

Sin embargo, en aquellos momentos, lo único que quería era alejarse de allí lo más deprisa posible. Se apresuró por la acera, bajo la sombra de los árboles, sabiendo que Inuyasha no la seguiría. Todavía tenía que vestirse y vestir a los niños, así que no podría detenerla antes de que tomara el autobús.

El primero que llegó se dirigía al centro de Tokio.

Se sentó junto a la ventanilla y miró a través del cristal manchado de polvo y de gotas de barro. Se fijó en el parque al que solía llevar a los niños. ¿O eran ellos los que la llevaban a ella? No lo sabía, ya no estaba segura de nada.

Se subió el cuello del anorak para protegerse del frío aire de septiembre, se metió las manos en los bolsillos y comenzó a pasear por Tokio, cuyas calles siempre estaban solitarias los domingos por la tarde. Estaba perdida en un mar de tristeza. Un mar más profundo a medida que un ojo interior se abría cada vez más para mostrarle cómo era la verdadera Kagome Tashio.

Una mujer de veinticuatro años que se había estancado emocionalmente a la edad de diecisiete. Pensó que Inuyasha la amaba porque había hecho el amor con ella, y nunca se preguntó si la quería realmente.

Pero había llegado la hora de hacerlo. Y, aunque la idea la mortificaba, se daba cuenta de que sólo se había casado con ella para aceptar su responsabilidad por haberla dejado embarazada.

Puede que Inuyasha considerara que estaba en su derecho de llevar otra vida, aparte de la que ya llevaba con ella. No cabía duda, se trataba de eso. Inuyasha quería llevar otra vida, una vida aparte de la que llevaba con ella.

Kagome se dio cuenta, en aquellos momentos en que su vida estaba al borde del precipicio, de que Inuyasha nunca había compartido con ella aquella otra vida excitante y apresurada. Sólo había construido su matrimonio para ella, para que jugara a ser esposa y madre de sus hijos, porque era lo que ella quería ser.

Pero, ¿acaso se trataba sólo de un juego, de una fantasía? No lo sabía, no podía saberlo.

Caminó durante horas. Horas y horas, sin darse cuen­ta del tiempo que pasaba. Tristes horas de reflexión, contemplando la intensidad de su propio dolor. Hasta que el más completo agotamiento la obligó a regresar a casa. Estaba agotada y hacía frío, así que tomó un taxi.

De repente, su casa se convirtió en el único lugar del mundo en el que quería estar.

Pero, al darse cuenta, experimentó una sensación de derrota, porque aquello significaba que sus horas de libertad no le habían hecho ningún bien.

Notas finales: Agradezco a todos los que me han dejado algún review. Sigan mandándome sus comentarios. Nos vemos.