Disclaimer: Los personajes de esta historia NO ME PERTENECEN (desgraciadamente) sino que son de la sensei Rumiko Takahashi. La historia TAMPOCO ES MÍA, es una adaptación de Reid Michelle.


Reseña:

Kagome e Inuyasha tenían tres hijos y formaban un sólido matrimonio, o al menos eso era lo que Kagome pensaba. Pero su feliz existencia se hizo añicos cuando supo que Inuyasha tenía una aventura. Entonces, se dio cuenta de que, a lo largo de los años, sus vidas se habían separado cada vez más. Quería salvar su matrimonio, pero tal vez fuera ya demasiado tarde. Si Inuyasha había llevado su infidelidad hasta sus últimas consecuencias¿podría perdonarlo alguna vez?


CAPITULO 5

La madre de Inuyasha empezó a pasar más tiempo con Kagome. No mencionaba el domingo que su nuera había pasado en Tokio, pero el hecho estaba allí, aguardando tras sus cuidadosos gestos, tras la cautela con que abordaba ciertas conversaciones.

Isayoi Tashio estaba orgullosa de su hijo. Era un hombre, que se había hecho a sí mismo, que había triunfado a pesar de las dificultades. Pero no estaba ciega ante lo que la tentación podía suponer para un hombre del calibre de Inuyasha. Era un hombre perspicaz, inteligente y lleno de vida. Con treinta y dos años, ya era respetado en la comunidad de ejecutivos.

La profunda mirada de sus ojos dorados y su habilidad para hacer dinero donde no lo había, lo hacían muy interesante para las mujeres. Y, aunque nadie le había dicho nada de por qué el matrimonio de su hijo atra­vesaba por tiempos difíciles, Isayoi no era tonta y tenía una idea bastante acertada de la verdad. Así que decidió pasar más tiempo con Kagome, para ofrecerle su apoyo moral. Kagome, se lo agradecía, porque había llegado a la dolorosa conclusión de que, en el mundo extraño en el que había empezado a vivir, ella era su única amiga.

Se sentía decepcionada consigo misma por haberse dejado llevar hasta convertirse en una persona vacía. Su hogar, que antaño era su orgullo y su gozo, se había convertido en continuo objeto de sus críticas. Podía ser un buen lugar para ella, pero no para Inuyasha. Su avance en la vida merecía una casa mayor, una que reflejara sus éxitos. Kagome no dejaba de atormentarse recordando las muchas veces que Inuyasha le había comentado que quería mudarse a una casa más grande, mejor. Tal como había empezado a considerarlo últimamente, lo com­prendía perfectamente. No había duda de por qué no había llevado a aquella casa a ninguno de sus amigos: debía avergonzarse de su hogar.

Pero Kagome también se sentía furiosa con su marido por no abrirle las puertas de su mundo. Tal vez fuera culpable por permanecer ciega a lo mucho que él había cambiado, pero él tenía parte de culpa por esconderla, como si fuera un incómodo secreto que no convenía a su imagen de triunfador.

La ira se convirtió en resentimiento y el resentimiento en una inquietud que la hacía irritable e impaciente, hasta el punto de que hasta sus hijos estaban alerta para evitar sus reacciones intempestivas.

«¿Quién eres, Kagome?», se preguntó una noche que Inuyasha volvía tarde del trabajo, después de muchas sema­nas en que había vuelto a las seis y media en punto. La tardanza de su marido aumentaba su inquietud. Necesitaba que Inuyasha estuviera allí para experimentar cierta paz.

«No puedes echarle a Inuyasha la culpa de todo», se decía. «Has vivido en una nube, tan encerrada en tu pequeño mundo que ni siquiera te has preguntado cómo era el de tu marido. Sabías que acudía a muchas comidas de negocios, que tenia que moverse en ciertos círculos si quería estar al día, pero no te preguntaste si debías preocuparte por entrar con él en ese mundo, ni siquiera te preocupaste de escucharlo y apoyarlo.»

Se dio cuenta de que ni siquiera sabía que la compra de Yokina se había consumado hasta que Kykio se lo dijo. Aún más, sólo se enteró de que quería comprar Yokina cuando la madre de Inuyasha salió en su defensa una noche que ella se quejaba de que volvía demasiado tarde a casa.

-¡Está ocupado con la compra de Yokina! -había exclamado molesta- ¿No te das cuenta de que es muy importante que consiga ese negocio?

La verdad era que no podía darse cuenta, porque no sabía de su existencia, pero lo más triste era que todavía no se había preocupado de averiguarlo. ¿Qué futuro tenía un matrimonio que no compartía más que una casa, una cama y tres hijos?

-Ni siquiera soy guapa -dijo con un suspiro, mirándose al espejo una mañana.

«Al menos, no en el sentido clásico, supongo», se dijo sin dejar de mirarse al espejo. «Mi figura no está mal, sobre todo, teniendo en cuenta que he tenido tres hijos. Tengo unas piernas bonitas, pero no tengo una cara que llame la atención. No es la cara que se espera de la mujer de Inuyasha Tashio. Tengo los ojos demasiado grandes y la nariz demasiado pequeña, la boca no está mal, pero mi mirada es demasiado vulnerable.»

Hizo una mueca de disgusto.

«¡Y mira qué pelo!», se dijo acariciando su larga melena azabache. «¡No he cambiado de peinado desde que tenía la edad de Ayumi¡Incluso la ropa que me pongo es demasiado juvenil!»

«Pues haz algo para cambiar», le dijo con impaciencia una voz interior.

-¿Por qué no? -susurró con un impulso desafiante- Vaya decirte tina cosa, Katsu -dijo dándose la vuelta y hablando a su hijo pequeño, que jugaba en la moque­ta-. ¡Me voy de compras! Vamos a ver si la abuela puede cuidar de ti, y si no puede, pues... pues llamaremos a papá y que se ocupe él, por un día no le va a pasar nada -dijo y se mordió el labio, exactamente igual que hacía su hija Ayumi cuando tomaba una decisión.

Pero la madre de Inuyasha aceptó cuidar a su nieto con alegría, lo que en cierto modo contrarió a Kagome. De alguna manera, le atraía la idea de entrar en el ultra­moderno edificio de oficinas donde Inuyasha tenía el despacho y dejarle a Katsu en brazos. «Aunque, sin embargo», pensaba mientras se dirigía en taxi al centro de Tokio, «una cosa es imaginarlo y otra muy distinta hacerla».

Se sentía feliz y esperaba que aquella sensación le durara algún tiempo.

¿Era tan malo no tener otra ambición que ser una buena madre y esposa? Siempre había amado su trabajo, que consistía en cuidar de sus tres hijos, escucharlos, jugar con ellos o, simplemente, disfrutar de ellos.

Y de Inuyasha. Inuyasha podía ser un león en la jungla de los negocios, pero Kagome sabía que la tensión desa­parecía de su cuerpo en cuanto llegaba a su casa y encon­traba a su pequeña familia con sus pequeños problemas, esperando que él los solucionara.

Muchas noches llegaba agotado y con el semblante serio, con el rostro de un cazador implacable, pensó Kagome en aquellos momentos-, pero en menos de media hora, estaba tumbado en el suelo jugando con los geme­los. Jugando o viendo la televisión. Se compenetraba absolutamente con ellos y podía llegar a pelearse con Ryu por un juego de ordenador, y no tenía la menor señal de tensión ni de pesadumbre, tan sólo aquella son­risa infantil igual a la de su hijo, que decía que había abandonado el mundo de los negocios para sumergirse en el feliz alivio que le ofrecía su familia.

Kagome se preguntaba si el mismo proceso funcionaba a la inversa¿le era tan fácil desprenderse de su papel de padre y esposo cada vez que salía para irse a trabajar¿Era un alivio para él volver a aquel otro mundo mucho más excitante, ser el gran hombre con poder sobre otros y verse tratado de forma especial¿Se convertían su pequeña mujer y sus tres hijos en poco más que nada una vez que volvía a aquel escenario sofisticado lleno de gente inteligente y sofisticada, con ropa sofisticada y sofisticadas conversaciones?

Sofisticado, se repitió por enésima vez, en eso se había convertido Inuyasha, en un hombre maduro y sofisticado. Mientras, ella se había estancado.

Se odió a sí misma por haber dejado que ocurriera y odió a Inuyasha por obligarla a ver sus propios defectos, porque eso significaba que ella tenía que asumir parte de culpa por lo que les estaba ocurriendo.


Kagome sintió un inexplicable alivio al no ver el BMW negro de Inuyasha cuando el taxi la dejó en casa a las seis en punto de la tarde.

Iba tan cargada con bolsas y paquetes que tuvo que llamar al timbre con el codo.

-¡Cielo Santo! -exclamó la madre de Inuyasha, abriendo la puerta y mirando a su nuera con asombro.

Kagome siguió hacia el interior sin detenerse.

-Cielo Santo! -volvió a exclamar cuando, una vez en el interior de la casa, Kagome dejó caer los paquetes a sus pies.

-¿Qué te parece? --preguntó Kagome con incertidumbre.

La Kagome que había abandonado su hogar una hora después que su marido no era la misma que estaba ante su suegra.

Se había cortado el pelo en un óvalo alrededor de la cara, hasta la altura de la barbilla. La habían maquillado de modo que quedaran realzados los hermosos rasgos que ella no creía tener. Tenia un aspecto tan natural que era imposible decir cómo le habían arreglado los ojos y la boca para que, de repente, llamaran tanto la atención.

Pero aquello no era todo. Ya no llevaba el abrigo de lana azul pálido y los vaqueros con que había salido aquella mañana. En su lugar, llevaba el traje de chaqueta de lana más exquisitamente cortado que Isayoi había visto. Era de color marrón pálido y se ajustaba perfectamente a su figura. Se abrochaba con dos filas de botones de un marrón más oscuro en la pechera y estaba adornado con tres botones en cada puño. También llevaba unas botas de ante por debajo del tobillo y un bolso a juego.

-Creo -dijo Isayoi Tashio- que lo mejor será que preparemos una bebida fuerte para cuando mi hijo vuelva a casa.

Isayoi no podía saberlo, pero había dado la respuesta que más podía satisfacer a Kagome, que había ido adquiriendo una actitud más desafiante a medida que pasaba el día.

Se abrió la puerta y entró Ryu.

-¡Uauh! -exclamó, y Kagome sonrió de oreja a oreja como una idiota. El tiempo que había empleado preocupándose por la reacción de sus hijos ante el nuevo aspecto de su madre, había sido tiempo perdido.

-¿Qué hay en los paquetes? -preguntó Ryu, despreocupándose de Kagome como si fuera la misma de siempre.

Al cabo de diez minutos, el suelo del cuarto de estar estaba cubierto de paquetes medio abiertos y Ayumi no paraba de corretear luciendo un collar de cuentas rojas que su madre le había comprado. A Katsu le había traído un juego de piezas de construcción, pero lo que más le gustaba era la caja de cartón, que estaba destrozando poco a poco. Para Ryu había comprado un nuevo juego de ordenador, y ya estaba jugando con él en su habitación cuando llegó Inuyasha.

Inuyasha se detuvo en el umbral de la puerta y se quedó mirando. La actividad en el cuarto de estar se detuvo. Ayumi dejó de corretear para observar su reacción y su madre dejó de recoger los envoltorios, mientras Kagome se ponía en pie incómodamente y lo miraba con una mezcla de desafío y súplica.

Fue Isayoi quien rompió la tensión del momento.

Recogió a Katsu de la moqueta y agarró a Ayumi de la mano.

Pero Kagome no prestaba atención a sus hijos, estaba pendiente de Inuyasha, que la observaba con una inescrutable expresión.

Una tenue sonrisa se dibujó por fin en el rostro de Inuyasha. Kagome se quedó muy sorprendida, porque era la misma sonrisa con que se había acercado a ella la noche que se conocieron, una sonrisa ambigua. Kagome se irguió con una expresión definitivamente desafiante.

-Vaya, vaya -dijo Inuyasha-, ya veo que ha comenzado la segunda etapa.

¿La segunda etapa¿De qué diablos estaba hablando?

Se preguntó Kagome.

-¿Vas a salir? -preguntó Inuyasha-. Vas a tener que perdonarme, Kagome, pero, si me has dicho que tenías planes para salir esta noche, creo que me he olvidado por completo.

Kagome frunció el ceño. Sabía que Inuyasha no decía nada al azar, y se preguntaba qué quería decir con aquel «¿vas a salir?» y el «segunda etapa», cuando sabía muy bien que no iba a ninguna parte.

Le quedó claro que no iba a hacer ningún comentario sobre su nuevo aspecto. Tal vez no le gustaba, tal vez prefería su versión aburrida, la que no le causaba ningún problema, la que sabía el lugar exacto que ocupaba en el ordenado mundo de Inuyasha y no pensaba salir de él.

Kagome pensó que lo que tal vez le ocurría a Inuyasha era que no las tenía todas consigo, y experimentó una sensación de triunfo. Tal vez su pregunta fuera sincera. -y si estuviera pensando en salir¿qué harías? -le preguntó.

La pregunta provocó de nuevo la sonrisa irónica de Inuyasha. Al verla, Kagome se estremeció llena de frustración.

-Supongo que preguntarte con quién sales -respondió Inuyasha, que sabía jugar mejor que ella al juego de las ambigüedades.

-¿Para ver si tu mujercita sale con buenas compañías?

-Pero, entonces¿vas a salir? -preguntó Inuyasha, apretando los puños- ¿Con quién¿Con un hombre?

Kagome no cabía en sí de satisfacción.

-Cuando tú sales, no me dices con quién, no sé por qué tengo que hacerlo yo -dijo con frialdad.

Inuyasha frunció el ceño y miró a Kagome como diciéndole «Ten cuidado».

-No te burles de mí -le dijo-. Dame un nombre, sólo quiero un nombre.

Era una conversación completamente estúpida -pensaba Kagome-, ya que ella no iba a ninguna parte.

-No hay ningún nombre -murmuró, furiosa por la facilidad con que Inuyasha había estropeado aquel día tan feliz para ella. Paseó la mirada por los paquetes esparcidos por el suelo, sin encontrar en ellos ninguna satisfacción- Acabo de llegar, no iba a ninguna parte.

A Inuyasha le había bastado con ver los paquetes y las bolsas para darse cuenta. ¿A quién quería engañar, fingiendo con una pequeña mueca de sorpresa que no los había visto hasta aquel momento?

Inuyasha se acercó al paquete que tenía más próximo, una caja larga y plana que todavía estaba sin abrir. Aprovechando que Inuyasha le dejaba libre el paso, Kagome tomó su bolso nuevo y se dirigió hacia la puerta tristemente decepcionada.

-¿Qué es esto? -preguntó Inuyasha.

Kagome se encogió de hombros, tan arrogante como su hija cuando no obtenía la respuesta que quería.

-Un traje -respondió de mala gana.

-¿Y esto? -preguntó Inuyasha, señalando otra caja

con el pie.

-Ropa interior -respondió Kagome ruborizándose, porque la caja rebosaba con la ropa interior más cara que Kagome había visto en su vida.

-¿Y esto?

-Dos vestidos -replicó y lo miró con resentimiento-. ¿Por qué? No irás a echarme la bronca por haber gastado demasiado¿verdad¡Fuiste tú quien me dio todas esas tarjetas de crédito! Una para cada gran almacén de Tokio, creo.

Kagome no las había utilizado nunca. Hasta aquel día, no se había dado cuenta de las delicias que podían ofrecerle.

Inuyasha ignoró el comentario.

-Es un vestido que merece una cena en uno de los restaurantes más caros de Tokio, tal vez con un poco de baile después¿no te parece?

Kagome se estremeció y miró a Inuyasha a los ojos, sin acabar de comprender.

-¿Me estás invitando a cenar? -preguntó con tanta inocencia que Inuyasha no pudo evitar una sonrisa irónica. -Sí -asintió con cierta burla.

Kagome tuvo la impresión de que su ingenuidad le parecía algo muy divertido. Se sonrojó y deseó que la tragara la Tierra antes que continuar con aquella tortura. Por lo visto, Inuyasha no podía tomar en serio nada de lo que ella hacía.

-Sí, Kagome -repitió Inuyasha con mayor amabilidad, como si se hubiera dado cuenta de la inquietud de Kagome y lamentara haberla causado- Te estoy preguntando si te gustaría que saliésemos a cenar esta noche.

-Oh -exclamó Kagome desconcertada y sin saber qué responder.

Se alegró de oír a Ryu bajar corriendo por las escaleras, como un alud. Pasó a su lado como una exhalación y saltó a los brazos de su padre.

-¡Hola! -exclamó- Mamá me ha comprado un juego nuevo -prosiguió con excitación- ¿Puedo bajado y ponerlo en la televisión? Es un simulador de vuelo y hay que aterrizar y despegar en un tornado.

-¿Por qué no? -dijo Inuyasha sonriendo sin dejar de mirar a Kagome-. Si a tu abuela no le importa, puedes bajarlo. Tú madre y yo nos vamos a cenar.

-¿Os vais a cenar los dos juntos? -exclamó Ryu, tan sorprendido como Kagome-. ¡Qué bien! -agregó mirando a su madre- Papá te lleva a cenar en vez de ir tú sola como el otro...

-Ryu -dijo su padre. El niño se calló. Kagome se sintió muy incómoda.

-A lo mejor tu madre no puede quedarse -dijo.

Sabía que Inuyasha sólo la había invitado a cenar al ver todas las molestias que se había tomado para cambiar de aspecto- Ha estado aquí todo el día y no me parece bien que...

-No importa -dijo Isayoi, viniendo por el pasillo. Kagome se dio la vuelta. Isayoi y Ayumi estaban allí.

Tuvo la sensación de que en aquella casa no había la menor intimidad.

-Por supuesto que importa -dijo- Has estado aquí todo el día y yo ...

-Llévala a un sitio bonito -dijo Isayoi, ignorando las protestas de Kagome.

Kagome suspiró con impaciencia, sabiendo que su opinión importaba poco.

-Creo recordar que no he dicho que quiera salir -dijo.

-Claro que quieres salir -intervino Isayoi-. Así que recoge todas esas cosas y súbetelas. ¡Ayumi y Ryu, ayudad a vuestra madre!

Kagome exhaló un suspiro de resignación. A no ser que quisiera contarles a todos sus razones para no salir con Inuyasha, no tenía más remedio que hacerlo.

Los niños obedecieron inmediatamente. Recogieron varios paquetes y salieron, dejando que Kagome recogiera el resto. Cuando estaba al pie de la escalera, oyó la voz de Isayoi.

-Si quieres saber mi opinión, Inuyasha, ya era hora de que salieseis juntos. Y no estaría de más que empezaras a llevarla a esas cenas donde conoces a tanta gente del mundo de los negocios.

Kagome se había detenido en las escaleras y esperaba con curiosidad la respuesta de Inuyasha, pero cuando habló no pudo distinguir sus palabras.

Sin embargo, a Isayoi se le entendía perfectamente. -¡Tonterias! -replicó-. ¿Cómo sabes que no le va a gustar cuando no le has dado la oportunidad de averiguado? Tu problema, Inuyasha, es que la tienes tan envuelta entre algodones que no le dejas descubrir lo que realmente quiere de la vida.

¿Era eso lo que Isayoi pensaba?, se dijo Kagome. En realidad, ella creía que siempre había sabido lo que quería de la vida, ser una buena madre y una buena esposa. Eso era todo. No era algo ni muy excitante ni muy ambicioso. Sólo quería ser una buena esposa para el hombre al que amaba y una buena madre para unos hijos a los que adoraba. ¿Qué tenia eso de malo?

-y te digo algo más -continuó Isayoi-. No sé qué es lo que ha pasado para que esa pobre chica tenga roto el corazón, pero sé que ha sufrido mucho y me imagino de quién es la culpa.

A Kagome le dio un vuelco el corazón. La invadió una terrible sensación de desolación, como ocurría siempre que recordaba la llamada de Kykio.

-Sigue mi consejo, hijo, y sé muy cuidadoso a partir de ahora, porque si alguna vez Kagome...

Kagome subió las escaleras precipitadamente. No quería saber lo que podría ocurrir «si alguna vez Kagome...» Lo que le ocurría era ya bastante doloroso como para preocuparse si alguna vez ...


Notas finales:

Agradezco a quienes apoyan la historia. Jimena-chan ya arreglé el detallito, gracias por avisarme.

Nuevamente aclaro que mientras no tenga una respuesta directa de los dueños del circo, no dejaré de publicar. No puedo hacer caso de lo que dicen los aficionados. Pero de todas formas nuevamente he mandado un mail para que no se diga que el otro se traspapeló.

Hasta la próxima actualización.