Disclaimer: Los personajes de esta historia NO ME PERTENECEN (desgraciadamente) sino que son de la sensei Rumiko Takahashi. La historia TAMPOCO ES MÍA, es una adaptación de Reid Michelle.
Reseña:
Kagome e Inuyasha tenían tres hijos y formaban un sólido matrimonio, o al menos eso era lo que Kagome pensaba. Pero su feliz existencia se hizo añicos cuando supo que Inuyasha tenía una aventura. Entonces, se dio cuenta de que, a lo largo de los años, sus vidas se habían separado cada vez más. Quería salvar su matrimonio, pero tal vez fuera ya demasiado tarde. Si Inuyasha había llevado su infidelidad hasta sus últimas consecuencias¿podría perdonarlo alguna vez?
CAPITULO 9
Kagome seguía mirando fijamente el teléfono cuando Inuyasha llegó unos minutos más tarde. Él la vio nada más entrar y se detuvo al instante. -¿Qué ocurre? -le preguntó con impaciencia, dándose cuenta de que Kagome sufría una especie de conmoción.
Kagome se llevó la mano a la mejilla. La tenía helada. -Subaki acaba de llamar -le dijo-. Quiere que la llames.
Sin dejar de mirar a Inuyasha, se preguntó si se desmayaría o se echaría a llorar. Inuyasha se sonrojó y dio un suspiro. Pocas veces había visto Kagome tanta emoción en sus ojos.
Inuyasha dejó caer la cartera y suspiró con los dientes apretados.
Luego se acercó a una paralizada Kagome, la apartó de su camino y se dirigió a su estudio. Entró y cerró la puerta. Kagome se quedó mirándolo, haciéndose preguntas acerca de lo que acababa de ocurrir entre ellos, además del holocausto que tenía lugar en su interior.
¿Inuyasha reaccionaba así ante la simple mención del nombre de Subaki? Kagome contuvo un sollozo, negándose a dejarse llevar por lo que ocurría en su interior.
¡Al saber que Subaki acababa de llamar, Inuyasha había corrido al teléfono como un poseso!
Estaba con Katsu en el salón cuando Inuyasha entró buscándola. Estaba pálido, y, aunque de sus rasgos había desaparecido todo rastro de emoción, podía ver huellas de la conmoción que sentía en sus ojos. Ayumi corrio hacia él para abrazado, como de costumbre, pero sólo recibió una caricia en el pelo. Ryu estaba viendo la televisión y Katsu estaba cansado, así que se limitó a dirigir una mirada a su padre antes de volver a sumergirse en el cálido abrazo de su madre.
Inuyasha miraba fijamente a Kagome.
-Lo siento -dijo con voz grave- Le dije que no llamara aquí nunca.
-No importa.
-¡Claro que importa! -exclamó Inuyasha violentamente. Los niños se dieron la vuelta para mirado. Se pasó la mano por el pelo, tratando de tranquilizarse. - Ryu... Ayumi. Quedaos con Katsu un momento mientras yo hablo con mamá.
Sin dar lugar a una respuesta, levantó a Katsu y lo dejó sobre la moqueta, entre las piernas de Ryu. Luego dirigió a sus tres sorprendidos hijos una mirada tranquilizadora.
Se dio la vuelta y agarró a Kagome de la mano. Al llegar a su estudio, la soltó.
-Le dije que no debía llamar aquí -repitió- ¡Le dije que si era muy urgente, le dijera a la señora de la limpieza que me llamara en su lugar¡Pero que ella no llamara nunca!
-Ya te he dicho que no importa.
-¡Pero sí importa! -estalló Inuyasha ferozmente- ¡Te ha hecho sufrir, y no quiero que eso ocurra! -Entonces, lo que tenías que haber hecho ...
Kagome se interrumpió porque no quería insultado y, encogiéndose de hombros, se acercó a su mesa. -¿Cómo es que sigue trabajando para ti? -le preguntó entre dientes- Si decías que todo había terminado.
-No trabaja para mi -dijo Inuyasha-. Trabaja para mi bufete de abogados. Hace meses que le pasé todos mis asuntos a uno de sus compañeros.
Kagome no lo creía. Tenía grabada la expresión de su cara cuando le dijo que Subaki acababa de llamar. Todavía recordaba cómo la había apartado para correr a llamarla.
-Entonces¿por qué te ha llamado?
Inuyasha suspiró. Kagome estaba segura de que trataba de controlar las emociones que le había provocado la llamada de Subaki.
-Era la única que estaba en la oficina cuando llegó una información muy importante por fax -le explicó Inuyasha-. Lo bastante importante como para que yo lo supiera inmediatamente. Y no había nadie más en el bufete.
-Oh -exclamó Kagome, que no podía pensar en algo más que decir- Bueno, pues asegúrate de que no vuelva a llamar -añadió fríamente, para acabar con el asunto.
Pero el incómodo silencio que se hizo a continuación, le decía que aún no había concluido.
-El caso es que -dijo Inuyasha con prudencia:- tengo que marcharme. Ha surgido un problema legal con el negocio de Osaka y tengo que volver a la oficina para solucionarlo personalmente.
La compra de Okina y el negocio de Osaka ¿dónde estaba la diferencia?
-Claro que sí. Tú tienes que irte -dijo con tal acidez que fue como una bofetada en la cara-, y yo tengo que meter a los niños en la cama.
Lo empujó con la intención de abandonar el estudio. Pero Inuyasha la detuvo.
-No -exclamó-. Voy a mi oficina, no a la de Subaki.
No voy a verla. No quiero veda. Estaré en la otra punta de Japón ¿lo entiendes?
¿Entender? Sí, por supuesto, Kagome lo entendía todo.
Le estaba pidiendo que confiara en él. Pero no podía. Tal vez nunca volviera a confiar en él.
-Tengo que acostar a Katsu - murmuró y le empujó para salir de la habitación.
Aquello ocurrió un viernes. Al lunes siguiente, Inuyasha se marchó a Osaka para atar los cabos sueltos del contrato antes de las vacaciones de Navidad. Y después de un horrible fin de semana, durante el cual los dos se comportaron con exquisita cortesía, Kagome sintió alivio al verlo partir.
Pero hicieron el amor el domingo por la noche. Y, en medio de sus desesperados intentos por conseguir algún nivel de mutua satisfacción, Inuyasha rompió una de las estrictas reglas que se habían instituido entre ellos y le habló. Le pidió que le perdonara. Kagome le dijo que se callara, para no estropear más las cosas. Inuyasha se mordió la lengua, pero, cuando la penetró, lo hizo con una ansiedad tal que rayaba en el tormento. Al terminar se separó de ella y hundió el rostro en la almohada. Kagome sintió entonces la desesperada necesidad de consolarlo, pero no pudo, porque habría sido concederle algo demasiado importante.
El problema era que ya no sabía qué era aquello tan importante, porque había empezado a perder la noción de las causas que los separaban.
«Subaki», recordó, «Subaki».
Pero incluso aquel nombre empezaba a perder el poder de hacerle tanto daño como antes.
Los días siguientes, Kagome se sumergió en los apresurados preparativos de las fiestas de Navidad. Ignoró las frecuentes molestias de su estómago y se dispuso a limpiar y reordenar las habitaciones. La noche que volvía Inuyasha, consideró seriamente si no sería mejor meterse en la cama y descansar.
Estaban todos en el salón, tratando de poner en pie el enorme árbol de Navidad que acababan de traer, cuando se abrió la puerta y entró Inuyasha. Una sonrisa suavizó sus duros rasgos al ver los esfuerzos de su mujer y sus hijos para sostener el árbol.
-Veo que para algunas pequeñas tareas todavía hago falta -dijo en broma, atrayendo la atención de sus hijos.
Los niños abandonaron a Kagome y corrieron hacia Inuyasha. Él, fingiendo terror, cayó en la moqueta mientras Ayumi y Ryu se abalanzaban sobre él gritando y riendo. El tercer miembro del trío gateó como pudo hasta alcanzar los pies de su padre.
Kagome observó la escena embobada, mientras las agujas del pino se le clavaban en la palma de las manos.
Fue en aquel preciso instante, al sentir una sensación de dulzura y afecto que jamás había experimentado, cuando se dio cuenta del valor que tenía su vida.
Amaba a su familia. Amaba el amor de su familia.
Un amor sencillo que extendía sus lazos de unos a otros y que los unía hasta tal punto que, cuando un eslabón se rompía amenazando con romper la cadena, los demás volvían a unirse para formarla otra vez.
El Inuyasha de aquella escena era el viejo Inuyasha. No el que estaba tan cansado que no tenía tiempo de echarse en el suelo para jugar con sus hijos, para disfrutar de ellos.
Katsu estaba sentado sobre él, golpeándole el pecho con los puños.
-Me rindo, me rindo -decía Inuyasha, mientras Ryu le sujetaba por los brazos para que Ayumi pudiera hacerle cosquillas sin piedad. Los dos niños sabían que Inuyasha no podía hacer ningún movimiento para salvarse mientras tenía a Katsu sentado sobre él- ¡Ayúdame, Kagome ¡Necesito ayuda!
Kagome soltó el árbol, asegurándose de que no caería sobre ellos antes de ir a agarrar a Katsu con un brazo y atacar a Ayumi con sus propias armas, dejando que Inuyasha se las entendiera con Ryu. Al cabo de unos segundos, el padre había doblado el brazo de su hijo mayor sobre su espalda y no dejaba de darle besos.
-¡Puaj! -protestaba Ryu, pero, en realidad, disfrutando y riéndose como un loco.
No hay muchas formas de darle a un niño de seis años los besos que necesita, pero que no se deja dar. Inuyasha estaba empleando el mejor truco, porque se los daba jugando. Cuando dejó al niño en el suelo, estaba loco de felicidad, aunque sin dejar de hacer gestos de asco. Luego se moría de risa cuando su padre persiguió a Ayumi, que no paraba de chillar, pero que, en realidad, estaba deseando que Inuyasha la abrazara y la cubriera de besos.
Katsu observaba con una sonrisa de felicidad y Kagome se abrazó a él. El cálido cuerpo de su hijo la reconfortó, aunque en realidad, lo que más deseaba era esperar a que le llegara el turno de que Inuyasha la persiguiera también a ella, como había hecho en el pasado.
Que Inuyasha estaba pensando lo mismo quedó claro cuando dejó a Ayumi en el suelo y miró a Kagome con incertidumbre. Ella sintió una repentina timidez y le ofreció a Katsu, agachando la mirada mientras Inuyasha se tumbaba en el suelo jugando con su hijo pequeño.
Precisamente en aquel instante, el árbol de Navidad comenzó a inclinarse. Kagome lo atrapó a tiempo, pero se le echó encima. Otra mano, más grande y fuerte que la suya apareció de repente para sostener el árbol, volviendo a ponerlo recto con gran facilidad.
-Te ha arañado en la cara -dijo Inuyasha, tomándola entre sus brazos y besándola en la comisura de los labios y acariciándola con la lengua- Hola -murmuró suavemente.
Kagome se sonrojó.
-Hola -respondió con voz grave.
Inuyasha la besó de nuevo, con intensidad, ternura e intimidad. Fue un beso cálido y lleno de vida. Kagome cerró los ojos y se abandonó al abrazo de aquel cuerpo que conocía tan bien.
El sonido del timbre de la puerta los separó. Sus hijos se apresuraron a abrir, porque a aquella hora esperaban a Izayoi.
-Tu madre va a llevarlos a oír villancicos -dijo Kagome.
-¿Sí? -replicó Inuyasha distraídamente, sin dejar de mirar a Kagome intensamente- Mejor -añadió con un murmullo y la besó de nuevo, suavemente. No se separó de ella ni cuando su madre entró en la habitación.
Kagome ni siquiera la oyó. El amor que creía perdido para siempre palpitaba en el fondo de su ser, alimentando una deliciosa calidez en cada rincón de su cuerpo. Con un suspiro, que fue como el suave murmullo de una brisa, le acarició los brazos y enterró los dedos en sus cabellos.
Estaban sin respiración cuando se separaron. Inuyasha se volvió para saludar a su madre con una sonrisa. Izayoi sonreía nerviosamente, pero la expresión de esperanza escrita en sus ojos, era inequívoca.
Al poner los anoraks a los niños, mientras Inuyasha estaba fijando la posición del árbol, Kagome recordó los cambios que había hecho en el piso de arriba. Se mordió el labio preguntándose cómo se lo diría, y pospuso el momento hasta que no tuviera más remedio.
Se despidieron de los niños y de su abuela desde la puerta. Inuyasha la agarraba por la cintura mientras Izayoi salía por la puerta del jardín empujando el cochecito de Katsu y con los mellizos correteando a su lado y sin parar de hablar.
Inuyasha cerró la puerta. Después del alboroto anterior, el silencio parecía muy extraño.
-Ven conmigo mientras me cambio -dijo Inuyasha, ofreciéndole la mano a Kagome.
Kagome la agarró dócilmente y se dejó llevar escaleras arriba hasta su dormitorio. Allí, Inuyasha se separó de ella con un suspiro y comenzó a desanudarse la corbata.
Kagome lo miraba desde el umbral de la puerta, retorciéndose las manos nerviosamente. -Inuyasha...
Él, que no la oía, se dirigió al baño.
-Pero qué ... -dijo saliendo disparado y mirándola con asombro.
-Tenía que poner a mis padres en alguna parte -dijo Kagome, poniéndose a la defensiva-, y ésta era la única solución -dijo señalando la cama.
Había quitado del baño todos sus objetos personales y vaciado uno de los armarios y había puesto su ropa con la de Inuyasha. Casi no había cabido, la había metido con tanta presión que tendría que plancharla otra vez antes de ponérsela, pero ...
-¿Y dónde vamos a dormir tú y yo?
Kagome señaló las otras habitaciones con un gesto vago.
-He comprado dos camas. Una la he puesto en la habitación de Ryu y otra en la de Ayumi. Tu madre puede dormir con Ayumi.
La madre de Inuyasha siempre se quedaba a dormir con ellos la Nochebuena porque le gustaba ver a sus nietos abriendo los regalos el día de Navidad.
-Yo dormiré con Katsu y tú con Ryu. Sólo son dos noches, Inuyasha-dijo apelando a su comprensión cuando lo vio a punto de explotar- Sabes que no podemos poner juntos a los mellizos o no se dormirán nunca. Están muy excitados y ...
-¡Maldita sea! -exclamó Inuyasha-. ¿Qué te ocurre, Kagome ¿Por qué tengo que dejarle mi cama a tus padres¿Por qué no pueden dormir en otra cama¿O haces esto porque quieres seguir vengándote de mí? Porque, si es eso, te aviso: creo que ya he sufrido bastante.
Kagome se indignó ante tal injusticia.
-¿Desde cuándo han sido mis padres un problema para ti¡Sólo vienen una vez al año¡Ten algo de consideración con ellos, por amor del Cielo! Saldrán para acá en cuanto cierren la tienda y harán el camino de un tirón. Empiezan a ser mayores, y no creo que sea muy cómodo para ellos dormir con los niños.
-¡No puedo creer que estés haciendo esto! -exclamó Inuyasha, demasiado enfadado como para atender a razones-. Vuelvo a casa después de una semana entera en Osaka... ¡En Osaka, por Dios Santo! -dijo como si se tratara del fin de la Tierra-. Buscando un poco de tranquilidad en mi propia casa. ¡En mi propia casa! Y me encuentro con que me ha echado de mi habitación mi propia mujer, una mujer vengativa que no encuentra bastantes maneras de ... ¡No pasaría nada ... ! -continuó observando a una pálida Kagome-. No pasaría nada si la maldita casa fuera lo bastante grande para perderme en ella si me daba la gana. Pero como tú te negaste a mudamos a una más grande, yo tengo que pagar las consecuencias. ¡Yo! Un maldito millonario viviendo en una casita de juguete con tres mocosos que no paran de hacer ruido y una mujer que ...
Se interrumpió dirigiendo a Kagome, que estaba completamente pálida, una mirada furiosa.
-¡Maldita sea! -exclamó-. ¡Maldita sea¡Maldita sea!
-¿Por qué no te vas a casa de Subaki? -le sugirió Kagome con voz temblorosa- ¡Puede que ella te trate mejor!
Giró sobre sus talones y salió del dormitorio antes que Inuyasha pudiera decir algo más. ¿Creía que .era vengativa¿Qué vivía en una casa de juguete¡Y a los niños¡Había llamado mocosos a sus hijos!
Recogió los platos donde habían cenado los niños y se dispuso a lavarlos. Podría haberlos metido en el lavavajillas, pero aquella actividad le daba la oportunidad de descargar su rabia.
Inuyasha apareció a sus espaldas y la apretó contra el fregadero.
-Lo siento -dijo besándola en la nuca- No quería decir eso.
Kagome suspiró, restregando un plato de tal modo que el dibujo corría el riesgo de desgastarse.
-Entonces ¿por qué lo has dicho?
-Porque ... -dijo Inuyasha, pero se interrumpió para seguir besando a Kagome en el cuello. -¿Porque qué? -insistió Kagome.
-Porque estaba decepcionado -dijo Inuyasha-. Porque he pasado toda la semana sin pensar en otra cosa que en esa maldita cama. Porque me sentía culpable por haber olvidado el problema de tus padres. Porque -dijo y se detuvo para dar un suspiro-, no quiero dormir con Ryu. Quiero dormir contigo. Quiero despertarme la mañana de Navidad y ver tu cara sobre la almohada. Porque ... maldita sea, hay un millón de porqués. Pero todos desembocan en una sola causa. Me he puesto así porque me has quitado el único sitio donde me siento cerca de ti. Necesito esa cama, Kagome, la necesito.
Con un repentino sollozo, Kagome dejó caer el plato que estaba fregando y se dio la vuelta para apoyarse en el pecho de Inuyasha.
-Oh, Inuyasha –susurró-. Estoy tan triste.
-Lo sé -dijo Inuyasha con un suspiro abrazándola y acariciando su espalda. Apoyó su cabeza en la de Kagome y, una vez más, su cuerpo se convirtió en su refugio.
Finalmente, Kagome consiguió calmarse y Inuyasha la agarró por la barbilla para examinar su rostro. Ella le dejó, tan silenciosa y petulante como Ayumi.
-Mi madre me va a matar si te ve así -dijo Inuyasha sonriendo- una mirada y me acusará sin escucharme.
Kagome, a su pesar, le devolvió la sonrisa. Pero Inuyasha tenía razón. Izayoi siempre se ponía de su lado cuando discutían, tuviera razón o no.
-¿Me perdonas? -le preguntó Inuyasha, apartándole el pelo de la cara- Vamos a firmar un tregua, Kagome. Vamos a ser felices estas Navidades. Incluso cederé muestra maldita cama si eso te hace feliz.
-¿Quién ha dicho que me haga feliz? -objetó Kagome, metiendo las manos en el pantalón de Inuyasha para buscar un pañuelo. Rozó con los dedos sus genitales y Inuyasha dio un respingo.
-No me provoques, pequeña-la acusó Inuyasha asombrado, porque sabía cuál era su intención. Y sonrió al comprobar que allí estaba la vieja Kagome, la que pensó que había perdido para siempre- Vamos a firmar una tregua, Kagome -le rogó con voz ronca- Por favor.
-¡Has llamado mocosos a los niños!
-¿He dicho eso? -dijo Inuyasha, y parecía sinceramente sorprendido. -¡Y mucho más!
-Me pregunto por qué no me has tirado nada -murmuró Inuyasha-. ¿Me perdonas?
Kagome consideró la propuesta, complacida por el modo en que Inuyasha le acariciaba el cuello y las mejillas. -¿De verdad eres millonario? -le preguntó.
-¿También he dicho eso? Debo haberme vuelto loco.
-¿Lo eres? -insistió Kagome.
-Si te digo que sí¿vaya ganar un poco más de respeto en esta casa? -dijo Inuyasha con una sonrisa. -Tal vez. -Entonces, sí. Tienes a un millonario delante de ti.
Tal vez a un multimillonario, añadiré, sólo para conseguir un poco más de respetabilidad, ya sabes -dijo con buen humor.
Kagome se sintió dolida porque sabía que le estaba diciendo la verdad. Inuyasha era un hombre muy rico y ella ni siquiera lo había sabido. Para ella no era más que Inuyasha, el hombre al que llevaba amando toda su vida.
-¿Una tregua? -le preguntó Inuyasha, rozando su boca con los labios.
-Sí -murmuró Kagome y cerró los ojos.
-¿Por mis millones?
-Por supuesto -dijo Kagome sonriendo-. ¿Por qué otra cosa iba a ceder?
Inuyasha se rió, porque, si conocía en algo a Kagome, sabía que no era interesada. La besó en la frente y se dio la vuelta agarrándola de la mano.
-Entonces, ven y charla conmigo mientras me cambio -le dijo.
La habitación estaba bañada, como de costumbre. por una tenue luz anaranjada.
-Esta noche, por supuesto, podemos dormir en nuestra cama -comentó Kagome distraídamente, y recibió una palmadita en las nalgas.
Entraron en el cuarto de baño riendo.
Fueron unas Navidades felices, tranquilas, alegres, pero terminaron enseguida. Llegó el momento en que Kagome tuvo que decidir si iba a volver a las clases de Kouga. Inuyasha no hizo ningún comentario, pero Kagome no tuvo la menor duda de su opinión al ver su cara cuando la sorprendió con su bloc de dibujo. Además, ella se negó a comentárselo porque quería que fuera una decisión exclusivamente suya.
Muy lentamente, volvieron a ser dos extraños que vivían bajo el mismo techo. Kagome pensaba que el noventa por ciento de la culpa la tenía el hecho de que no había conseguido una relación satisfactoria en la cama. Inuyasha era un hombre muy sensual y su propia y continua incapacidad para entregarse por completo debía desafiar su virilidad. Odiaba las restricciones que ella imponía: la oscuridad, el silencio, su reticencia a dejarse llevar por sus sensaciones. Kagome temía que, si no podía solucionarlo, una vez más, él se fuera en busca de la satisfacción a alguna otra parte.
¿La abandonaría alguna vez aquel miedo? Se preguntó una mañana, después de una noche especialmente desastrosa.
Inuyasha había sufrido tanto como ella después de su aventura con Subaki, pero saber que podía volver a caer en la tentación cuando la presión fuera demasiado fuerte, acababa con la necesaria confianza que Kagome necesitaba para volver a sentirse segura con él.
Kagome era presa de una terrible inseguridad, una inseguridad que la mantenía continuamente irritada. Volvió a tener dolores de estómago, unos dolores que ya duraban meses.
Y, cuando pensaba en aquellos meses, se le helaba la sangre en las venas.
Notas finales:
Nos vemos en la siguiente actualización.
