H O S P I T A L R O O M
Pareja: Ron/Hermione
Rating: ninguno.
Advertencias: palabras ¿malsonantes? Sip, puede que si que haya alguna xD
Noches de insomnio
No puedo dormir. Merlín, esta es la peor tortura del mundo.
Dar vueltas y más vueltas en la cama es lo peor que puede pasarte. Las mantas te pesan, empiezan a darte calor. Te destapas pero al rato vuelves a tener frío. Miras al techo, cuentas las grietas pero nada… No te duermes ni por equivocación. Otra tanda de vueltas, ahora te quedas boca abajo. Y lo único que logras es una leve tortícolis que te va a dar la noche.
Cuentas ovejitas, vaquitas, sapitos, canguritos y hasta acromantulitas que saltan vallas para ver si así te duermes. Nanay, chico, esta noche la pasas en vela.
Te levantas y vas a por un vaso de agua porque, por mucho que digan, a ti eso de la leche calentita no te va. Descalzo, sorteas los calcetines, zapatos y tratas de no darte con un pie contra la pata de la mesa pero…
Ouch! Justo en el meñique.
Sigues andando, cojeando mejor dicho, pero bajas las escaleras con sigilo, evitando esa que sabes que va a crujir nada más apoyarte pero…
Ñyeeec.
Mierda, te has descontado.
Acabas de bajar las escaleras sin ningún otro percance y ahora avanzas hacia la cocina con una mano extendida hacia delante para evitar algún otro obstáculo. Pero, claro, no cuentas con "ese" taburete que, muy probablemente tu querido hermano (nótese el sarcasmo) Fred, ha dejado en medio del camino. Y justo te das en el mismo dedo que antes, para rematarlo.
Sigues, sin embargo, en busca de tu vaso de agua. Ya estás abajo y, aunque no te apetezca, vas a bebértelo después de todo lo que has pasado para llegar hasta él. Toda una odisea, por Merlín.
Y cuando ya has logrado tu cometido, decides que, para seguir dando vueltas como un imbécil cualquiera en tu cama, mejor te quedas en un sofá y así tienes la cocina más a mano, si, al final de todo, decides probar suerte con la leche calentita.
Pero, cuando parece que vas a dormirte, entre cojines tejidos por mamá Weasley, con la tenue calidez de las brasas aún calientes, vuelve a tu cabeza el verdadero motivo de tu insomnio.
Ella. Por supuesto que es por ella, ¿por quién sino?
Tenerla tan cerca y no poder tocarla es un suplicio. Y ya tienes diecisiete años pero eres incapaz de formular una frase coherente que pueda explicar lo que sientes. Sabes dónde duerme y, si te levantas temprano, incluso puedes verla en pijama, desayunando. Con ese pijama salpicado de fresas que le queda tan bien.
Piensas, y te das cuenta de que mañana no vas a poder verla así. No, porque vas a estar durmiendo hasta la hora de comer por culpa de este maldito insomnio. Y te da rabia porque ansías verla con carita de dormida y te encanta la forma en que arruga la nariz cuando bosteza sin querer.
Y piensas que te has vuelto totalmente imbécil y que, joder Ron, tú antes no eras así. Que ella te está cambiando, que te has vuelto majara.
Que estás enamorado como un idiota y ya veremos si algún día se te pasa.
Harry lo sabe ya. No ha hecho falta que se lo digas siquiera, lo ha sabido él solo, a pesar de todo lo que debe de estar rondándole por la cabeza. Aunque, piensas, igual es demasiado obvio. Quizás no le debe de haber costado demasiado atar cabos cuando te ha visto babear como un salido cuando os la cruzasteis ese día, cuando salía del baño después de la ducha, envuelta en esa minúscula toalla.
Muy probablemente hasta ella lo debe de saber.
Y, bueno, ahora que lo piensas, seguro que en realidad lo sabe todo dios y el único que se cree que va a seguir siendo un secreto mientras tú no decidas lo contrario, eres tú mismo.
Porque, estás seguro de ello, en ocasiones debes de ser tremendamente obvio. Como cuando en cuarto te pusiste hecho un basilisco porque ella había ido al baile con Vicky… ¡Suerte que no te enteraste al mismo tiempo que se habían besado! Morgana, Morganita, ¡vete tú a saber lo que habrías hecho!
Te levantas del sofá y te das unas vueltas por el salón, ya sin preocuparte por chocar contra nada; tus ojos se han acostumbrado ya a la oscuridad. Coges un libro raído pero desechas la idea de leer un poco: no es que no te guste pero no te apetece. En realidad, nada te apetece ahora. Estás desvelado y cabreado por estarlo, estás cansado de dar vueltas en la cama sin conciliar el sueño.
Sigues caminando sin rumbo, abres la puerta de la cocina y sigues, abres armarios, levantas tapas de las ollas que hay por allí pero lo dejas todo tal cual. Otra puerta, sales al patio.
Ahí todo cambia. La luz de la media luna alumbra el jardín mal cuidado y el balancín que se mece con una brisa invisible, cobijado bajo un árbol centenario. La hierba, con briznas desiguales, está fría, lo notas al contacto con las plantas de tus pies.
Sigues andando, despacito, para no tropezarte con ningún gnomo de estos que te pueden salir cuando menos te lo esperes. Vas directo al balancín, tienes ganas de oler el mimbre y de sentir los crujidos de éste bajo tu cuerpo. Quieres sentir la hierba rozando tus pies y tus tobillos al tiempo que te meces suavemente. Quieres, por una vez, abandonarte a la relajación, dejar que tus músculos dejen de estar permanentemente en tensión y, quizás, hasta logres dejar la mente en blanco un ratito.
Llegas y te sientas en el balancín, con el característico crujido del mimbre bajo tu peso. Mueves tu torso, hacia delante y hacia atrás para conseguir que las oxidadas argollas que sujetan el asiento, empiecen a balancearse, meciéndote.
Las briznas de hierba, tal y como querías, te acarician suavemente las plantas de los pies que, con cada roce, se estremecen involuntariamente, contagiando el escalofrío a todo el cuerpo a medida que éste avanza por la columna vertebral.
Poco a poco, te vas tumbando en el balancín que, una vez has dejado de moverte para que te meciera, va aminorando la velocidad de sus movimientos hasta que está casi parado. Y tú te vas sumiendo en una especie de sopor que te envuelve y te hace cerrar los ojitos antes de que un pensamiento coherente (como por ejemplo, el irte a la cama) pase por tu cabeza.
Despiertas, horas después, con la sensación de ser observado por alguien. Totalmente errónea porque, en cuanto logras abrir los ojos, no hay nadie a tu alrededor. Tratas de volver a cerrarlos, de envolverte en tus mantas y dar media vuelta en tu camita pero la cruda realidad se hace presente en forma de caída al suelo, gentileza del balancín Weasley.
Te das cuenta, tarde, de que estabas en el balancín del jardín de tu casa y no en tu cama que debe de estar tristemente desierta. Harry, supones, se habrá despertado ya y no te habrá visto. O no. Igual no se ha despertado porque… ¿qué hora es? No lo sabes pero tienes sueño y vuelves a tumbarte en el balancín, sin importarte tener los pies fríos o los rayos de luz que penetran tus párpados.
Bueno, dormir, lo que se dice dormir, no duermes. Básicamente, te es imposible siquiera intentarlo porque los gnomos que habitan tu jardín se han propuesto desquiciarte tirándote piedrecitas pequeñas o una especie de semillas condenadamente grandes que van justo a darte en toda la cabeza. Que puntería tienen los enanos.
Aunque no puedas dormir, piensas, al menos estás tumbado y en un lugar donde tu madre no entrará al grito de "¡Son las doce del mediodía, Ronald Weasley! ¿No piensas levantarte?" con esa voz que te martillea los sesos hasta convertirlos en puré. Al menos, te consuelas, aquí no va a encontrarte nadie en un buen rato.
O sí.
Oyes, a lo lejos, el sonido de unos pasos ligeramente amortiguados por la hierba. Te tensas todo, pensando en que, si Fred o George (o ambos) te pillan desprevenido, la cosa puede ser fatal. No tienes varita pero cuentas con el factor sorpresa así que, en cuanto notes un mínimo contacto, piensas levantarte de golpe y tumbar a quién sea, al suelo. Quizás pueda parecer algo paranoico pero es que, viviendo en esta casa, hace muchos años que dejaste de saber lo que es estar tranquilo y relajado durante mucho rato.
Los gnomos se alejan, al parecer, asustados por la presencia de alguno de los gemelos. O los que es peor, los dos. No te extraña, con la de jugarretas que les han hecho esos dos, es raro que sigan viviendo aquí… Una vez metieron un cargamento de explosivos del Doctor Filibuster dentro de los túneles que los gnomos cavan y salieron unos diez gnomos propulsados hacia el cielo a causa de la fuerza de la explosión.
Notas, por fin, una mano posándose delicadamente encima de tu hombro. Y, lejos de pensar que puedes estar equivocándote respecto a que sean tus hermanos, te mueves bruscamente, como un resorte, y coges la mano que te ha tocado para evitar que te haga algo que, tienes por seguro, no te va a gustar.
Pero, como siempre, te das cuenta demasiado tarde de que te has equivocado y de que la mano que has cogido bruscamente no es la de alguno de tus hermanos porque es más pequeña e infinitamente suave. Sin embargo, ya has cogido impulso y, aunque no vas a tirarla al suelo, la fuerza te lleva a tirarla encima del balancín. Es decir, encima de ti.
Te encuentras cara a cara con su rostro sorprendido y temes, por un instante, haberle hecho daño con tu brutalidad. Tu cara se enciende al notar su proximidad y balbuceas unas disculpas apenas audibles mientras te colocas de forma que podáis estar ambos sentados en lugar de estar tú tumbado y ella encima de ti.
.- Perdona, ¿te he hecho…? Oh, lo siento, soy…. Es que pensé que eras Fred y George.-consigues articular después de mucho balbuceo y con cara de, lo sabes, lo sabes, idiota integral extremadamente colorado.
.- No pasa nada, Ron.-dice ella, con una sonrisa encantadoramente sorprendida.
Hundes la cabeza entre los hombros, incapaz de mirarla. ¡Qué grandísimo idiota estás hecho, Ron Weasley!
.- ¿Te he hecho daño?-le preguntas, levantando la cabeza y mirándole a los ojos.
Ella parece atragantada. No, dice que no se lo has hecho y tu respiras aliviado. ¡Si es que mira que llegas a ser bruto, Ron!
.- ¿Qué hacías aquí durmiendo?-te pregunta, intrigada.
Te encoges de hombros. "No podía dormir", murmuras. Te fijas en que ella ya no lleva ese pijama de fresas sino que lleva un vestido veraniego que deja al descubierto gran parte de sus hombros ligeramente bronceados.
.- Tu madre ha preparado café.-dice, al fin.
Lo notas, está incómoda. Supones que es por tu proximidad y la imitas, poniéndote de pie y asintiendo, como aceptando su proposición.
.- Voy a ir primero a ducharme, a ver si así me despejo un poco.-murmuras, cuando llegas a la puerta de la cocina.
.- Claro.-contesta ella, como si se acabase de dar cuenta de que llegaban a la cocina.- Siento haberte despertado.-dice.- No era mi intención. Es que te vi des de la habitación de Ginny y…
Le dices que no importa y con una sonrisa, te despides subiendo las escaleras. Sigues descalzo y, ahora sí, eres capaz de saltar el escalón que sabes que va a crujir sonoramente. Aciertas y sigues subiendo deprisa, llegas a tu cuarto, Harry aún duerme.
Enciendes la llave del agua caliente mientras sonríes, han sido unos minutos pero los has pasado junto a ella y eso para ti es suficiente.
Y piensas, ensanchando más aún tu sonrisa bobalicona: ¡Qué fácil es hacerte feliz, Ron Weasley!
FIN
Gracias a todos los que se han tomado las molestias de dejarme un comentario, os lo agradezco mucho!
Un beso!
AnnaTB
PD: si os gusta el R/Hr os recomiendo las historias de truchita, son estupendas. Deberíais pasaros, en serio, son preciosas y merecen muchísimo la pena.
