H O S P I T A L R O O M

Pairing: Remus/Tonks

Advertencias: Ninguna.

De mil colores

Sólo por ser quién era debería de estar recluido en algún sitio imposible de alcanzar para el resto de las personas. Sólo por ser lo que era, tendría que ser repudiado por todo el mundo, apartado de la sociedad, ser tratado con desprecio. No era otra cosa que un deshecho social, un error de la naturaleza, un ser despreciable.

Durante muchos años, tras ese especie de edén que Hogwarts había sido para él, había aprendido que lo anteriormente dicho era el trato que él merecía. Era un monstruo, podía llegar a matar o a convertir la vida de cualquier ser inocente en un auténtico infierno. El mismo que estaba viviendo él.

Pero ya estaba habituado a ese trato y, con el tiempo, había aprendido a acostumbrarse a ello. Dolía, sí, pero ya había aceptado ese dolor. Se encogía de hombros ante el desprecio, dejaba que simplemente resbalara por encima suyo cual gota de agua. Pero de todos es sabido que el agua termina empapándote, mojándote. Calando dentro de ti. Haciendo mella, dejando huella.

Se había acostumbrado a vivir rodeado de oscuridad y ya no notaba los pequeños detalles. Vestía con túnicas mil veces remendadas, tenía una casita de madera a punto de desmoronarse y apenas dos objetos de valor olvidados encima de su mesilla de noche. Para él, lo que tenía más valor eran sus recuerdos. Las vivencias, voces, imágenes, melodías de un pasado que había quedado atrás cubierto por una pesada losa de muerte que, cuando conseguía levantar, sólo le traía una profunda melancolía que le llenaba el pecho adormeciendo la conciencia y ayudándole a olvidarse por un momento de todo aquello que le atormentaba.

Tan sólo un resquicio de vida, de luz y color se había atrevido a adentrarse en los dominios de su absoluta soledad. Una chiquilla que, sin darse cuenta, había convertido el suelo astillado de su morada en brillantes azulejos de colores. Aquella personita que, sin importarle qué ni quién, había entrado en su corazón cobijándose y haciéndose un sitio casi permanente del que iba a resultar muy difícil echarla.

Tonks.

Un solo nombre había desmoronado su triste vida, hasta tal punto que había tenido que alejarla. Mandarla lejos, poner tierra de por medio. Ese solo pensamiento le atormentaba y le aliviaba a la vez. Un sentimiento agridulce que le llenaba la boca y le hacía sentir ganas de vomitar.

Por lo que había pasado o lo que podría llegar a pasar.

No sabía lo que quería. ¿Tenerla a su lado? No, gracias. No quería destrozar su vida hasta hacer que se arrepintiera de haberle conocido. ¿Rechazarla? Tampoco. Su cariño se había convertido en algo imprescindible para vivir y no le era fácil deshacerse de él.

Se le ocurrían mil razones para alejarla. La edad, el dinero, el hecho de que ella desperdiciara su juventud con alguien como él. La licantropía. Eso era lo peor, sin duda. No iba a permitir que ella conviviera con semejante monstruo, estando expuesta cada mes al mismo peligro. La quería demasiado para ello.

Además, hacía ya mucho que se había concienciado que su vida sería un mar de soledad. No creía en eso del "…y vivieron felices". Los cuentos de hadas no estaban hechos para él, al menos no en ese aspecto. Él era el lobo feroz, el peligro, el mal… demasiado oscuro para una princesita de pelo fucsia y tejanos rasgados.

Aunque había cambiado muchísimo des que sus vidas se cruzaron.

Antes, Nymphadora Tonks era una chica feliz, despreocupada y con la capacidad de cambiar de aspecto en tres segundos. Cuando la conoció era una chica, ya prácticamente una mujer, de cabello fucsia y pecas en la nariz. Con una sonrisa permanente y con extremada torpeza en cuanto tenía que moverse. Sabía hacerte reír con la más mínima broma y era tan predecible como un terremoto.

Poco a poco se habían ido acercando. Gracias a Sirius o por culpa de él, según se mire.

Ella, su casi- prima. Él, su mejor amigo de la infancia. Y Sirius sumido en la "encarcelación voluntaria" a la que había sido obligado para no volver a Azkaban. Ambos se habían preocupado por el animago y habían terminado sosteniendo conversaciones hasta las tantas, sin darse cuenta del grado de confianza que estaban adquiriendo.

Grimmauld Place fue su refugio. El refugio de ambos, donde mitigaban su soledad aprovechando las horas muertas y hablando. Pronto surgieron multitud de diferencias entre ellos, la alocada juventud de ella contrastaba enormemente con la adulta serenidad de él que, con una sola mirada de sus ojos dorados, lograba calmar a una sulfurada Tonks a la que se le había caído una taza de café.

Remus había vuelto a sentirse como un adolescente, casi podía volver a sus tiempos en Hogwarts cada vez que la metamorfaga pasaba por allí.

Y para ella las reuniones de la orden pasaron a ser una excusa cada vez más poco creíble.

Al instalarse Remus el Grimmauld Place muchas cosas cambiaron. Para empezar, Sirius dejó de ser una sombra vagando por las habitaciones de la mansión para volver a ser persona y llegar a sonreír de vez en cuando sin que la sonrisa fuese amarga como solía serlo. El olor a persistente alcohol se había desvanecido y ahora abandonaba su cama a una hora razonable, al grito de Remus que llamaba a desayunar.

Otra cosa que cambió en cuanto Remus pasó a vivir en el cuartel general de la Órden del Fénix fue el número de visitas con las que Tonks les obsequiaba. La muchacha de pelo fucsia había pasado de venir un par de veces por semana (a veces incluso menos) a pasarse por allí casi cada día, con el pretexto de traerles provisiones o de pasar a saludar nada más.

Sirius ya lo había notado y se reía, con esa risa suya tan característica, tan parecida al ladrido de un perro, cada vez que Tonks se sonrojaba ante una mirada especialmente penetrante de cierto licántropo. El ver el enamoramiento en que se estaba sumiendo la chiquilla le devolvía las ganas de vivir y, extrañamente, cada vez era más difícil encontrarlo enfurruñado en la habitación donde Buckbeak pasaba los días.

Sin embargo, los sentimientos de Remus eran bastante más difíciles de percibir para el animago. Bueno, para él y para todo el mundo porque el licántropo se esforzaba al máximo en esconderlos.

Las visitas de Tonks se alargaban, a veces, hasta la medianoche. La mayoría de veces tan sólo se encontraban Remus, Sirius y ella en la casa, aparte del malhumorado Kreacher que se pasaba el día metido en ese agujero mugriento que usaba como habitación. Otras veces, en cambio, otros miembros de la orden aparecían para concretar algún plan y había noches en las que casi toda la organización se congregaba en la casa para celebrar alguna reunión.

En esas noches, mientras todo el mundo se juntaba en la cocina para esperar a que llegasen los demás miembros; Remus salía discretamente de la habitación y se iba a leer al salón del piso de arriba. Tonks, nada más verlo, se apresuraba a ofrecer su ayuda a Molly en la cocina para preparar la cena pero ésta, conociendo la extraña habilidad de la auror para tirarlo todo al suelo, la echaba lo más suavemente posible dándole a la chica, sin saberlo, la oportunidad perfecta para irse de la cocina e ir en busca de Remus.

Otras veces era el mismo Remus el que, antes de salir, buscaba su mirada y le hacía una imperceptible señal con la cabeza para que la muchacha le acompañase al salón; adivinando que lo haría de todas formas. Que no es que le molestase, claro.

En ése salón habían tenido algunas de las conversaciones más largas de su vida; siempre con tono amistoso que cada vez iba haciéndose más íntimo, rallando en todo momento la exasperante cordialidad que Remus se esforzaba en trazar.

Y precisamente en ése salón era dónde estaban en ese momento, en un silencio de lo más incómodo que Remus se esforzaba en ignorar.

Ella le estaba martilleando en silencio con la mirada, achicando sus ojos negros que le reprochaban en silencio el cambio de actitud de él.

Se habían acostado.

Sí, y era algo que a Remus le costaría Dios y ayuda de perdonárselo a sí mismo porque se culpaba, absurdamente, de haberle dado esperanzas a la mujer que amaba.

Tonks, por supuesto, lo veía de forma muy distinta.

Ella estaba enfadada. Pero no por sentirse usada o despechada, o incluso engañada. Ella estaba enfadada porque la noche anterior no había sido capaz de dormir ni un solo minuto. Estaba furiosa porque, con sólo una noche, se había acostumbrado demasiado a la calidez del cuerpo de Remus, al hueco entre su hombro y su cuello dónde ella podía apoyar la cabeza y que resultó ser la almohada perfecta para la metamorfaga.

En su solitaria cama de Grimmauld Place, demasiado corta para sus largas piernas, había estado dando vueltas toda la noche. Bajo las sábanas y cubierta con pesadas mantas, había sido incapaz de conciliar el sueño. Dando vueltas y más vueltas, boca arriba, boca abajo, de lado y vuelta a empezar. Las mantas y las sábanas se enredaban con los pies y al final había formado tal barullo que desistió y mandó a paseo el descanso, bajando al salón envuelta en una manta para probar suerte con algún sofá.

Allí la había encontrado, horas después, Remus, en su costumbre diaria de bajar a leer un poco antes del desayuno. Le gustaba saber que todo el mundo dormía y que no sería molestado mientras leía, cosa que odiaba.

Sin embargo, allí estaba ella, tumbada en un sofá, tapada escasamente con una manta raída y con su pelo marrón y apagado que relampagueaba con los últimos rescoldos de las brasas del fuego encendido la noche anterior. Dormía, con la respiración pausada pero sin dejar de moverse ni un segundo, ya fuese una mano que rascaba la nariz o una pierna que asomaba bajo la manta.

Quiso marcharse para evitar una situación incómoda pero la muchacha le atraía como un imán y no pudo abstenerse de apartarle un mechón de pelo que le caía graciosamente encima de la nariz. Sin embargo, el pelo volvió a colocarse como un resorte de nuevo en la nariz de la chica haciéndole cosquillas y despertándola.

El primer impulso de Remus fue salir corriendo y volver a esconderse como siempre había hecho cuando algo implicaba un contacto demasiado directo con la chica. Sin embargo, de nuevo esa sensación de no tener estómago que sintió en cuanto Tonks abrió los ojos le obligó a sonreír como un idiota y, en lugar de huir, fue a sentarse en uno de los sillones que quedaban más cerca del fuego.

.- Lo siento.-murmuró, cuando ya se había sentado.- no quería despertarte.-le aclaró.

.- No importa.-contestó ella, con el mismo tono de voz.- De todas formas, no hubiera podido dormir mucho más.-añadió, señalando con la cabeza los primeros rayos de sol que asomaban por entre las cortinas de la sala.

Se levantó de la butaca donde había estado acurrucada y se desperezó, tirando la manta al suelo y estirando la espalda curvando su vientre hacia delante. Remus tuvo que esforzarse en sobremanera para apartar los ojos de esa espalda curvada que días antes se había arqueado sólo para él.

Le pareció ver que la chica le miraba de soslayo y que luego, al volver a sentarse, lo hacía completamente de cara hacia él, poniendo para ello las piernas apoyadas en el reposabrazos. Eso era algo que Remus jamás habría hecho pero ella lograba que fuese de lo más cotidiano, lo hacía natural.

Y ahora le estaba taladrando con la mirada, a través de los mechones marrones que no pegaban para nada con su personalidad pero que se había visto obligada a lucir. Y de nuevo por culpa del dichosos licántropo que tenía justo delante.

.- ¿Piensas ignorarme toda la vida o sólo hasta que me canse de mirarte?-preguntó, tan imprevisible como siempre, sin apartar ni un segundo la mirada de él.

.- ¿Perdón?-preguntó él, que había oído perfectamente lo que le había dicho.

.- ¿Cuándo va a acabar este juego estúpido, Remus?-preguntó de nuevo.- Aunque a ti te parezca lo contrario, yo empiezo a ser mayor ya para jugar al gato y al ratón contigo.-espetó, levantándose.

Remus, que ya había dejado de lado el libro, sonrió para sus adentros. Era eso lo que le había enamorado de esa mujer. Sus comentarios graciosos, su inteligencia, su voz… Eran tantas cosas que la acercaban a ella… pero siempre acababa concluyendo en una negativa por su parte, alejarse era lo mejor que podía hacer.

.- Ya sabes mis razones, Tonks, deberías aceptarlas de una vez.-dijo, con dureza.

La nariz de ella se arrugó con un mohín de disgusto.

.- Pues tendrás que darme nuevas razones porque está claro que estas no te las acepto.-espetó ella, ladeando la cabeza, a la espera de una contestación por parte de él.

.- Deberían bastarte, Nymphadora.

.- Es Tonks.-espetó, apretando los labios.- Y si me bastan o no, lo decido yo y digo que no son suficientemente buenas.-dijo, mirándole fijamente.

Remus suspiró, sin perder ni un ápice de su serenidad. Ya habían pasado por eso y, aunque no esperaba que ella renunciara tan pronto, había una parte de él que pensó que, tal vez, tras haber estado juntos, ella se hubiera visto satisfecha.

Ni por asomo.

.- No sé por qué te resistes, la verdad, Remus.-murmuró la chica, bastante más cerca de dónde la había visto por última vez.- todo este tiempo que estamos perdiendo lo podríamos estar invirtiendo en otras cosas.- subrayó intencionadamente ese "cosas".

.- Eres una cabezona.-resopló, apartándose de su atrayente olor.

.- No creo que eso te sorprenda.-contestó ella, con una sonrisa en la voz.- Sabes que puedo llegar a ser muy persistente.-le recordó.

.- Yo más- dijo él, encarándose.

.- No lo creo.-contestó ella, dando un paso hacia delante.

Estaban tan cerca que Remus podía notar el aliento caliente de la chica contra su cuello. Apenas adivinó sus intenciones, trató de recuperar su autocontrol y se separó un paso de ella, caminando hacia atrás. Tonks soltó un gemido frustrado.

.- ¿Por qué tienes que complicarlo todo, eh?-se quejó, sonando tremendamente ultrajada.

.- Es que es complicado, Tonks.-le contestó, como si eso zanjara el asunto.

.- En realidad no lo es.-rebatió ella.- Chico conoce a chica, se enamoran y viven felices. Es lo más simple del mundo.-canturreó teatralmente.

.- En realidad, nuestro caso difiere bastante de eso.-contestó, con casi una sonrisa.- Sería más bien: hombre-lobo conoce a chica, se enamoran y la mata en un descuido.-dijo, sin mirarla.- Siento ser tan duro, Nymphadora, pero no me dejas otra alternativa.-murmuró, con la mirada clavada en el suelo.

.- Estás siendo ridículo y tremendamente imbécil, Remus.-espetó ella.- ¿Sabes una cosa? Debería ofenderme.

Eso logró captar su atención de nuevo. Por lo general, Tonks no solía enfadarse con él y mucho menos insultarle. Eso era nuevo.

.- ¿Ah, si?-preguntó, ignorando que le había llamado imbécil.- ¿Y por qué deberías ofenderte?

.- Pues porque, a parte de ignorar totalmente lo que yo piense sobre este asunto, sin dignarte siquiera a darme la oportunidad de opinar… Estás infravalorándome, Remus. Me estás tratando como si fuera una alumna tuya que todavía no ha llegado al tema de licántropos en tu asignatura y no sabe de qué criatura estamos hablando. Pues bien, Remus, te diré una cosa: lo sé perfectamente.

Como oportunamente olvidas cada vez que hablamos sobre esto, soy Auror. Y por mucho que tú te empeñes en pensar que no, no sólo conseguí el puesto por mis habilidades como metamorfaga.-espetó.

.- Yo nunca he dicho eso.-intervino él, cortando por un segundo el discurso airado de la joven.

.- Lo que sea.-dijo ella, ignorándole.- La cuestión es, Remus, que soy Auror. Me enfrento a cosas mucho peores que un par de noches cada mes con un hombre lobo, sinceramente. No eres tan peligroso, Remus, y te prefiero mil veces antes a ti en una de tus noches malas que a un mortífago.

.- No sabes lo que dices.-dijo, más que nada por costumbre. Su voz no sonaba, ni por asomo, tan convencida como lo estaba minutos antes.

.- Eres tú quién no lo sabe.-contestó ella, airada. Si no fuera Tonks esa mujer que le miraba a través de esos mechones castaños, pensaría que estaba a un comentario de pegarle una merecida bofetada.

Remus suspiró de nuevo, cansado. Le agotaba tener todos los días la misma conversación y Tonks parecía cada día más lejos de ceder ante sus razones. Se dejó caer en el polvoriento sofá de Grimmauld Place mientras esperaba que la respiración acelerada de la chica se calmase. Por Merlín, pensó, y sólo son las nueve de la mañana.

De la nada, Tonks se sentó en sus rodillas. Ya no parecía tan enfadada pero sus labios estaban apretados en una mueca contrariada. Seguramente esperaba que Remus encontrase la forma educada y diplomática de hacer que ella se le quitara de encima sin herir sus sentimientos.

Esa mueca contrariada pareció desdibujarse un segundo cuando una de las manos de Remus se posó en su cintura, acercándola un poco más a él. Estaba segura de que había sido un acto inconsciente porque en cuanto levantó la mirada hasta sus ojos, se encontró con que él los tenía cerrados. Notó, de pronto, sus labios apretándose contra su brazo a la vez que apoyaba la frente contra su hombro. Jamás le había visto tan cansado.

.- ¿Estás bien?-preguntó, acariciando su mejilla con los nudillos.

.- Cansado.-contestó lacónicamente sin despegar los labios de su brazo.- Ya no quiero pelearme más.-murmuró.- Sólo quiero estar contigo.-dijo, abriendo los ojos.

La sorpresa paralizó los rasgos de ella lo suficiente como para que Remus pudiera beberse con los ojos esa imagen. Los ojos abiertos, las cejas arqueadas y la boca en forma de círculo. Estaba preciosa. Y la besó.

Tan sencillo, tan fácil. Tonks había entrado en su vida como un vendaval que cierra de golpe una puerta y se había establecido en su corazón haciéndose con mucho más que un hueco. Y le había costado pero lo había aceptado.

.- Ya era hora, Remus.-gimió ella, apretando sus brazos en torno al cuello de él.- Ya era hora…

Fin.