Pairing: Harry/Ginny
Rating: none.
Notas: post HBP
Todas esas cartas
Las guarda. Todas y cada una de esas cartas las guarda y las protege bajo un arsenal de hechizos que desbloquea una docena de veces por semana para poder volver a releerlas. No puede evitarlo, es superior a ella.
La mayoría de ellas no dicen nada importante. Estoy bien, Ron y Hermione también están bien, te echamos de menos, dale saludos a tus padres. Hasta las cartas de su hermano, que siempre ha sido parco en palabras, le cuentan más que las cuatro líneas que suelen llegarle de parte de Harry.
Nunca le ha dicho nada acerca de su paradero por temor, supone, a que las misivas caigan en las manos equivocadas. Ella acepta, por supuesto, el hecho de que no quiera contarle nada de sus hazañas puesto que eso los pondría en peligro a todos.
Sin embargo, no puede evitar sentirse profundamente abandonada cada vez que llega una carta y no es más que un mísero trozo de pergamino, arrugado por las inclemencias del tiempo y con sólo dos centímetros de la letra pequeña y desordenada de Harry. Sus palabras suelen estar vacías de significado y Ginny se esfuerza en encontrar algo en la forma que le dé pistas de su estado anímico real.
Una vez pudo adivinar que el chico había llorado mientras le escribía que todo les iba estupendamente y que pronto acabaría todo. Ése "pronto" era apenas un borrón en esa cuartilla gastada de pergamino y Ginny era lo suficientemente lista como para saber que era tan falso como claro.
Pero, aún así, sigue leyéndolas. Busca códigos, compara las letras, las relee de arriba abajo, de delante hacia atrás y de todas las formas posibles pero no hay nada que desmadejar de entre ese amasijo de comentarios raídos, palabras vacías y frases exentas de significado.
Es casi un ritual, levantar la cabeza hacia el cielo cada vez que sale al exterior. Achicar los ojos en busca de alguna ave desconocida, siempre distinta y nunca Hedwig, que sobrevuele La Madriguera en círculos, buscando alguna cabeza pelirroja cerca. Casi siempre, sólo una vez por semana. Las miradas al cielo se suceden con una intensidad rayana a la desesperación cuando pasa más tiempo del normal antes de tener una nueva misiva.
Desesperación y desconsuelo a partes iguales. Las necesita, todas esas cartas, pero las odia al mismo tiempo porque sabe que no la van a llenar. Lo sabe en cuanto ve un pájaro acercándose a ella, tendiéndole la patita con un pequeño, minúsculo, trozo de pergamino atado en ella. Lo sabe antes de desenrollarlo, de leerlo.
Y aún así, sigue esperándolas. Todas esas cartas. Porque sabe que, por lo menos, traen una noticia.
Que sigue vivo. Que puede que tarde, pero volverá. Que la quiere. Y que seguirá mandándolas, todas esas cartas, hasta que deje de hacerlo.
