MI PECULIAR INFANCIA
Ron, cansado de pisarse los bajos y de que Lore se riera intentando enseñarle a bailar, le preguntó si podían ir a dar una vuelta. Ellos se fueron ladera arriba, hacia un mirador en el que no había nadie. Se sentaron en el banco y miraron el cielo.
-¡Qué bonita está hoy la luna! –dijo Ron absorto en contemplarla.
-¿Sabias que los griegos la llamaban Selene? –dijo Lore.
-¿En serio?
-Sí. Me lo dijo Bea. Y decían que su belleza era tal que sólo podía compararse con la de Afrodita.
-Yo sé de alguien que las ganaría a las dos –dijo Ron mirando a la chica-, Lorena, ¿quieres…? Digo… yo… me gustaría… es decir; que si tú… -inspiró hondo varias veces, Lore esperó pacientemente a que acabara- que si tú querrías salir conmigo -soltó de un tirón.
Ella sonrió y asintió levemente y él se sintió más aliviado. Se miraron a los ojos y, de pronto, Ron la cogió por la cintura y la dio un apasionado beso, tras el cual, ella apoyó la cabeza en su hombro y se quedaron mirando la luna.
Pero entonces, él, fue a decirle algo y se paró en seco de pronto. Ella se dio cuenta y le miró extrañada. Él tenía la vista fija en su antebrazo. Lorena miró y descubrió, con horror, que la manga morada de su túnica se le había remangado un poco y que se veía la cicatriz de la marca de Voldemort.
-E…eres… mortífaga –consiguió articular Ron echándose hacia atrás en el banco, pues ella se había puesto de pie para que él no se fuera.
-Déjame salir o…
-No, Ron, escúchame.
Pero él ya estaba de los nervios y se puso a chillar:
-¡Socorro! ¡Harry! ¡Soc…!
Pero no pudo seguir porque ella se le había lanzado encima y le había tapado la boca con la mano. Ron intentó sacar la varita; pero ella ya tenía experiencia y le cogió por la muñeca y se la sujetó contra la columna. Él, con la otra mano estaba intentando destaparse la boca para gritar pero no pudo hacer nada.
-Ron –dijo ella con la voz firme, pero serena para calmarle un poco- no soy mortífaga; al menos ya no. Déjame que te suelte y te lo explique, por favor. No grites, por lo menos espera a que te lo cuente y no llames a nadie hasta que acabe, te lo suplico.
Ya fuera por las palabras que dijo, por el tono en que las dijo, o por la expresión, mezcla de súplica y determinación de la cara de la chica, Ron se calmó y asintió con la cabeza. Su expresión entonces era serena; pero Lore descubrió un rastro de miedo en sus ojos… ¿o era curiosidad? Lorena le soltó despacio, se quitó de encima de su amigo y se sentó a su lado en el banco; pero entonces fue Ron, que había conseguido reaccionar, quien rápidamente le colocó a ella la varita en el cuello.
-Ron –dijo ella casi en un susurro y mirando al horizonte con expresión lúgubre- todo empezó cuando un seguidor de Vol… quien tú sabes –dijo para que su amigo no temblara- llegó a nuestra casa para que nos uniéramos a él.
Parecía no haberse dado cuenta de que la varita reposaba en su cuello, así que Ron la bajó y escuchó.
-Estábamos mi padre, Snape, y yo en mi casa, cenando. Mi madre no estaba, se había ido por motivos del ministerio y tardaría cuatro meses en volver. En el momento en que empezábamos a tomar el postre, sonó un estruendo en el recibidor y una ráfaga de viento nos llegó hasta la cocina. Mi padre se asomó y se quedó paralizado en la puerta. Retrocedió y tras él apareció una figura envuelta en sombras. Nos miró a los dos y se desembozó.
Resschiz, el mortífago más malo que puedes encontrar, apareció en la puerta de la cocina, ante nuestras caras de asombro y miedo. Mi padre, pensando que nos iba a matar sacó la varita y se puso delante de mí para protegerme. Pero él se la quitó de un hechizo y le dijo que se apartara. Al ver que mi padre se negaba a moverse sonrió maliciosamente y dijo: "No voy a haceros daño; sólo vengo a haceros una propuesta. Supongo que ya os la imagináis" terminó con una risa diabólica. "¿Y si nos negamos?" preguntó mi padre "¿Nos matarás?" dijo. "Puede" contestó él. Mi padre seguía sin estar muy convencido de unirse a él y Resschiz, lo percibió. Nos contó entonces que la "misión" a la que había ido mi madre era una trampa del ministerio para matarla. Al ver mi cara de incredulidad me recordó que mi madre, a pesar de trabajar de ministra, tenía unas ideas liberales muy distintas a las del resto del ministerio. Y nos dijo que ellos se la habían llevado para matarla y que pronto nos dirían que había tenido un accidente. Nos dijo que cuando decidiéramos sólo tendríamos que ir al cementerio del pueblo y él nos encontraría.
Dos semanas después nos llegó una carta firmada por el mismísimo ministro en la cual decía que los dos últimos informes de mi madre no habían llegado y que no había modo de contactar con ella y que se temían lo peor. Entonces mi padre y yo decidimos vengarnos de todos ellos y fuimos al cementerio, al encuentro de Resschiz.
Él nos encontró a nosotros y nos llevó a su guarida, donde ya nos esperaban los demás mortífagos. Por aquel entonces, yo sólo tenía siete años; pero él insistió en hacerme la marca y él mismo me entrenó. Llegue a ser una de sus mejores seguidoras. Hasta que un día me puso a prueba. Me dijo que asesinara a un bebé. No fui capaz y se enfadó y me castigó torturándome con el cruciatus. Mi padre no pudo hacer nada porque los demás mortífagos se lo impidieron. Cuando me recuperé me llevó a la misma casa y me obligó a ver cómo mataba él mismo a ese bebé. Después yo tuve que matar a los padres de éste bajo la amenaza de que si no lo hacía acabarían con mi padre.
Y esa fue la primera y última vez que maté.
Así transcurrieron los meses y un día, Dumbledore, director de un colegio y único capaz de desafiar a quien tú sabes, nos llamó. Nos dijo que fuésemos a su despacho, que le daba igual quiénes fuéramos o para quién trabajáramos, pero que fuéramos a su despacho. Intrigados fuimos allí y nos encontramos de cara con el rostro resplandeciente, fuerte y sano de mi madre.
Después de abrazarla y besarla nos contó que un mortífago la había pillado en medio del bosque cuando estaba en su misión y la había lanzado un avada-kedabra y se había largado sin más. Entonces comprendimos que lo habían hecho a posta para engañarnos. Ella se había dado cuente a tiempo y había conseguido apartarse, pero no lo esquivó del todo. Malherida se arrastró hacia el exterior y entonces, fue una suerte que fuera temporada de setas; porque Dumbledore la encontró mientras buscaba éstas. La curó y luego nos llamaron.
Así volvimos a mi casa y decidimos que nos vengaríamos de Resschiz y los suyos, incluido quién tú sabes, si es que volvía.
Pero un día nos llamaron por medio de la marca y, como no íbamos, vino él mismo a buscarnos. Cuando vio a mi madre allí y nuestras caras de odio, comprendió lo que pasaba y le gritó a mi madre "¡Lo has echado todo a perder!" Y entonces vi que sacaba la varita del bolsillo, pero me di cuenta demasiado tarde.
Antes de que yo pudiera lanzar el contrahechizo mi madre yacía muerta en el suelo y él ya se había ido. Al ver que ya no tenía remedio y que no volvería a ver a mi madre, ni su sonrisa, ni me volvería a hacer tarta de chocolate, ni me regañaría más, salí corriendo hacia el pinar que hay al lado de mi casa, llorando. Me adentré hasta lo más profundo de éste y me senté entre las raíces de mi árbol favorito. Miré la marca de mi brazo, que todavía me escocía un poco y sentí una gran afluencia de emociones entre las que destacaban la tristeza por haber perdido a mi madre y el odio y la ira hacia todo lo que tuviera que ver con ellos. Miré otra vez la marca y entonces me di cuenta de que tanto sufrimiento no había servido para nada, de que tanto esfuerzo por aprender había sido en vano. Y en un arrebato de furia cogí el puñal que siempre llevaba en el tobillo y que tampoco había servido para nada y me lo clavé en la marca varias veces. De hecho, todavía se pueden ver las cicatrices en diagonal que la cruzan. –Dijo enseñándole las mismas al chico, que la escuchaba alucinado-. No sé si fue por el dolor o por la pérdida de sangre, pero creo que me desmayé. Porque lo siguiente que recuerdo es que me levanté en mi cama con el brazo vendado y que Dumbledore y mi padre me miraban interrogantes y los dos dieron un suspiro de alivio cuando abrí los ojos. Y aquí comprendí que mi infancia no había sido ni sería ya como la de los demás. Un mes más tarde Dumbledore fundaría la Orden del Fénix, y, aunque no estuviera oficialmente dentro por ser tan pequeña, yo les ayudaba en todo lo que podía y ahí conocí a Bea.
Después, y cerrando ese pequeño paréntesis, fue el funeral de mi madre y fue Dumbledore el que dio un discurso en su honor. Y en ese momento fue cuando decidí que erradicaría todo lo que tuviera que ver con quien tú sabes; lógicamente a Malfoy no le puedo matar, porque se montaría un escándalo; pero en cuanto supe que era seguidor de Vol…de ese, corté con él. Y aún espero el momento de poder vengar la muerta de mi madre; de poder vengarme de Resschiz…
Y así terminó Lore su historia. Dos pequeñas lágrimas se escaparon de sus ojos por mucho que ella intentó contenerlas, al recordar toda la historia. Ron se las secó con su propia manga y la abrazó fuertemente. Ella se apoyó en su hombro.
-Vaya –dijo éste- no lo sabía. Lo siento.
-Ron, debes prometerme que no se lo dirás a nadie. Ni siquiera a Harry. Tú has sido más comprensivo de lo que esperaba; pero ellos no lo entenderían. Por favor.
-Te lo prometo, ni siquiera a Harry, lo juro –comprendió él. Y así, abrazados fuertemente, siguieron contemplando la triste luna el resto de esa triste noche.
