Perdida

-¡¡¡Bienvenido!!!

Al cruzar el umbral de la puerta, las voces alegres de su familia y amigos sonaron al unísono recibiéndolo de nuevo en casa. La escena era conmovedora, y Tsubasa debió contener un par de lágrimas de sincera alegría. Abrazos, risas, palmoteos y saludos iban y venían en un caos que el muchacho no paraba de agradecer. Después de todo, la vida era demasiado generosa con él: tenía talento y la oportunidad de cultivarlo, así como una familia hermosa y un gran círculo de buenos amigos que le esperaban fielmente. ¿Sería acaso que no podía pedir más¿Es que era un abuso de su parte querer, además, tenerla a ella? Tal vez en su mundo funcionaba una especie de justicia natural que le impedía tenerlo todo, pero él jamás se había rendido ante nada en la vida, y se juró a si mismo que esta no sería la primera vez. No perdería a Sanae así tuviera que usar la fuerza: ya había peleado con aquél Kanda, antes de irse a Brasil y no dudaría en destrozarle la sonrisa a ese tal Kenji si fuese necesario.

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Sanae llevaba horas caminando sin rumbo por el centro de Tokio. Miraba las mismas vitrinas una y otra vez, sin ver realmente nada ni percatarse de lo tarde que se estaba haciendo, hasta que una voz familiar la trajo de regreso al mundo:

- Al fin te encuentro, bonita- Dijo Kenji tomándola por los hombros.

- No soy bonita, no se por qué insisten en eso.

- ¿Será porque es cierto?

La chica se entregó a las lágrimas. Últimamente no podía contenerse; llorar era otro impulso que se le había ido de las manos, aunque esta vez no sabía por qué lo hacía, tal vez la misma confusión.

- ¿Qué hacías sola en estas calles? Esto no es Shizuoka, pequeña, Tokio puede ser peligroso.

- Yo… estoy perdida.

- Estabas. Yo te guiaré.

Sanae sólo asintió y se dejó llevar por el joven, sin querer explicar que no eran las calles de Tokio las que la habían perdido, sino el laberinto de sus emociones. Llegaron a un lujoso restaurante, pero al percatarse, Sanae se negó a entrar.

- No tengo hambre, de verdad. Comí algo mientras paseaba y ya no tengo apetito.

- De acuerdo, pero no rechazaras dar un paseo por ahí. ¡¡Vamos a la torre!! Te encantará ver las luces de la ciudad desde la torre.

Sanae aceptó con una sonrisa. Después de todo, no estaba mal distraerse y alejar así los malos pensamientos. Durante toda la tarde no había podido sacarse de la mente su encuentro con Tsubasa y en su piel ya se contaban las consecuencias. Sin tener nada en el estómago que poder vomitar, no había tardado en hacerse un par de nuevos cortes para liberar su enorme angustia. Pero no era suficiente, necesitaba ayuda y Kenji se la estaba dando. Su personalidad encantadora hacía que el tiempo se fuera de prisa, esas escasas horas que Sanae disfrutaba.

Ya podía ver las luces dibujando la ciudad desde la torre de Tokio. Era un hermoso panorama.

-Podría mudarme a Tokio- dijo Sanae observando el espectáculo que tenía enfrente.

- Jaja, no hablas en serio.

- Es en serio. Acá podría estudiar en una buena universidad y trabajar para Sugarmoon. Además- prosiguió apoyándose en la barandilla- Tokio es tan bonito.

- Mmm, no se. La belleza natural de Shizuoka es tan inspiradora. Marie ha intentado convencerme de venir a vivir acá, ya sabes, sería más fácil trabajar juntos, pero no me veo dejando mi ciudad- comentó el muchacho mientras acariciaba el cabello de la chica, quien respondía haciendo gala de su coquetería.

- No te imaginaba con ese arraigo provinciano.

Kenji rió de buena gana ante el comentario. Sanae apenas esbozó una cálida sonrisa, aunque la agradable compañía había mejorado notoriamente su ánimo. De hecho, no notó el momento en que dejó de sentir esa opresión en el pecho. La presencia de Kenji era envolvente: su mirada, sus gestos, su voz seductora, todo en él la inquietaba, pero era una sensación excitante que la alejaba de sus propias torturas.

El joven se ubicó detrás de la chica encerrándola entre él y la baranda, y acercó el rostro a su oído, convirtiendo su cercanía en un suave contacto mientras le hablaba en un susurro

- Aunque pensaría en dejar Shizuoka si mi principal fuente de inspiración se mudara a Tokio.

Las palabras de Kenji eran sólo el comienzo de un juego sutil de tentación. Arrastró sus manos acariciando desde la punta de los dedos de Sanae, subiendo hasta sujetar su barbilla para besar sensualmente su cuello, mientras ella se abandonaba al placer de las caricias. La torre estaba llena de gente y el límite de lo prohibido aumentaba la provocación. Bajaron al auto y huyeron en busca de su libertad, el momento para dejar atrás las ataduras y simplemente dejarse llevar.

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Los últimos invitados habían dejado ya la casa de los Ozora, excepto por Kumi y Ryo, quienes se habían quedado ayudando a limpiar dada su condición de organizadores.

- Es una lástima que Sanae no haya estado aquí- dijo Ryo al tiempo que Kumi le lanzaba una mirada de reproche.

- Estuve con ella en Tokio- dijo Tsubasa como si nada.

- ¿Qué?- exclamaron al unísono sus amigos.

- Si, fue por eso que no me vine más temprano. Pensé que lo adivinarían, jaja. ¿Qué otra cosa haría yo en Tokio?

Kumi se sintió aliviada. La recepción había estado hermosa y la Natsuko Ozora la había felicitado por su buena organización, pero ella no había podido disfrutarla del todo pensando en la ausencia de su amiga. Ahora que sabía de su encuentro con Tsubasa en Tokio pensaba que las cosas estaban mejor de lo que había imaginado.

Tsubasa aprovechó un momento en que Ryo se apartó para sacar la basura y se acercó a Kumi:

- Sanae está muy flaca¿no crees?

- ¡Vaya!, que detallista.

-¡Oye!- rió Tsubasa- te hablo en serio. Además, no me pareció un detalle, de verdad que está muy flaca.

- Lo está.

- ¿No te parece un poco escueta la respuesta?

- No se¿qué más podría decirte? Todos podemos ver que está muy flaca, pero no duermo con ella como para detallar que desayuna, almuerza y cena.

- No te pongas así. Sólo me preocupé.

- Está bien, y te entiendo, pero creo que es ella quien debe responder tus preguntas, Tsubasa.

Kumi sabía que estaba siendo demasiado dura con un chico que no tenía culpa de nada, pero si ella no conseguía ayudar a su amiga, su única opción era empujar a Tsubasa a hacerlo. Debía sembrar más y más dudas en él y así presionarlo a hablar con ella. Sanae estaba siendo muy hábil para burlar su tratamiento y pese a que ella misma la vigilaba al comer, estaba segura de que su amiga se las estaba arreglando para engañarla a ella también. Lo único cierto es que la báscula indicaba cada vez menos y a ese ritmo, Sanae iba a desaparecer.

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Habían recorrido un par de kilómetros a las afueras de Tokio cuando sin palabras decidieron llevar su juego al asiento trasero del auto. Era un arrebato de locura, pero su sentido perdía fuerza mientras las caricias lujuriosas de Kenji la sumergían en el escandaloso deseo por el placer desconocido. Su universo entero estaba reducido a la distancia entre sus cuerpos, que poco a poco se contraía dando paso al contacto menos inocente en un juego desvergonzadamente pasional.

Una mano del joven sujetaba la espalda de Sanae aprisionándola contra él, mientras la otra se calaba suavemente por debajo de su falda, encendiendo aún más el instinto de la chica, quien respondía saboreando la piel de Kenji, al tiempo que se aventuraba a bajar hasta su pecho. Pero el chico impidió su acción forzándola a situarse sobre él, estimulándose mutuamente en el contacto. Abrió ligeramente la blusa de Sanae y comenzó a lamer sus pechos aún cubiertos por su ropa íntima, en tanto sus cuerpos comenzaban a moverse al ritmo de su desenfreno. Siguió bajando botón a botón, paseando su lengua por el abdomen de la muchacha, cuando repentinamente la chica quedó paralizada.

Un escozor en el vientre frenó de golpe su ensoñación. Era imposible intentar liberarse de sus ataduras y los cortes en su vientre estaban ahí como un recordatorio de su miseria.

- Qué está pasando!!- reclamó Kenji sujetándola de los brazos, antes de asimilar el sabor que había quedado en sus labios- ¿Sangre?

- Kenji, yo, no puedo, por favor suéltame.

- ¡¡Explícame qué rayos te pasa, Sanae!!

- ¡¡Es sangre, Kenji, es sangre porque acabo de hacerme muchos, muchos cortes¿satisfecho?

- Ya se, ese estúpido futbolista te provocó eso y yo debo pagar las consecuencias ¿no es así?

- Imbécil.

Sanae no dudó en bajar del auto aún sin abrochar del todo su blusa. Kenji reaccionó dándose cuenta de lo que había dicho a causa de su repentina frustración. La llamó una y otra vez, condujo lentamente al lado de Sanae intentando convencerla de subir. Era tarde y la distancia a pie era demasiada, pero ella se sentía demasiado sucia, demasiado utilizada. Las lágrimas que caían en un llanto silencioso se fueron camuflando con la llovizna que comenzó a caer. Sanae lo agradeció, pues no le importaba el frío, tal vez el agua pudiera llevarse algo de su impureza. De un momento a otro la imagen de Tsubasa se clavó en su mente. Sus palabras… ¿acaso era cierto que se estaba traicionando ella misma? La angustia se apoderó de ella otra vez y se sentía como la mujer adúltera siendo apedreada por su propia conciencia.

Kenji la seguía lentamente decidido a no abandonarla, sintiéndose tan estúpido por haberse dejado llevar por la ira. La había ofendido y ahora la acompañaría hasta que ella decidiera regresar al vehículo.

La larga caminata hacía mella en el cuerpo de Sanae, pero se dio ánimo en cuanto divisó una estación de servicio. Al llegar, los dependientes se quedaron mirándola algo confundidos. Sanae se acercó a Kenji, quien erróneamente pensó que había recapacitado:

- Aquí estaré bien, ahora por favor vete.

-Pero Sanae…

-Vete.

La orden seca de la chica indicó al muchacho que no había nada más que hacer. Sanae, por su parte, en cuanto lo vio marcharse sacó una monedas de su bolso y buscó el teléfono público.

- ¿Diga?

- Siento llamar a esta hora- dijo tímidamente, soltando unos sollozos.

-¿Sanae? Pequeña, dónde estás, qué te sucede!!

- Te necesito…- habría dicho más, pero las lágrimas atrapaban las palabras.

- ¿Aún estás en Tokio? Iré de inmediato, sólo dime donde está exactamente.

- Es muy tarde, tal vez…

- Yo veré como viajo -la interrumpió- por favor, quédate tranquila, dime donde…

El reloj en la estación marcaba poco más de las doce de la noche. Una mujer le ofreció una leche caliente al ver el estado de la joven, pero ella la rechazó. Estaba sentada en una esquina del local, completamente empapada con la cabeza apoyada en sus manos. Pasó una hora y ella seguía estática. Los sollozos habían cesado, pero ahora temblaba de frío. Sin embargo, Sanae parecía estar en otro mundo, ignorando por completo el hambre y el frío.

Una hora más y en la entrada del local apareció un consternado Tsubasa, buscando desesperadamente a su Sanae. Ella alzó la mirada, esbozando una tenue sonrisa que contrastaba con su deprimente imagen.

Ahí la encontró, empapada de pies a cabeza, con su cortísima falda y su blusa trasluciendo la ropa interior por la humedad; los zapatos a un lado y su delgado cuerpo sin poder contener los escalofríos. Las personas lo miraban sorprendidos, sin saber qué era lo más extraño de todo el cuadro. Se acercó a Sanae velozmente quitándose su chaqueta. Iba a ponerla sobre los hombros de la chica, pero ella lo detuvo.

- Mojaré tu chaqueta.

- Entonces usa mi suéter- dijo mientras es lo quitaba.

- Gracias- Sanae lo tomó y se dirigió al baño, donde se quitó la blusa mojada. El suéter le quedaba tan enorme que hasta podría haberse quitado la falda, pero prefirió no hacerlo. Se miró al espejo y pensó en lo graciosa que se veía, pero estaba calientito. Al regresar encontró a la mesera junto a Tsubasa.

- Debes tomar algo caliente.

- Un te sin azúcar, por favor.

La mesera sonrió. Ya sentía pena de la muchacha, y una pícara envidia por su cercanía con el "famoso" cliente. Tsubasa pidió un café sin desviar la tierna mirada que depositaba en Sanae. Se veía tan indefensa como una niña pequeña, pero no podía negar que esa misma fragilidad la hacía poderosamente atractiva.

- Pensé que tardarías al menos unas tres horas- dijo feliz Sanae, rompiendo el silencio.

- Logré tomar el tren bala. Ya sabes, es una hora. Y encontrar este lugar tampoco fue tan difícil.

- Que suerte. No se qué habría hecho todo ese tiempo sin ti.

- ¿Podría saber qué te pasó, cómo llegaste hasta acá?

Hubo un extraño y largo silencio mientras Sanae parecía buscar la respuesta en su taza de té.

- Estaba perdida.

- ¿Eh?- La respuesta de Sanae descolocó a Tsubasa. Era ilógico perderse tanto como para salir de Tokio, menos con la excelente orientación que recordaba en la chica. Además, siendo así habría sido más fácil llamar a Marie o Jun. Pero lo había llamado a él, lo que conducía inevitablemente a la conclusión de que comenzaba a recuperarla. Tal vez realmente estaba perdida y ahora él la había encontrado.

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Continuará...