Prisionera

Iba en el taxi repasando los sucesos del último mes uno a uno, desde el famoso mail que recibió de Marie hasta la extraña forma en que llegó a encontrar a Sanae en aquella estación de servicio, intentando descifrar el contenido de todo aquello, mientras ella se acomodaba entre sus brazos.

- Sanae, espero no te moleste, pero llamé a Jun mientras fuiste al tocador.

- Hiciste bien, Tsubasa, te lo agradezco.

- Le dije que llegaríamos tarde, pero me avisó que saldría con Marie y que tal vez no llegarían esta noche, así que no debías preocuparte por la hora.

Sanae soltó una risita pícara. Su reciente cercanía a la parejita le había abierto una faz que ellos sólo mostraban en su círculo más íntimo. Normalmente se los veía juntos, pero siempre prudentes, manteniendo la compostura y hasta con cierta frialdad entre ellos. Pero en realidad no sólo derrochaban amor y dulzura, sino también una importante cuota de pasión y una atracción especial por las fiestas.

- ¿De qué te ríes?- preguntó Tsubasa contagiado por la risa.

- Si no fuera domingo pensaría que salieron a una fiesta… pero parece que tienen una fiesta privada…

- ¡Oye! Jajaja…- Ambos rieron de buena gana. De alguna forma era necesario buscar algún pretexto para alivianar la tensión. Ninguno sabía que decir o qué preguntar; mucho menos tenían una clara idea de lo que harían una vez que el taxi los dejara en su destino. Tsubasa miró su reloj y susurró- Ya es lunes.

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-¿Crees que quiera seguir trabajando con nosotros?

- Sanae es una chica inteligente. No creo que mezcle tanto las cosas.

- Me pregunto que fue lo que le hizo Kenji para que se enfadara tanto con él.

- Seguro ha intentado propasarse con ella.

- ¡Jun! Conozco a Kenji, él no la forzaría a nada. Pienso que el punto es que ella no cambiará a Tsubasa aunque eso la haga sufrir.

- ¿Acaso no es lo mismo que hiciste tú?

- Fue diferente.

- Claro. En nuestro caso era peor, porque mientras más cerca estábamos, más te dañaba. Y aún así te quedaste a mi lado. Dime Marie¿ahora no eres feliz?

- Soy demasiado feliz a tu lado.

- Pasamos dificultades, Marie, pero nos amábamos y lo seguimos haciendo. Y es lo que sucede con ellos. Sanae no se enfadó con Kenji, se enfadó con ella misma por intentar buscar en otra persona algo que sólo encontrará en Tsubasa.

- ¿Felicidad?

- Si.

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Al llegar a casa de Jun, la incertidumbre que venía latente en Tsubasa y Sanae se manifestó en forma del más incómodo silencio, ya que sinceramente ninguno tenía un plan muy claro. De pie en la entrada, buscando la respuesta en la mirada del otro la respuesta que satisficiera sus expectativas. De pronto, Tsubasa rompió el silencio.

- Lo mejor es que me vaya de inmediato para que descanses.

- Por favor no… quédate aunque sea un momento- susurró Sanae con la mirada suplicante, en tanto que su mano halaba la chaqueta de Tsubasa como por instinto, trasluciendo en un instante toda su fragilidad, haciendo que el joven la envolviera entre sus brazos en un intento de brindarle todo el afecto y protección que la distancia les había negado, sumergiéndose en una embriaguez de ternura que los hizo buscarse el uno al otro hasta sentir el suave roce de sus labios. Se detuvieron allí, tal vez para perpetuar el momento, tal vez en espera del instante perfecto… Finalmente, Tsubasa asió la cintura de Sanae y grabó en sus labios un beso tan intenso como desesperado, un beso que reflejaba con exactitud la tormenta que agitaba sus corazones.

La brisa fresca de la noche los despertó de su ensoñación y entraron a la casa sintiendo aún acelerados los latidos. Para Tsubasa, aquel beso encerraba no sólo la expresión de sus sentimientos, sino el comienzo de una nueva etapa de su vida. El luchar por sus sueños lejos de su patria y de sus seres queridos le había obligado a madurar de golpe, pero las nuevas sensaciones que comenzaba a experimentar junto a su Sanae le hacían sentir que comenzaba a convertirse en un adulto.

Sanae, por su parte, tenía el alma en contradicción. No importaba cuan ilógico resultara, pero Tsubasa siempre estaba allí demostrándole que su amor era muchísimo más fuerte. Aquél beso de cuento de hada debía ser la coronación de todos sus sueños, y sin embargo no podía estar feliz. Todo lo vivido tan sólo unas horas antes la hacía sentir tan sucia. Si Tsubasa la hubiese despreciado al menos habría tenido el castigo que necesitaba para alivianar su conciencia, pero en lugar de eso, el joven había partido a rescatarla sin dudar. Aunque una parte de sí rogaba por perdonarse y entregarse a la dicha del amor, su humillada fuerza de voluntad le exigía flagelarse de algún modo para odiarse un poco menos.

- Puedo preparar chocolate caliente mientras te cambias esa ropa mojada.

- Gracias, pero paso por esta vez. Lo que quiero es darme un baño bien caliente.

- Espero que no hayas enfermado con todo esto. ¿Te sientes bien?

- Me siento… sucia.

Tsubasa no sabía que interpretar esta vez de las palabras de Sanae, pero ni siquiera pudo preguntar ya que la chica instantáneamente se retiró rumbo al baño. Tsubasa no quería presionarla, pero estaba tan extraña. Parecía vulnerable a todo y esa incapacidad de cuidarse sola era lo más raro de todo. ¡¡¡Si ella siempre fue la que cuidaba de todos!!! Ya había hecho a un lado su temor lo suficiente como para viajar hasta allí y estaba decidido a encararla si era necesario, pero no permitiría que la mujer que amaba se hundiera más en lo que fuera que la estaba haciendo sufrir.

En la tina, Sanae veía como sus tormentos se liberaban en los hilos de sangre que bajaban por su brazo hasta teñir levemente el agua. Estaba tan hipnotizada con la visión que no se percató de que se estaba extralimitando. Llevaba cuarenta minutos sumergida en el agua, ya casi fría, cuando Tsubasa decidió tocar la puerta.

- Sanae¿Estás bien?

- Estoy sucia- La chica dijo esto sin salir del todo de su trance, lo que impulsó a Tsubasa a entrar al baño, momento en que la muchacha al fin reaccionó.

El joven se apresuró a sacarla de allí envuelta en una toalla y la llevó en brazos hasta la habitación que ella le indicó. Sanae enterraba el rostro en el pecho de Tsubasa sin lograr ahogar el llanto. Los cortes de sus brazos y vientre ya empezaban a dolerle demasiado, pero nada se comparaba a la tortura de sentirse en el fondo del abismo, puesto que de su dignidad ya no quedaba nada.

Tsubasa logró abrir las cobijas y la posó suavemente en la cama, mas ella no se soltó de su agarre. Todo su cuerpo temblaba, quien sabe si de frío o por miedo, o tal vez por ambos, por lo que el joven se quitó la camiseta y la entregó a Sanae para cambiarla por la toalla húmeda. Después fue metiéndose en la cama mientras se aferraba a su amada para transmitirle su calor.

Unidos en aquella cama, no había lujuria es su abrazo, sólo el deseo de mitigar en algo el silente dolor de una muchacha que no conseguía detener los sollozos. En cuanto su cuerpo recuperó temperatura, Tsubasa se sentó en la cama sin que la expresión de intranquilidad abandonase su rostro. Tomó uno de los brazos de Sanae y lo observó con detenimiento, fijándose en las pequeñas pero múltiples cicatrices.

- ¿Por qué?- preguntó mirándola a los ojos.

- Yo… lo hice porque soy una persona horrible, porque no merezco el amor de nadie.

- ¿Te castigabas¿Eso es lo que significan estos cortes?

- Me liberaba.

- ¿De qué?

- Rabia, culpa… cada vez que me doblegó la debilidad, pude liberar la culpa gracias al dolor.

- De qué culpa me hablas, pequeña!!

- Tsubasa…

- Eres humana, amor. Los humanos tenemos debilidades.

- Cómo puedes llamar amor a un monstruo.

- ¿Cuál monstruo? No veo ninguno.

- Soy un monstruo, Tsubasa, el ser más horrible del mundo.

- No es cier…

- Hoy estuve a punto de perder mi virginidad con un hombre que no amo…

- Sanae, por favor, no sigas.

- ¿Quieres mi verdad?- Sanae rompió en llanto, pero prosiguió arrojando las palabras que carcomían su interior- ¡Casi me entrego a un hombre sólo por lujuria, por satisfacer un deseo animal aún cuando sabía que no le amaba¿No es eso monstruoso?

Tsubasa sintió que ardía de rabia y dolor por lo que estaba escuchando. Aunque en la estación había intuido algo, había intentado convencerse toda la noche de que estaba equivocado. Sin embargo, la confesión de su Sanae era un trago demasiado amargo…

- Pero no lo hiciste, Sanae…

- Tenía miedo de que fueras sólo una ilusión, por eso traté de borrarte de mi mente.

- Lo que siento por ti es real.

- También quería que me olvidaras, para desaparecer sin causarte dolor.

- Desaparecer… ¿Quieres decir que has intentado morir?

- No lo he intentado. Lo hago cada día, a toda hora. Me estoy matando lentamente.

- Sanae… tú…

- No me pidas una explicación que no tengo. Sólo se que sentir el hambre y resistir es lo único que mantiene mi moral en alto, lo único que me recuerda que aún queda algo de mi fuerza de voluntad- Tsubasa intentaba digerir lo que escuchaba- si llegara a morir, me iría orgullosa de haber mantenido mi decisión inquebrantable.

-¿Pero para qué? No lo entiendo, Sanae.

- No lo entiendes porque eres una estrella, porque tienes talento y un sueño por el que luchar. Pero quien no vale nada, quien no tiene esperanzas en la vida sólo puede luchar contra sí mismo.

- ¡¡Tú vales demasiado, cómo es que no te das cuenta!!

- Nada, Tsubasa. Yo sólo estoy viviendo para demostrarme que aún soy dueña de mi misma, que mi cuerpo y sus estúpidas necesidades no podrán doblegar mi voluntad.

Tsubasa se giró para quedar boca arriba, como buscando en el techo el sentido de todo aquello, si es que lo tenía. Pero realmente todo era un absurdo.

- Estás mintiendo.

- ¿Crees que te mentiría con algo así?- preguntó Sanae sentándose en la cama.

- No. Estás mintiéndote a ti misma- dijo Tsubasa con convicción- Todo lo que dices sobre ti es mentira. Que no vales nada, que eres un monstruo, que debes desaparecer. No se cómo te has convencido de eso, pero te juro que es mentira- el muchacho se incorporó y tomó a la chica por los hombros.

- Tsubasa…

- Es mentira, Sanae, lo juro- Tsubasa insistió una y otra vez, dejando fluir las lágrimas que antes había retenido.

Sanae se abrazó a él deseando que las cosas fueran como su Tsubasa decía, pero su mente sostenía un juego macabro que la mantenía prisionera de su propio engaño.

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Continuará…