Presentaciones

Conocí a Jean el mismo día en que me enteré –extraoficialmente- de la muerte de mi padre. Había estado intentando conciliar el sueño desde la madrugada. Como no pude hacerlo, decidí saltar de la cama y vestirme. Mi madre dormía en un sillón junto a mí, con un tejido entre las manos. Tenía los rizos deshechos, de tanto moverse contra los cojines.

Me llevé una canasta para recoger frutas silvestres y flores. Adentro: El corsario de Lord Byron, para cuando llegara a la colina en el bosque, el claro. El Doctor dijo que me gustaría. Me imagino que cuando se entere que mi padre ha muerto, se sentirá culpable. Cuando me lo obsequió, había un brillo peculiar en sus ojos, como si dijera: Piensa así en él, estoy seguro de que guardan parecido. A veces, cuando miro muy fijamente a alguien, puedo ver superpuesto lo que diría si fuese más sincero conmigo.

La verdad, no imagino a mi padre así. Tan enérgico como el personaje. Aunque tal vez prejuzgo, porque aún no he terminado de leer. Y tampoco conocía lo suficiente a mi padre.

Planeaba tomar el sendero de piedras. Está hecho para que no sea posible perderse. Pero la última vez que me alejé y me perdí en el bosque, encontré el camino hasta las vías del tren. Así pude llegar medio deshidratada al pueblo. Luego pedí un teléfono en la farmacia y el Doctor envió por mí. En realidad no sabía el número, pero le expliqué a la dueña quién era y dónde me quedaba. Fueron muy amables y como era domingo y había varios criados allí, no hubo más complicaciones y regresé con ellos antes del atardecer.

Fue algo sorpresivo que estuviese ahí, cerrando tras de mí la gran puerta de entrada a la casona que hacía de hospital, cuando llegó su carruaje. Ni bien se detuvo, la puerta se abrió de un golpe y bajó Jean , con el cabello castaño muy revuelto y una expresión de hastío. Dio unas cuantas zancadas hasta alcanzar la grama verde y arrojarse sobre ella sin más preámbulos. Hice una mueca. Llevaba puesto un traje color caramelo y me daba mucha pena que lo humedeciera en rocío, ni que decir, que lo embarrara.

-¡Libertad, libertad, me urgía ya el aire puro!-Suspiró retorciéndose las manos y cruzando las piernas. Noté entonces que era muy risueño a pesar de su picardía.

-Llegamos un poco antes, Jean, así que creo que podremos acompañar al doctor Yeegar con el desayuno.

Me llevé una mano a los labios, para evitar reír. Un hombre bajó después de Jean. Tenía lentes , el cabello del mismo tono, pero aún más revuelto y crespo que el de su hijo. Llevaba una camisa blanca, con marcas de sudor bajo las axilas y una cantidad importante de papeles en las manos.

Por el rabillo del ojo contemplé el interior de la carroza y creí ver muchas pilas entre los asientos. Después de hablarle a Jean, notó mi presencia. Lo primero que hizo fue buscar las marcas en mi frente, y decepcionarse porque peiné mi flequillo sobre ellas y me puse un sombrero con flores para disimularlas aún más. Que él me mirara, hizo que Jean también se diera cuenta de que estaba con ellos. Él siempre le presta mucha atención a lo que su padre hace. Casi imitó su gesto al verme.

-¿Eres Jamie Dark?-Preguntó sin más preámbulos, enderezándose para sentarse con las piernas cruzadas, como un buda.

Yo reprimí un suspiro e inflé el pecho antes de hacer una pronunciada inclinación ante ambos.

-Soy Marie Jessica Kradden.-Con cada palabra, doblé un poco más mi columna, y mi voz sonó algo cantarina. Recordé vivamente a la bailarina de la caja de música que el Doctor me regaló en Navidad. Cuando volví a mirar a Jean, él había girado los ojos al cielo y sacudía levemente la cabeza. Más tarde , me confesaría despreocupadamente, que esa forma de presentarse, en mí, le había parecido empalagosa.

-Pero eres la hija del Exorcista¿O no?-Reformuló, sin pensárselo demasiado. Me abstuve de arquear una ceja y de responder secamente que no le importaba. Por su padre. Siempre trato de ser amable frente a los adultos. Les debo mucho. En especial a los médicos y científicos. Por otro lado, el señor Russell parecía más bien contador o banquero.

Me humedecí los labios y traté de que mi voz no se entrecortara, sobretodo, que mis ojos no lagrimearan. Tuve que cerrarlos un segundo y acentuar mi sonrisa.

-Sí.-Cambié la canasta de brazo y me llevé la mano izquierda tras la espalda.-¿Son parientes del Doctor?