Otro amigo

Eaze entró en la clínica un mes antes de que mi padre muriera y Jean llegara. Estaba trabajando en las minas, cuando sufrió un desmayo. Lo trajeron en una camilla. Era tan delgado, que me asusté. Su enfermedad, como la mía, es congénita pero más personas la sufren. Se llama epilepsia.

El Doctor me ha dicho que Eaze tiene suerte. El aire de la mina no es bueno para su salud y tampoco el desgaste físico que requiere estar allí.

Pero él me dijo que no trabajaba como todos. Su familia tiene doce miembros. Todos los hermanos de Eaze van a la mina. Sus hermanas venden flores en el pueblo. Él es el único que no puede hacer nada, ni siquiera estudiar, porque cuando mira fijo durante mucho tiempo algo, le llega la ausencia y se desmaya. En realidad, él no es como otros epilépticos, a los que el Doctor ha tratado hace tiempo. No se agita, arrojando espuma por la boca, ni se retuerce. Tampoco cae al suelo, siquiera. Sólo se aleja.

En una ocasión, intenté leerle. Había encontrado unos cuentos del Rey Arturo muy lindos, que quizás no pensara aburridos ni cursis. Merlín estaba hablando sobre el "Mal de amores", cuando me dí cuenta.

Estaba perdido. Miraba por la ventana, o al menos, por allí se había perdido. La cabeza inclinada, la boca entreabierta.

-¿Eaze?-Intenté atraer su atención. Pasé mi mano frente a su rostro, pero no me hizo caso.

Me siento culpable cuando lo busco. Sé que si Jean quisiera jugar conmigo siempre, le acompañaría menos. Tengo tres años más que él y no le estoy dando un buen ejemplo.