El fuego
Estamos en la capilla. Es domingo y hemos viajado al pueblo, a pesar de que el Hospital tiene una pequeña iglesia dentro.
El vestido que llevo tiene demasiados bordados, volados, puntillas y mantillas. Es muy abultado y me siento mucho más grande. Tanto que me cuesta caminar rápido, pues temo tropezar.
-Pareces un pastel de bodas raro, Jamie.-Fue lo que me dijo Jean. Ayer salió de su cuarto como si nada, luego de más de cinco días encerrado.
Yo me había dividido entre Eaze, la vista de mi ventana y un tejido que mi madre insiste en darme como ejercicio cuando no puedo salir de la cama, pero tampoco me concentro lo suficiente para leer.
Durante todo éste tiempo, eso fue mi vida.
-¡Tú pareces un Querubín!-Exclamé, señalando su túnica de monaguillo. Se rió, más halagado que disgustado.
-Lo soy¿Para qué ocultarlo?-Me siguió el juego, y me guiñó el ojo. Luego, nos separamos. Él esperó en la entrada, para entrar con el Párroco.
No me gustan los días soleados. Recuerdo que el día en que mi padre nos dejó, el sol estaba muy alto. Tanto que hería los ojos y si te mantenías bajo él demasiado tiempo, tu nariz podía comenzar a sangrar.
Le tengo miedo a las Iglesias y nunca se lo he dicho a nadie. Temo más que alguien me pregunte la razón. Mi madre me ha prohibido hablar de eso.
Envidio a Jean, porque parece darle igual entrar aquí que no hacerlo. Incluso a Eaze, que tiene prohibido venir hasta que aprenda a comportarse.
Hay velas encendidas por todas partes. Se reflejan y multiplican, insólitamente. No es demasiado extraño que el altar parezca estar incendiándose.
Me gusta mucho el fuego. Simboliza la renovación: el ave Fénix se quema a sí misma para regresar de sus cenizas. Una leyenda pagana que amo.
Hay mucho fuego en mis sueños, generalmente. Como cuando sueño que el mundo se quema por entero y renace de sus cenizas para darme lugar exclusivamente a mí.
