Perdida
Abrió los ojos lentamente, trató de moverse y notó que estaba atada, trato de hablar y supo que estaba amordazada. Su mente la llevo a esos brazos que la retuvieron antes de caer cuando vislumbro al Nara. Poco a poco entrelazo los cabos, secuestrada por algún hombre, supuso que sería hombre ya que esa potencia en los brazos no la suelen tener las mujeres. Algo en el aire del lugar en que la habían encerrado le resultaba familiar, un ligero aroma a lirios. Podría haber desecho con un simple jutsu aquellas cuerdas que la retenían, podría haber salido de aquel lugar sin que nadie se percibiese de ello, sin embargo no podía, su cuerpo se encontraba demasiado exhausto, su mente muy confusa, en esos instantes no era ella misma, su vitalidad y energía había desaparecido rotundamente, sentía que si la habían secuestrado era mejor que tener que casarse con aquel moreno por el cual sólo sentía simpatía. Y así, cediendo rememorando lo sucedido, volvió a abandonarse al cansancio.
Despertó de nuevo notando sus ojos cegados por una venda, su cuerpo estaba siendo trasladado, quien fue que la llevaba se movía deprisa tratando de poner la mayor distancia posible entre Sunagakure y su destino. Temari ya no entendía, ni siquiera se molestaba en entender nada, ya se había abandonado a sí misma. Su mente rememoraba los momentos junto al Nara, las cenas con sus hermanos... No, su cuerpo empezó a reaccionar a sus recuerdos, no iba a tolerar algo así, las energías de la kunoichi regresaban a ella.
Quizás su cuerpo estuviese débil, puede que su cuerpo estuviese agotado, pero ella dio una patada en el torso de su portador con la suficiente fuerza como para conseguir alejarse un poco y caer al suelo, antes de que su portador pudiese reaccionar ella ya había anulado las cuerdas y había liberado su vista y sus labios de las vendas que los obstruían. No espero, desató el obi del yukata y lo deslizó desprendiéndose de este, su cuerpo sólo cubierto por las ropas interiores y sus mallas, armado de algunos kunais que gracilmente empuño abalanzándose con su portador, más, éste, no era sino un bunshin de agua que se desvanecía por las arenas.
Observaba la zona intranquila, no conocía muy bien aquella zona del desierto, pero sabía que no muy lejos de allí debía de haber un puesto fronterizo de protección. Agarró el obi turquesa y cortándolo en dos mitades iguales se lo acomodó, una parte envolvía su torso fuertemente y la otra mitad la envolvía por las caderas. El calor en aquel lugar era soporífero, la falta de alimento o bebida convertía ese lugar en un puro infierno a pesar de, desde niña, haber sobrevivido infinidad de ocasiones a esas mismas características, modificando que, en esta ocasión se encontraba desarmada, con apenas diez kunais y cinco shurikens, su chackra mermado y su cuerpo extenuado. A lo sumo, podría aguantar a llegar al puesto fronterizo sino se producía una tormenta de arena, algo que seguramente ocurriría, y que el puesto no estuviese demasiado lejos de aquel punto.
