Capítulo 2.
En la alcoba de un bebé
Caminaron en silencio hasta la esquina de la calle, en donde Liza se detuvo. Harry hizo lo mismo, esperando alguna indicación.
–Bien Harry –comenzó a hablar pausadamente–, según sé, ya sabes cómo aparecerte¿cierto?
Harry asintió con prontitud.
–Entonces solamente debes tomar mi brazo para que yo te guíe al lugar a donde vamos.
–Creo que yo solo puedo lograr aparecerme en la Madriguera –argumentó Harry al instante, creyendo que Liza lo estaba tomando por un inexperto.
–No tengo la menor duda sobre eso Harry –dijo ella con calma–, pero no es a la Madriguera a donde vamos.
–Pero pensé que tú habías dicho…
–Y tienes toda la razón Harry; yo dije que te llevaría a la Madriguera, y lo haré, pero antes tengo órdenes explícitas de llevarte a otro lugar.
–¿Adónde?
–No puedo decírtelo, no todavía.
Harry guardó silencio ante aquella respuesta, después preguntó:
–¿Esa también fue una orden directa de Dumbledore?
–Sip –contestó la joven despistadamente mientras veía a los alrededores–, esa también fue una orden directa de Dumbledore, y ya es hora de que nos vayamos, se está haciendo tarde. Toma mi brazo por favor.
Harry asintió y apretó ligeramente el brazo de la bruja. Al instante, la típica y desagradable sensación de la desaparición se apoderó de él. Una vez más sintió como si estuviera dividido en pequeñas partículas que viajaban a toda velocidad, y la necesidad de respirar iba aumentando en su interior; y de pronto, tan súbitamente como había comenzado, se encontró de pie junto a Liza, respirando nuevamente. Lentamente soltó el brazo de la joven y miró a su alrededor. Se encontraban dentro de una especie de parque, con muchos árboles, columpios y resbaladillas.
–¿En dónde estamos? –preguntó rápidamente, pues no identificaba con exactitud en qué parque se encontraban.
–Ya lo verás –respondió Liza comenzando a caminar–. Vamos, tenemos que esperar a que nos den alcance.
–¿A que nos den alcance? –repitió Harry caminando a su lado–¿quién más va a venir?
–Tus amigos: Ron y Hermione. Cuando supieron que haríamos una pequeña escala antes de llegar a la Madriguera, de inmediato quisieron ser parte de la excursión. Dijeron que tenían que estar contigo en esta noche en especial.
Harry no dijo nada. Un reconfortante alivio lo embargaba. Sus amigos estaban dispuestos a acompañarle a donde fuera, y él se los agradecía con todo el corazón.
–Aquí Harry –indicó Liza ocultándose entre unos árboles–, es mejor que esperemos aquí.
Harry la siguió en silencio.
–¿Por qué nos escondemos? –preguntó después de un rato–. No hay nadie afuera que nos pueda ver.
–Precisamente por eso –respondió la joven–, a esta hora de la noche ya no hay gente en las calles, nos veríamos muy sospechosos merodeando por ahí¿no te parece?
Harry analizó la cuestión y asintió no muy convencido.
–¿Cómo sabrán dónde encontrarnos? –inquirió Harry súbitamente–, Ron y Hermione.
–Arthur Weasley me dijo que una auror llamada Tonks se había ofrecido a traerlos aquí –contestó ella con la mirada fija en la lejanía–. Ella sabe dónde encontrarnos.
El silencio cayó una vez más sobre los dos. A decir verdad, era bastante incómodo. Harry no sabía de qué podía hablar con una perfecta desconocida, así que simplemente dejó que el silencio continuara. Después de unos minutos, se le ocurrió algo que decir:
–¿Eres miembro de la Orden del Fénix? No creo haberte visto antes.
–Sí soy miembro, pero nadie de la Orden me conoce, excepto los Weasley, con los que me presenté ayer.
–¿Pero entonces cómo es que perteneces a la Orden?
–Fui reclutada personalmente por Albus Dumbledore y siempre recibí órdenes directas de él. En aquel entonces no era tiempo de que me conocieran, pero ahora es diferente, con tantas muertes y desastres. Él juzgó oportuno que yo me presentará ante la Orden, pero no lo había hecho porque hace poco tiempo que murió mi padre.
–Lo siento –dijo Harry de inmediato, sintiéndose como un inconsciente al haber hecho que aquella joven recordara algo tan doloroso.
–Lo sé. Gracias.
Harry trató de reprimir esa pregunta que le daba vueltas en la cabeza, pero finalmente dejó de luchar y preguntó:
–¿Y tu madre¿Dónde está?
–Está muerta, murió el día en que nací.
Aquello hizo que Harry se sintiera todavía peor. Lo único que deseaba en ese momento era que sus amigos llegaran pronto y lo sacaran de esa situación tan incómoda.
Y entonces, tres personas se materializaron en medio de la oscuridad, como si hubieran sabido que ese era el momento indicado para aparecer y romper la tensión del ambiente.
Harry salió del escondite, seguido velozmente por Liza, reuniéndose finalmente en un grupo de cinco personas.
–¡Harry! –chilló Hermione cuando lo vio, al mismo tiempo que corría para darle un abrazo de bienvenida. Ron iba detrás de ella.
–¡Hola amigo! –saludó el pelirrojo–. ¿Todo bien?
Harry respondió de forma afirmativa, pues en ese momento, junto a sus dos mejores amigos, finalmente sintió que todo estaba bien.
–Hola Harry –saludó una muchacha de ojos oscuros y cabello largo, de color rosa chicle.
–Hola Tonks –respondió Harry animado.
Tonks miró alrededor y sus ojos se posaron en Liza.
–Tú debes ser la persona que fue por Harry a la casa de los muggles –dijo al instante.
–Así es –confirmó la joven–, soy Liza, y ustedes deben ser Tonks, Ron y Hermione –dijo, señalando a cada uno conforme iba diciendo sus nombres–¿estoy en lo cierto?
–Sí –contestó Tonks alegremente–, es un placer.
–El placer es mío –dijo Liza con una sonrisa, después agregó–: es mejor que nos vayamos ya, no debemos perder tiempo.
Todos la siguieron, caminando ágilmente hacia la salida del parque, y después continuaron a lo largo de una calle completamente vacía.
–¿Y cómo estuvo tu verano Harry? –preguntó Tonks tratando de sacar un tema de conversación.
–Calmado –respondió sin darle mucha importancia–, muy calmado. A decir verdad, no sucedió nada extraño en todo el mes, excepto por esta noche, cuando Liza llegó por mí.
–¿Se pusieron muy pesados los muggles? –inquirió Ron con desagrado.
–Sí –contestó Harry–, ellos nunca cambiarán. Cuando bajé al vestíbulo, tía Petunia estaba gritando como una histérica, y sin razón aparente.
–En realidad Harry, sí había una razón –aclaró Liza con una leve sonrisa de vergüenza–; verás, tus tíos estaban concentrados en sus propios asuntos, cuando de repente aparecí yo en medio del vestíbulo. El susto de tu tía fue tal, que no pudo contener un grito de terror. Tu tío intentó agredirme, y en ese preciso momento llegaste tú justo para ver cómo lo paralizaba; aunque no lo culpo por reaccionar de esa manera. La cortesía nos dicta que siempre debemos dar la oportunidad de negársenos la entrada, pero yo simplemente ignoré esa regla y me materialicé dentro de la casa sin el consentimiento de nadie. Yo ocasioné ese grito y esa actitud.
Harry guardó silencio y bajó la mirada, mientras la regla sobre la cortesía daba vueltas en su cabeza. Esa misma regla se la había mencionado Albus Dumbledore hacía poco más de un año, cuando habían ido a persuadir a Horace Slughorn de que regresara a Hogwarts a enseñar su antigua asignatura. Levantó la vista. Liza y Tonks estaban conversando animadamente, mientras que Ron y Hermione iban junto a él, sumidos es un silencio sepulcral. Probablemente intuían que Harry quería pensar, y no querían molestarlo. Pero después de un rato de caminar en silencio, Hermione preguntó:
–¿Te encuentras bien Harry?
–Sí –respondió de inmediato, esforzándose porque su voz sonara despreocupada –, estoy bien.
–Aquí es –anunció Liza en voz alta, para que los tres amigos la escucharan.
El grupo se había detenido frente a una pintoresca casa de dos pisos, con un amplio jardín y una pequeña cerca de madera. Liza abrió la puerta de la cerca, y avanzó con paso decidido por un sendero de ladrillos, el cual la llevó hasta la entrada de la casa. Abrió la puerta y se hizo a un lado, mirando a Harry fijamente.
–Tú debes entrar primero, Harry –indicó la joven–, a ti te corresponde hacerlo.
Harry la miró por unos instantes y después asintió. Avanzó unos cuantos pasos y cruzó la puerta.
La casa estaba sumida en penumbras, y a pesar de que se encontraban en pleno mes de julio, estaba sumamente fría. Todos se amontonaron en el vestíbulo, mirando a su alrededor. Estaba completamente amueblada, pero debido al polvo que había, era obvio que llevaba mucho tiempo abandonada, tal vez años. Harry avanzó lentamente a la sala de estar, contemplando cada recoveco de la vivienda. Había algo en esa casa que lo perturbaba; no estaba seguro de lo que era, pero al estar de pie en medio de esa sala, justo frente a la chimenea, Harry sentía que una enorme tristeza inundaba su pecho y no sabía a qué se debía ese sentimiento.
Y de pronto lo supo: él ya había estado en esa casa, hacía mucho tiempo.
–Es la casa de mis padres –dijo repentinamente en voz alta. No era una pregunta, era una sentencia.
–Así es –confirmó Liza–. No creí que la recordaras –agregó con cierto asombro.
–Siempre pensé que esta casa había sido destruida cuando Voldemort había intentado matarme –comentó Harry reflexivo, mirando a Liza.
–Y así fue –informó Liza–, pero Albus Dumbledore la reconstruyó para ti. Todo está exactamente en el mismo lugar en el que estaba antes de que tú y tus padres fueran atacados.
Harry volvió la vista a los muebles de la sala. Así que todo estaba en el mismo lugar. Pensó que seguramente en esa habitación había vivido buenos momentos con sus padres, y se reprochó duramente por no ser capaz de recordarlo.
–¿Dónde está mi habitación? –inquirió de pronto, girándose hacia Liza.
–Síganme –indicó la joven, y salió de la sala.
Los llevó hasta las escaleras, y una vez en la planta alta, los guió a la segunda habitación del pasillo. Abrió la puerta y se hizo a un lado. Harry entró. Era la alcoba de un bebé. Había un juguetero casi vacío recargado contra la pared, y la mayor parte de los juguetes que ahí se guardaban estaban desperdigados por todo el piso. Una cuna estaba justo al lado del juguetero, cerca de la ventana. Harry se acercó lentamente a la cuna. Las sábanas estaban revueltas, como si acabaran de levantar al bebé que yacía en ellas. Un nudo se formó en su garganta, y los ojos le escocían.
–Si necesitas algo Harry, estaré en la sala –avisó Liza en un susurro.
–Voy contigo –dijo Tonks rápidamente.
Las dos muchachas abandonaron la habitación, rumbo a la planta baja. Hermione y Ron se miraron el uno al otro, y después Hermione habló:
–Creo que nosotros también deberíamos dejarte solo. Seguramente quieres pensar y…
–No –interrumpió Harry–, no se vayan. No quiero estar yo solo en esta habitación.
–De acuerdo –dijo Ron al instante–, no te preocupes.
Se sumieron en un profundo e incómodo silencio, hasta que Harry se volvió a mirarlos y habló con voz ronca:
–¿Sabían que mi madre murió en esta habitación?
Sus dos amigos respondieron con un gesto negativo, y los ojos muy abiertos.
–Sí –continuó–. Tuvo que haber sido justo en este lugar –dijo, parándose a la mitad de la habitación–. Voldemort estaba debajo del marco de la puerta, y seguramente mi mamá estaba parada aquí, entre él y yo. Ella no tenía que morir, él me quería a mí, pero mi madre se rehusó a moverse y entonces…
–Harry, no te tortures más –lo cortó Hermione de tajo–. No ganas nada reviviendo esas escenas.
–Te equivocas –replicó Harry–, es precisamente el revivir esas escenas lo que me da fuerzas para cumplir con lo que tengo que hacer. Voldemort tiene que pagar.
Ni Hermione ni Ron lo contradijeron, y Harry sabía que ellos pensaban lo mismo que él. Voldemort tenía que pagar, y Harry era el señalado para esa misión, el mismo Voldemort lo había escogido aquella noche del 31 de octubre, cuando había matado a sus padres y había intentado asesinarlo a él.
Y fue en ese momento, a tan solo media hora de cumplir sus 17 años, que Harry se sintió más fuerte y valiente. Él era quien se encargaría de hacer justicia en nombre de todos los magos y brujas que habían muerto en manos de Voldemort; y fue entonces cuando supo que estaba listo para la batalla final, la batalla en que se enfrentaría cara a cara con Voldemort, la batalla que decidiría el futuro del mundo mágico; y también supo que si fuera necesario, daría su propia vida para terminar con la de Voldemort, pues tal y como Dumbledore se lo había dicho muchas veces, él (Harry) poseía algo que lo diferenciaba de Voldemort, y no sólo lo hacía diferente, sino más poderoso: él podía amar, y eso era algo que Voldemort nunca llegaría a comprender, nunca.
