Capítulo 3.
En los brazos de un ángel
Los tres amigos bajaron rápidamente las escaleras y se encaminaron a la sala. Tonks y Liza estaban sentadas junto a la chimenea, en donde repiqueteaba un alegre fuego.
–¿Ya terminaste, Harry? –preguntó Liza con calma.
–Sí –contestó él, tratando de no sonar tan triste como realmente se sentía.
–Bien –repuso Liza al tiempo que se levantaba de su asiento–, porque aún queda un lugar más al que debo llevarte.
Harry asintió con la vista clavada en el piso.
–¿Estás bien, Harry? –inquirió Tonks preocupada.
–Sí –mintió–, sí estoy bien.
–Escucha Harry, no es necesario que continuemos –aclaró Liza, viéndolo fijamente–, si tú quieres, en este momento podemos irnos a la Madriguera.
–Pero dijiste que aún hay un lugar más al que debes llevarme –refutó Harry, mirándola.
–Es verdad, pero eso se puede dejar para después. Creo que por hoy ya viste suficiente.
Harry analizó la cuestión por un momento y después dijo:
–No, quiero continuar.
–¿Estás seguro?
–Sí –afirmó con voz firme.
–De acuerdo, vamos.
Las cinco personas salieron de la casa, y emprendieron el camino rumbo al centro del valle. Harry avanzaba en silencio, asimilando todo lo que acababa de ver. Acababa de estar dentro de la que alguna vez había sido su casa. Había estado de pie justo en el mismo lugar en que había muerto su madre, el mismo lugar en donde ella había dado su vida por él. Nada en el mundo lo había preparado para eso. Era algo que no se esperaba. Es cierto que él tenía planeado volver al Valle de Godric, pero nunca pensó que en lugar de ruinas, encontraría una pintoresca casa, cubierta de polvo, pero en pie, a pesar de los años.
Al estar dentro de la casa, había sentido una opresión terrible en el pecho, que no le permitía respirar con normalidad; pero ahora, estando lejos de ese lugar, se dio cuenta de que no había sabido aprovechar su oportunidad. Debía de haber prestado más atención a cada detalle dentro y fuera de la casa, debía haber estado más alerta; pero en lugar de eso, se había dejado impresionar por la simple presencia de aquel lugar. No había sido lo suficientemente fuerte, y se odiaba por eso.
–Llegamos –anunció Liza, deteniéndose frente a una reja que estaba cerrada con un candado. La joven sostuvo el candado por un momento, comprobando si en verdad estaba cerrado. Cuando lo hubo confirmado, un tenue resplandor azul iluminó el candado, y un segundo después, éste ya no cerraba la reja, sino que yacía en la mano abierta de Liza.
Harry notó que el candado aún estaba cerrado, y se preguntó cómo había hecho la joven para zafarlo de su lugar sin usar su varita, pero no tuvo mucho tiempo para pensar en eso, porque inmediatamente, la reja se abrió de par en par, cediéndoles el paso a un basto campo verde, salpicado de ángeles y cruces de piedra. Era un cementerio. En el instante en que Harry se dio cuenta de dónde se encontraban, también supo por qué estaban ahí. Liza lo iba a llevar a la tumba de sus padres.
–No sé si debamos entrar –dijo Hermione en un leve susurro–, la puerta estaba cerrada, y eso era porque ya es muy tarde.
–Lo sé, Hermione –replicó Liza mientras otro ligero resplandor azul iluminaba el candado, el cual una vez más estaba cerrando la reja (lo cual fue muy misterioso)–, sé que ya no es hora de que estemos merodeando, y mucho menos en este lugar, pero es necesario que Harry vea lo que tengo que mostrarle, antes de que alcance la mayoría de edad. Albus Dumbledore creía que así era como las cosas debían pasar.
Hermione no dijo nada, sólo se limitó a asentir en silencio.
–Bueno –habló Harry con voz calmada–¿hacia dónde vamos?
–Hacia acá –contestó la joven, dirigiéndose a un angosto sendero que bordeaba las lápidas. Los demás la siguieron de prisa.
Harry se preguntaba cómo sería la tumba de sus padres. Probablemente estaría muy descuidada. No dudaba que en un principio, todos los magos y brujas que habían conocido a sus padres, habrían ido a visitar aquel cementerio sólo para llevar flores a la tumba de Lily y James Potter, pero seguramente después de un tiempo, los recuerdos debieron de haber caído en el olvido, al igual que el lugar que resguardaba las cenizas de sus padres.
Caminaron en silencio, bordeando lápidas y pasando por entre ángeles de mármol y magníficas cruces de piedra. Justo en ese instante, Harry recordó que alguna vez había escuchado a Dumbledore decir que hay cosas peores que la muerte; pero en ese preciso momento y en ese preciso lugar, no se le ocurrió qué podía ser peor que la muerte. Qué podía ser peor que el hecho de saber que nunca más se volvería a ver a esa persona; nunca más se volvería a hablar con esa persona, nunca más se volvería a recibir ni una sola carta de esa persona. Qué podía ser peor que el hecho de saber que existían muchas cosas que se debieron de haber dicho y que no se dijeron, y que ya nunca se dirían. No. Dumbledore tenía que estar equivocado. No existía nada peor que la muerte, pues nada era tan certero ni tan determinante como la muerte; nada era tan súbito y tan eterno como la muerte. Nada era tan doloroso como la muerte. Nada.
–¿Cómo sabes en dónde está lo que buscamos? –le preguntó Tonks a Liza tan de repente, que los tres amigos dieron un salto involuntario de sorpresa. Al parecer, todos habían estado tan sumidos en sus pensamientos, que aquella pregunta los había tomado desprevenidos.
–Es fácil –respondió Liza–, la tumba que buscamos es la única que está cubierta de flores.
–¿En serio? –cuestionó Harry con prontitud–¿está cubierta de flores¿Quién las trae?
–Nadie las trae –aclaró la joven–, es un hechizo. Cuando tus padres murieron, Albus Dumbledore encantó la tumba para que siempre hubiera flores, sin importar que fuera primavera o invierno.
–Perpetuos Flora –murmuró Hermione despacio.
–Así es –confirmó Liza–. Perpetuos Flora. Pero contrario a lo que significa el nombre del hechizo, las flores no son perpetuas. Si la persona que conjuró el hechizo muere, entonces (lógicamente) el hechizo cesa.
–¿Y entonces por qué buscamos una tumba cubierta de flores? –inquirió Ron–. Dumbledore está muerto, y por tanto, el hechizo ya no funciona.
–Tienes razón –concordó Liza–, pero resulta que antes de morir, él me encomendó la misión de lanzar el hechizo nuevamente, si es que algo llegaba a sucederle. Y así lo hice.
Harry guardó silencio, sintiendo un infinito agradecimiento hacia Dumbledore; pues aún después de la muerte, él había encontrado la forma de continuar rindiendo tributo a Lily y James Potter.
–Llegamos –avisó Liza, saliendo del sendero–, ahí está –agregó, mientras señalaba a su costado derecho.
Sin siquiera pensarlo, Harry se precipitó hacia el lugar indicado, con el corazón latiendo con fuerza. Y finalmente llegó. Un hermoso ángel de mármol se erigía frente a él. Estaba salpicado por exuberantes flores aquí y allá; sus alas estaban completamente cubiertas por rosas blancas; en sus brazos extendidos protectoramente, se podían ver los tiernos capullos que comenzaban a florecer; y en las manos abiertas reposaban dos bellas orquídeas blancas. Bajó la vista hacia la lápida, que también estaba cubierta de flores. Se arrodilló frente a ella, y con sumo cuidado, apartó las rosas para poder leer el epitafio. Éste decía: Brujos extraordinarios, amigos leales, padres amorosos. Porque la muerte no es el final de la vida, es sólo el comienzo de algo más perfecto>>. Harry leyó el epitafio una y otra vez. El comienzo de algo más perfecto>>. Seguramente aquella frase había sido escrita en la lápida por el mismísimo Albus Dumbledore. Sí. Esas eran el tipo de cosas que solía decir.
Se sentó en la hierba húmeda, contemplando la lápida en silencio, pensando en sus papás y en lo injustas que habían sido sus muertes; pero sobre todo, pensaba en que él personalmente haría pagar a Voldemort por todas las muertes injustas que se habían cometido en su nombre. Él se encargaría de vencer a Voldemort y le haría justicia a todas esas muertes, y nada ni nadie le impediría alcanzar su objetivo.
Cuánto tiempo estuvo ahí sentado, no lo supo. Solamente supo que de pronto se sintió solo, y cuando miró a su alrededor, se percató de que efectivamente estaba solo. A lo lejos, en el sendero, Tonks, Liza, Ron y Hermione se encontraban conversando. En ese momento, Harry comprendió que cuando había corrido hacia la tumba de sus padres, nadie lo había seguido. Lo habían dejado solo. Habían dejado que aquel momento fuera únicamente suyo, y Harry se los agradeció infinitamente. Pero ya había terminado, así que se incorporó y se encaminó hacia el sendero, a reunirse con sus amigos.
–Bien Harry –dijo Liza en cuanto él se les unió–, es hora de irnos.
–Sí –corroboró Tonks–, Molly debe estar muy preocupada por nuestra tardanza.
Harry asintió con prontitud, y a la señal, los cinco desaparecieron con un estallido, y en menos de un segundo se materializaron en el jardín delantero de la Madriguera. Aún había luz dentro de la casa. Obviamente los estaban esperando.
–Vamos –ordenó Liza–, no hagamos esperar más a tu madre –añadió, mirando divertida a Ron.
Los cinco avanzaron hacia la casa. Tonks golpeó enérgicamente la puerta y esperó por alguna respuesta.
–¿Quién es? –La voz de la señora Weasley se oía preocupada.
–Somos nosotros –anunció Tonks con tono alegre–: Harry, Ron, Hermione, Liza y Tonks.
La puerta se abrió al instante, dejando ver a la señora Weasley.
–Al fin –dijo con un suspiro, apartándose para que pudieran entrar–. Ya me tenían muy preocupada.
Y sin previo aviso, le dio un fuerte abrazo a Harry.
–¿Cómo estás cariño? –le preguntó con dulzura.
–Bien –respondió, tratando de sonar alegre–¿dónde están los demás?
–Bueno, Arthur no ha llegado –contestó la señora Weasley mientras los guiaba hacia la cocina–, y los demás se fueron a dormir hace horas. Querían estar aquí cuando tú llegaras, pero se tardaron tanto en llegar, que decidieron irse a descansar.
–Espero que disculpes nuestra tardanza –dijo Liza rápidamente–, pero era necesario…
–No te preocupes, querida –interrumpió la señora Weasley–, sólo me alegro de que ya estén aquí. Siéntense, deben tener hambre. ¿Quieren que les prepare algo?
–¡Sí! –contestó Ron mientras se sentaba–, me muero de hambre.
–Sería grandioso –admitió Harry con agradecimiento.
–¿Quiere que le ayude en algo? –preguntó Hermione servicial.
–No te molestes linda, siéntate, estará listo en unos minutos. Pondré la mesa para cinco.
–No es necesario Molly –dijo Liza–, no sé si Tonks quiera quedarse, pero yo tengo que irme ya.
–Pero querida, ya es muy tarde –argumentó la señora Weasley–, si quieres, puedes quedarte aquí a pasar la noche.
–Muchas gracias Molly, pero en serio tengo que marcharme.
–Bueno, si ya lo decidiste, te acompaño a la puerta.
–Gracias, pero antes de irme, quiero hablar un momento con Harry.
Harry se sorprendió mucho, pero al instante dijo:
–Entonces yo te acompaño.
Ambos salieron de la cocina y se encaminaron a la puerta. Caminaron un poco por el jardín, lo suficiente para que nadie oyera su conversación.
–Escucha Harry –comenzó Liza, viéndolo fijamente–, sé que lo que te voy a decir te sonará muy extraño, sobre todo porque nos acabamos de conocer; pero quiero decirte que si alguna vez tienes muchas cosas en la cabeza, y quieres hablar con alguien que te entienda, no dudes en hablar conmigo. Yo también perdí a mis padres, y puedo entender tu dolor.
Después de decir esto, le dedicó una gran sonrisa que Harry no respondió, pero que agradeció. Debido al gesto de la muchacha, Harry se dio cuenta de que era bastante bonita, y se sorprendió por no haberlo notado antes. Aunque a decir verdad, él no prestaba mucha atención a eso, pues sólo tenía ojos para Ginny.
–Bueno, ya es hora de que me vaya. Adiós Harry, fue un gran placer conocerte.
–Adiós Liza –se despidió por inercia.
La joven dio la vuelta y avanzó unos cuantos pasos, pero de pronto Harry la llamó:
–¡Liza!
La muchacha se detuvo y giró para verlo.
–¿Sí?
–¿Crees que tal vez… que tal vez sería posible que pudiera volver a visitar la casa de mis padres?
La joven lo miró sorprendida y se acercó a él.
–Esa casa es tuya Harry –le dijo con calma–, ha sido tuya desde hace 16 años. Puedes volver cuando quieras, las veces que quieras.
Harry asintió en silencio.
–Adiós Harry. –Y sin esperar respuesta, desapareció con un sonoro estallido.
Harry volvió despacio sobre sus pasos, hasta que finalmente estuvo de regreso en la cocina. La cena ya estaba servida, lo cual fue un gran alivio, pues no quería que nadie le preguntara sobre lo que había hablado con Liza, y nadie lo hizo. Cinco minutos después de que se hubieron sentado a cenar, el señor Weasley llegó. Se veía muy cansado, pero le dedicó una sonrisa de bienvenida a Harry. Cenaron tranquilos, escuchando cómo había estado el día del patriarca de la familia Weasley, y cuando terminaron, se fueron a sus habitaciones para dormir un poco, pues la señora Weasley les había dicho que tenían que estar listos para salir a primera hora de la mañana, y debían estar descansados. No les dijo adónde iban, pero había dado a entender que era muy importante.
–¿Adónde crees que nos llevarán, Harry? –preguntó Ron, una vez que ambos estuvieron en sus camas.
–No sé –contestó Harry–, pero en la mañana lo averiguaremos.
–Supongo –dijo Ron con resignación–. Sí, tienes razón. En la mañana lo averiguaremos.
Y entonces, ambos muchachos fueron vencidos por un sueño muy profundo, resultado del cansancio y de todas las sorpresas recibidas en ese día.
