Capítulo 4.

La presentación

–¡Apresúrense¡No quiero que nadie se quede atrás!

El señor Weasley los estaba instando a que mantuvieran un paso constante. Toda la familia Weasley (o al menos la parte que estaba en la Madriguera) se había levantado muy temprano para salir a la hora indicada, y lo mismo habían hecho Harry y Hermione. En esos momentos se dirigían al bosque cercano, en donde Harry suponía que se desaparecerían, o que tomarían un traslador para llegar al lugar al que tenían que llegar.

La señora Weasley caminaba velozmente junto a su esposo, y Ginny estaba a su lado. Fred y George marchaban detrás, y un poco más atrás, Bill Weasley caminaba junto a Fleur Delacour, su prometida. Ella se veía igual de bella que de costumbre, y Harry pudo notar que tomaba con firmeza la mano de Bill, y que de cuando en cuando dirigía la mirada al que sería su futuro esposo, llena de orgullo. Realmente lo amaba. Harry miró absorto a Ginny. Él hubiera dado su vida entera por poder estar con ella, pero debía mantenerse alejado, pues no quería que su voluntad se viera quebrantada por un posible acercamiento. No podía darse el lujo de flaquear en esos momentos.

–Los esperaba –dijo un hombre que estaba de pie entre los árboles. Era un hombre canoso, que llevaba una túnica muy remendada. Era Remus Lupin–. Vamos, tenemos que irnos ya. Yo los guiaré.

Harry supo al instante que iban a desaparecerse, y se preparó para la desagradable sensación. Unos a otros se tomaron por el brazo derecho, formando una cadena humana, y entonces, desaparecieron. Después de lo que a Harry le pareció una eternidad sin respirar, se materializaron dentro de un oscuro vestíbulo, que le pareció muy familiar.

–Al fin –dijo una bruja de cabello rosa y gran sonrisa. Era Tonks–. Justo hace un momento quité el hechizo anti-aparición. Bueno, vamos, los demás ya están aquí.

Los guió por el oscuro vestíbulo hasta una puerta que estaba al final del pasillo. Lupin se quedó atrás para volver a conjurar el hechizo anti-aparición y después los siguió. Para ese momento, Harry ya había reconocido el lugar: estaban en el número 12 de Grimmauld Place, el cuartel general de la Orden del Fénix. Cruzaron el umbral y bajaron a la cocina, en donde Harry sabía que se llevaban a cabo las reuniones de la Orden.

–¡Finalmente! –exclamó Alastor Ojoloco Moody cuando todos entraron a la cocina, mientras su ojo mágico giraba frenéticamente a todos lados.

La cocina estaba atiborrada de magos y brujas, y entre ellos había rostros conocidos como el de Kingsley Shacklebolt, Dedalus Diggle, la señora Pomfrey (enfermera de Hogwarts) y, para desagrado de Harry, Mundungus Fletcher. Además, todo el profesorado del colegio se encontraba allí, incluyendo a Hagrid, quien les guiñó el ojo en forma de saludo. Incluso Horace Slughorn, quien le había dicho a Dumbledore que por ningún motivo quería pertenecer a la Orden del Fénix, estaba ahí. Todos estaban sentados alrededor de una larga mesa de madera, con la profesora McGonagall en la cabecera.

–Ya podemos empezar –indicó Ojoloco.

–Aún no –contradijo Tonks mientras se sentaba–, todavía no ha llegado Liza.

–Siéntense por favor –dijo Remus, indicándoles unos asientos desocupados de la mesa, que seguramente estaban reservados para ellos. Se sentaron al instante, y lo mismo hizo Lupin, pero no junto a ellos, sino al lado de Tonks.

–¿Estás segura que dijo que vendría? –inquirió la profesora McGonagall, dirigiéndose a Tonks.

–Muy segura –respondió de inmediato–, dijo que no se perdería esta reunión por nada del mundo.

–Pues me temo que si no se apresura, se la perderá de todos modos –dijo McGonagall–, no debemos perder tiempo.

Harry miró a su alrededor, mientras escuchaba que los otros magos conversaban entre sí. Odiaba esa casa. Si de él hubiese dependido, nunca en su vida hubiera vuelto a pisar ese lugar. Pero la cuestión era que Grimmauld Place seguía siendo el cuartel de la Orden, y dado que tanto él, como Ron y Hermione, eran mayores de edad, ya no se les impediría estar presentes en las reuniones. Esa debía ser la razón por la que los habían llevado ahí. En cuanto a Ginny, tal vez el señor Weasley había pensado que ya no tenía ningún caso ocultarle nada. De cualquier forma, ella se enteraría por medio de Ron, o de los gemelos, o de Hermione, o del mismo Harry. Ya no tenía ningún sentido tratar de ocultarle la información.

–No podemos esperar más –dijo exasperada la profesora McGonagall–. Estamos perdiendo tiempo valioso. Empezaremos sin ella. Remus¿serías tan amable de impasibilizar la puerta, por favor?

–Por supuesto –contestó el mago mientras se levantaba y se dirigía a la puerta. Pero justo en el exacto momento en que Lupin sacó su varita, el timbre de la casa resonó prolongadamente. Al instante, los ensordecedores gritos del retrato de la señora Black se dejaron oír por toda la casa.

Remus abandonó rápidamente la cocina. Unos cuantos minutos después, los gritos cesaron y el silencio envolvió a la casa nuevamente. Nadie habló, simplemente esperaron en silencio a que Remus volviera junto con la persona que había tocado el timbre, que probablemente sería Liza. Segundos después, el sonido de dos pares de pasos se hizo audible, hasta que finalmente, Remus cruzó la puerta y se hizo a un lado, para que alguien más pasara. En su rostro había una expresión de asombro e incredulidad.

Una bruja joven y muy bonita, de cabello negro, se detuvo en el umbral de la puerta, y los analizó a todos con sus intensos ojos negros. Era Liza. Aún llevaba su capa de viaje negra y su sombrero inclinado.

Sin embargo, nadie se fijó en su vestimenta. Todos estaban mirando el hombro derecho de la joven; algunos incluso tenían la boca abierta. Sobre su hombro derecho se encontraba posado un majestuoso pájaro carmesí, que tenía la cola dorada, tan larga como la de un pavo real, y brillantes garras doradas. Era un fénix.

Fawkes –murmuró Harry inconscientemente, aunque no estaba seguro de que se tratara del mismo fénix. No podía ser.

–Buenos días –saludó Liza con una amable sonrisa–, espero que disculpen mi tardanza.

Nadie dijo palabra alguna, todos estaban muy ocupados contemplando al fénix. De pronto la profesora McGonagall recordó que tenían una reunión por comenzar, así que dijo:

–Bueno, tú debes ser Liza, siéntate por favor. Estábamos a punto de empezar.

Liza asintió y se sentó al final de la mesa, junto a los Weasley. El fénix voló de su hombro y se posó en el viejo aparador en donde se guardaban los platos. Remus impasibilizó la puerta y volvió a su lugar, junto a Tonks.

–Muy bien –comenzó la profesora McGonagall con su tono de sermón–, ya que estamos todos, empezaré esta reunión con un aviso: Después de pensar mucho sobre el asunto, los integrantes de la Orden del Fénix y yo, hemos decidido que Harry Potter, Hermione Granger, y Ronald y Ginevra Weasley, pueden pertenecer a la Orden. Si así lo desean, claro está.

Los nombrados no dijeron nada, simplemente se miraron entre sí.

–Nos dimos cuenta de que ya no tenía ningún caso tratar de mantenerlos fuera de esto –dijo Lupin con calma.

–Y preferimos que trabajen con nosotros, a que trabajen por su cuenta –terció el señor Weasley.

Los aludidos permanecieron en silencio, pero esta vez mirando a todos y cada uno de los magos y brujas que allí estaban.

–¿Y bien? –urgió la profesora McGonagall–¿aceptan o no?

–Sí –contestaron Harry y Ginny sin titubear.

–Por supuesto –respondieron Ron y Hermione a coro.

Una breve sonrisa se dibujó en los labios de la profesora McGonagall, pero rápidamente volvió a su expresión severa para continuar hablando:

–Deben saber que al aceptar ser parte de la Orden, están obligados a aportar toda la información que crean de utilidad.

Harry ya sabía a qué punto quería llegar la profesora con aquella advertencia. Quería que él dijera todo lo que había estado haciendo con Dumbledore en el año anterior, y más aún, quería que dijera adónde había acompañado al director, la noche en que éste había muerto. Pero él no diría nada, Dumbledore le había ordenado que no hablara sobre eso con nadie (excepto con Ron y Hermione), y no hablaría.

–Harry¿entiendes esto? –le preguntó la profesora McGonagall sin rodeos.

–Sí –respondió en seguida.

–Entonces¿nos dirás lo que tú y el profesor Dumbledore fueron a hacer, la noche en que él murió?

–No.

Un murmullo general recorrió toda la mesa. Todas las miradas estaban fijas en Harry.

–Pensé que habías entendido, Potter –replicó fríamente la profesora McGonagall.

–Y lo hice profesora –se defendió–, pero ya se lo había dicho una vez, y si es necesario, se lo diré una vez más: el profesor Dumbledore no quería que yo le diera esa información a nadie.

–Harry, Dumbledore lleva muerto más de un mes –intervino Lupin–¿no crees que ya es conveniente…

–… que ignore sus órdenes? –lo interrumpió con brusquedad–. No, no creo que ya sea conveniente.

Y dicho esto, se cruzó de brazos y se recargó en su silla, determinado a no decir nada. Algunos de los ahí presentes lo veían con rabia, otros con asombro, y otros más con decepción. Sin embargo, Liza le estaba sonriendo, como si estuviera… ¿orgullosa de él? Él se estaba negando a hablar¿y ella se sentía orgullosa por eso? No, no podía ser. ¿O sí?

–Muy bien –murmuró resignada la profesora McGonagall–, de acuerdo. No digas nada. ¿Alguien a conseguido pistas sobre cuál va a ser el próximo blanco de los mortífagos? –continuó, como si nunca le hubiera preguntado nada a Harry.

Nadie habló.

–Nada –dijo la profesora terriblemente decepcionada.

–Bueno, era de esperarse –replicó Ojoloco–, ya no tenemos a ningún espía infiltrado que nos pase la información.

Hubo un murmullo general de asentimiento.

–Pero al menos debemos tener una estrategia –farfulló Horace Slughorn.

–¿Y cómo sugieres que la hagamos? –inquirió Ojoloco de mala gana.

Ambos hombres se miraron fijamente, mientras una gran tensión caía sobre la cocina.

–Podríamos cuidar puntos estratégicos –aconsejó Liza, quien hasta ese momento, sólo había estado escuchando.

–¿Qué? –preguntó la profesora McGonagall al otro extremo de la mesa.

Todos los pares de ojos se fijaron en la joven.

–Podríamos cuidar puntos estratégicos –repitió con calma–. No sabemos con certeza cuáles son los lugares que podrían ser atacados, pero somos suficientes como para cuidar todos esos lugares; así que podríamos dividirnos y vigilar.

–¿Y si los mortífagos aparecieran? –preguntó Lupin.

–Podríamos pedir refuerzos entre nosotros mismos y enfrentarlos.

–No sabes lo que dices, niña –espetó Ojoloco–. Tú no sabes cómo funcionan las cosas en la Orden, nunca has participado.

–Sé que durante mucho tiempo, la Orden del Fénix se ha encargado de defender –dijo la joven sin inmutarse por el comentario del mago–. Ya es hora de que seamos nosotros los que ataquemos.

–¿Y QUIÉN DEMONIOS TE CREES TÚ PARA HACER ESE TIPO DE SUGERENCIAS? –estalló furioso, levantándose de su asiento–. ¡NI SIQUIERA TE CONOCEMOS¿CÓMO PODEMOS CONFIAR EN TU JUICIO?

–¡Alastor, por favor! –exclamó la profesora Mcgonagall también poniéndose en pie.

–No profesora –dijo Liza apaciguadora–. Él tiene razón, no puedo esperar que confíen en mí, si ni siquiera saben quién soy.

Harry la miró incrédulo. ¿Cómo era posible que estuviera tan tranquila después de todo lo que Ojoloco le había gritado¿Cómo podía conservar la calma?

–Si me lo permite profesora, quisiera presentarme formalmente ante todos, tal vez así puedan comenzar a confiar en mí.

La profesora McGonagall la miró azorada, pero luego dijo:

–Por supuesto Liza. Claro.

Lentamente, la bruja volvió a sentarse, y lo mismo hizo Ojoloco. Liza simplemente se levantó de su asiento. No fue necesario que se moviera de lugar, pues desde donde estaba, todos podían verla sin dificultad alguna.

En cuanto la joven se levantó, el fénix voló del viejo aparador y se posó suavemente en su hombro derecho, con cierto signo protector y aprobatorio, y entonces comenzó a emitir una lenta melodía que provocó un profundo escalofrío en todos los ahí presentes. La muchacha los miró sin decir nada. En sus ojos negros se veían una calma y una paz inexplicables. No estaba alterada en lo absoluto.

Colocó sus manos sobre el respaldo de su silla, y algo reluciente en su mano llamó la atención de Harry. En su dedo corazón llevaba puesto un largo anillo de oro, ornamentado con una pesada piedra negra que estaba resquebrajada exactamente por la mitad. Harry miró el anillo boquiabierto. Ese era… ese era el anillo de Voldemort. El mismo anillo por el que Dumbledore casi había perdido su mano derecha, el mismo que antes había sido un "Horcrux", y que ahora no era más que una joya.

Pero antes de que pudiera decir nada, Liza comenzó a hablar:

–Creo que empezamos con el pie izquierdo –dijo con una sonrisa en los labios–. Lo primero que debí haber hecho en cuanto entré era presentarme. Disculpen mi falta de modales.

Guardó un instante de silencio, contemplando los rostros que la veían expectantes. El fénix continuaba con su enigmático canto.

–Mi nombre es Elizabeth –continuó, con la sonrisa aún dibujada en su rostro–. Elizabeth Dumbledore.