Capítulo 5.
Hija ilegítima
Ningún mago o bruja dijo palabra alguna. Todos estaban anonadados por lo que acababan de oír.
–Pero pueden llamarme Liza –prosiguió la joven, como si no se hubiera dado cuenta de que lo que acababa de decir era algo totalmente inesperado–. Así me llamaba mi padre.
–¿Tu padre? –repitieron algunos, pero no dijeron nada más.
Después de unos segundos de estar sumidos en esa incertidumbre, Liza continuó, sonriente:
–Por lo que veo, al presentarme respondí una pregunta, pero en su lugar se crearon muchas otras. Creo que lo conveniente es que todo aquel que tenga alguna pregunta, la externe, y yo la responderé con todo gusto.
Nadie preguntó nada. Eran tantas las cosas que querían preguntar, que no sabían por dónde comenzar. Finalmente, Harry fue el que preguntó lo que todos querían saber:
–¿Qué relación había entre tú y Albus Dumbledore?
Los integrantes de la Orden del Fénix dirigieron sus miradas expectantes hacia la joven, conteniendo el aliento.
–Albus Dumbledore era mi padre.
–Eso no puede ser –negó la profesora McGonagall al instante.
–¿Por qué no profesora? –preguntó Liza amablemente, sin borrar su sonrisa.
–Porque él no pudo haber tenido una hija de tu edad –le respondió de inmediato–. Eres demasiado joven.
Liza miró en silencio a la profesora McGonagall, pero no se veía molesta. Por el contrario, su sonrisa se ensanchó más con el comentario de la bruja.
–Usted, mi querida profesora, es justo como mi padre la describió: inteligente y observadora. No se le escapa nada.
Un ligero rubor enmarcó las mejillas de la profesora McGonagall.
–Tiene toda la razón, Minerva McGonagall, toda la razón. Albus Dumbledore no era…¿cómo decirlo?…, no era…, mi padre biológico. Él me adoptó el mismo día en que nací. Pero a pesar de ser mi padre adoptivo, siempre me trató como si él mismo me hubiera engendrado. No me menospreció por el hecho de no llevar su sangre, ni mucho menos, por llevar la sangre que llevo en las venas. Yo fui su hija, y él mi padre, y no hay nada más que decir sobre eso.
Nadie la contradijo. En realidad, permanecieron sumidos en el silencio, digiriendo lo que acababan de saber. En aquel momento, sólo el canto de Fawkes era todo lo que se podía oír.
–Creo que eso también responde a la pregunta del por qué Fawkes está sobre mi hombro derecho –agregó con naturalidad.
–Pero¿cómo fue que Dumbledore terminó haciéndose cargo de ti? –preguntó Horace Slughorn de repente–. ¿Dónde están tus padres?
–Mi madre murió después de darme a luz –explicó con cordialidad–. Pero usted la conoció muy bien, Horace Slughorn. Usted fue su maestro de pociones.
–¿Quién era tu madre? –inquirió el mago.
–Rina Blair –contestó, y varios miembros de la Orden comenzaron a murmurar entre sí.
Harry no entendía por qué murmuraban, y mucho menos entendía por qué lo observaban a él.
–Rina Blair –repitió Lupin, azorado–. ¿La misma Rina Blair que era…
–… prima de James Potter? –Liza terminó la pregunta por él–. Sí, esa misma.
–¿Prima de…, de mi papá? –repitió Harry incrédulo–¿mi papá tenía una prima? –preguntó con reproche.
–Todos tenemos primos Harry –dijo Liza–, el único detalle aquí, es que tú no sabías sobre mi madre.
–Pero…, pero dijiste que ella se apellidaba Blair¿cómo…
–Tu abuelo era hermano de mi abuela –lo interrumpió, contestando a su pregunta antes de que la formulara–. Cuando tus abuelos se casaron, el apellido Potter continuó descendiendo hasta llegar a ti; mientras que mi abuela perdió su apellido para adoptar el de mi abuelo: Blair.
Harry estaba anonadado. ¿Cómo era posible que nunca nadie hubiera hecho ni la más mínima mención sobre esta misteriosa prima de James Potter, si era obvio que la habían conocido?
–¿Por qué nadie me dijo nada? –inquirió fríamente–¿por qué nunca me hablaron de ella?
–Harry, es una situación un tanto complicada –respondió Lupin, evadiendo la mirada del muchacho.
–¿Complicada? –repitió Harry iracundo–¿por qué?
–Yo te diré por qué –dijo Liza con calma–. Porque resulta que mi madre se convirtió en mortífaga.
–¿Qué?
–Sí, Harry. Mi madre era seguidora de lord Voldemort, y no sólo eso, sino que ella era una de sus más cercanos servidores.
Harry clavó sus ojos verdes en la mesa y se aferró al borde de la misma, como si estuviera mareado. Estaba completamente pálido por la impresión.
–Además –continuó Liza pausadamente–, también está el hecho de que solamente Albus Dumbledore sabía de mi existencia. Supongo que nadie vio sentido alguno en decirte que el único pariente por parte de tu padre, que posiblemente estaba con vida, le había vuelto la espalda a su familia y a sus amigos, para unirse al enemigo. No es una noticia grata de oír.
Harry no dijo nada. Estaba asqueado. Todo aquello era demasiado. Además, la melodía de Fawkes comenzaba a irritarlo.
–Pero aún no has respondido a mi pregunta –replicó Slughorn repentinamente–. ¿Cómo fue que Dumbledore terminó haciéndose cargo de ti? Lo último que se supo de tu madre, fue que se había aliado con Quien-tú-sabes.
–Así es. Y fue en ese tiempo, cuando ella era mortífaga, que quedó embarazada de mí. Al enterarse de esto, se dio cuenta de que había errado su camino, y quiso reparar su error.
–Abandonó su modo de vida, desertó de los mortífagos, y fue a buscar a la única persona que, ella sabía, era capaz de esconderla de tal forma, que pareciera que la mismísima tierra se hubiera abierto y se la hubiera tragado viva. Fue a buscar a Albus Dumbledore. Él la recibió, la escuchó y la ayudó. La escondió de todos. Y después de nueve meses nací yo. Y fue en ese momento, justo antes de morir, que mi madre le hizo jurar a Albus Dumbledore que por ningún motivo me fuera a abandonar. Le hizo jurar que me cuidaría como si yo fuera su propia hija; pero sobre todo, le hizo jurar que me protegería de él, de mi padre biológico. Y Albus Dumbledore lo juró y lo cumplió.
Guardó silencio, mirándolos a todos. La sonrisa en sus labios se había borrado en el instante en que había comenzado a hablar de su madre.
–¿Cuántos años tienes? –inquirió de pronto la profesora McGonagall.
–20 años, profesora.
–¿Y dónde has estado todos estos 20 años? –cuestionó incrédula.
–Estuve con mi padre en Hogwarts, hasta que cumplí la mayoría de edad, hace tres años.
–¿Estuviste en Hogwarts? –repitió al instante la profesora Sprout.
–Así es, Pomona Sprout. Durante 17 años viví en el despacho de mi padre, en donde él mismo fue mi maestro. Me enseñó todo lo que sabía, (y debo decir que era bastante), y para antes de cumplir 17 años, él ya me había enseñado todo lo que se necesita para ser un auror altamente cualificado. Cuando cumplí la mayoría de edad, ingresé a la Orden del Fénix, y siempre recibí órdenes directas de mi papá.
Hizo una pausa para tomar un respiro, pausa que el profesor Flitwick aprovechó para hablar:
–Hay algo que no me ha quedado claro, jovencita¿por qué Dumbledore te ocultó de nosotros? Nosotros también te hubiéramos protegido.
–Antes que nada, Filius Flitwick, deben saber que mi padre los quiso mucho. Constantemente me decía que toda una vida no bastaba para convivir con tan extraordinarios brujos y admirables personas. Él creyó que los pondría en un grave peligro si se llegaban a enterar de mi existencia, y lo que menos quería era causarles algún tipo de daño. Quería protegerlos a ustedes también.
–¿Protegernos? –repitió la profesora McGonagall–¿de qué?
–De mi padre biológico. Recuerden que hace un momento les dije que mi madre hizo que Albus Dumbledore le jurara en el lecho de su muerte, que me protegería de mi padre biológico. También de él es de quien quiso protegerlos a ustedes.
–¿Y tú sabes quién fue él? –preguntó Tonks ansiosa–¿tú sabes quién fue tu verdadero padre?
–Por favor, Tonks. Mi verdadero padre fue, es, y siempre será Albus Dumbledore, no importa que no hayan existido lazos consanguíneos entre nosotros. Si al hombre al que te refieres, es al que me engendró y ni siquiera lo supo, entonces sí, sí sé quién fue.
–¿Y? –urgió Slughorn–. ¿Quién fue?
–¿Reconoce esto? –le preguntó la muchacha, al tiempo que levantaba su mano derecha, mostrando el anillo que llevaba puesto–. Esto perteneció a mi padre. Mi padre biológico, claro.
–No puede ser –murmuró Slughorn, totalmente aterrorizado.
–No solamente puede ser, sino que es –dijo Liza, volviendo a apoyar su mano en el respaldo de la silla–. El hombre que me engendró fue nada más y nada menos que Tom Marvolo Riddle.
Aquello sí que fue impactante. Por unos instantes, las mentes de todos los ahí presentes se quedaron totalmente en blanco, hasta que Harry comenzó a balbucear torpemente:
–T-tú…, tú…, e-eres…, hija de…
–… lord Voldemort –completó Liza como si eso fuera de lo más normal–. Sí. Su hija ilegítima.
–No. No –negó Harry incrédulo–. Eso no puede ser.
–¿Por qué te es tan difícil de creer, Harry? –le preguntó Liza, paciente–. Creo que todos sabemos que la característica principal de Voldemort no es el ser muy moral que digamos.
–¡Pero no es posible! –refutó el muchacho al tiempo que se levantaba de su asiento y se ponía a caminar de un lado a otro–. El mismo Dumbledore me dijo que Voldemort nunca había sentido ningún tipo de aprecio por nadie. Mucho menos había amado a alguien en toda su vida.
–Y yo no digo que él llegase a amar a mi madre alguna vez. Ella fue como…, como una cosa de su propiedad, un objeto que poseyó. Ella fue un trofeo y nada más.
–No –replicó Harry con terquedad–. No. ¡No puede ser¡No puedo aceptar que el único pariente vivo que me queda por parte de mi padre, desciende directamente de Voldemort! No puedo aceptarlo. No voy a aceptarlo.
–No tienes opción –le dijo Liza mientras se le acercaba lentamente–. No puedes cambiar lo que es, Harry.
Mientras hablaba, la joven extendió su mano (la mano en donde llevaba el anillo de Voldemort) para posarla sobre el hombro de Harry, en signo de apoyo, pero Harry la apartó de un golpe, haciendo que Fawkes detuviera bruscamente su canto y volara de vuelta al viejo aparador, guardando silencio. El sopor en el que todos habían estado sumidos se evaporó al instante.
–¡NO ME TOQUES! –gritó completamente fuera de sí–. ¡No quiero que me toques ni que te me acerques!
–¡Harry, tranquilízate! –exclamó Lupin, levantándose al instante, y caminando hacia el muchacho.
–¿Que me tranquilice¡No pueden pedir que me tranquilice¡No después de lo que acabo de oír!
Liza lo observaba completamente calmada. No parecía que le afectara en lo más mínimo el rechazo de su primo.
–De acuerdo Harry –dijo al fin, alejándose–, si no quieres que me acerque, no lo haré. Y si no quieres aceptarme como tu prima, no tienes por qué hacerlo. Pero el hecho de que no lo aceptes, no cambiará lo que es.
Harry no le respondió, ni siquiera la miró; y Remus aprovechó ese momento para arrastrar al chico de vuelta a su silla. Harry no opuso resistencia.
–De cualquier modo –continuó la joven al tiempo que se sentaba, pero esta vez no sólo dirigiéndose a Harry, sino también a la Orden–, tenemos cosas más importantes qué discutir. Como lo que encontraron mi padre y tú en aquella cueva.
Esta vez, el muchacho no pudo ignorar el comentario. Se levantó bruscamente de su asiento y avanzó deprisa hacia la joven. La tomó con fuerza por la muñeca derecha, obligándola a levantarse.
–¿Cómo sabes eso? –preguntó apremiante, apretando más la muñeca de ella–. ¡CÓMO?
–Mi papá me lo dijo –contestó sencillamente, sin quejarse siquiera por el dolor que Harry le provocaba.
–¡QUÉ?
–Lo que oíste. Pero creo que es importante que sepas que no me lo dijo, sino hasta el último momento. Él no traicionó tu confianza.
Harry la miraba, incrédulo.
–¿Sabes dónde estuvo mi padre la noche anterior a que partiera contigo a esa cueva? –Harry negó en silencio–. Bueno, pues estuvo conmigo. Supongo que de algún modo él sabía que su final se aproximaba, y quiso pasar esos momentos conmigo. Además, me dejó varios de sus recuerdos, con la instrucción de no verlos, a menos que le pasara algo a él, y entre esos recuerdos estaban todas las clases particulares que te dio durante tu sexto año.
–En cuanto a lo del asunto de la cueva, eso sí me lo dijo. Él quería que yo supiera adónde y con quién pretendía salir la noche siguiente, sólo en caso de que ya no nos volviéramos a ver. Es por eso que lo sé, lo sé todo.
Harry la miró en silencio. Entonces, no solamente Ron y Hermione sabían, había una persona más que lo sabía todo.
–¿Puedes soltarme, Harry? Me lastimas.
El muchacho la soltó al instante, aún con esa expresión de completo desconcierto en el rostro. La joven frotó su muñeca magullada, y abrió y cerró los dedos una y otra vez, de tal forma que la sangre volviera a irrigarlos.
–Escúchame Harry. Hoy demostraste una gran lealtad hacia mi padre al no querer revelar lo que él te pidió que no revelaras, estoy segura de que él estaría muy conmovido. Pero ya es tiempo de que los demás sepan. Eso es lo que mi papá quería: que la Orden del Fénix tuviera conocimiento de todo, para que así, pudieran ayudarte en lo que fuera necesario.
–¿Cómo lo sabes? –preguntó, agresivo–. ¿Cómo sabes que eso es lo que él quería¿Él te lo dijo?
–No –respondió Liza–, pero en uno de sus recuerdos, él me dio la orden de quitarte la carga tan pesada que llevas sobre tus hombros al guardar tal secreto. Él quería que le dieras esa información a cualquiera que te pudiera ayudar, porque solamente así, con la ayuda de otros, serías capaz de enfrentar tu destino, y salir victorioso. Eso era lo que mi papá creía, y yo también lo creo. Ya es tiempo de que realmente nos unifiquemos para alcanzar una meta en común.
Harry la miró fijamente. A pesar de todos los sentimientos encontrados que tenía para con Liza, no pudo evitar el estar de acuerdo con ella. Esa era la única forma de alcanzar la victoria.
–De acuerdo –dijo al fin, ya más calmado–. Les diré todo.
