Capítulo 6.

La marcha nupcial

–¡APRESÚRENSE NIÑAS¡EL TIEMPO SE NOS VIENE ENCIMA! Harry, cariño, no te pongas en medio del camino por favor, que ya es tarde.

La señora Weasley no paraba de caminar de aquí para allá. Ese era el día en que su hijo mayor contraería nupcias con la mujer que no lo había rechazado por lucir como lucía, sino que por el contrario, había dicho sentirse orgullosa de él.

–¡Ron¡RON! –La señora Weasley estaba un poco histérica–. Ve a ver a tu hermano y dile que tu padre ya lo está esperando.

Ron obedeció sin rechistar. En realidad, todo aquel alboroto era totalmente innecesario, pues desde hacía mucho que ya se había arreglado todo lo esencial para aquel día tan especial, y a decir verdad, no estaban atrasados con las actividades que habían marcado para ese día. Todo estaba saliendo de acuerdo al plan que tenían trazado. Pero como es costumbre, una madre siempre se altera en ese tipo de situaciones.

Harry salió de la cocina, caminando por el amplio jardín, y cuidándose de no manchar su túnica de gala, especial para la ocasión. Sabía que ayudaría más, no estorbando. Cuando el alboroto de la Madriguera se oía lejano, se detuvo y contempló el horizonte. Pensaba.

Habían pasado ya tres semanas de aquella fatídica reunión, en la que finalmente Harry había accedido a hablar con la Orden sobre lo sucedido el día en que Dumbledore había fallecido; sobre lo sucedido en la cueva, y sobre los "Horcruxes" y el pasado de Voldemort. Pero esa no había sido su única reunión; después de aquel día, habían ido a Grimmauld Place por lo menos tres veces por semana. Fue en una de esas reuniones, que el personal docente de Hogwarts había decidido que si un solo alumno deseaba volver al colegio, éste permanecería abierto para él. Hasta ese momento todavía continuaban leyendo las respuestas de las familias de todo el alumnado, a pesar de que se encontraban a una semana del uno de septiembre. Hasta donde Harry sabía, todas las respuestas habían sido negativas. Nadie quería volver, y no pudo culparlos, dado que ni él mismo tenía contemplado regresar. Él tenía que continuar con su misión.

Suspiró hondamente y pensó en la Orden del Fénix, y en lo mucho que intentaban ayudarle, pero contrario a lo que Dumbledore había creído que sucedería, la verdad era que el que los integrantes de la Orden supieran todo lo que Harry sabía, no les estaba sirviendo de mucho. Durante esas tres semanas, habían tratado de investigar más sobre los "Horcruxes" y sobre el pasado de Voldemort, pero no habían encontrado nada relevante. Estaban estancados, y finalmente, Harry había llegado a la conclusión de que la única forma de encontrar los "Horcruxes" restantes, era buscando en los lugares que Dumbledore ya le había mostrado. Los lugares que fueron significativos para Voldemort.

En la última reunión en Grimmauld Place, se había encargado de dar a conocer a todos la conclusión a la que había llegado, pero casi todos los miembros de la Orden habían estado en desacuerdo, pues creían que buscar los "Horcruxes" guiándose por la poca información que poseían era una pérdida de tiempo, ya que sus posibilidades de encontrar los objetos guardianes del alma de Voldemort eran casi nulas. Los únicos que habían apoyado su idea habían sido sus amigos y, para disgusto de Harry, también Liza.

Su prima había estado presente en todas las reuniones, pero no habían vuelto a cruzar palabra el uno con el otro. No habían tenido tiempo para hablar; además, Harry hacía todo lo posible por evitar un acercamiento con Liza. Aún estaba un poco confuso con respecto a ella.

Pero estaba seguro de que aquel día no tendría tan buena suerte. Toda la Orden del Fénix había sido invitada a la boda de Bill y Fleur, pero como no podían darse el lujo de abandonar sus puestos de vigilancia, sólo unos pocos asistirían al gran evento, (los más cercanos a la familia), y entre ellos figuraba el nombre de Liza. Harry sabía perfectamente que tendría que enfrentarla, no podía continuar evitándola por el resto de su vida.

–¡Harry¡HARRY! –La voz de Ron lo sacó de sus pensamientos. Miró a su alrededor y vio que su amigo se precipitaba hacia él. También llevaba puesta una túnica de gala (la misma que Fred y George le habían regalado porque Harry así se los había pedido, sólo la habían modificado un poco para adecuarla a la estatura del pelirrojo)–. Harry…, espera…, un segundo –balbuceó mientras apoyaba sus manos en las rodillas, e inhalaba profundas bocanadas de aire–. Ya está –anunció al tiempo que se enderezaba–. Es hora de irnos, nosotros nos adelantaremos junto con Bill, y después nos darán alcance las mujeres junto con Fleur.

–Bien.

Ambos amigos caminaron a lo largo del jardín, hasta que se reunieron con los hombres de la familia Weasley. El señor Weasley, que llevaba una túnica de gala azul rey, se veía nervioso, pero sin duda estaba más calmado que su esposa. Charlie Weasley, el segundo hermano mayor de la familia, había viajado desde Rumania, sólo para asistir a la boda de su hermano mayor. Estaba envuelto en una túnica de color azul marino.

Los gemelos Fred y George no estaban ahí. Su madre les había pedido de favor que ayudaran a acomodar a los invitados en sus lugares correspondientes, y dado que la señora Weasley podía ser muy peligrosa en un estado de nervios como en el que se encontraba, decidieron que lo mejor era no negarse. Harry los había visto marcharse una hora antes, cuanto la tarde apenas comenzaba, y no habían regresado. En cuanto a Percy, la señora Weasley le había mandado una invitación (pese a que Bill no quería ni siquiera verle la cara a su hermano), pero nunca recibieron la confirmación o negación de su asistencia a la boda, y a decir verdad, nadie esperaba que se presentara.

Conforme la fecha se acercaba, Harry había visto que todos a su alrededor comenzaban a ponerse nerviosos, todos excepto Bill Weasley. Harry lo había notado tranquilo, incluso relajado; y eso era bastante sorprendente, considerando que uno no se casa todos los días. Sin embargo, en aquel preciso momento, antes de partir al lugar en donde se efectuaría la boda, Harry supo que si cabía la posibilidad de que alguien estuviera más nervioso que la señora Weasley, ese sin duda era Bill. Contrario a los días anteriores al suceso, el muchacho se veía ligeramente verde, y parecía que vomitaría en cualquier momento. Su túnica de gala negra sólo lo hacía lucir más pálido.

–Bueno –dijo el señor Weasley–, vámonos.

El pequeño grupo emprendió la marcha con paso enérgico. La boda se efectuaría al aire libre, en un claro del bosque cercano. Bill y Fleur lo habían decidido así. Después de unos minutos de caminata, llegaron. Todo estaba listo: las flores, el altar, los invitados… Todo era como tenía que ser. Bill avanzó con paso decidido hacia el altar, en donde se dispuso a esperar.

Harry miró a su alrededor. En un lado del altar se encontraban rostros conocidos, como el de Hagrid, Tonks y Lupin (los cuales iban vestidos especialmente para la ocasión, incluso Tonks había cambiado el color de su cabello: en lugar del rosa chicle que tanto le gustaba, había optado por un tono castaño claro, que la hacía lucir demasiado normal, o al menos, eso fue lo que Harry pensó), además de otros integrantes de la Orden del Fénix; y en el otro, estaban sentados magos y brujas que Harry no había visto jamás. Debían ser los invitados de Fleur. A la única persona que reconoció de aquel lado del altar fue a Madame Maxime, que destacaba por sobre la multitud.

Harry se sentó junto con Ron en el lugar que le indicaron los gemelos (quienes llevaban unas llamativas túnicas anaranjadas): en las filas delanteras, las filas para la familia más cercana.

Una vez sentados, lo único que les quedaba era esperar. Se podían escuchar murmullos de conversaciones apagadas. Bill trataba de relajarse hablando con su padrino de bodas (un antiguo amigo de la escuela, según sabía Harry), pero no parecía conseguirlo. Y Harry entendía perfectamente por qué no lo lograba, pues todo aquel barullo era como para volver loco al mago más cuerdo.

–¿Dónde están? –preguntó Ron a su lado, totalmente impaciente y mirando hacia atrás.

Harry también dirigió su vista hacia atrás, sólo para contemplar el justo momento en que Liza llegaba al lugar. Llevaba una elegante túnica escarlata, que resaltaba aún más la delicadeza de sus facciones. No llevaba su usual sombrero puntiagudo; en su lugar, se había recogido su ondulado cabello negro en un elegante moño, dejando caer unos caireles sobre su rostro. Harry pensó que se veía radiante, y después sintió náuseas, pues él sabía perfectamente que esa belleza y ese porte, los había heredado de Voldemort. Siendo un hombre tan guapo como el que alguna vez había sido, era obvio que su hija tenía que ser muy bonita.

La joven saludó sonriente a los gemelos, y después, fue escoltada por Fred hasta el asiento que le correspondía, al lado de Hagrid, Lupin y Tonks, quienes la recibieron con un caluroso saludo y una gran sonrisa. Hagrid incluso la abrazó efusivamente, como si se tratase de alguien que él quisiera mucho. Harry sintió que una terrible decepción lo invadía. ¿Cómo era posible que trataran así a la hija de Voldemort¿Qué acaso no se daban cuenta de que no se podía confiar en ella?

–Creo que es una buena persona –murmuró Ron, también observando a Liza.

–¿Qué? –preguntó Harry incrédulo y mirando a su amigo fijamente.

–Que creo que es una buena persona –repitió Ron despacio–. Es cierto que está ese asunto de que es hija de Voldemort y todo eso, pero no fue educada por él, sino por Dumbledore, y ella misma dijo que consideraba a Dumbledore como su verdadero padre. Además, creo que si Dumbledore la crió, no puede ser mala.

Harry dirigió la vista nuevamente hacia Liza, cavilando. Ron tenía razón; Liza había sido educada como la hija de Albus Dumbledore, y así era como se comportaba. Pero a pesar de que Harry entendía perfectamente eso, no le resultaba fácil olvidar quién había engendrado a su prima. ¿Cómo sería capaz de ignorar el hecho de que ella descendía directamente de lord Voldemort? No se creía capaz de ignorar ese "minúsculo" detalle.

Y justo en ese momento, mientras Harry estaba absorto en sus pensamientos, Liza dirigió su mirada al frente, hacia el altar, y por una mínima fracción de segundo, sus ojos negros se encontraron con los ojos verdes de Harry, pero al instante, el muchacho volvió el rostro hacia el frente, evadiendo el contacto visual con su prima.

Sin embargo, algo extraño había sucedido. Harry no sabía cómo ni por qué, pero en el preciso momento en que sus ojos y los de Liza se conectaron, él vio cosas. Durante la fracción de segundo en que ambos se habían mirado fijamente, Harry vio imágenes de Dumbledore y de una Liza más joven. Por lo que pudo ver, estaban estudiando en el despacho del director. Fue precisamente por eso que Harry había roto el contacto visual, pues pensó que si él de alguna forma podía ver recuerdos de su prima, entonces lo más lógico era que Liza pudiera ver los recuerdos de él. La pregunta era, qué había visto ella.

Pero a pesar de que a Harry le hubiera encantado continuar con sus suposiciones con respecto a los recuerdos que inconscientemente podía haberle mostrado a su prima, sus pensamientos se vieron bruscamente interrumpidos, pues justo en aquel momento, Hermione llegó y se sentó junto a ellos. Llevaba una fina túnica de color lila, y se había recogido el cabello en una elegante coleta.

–¡Al fin! –exclamó Ron con un suspiro–. Se estaban tardando mucho y…

–Ya terminaron de leer las cartas –lo interrumpió con voz temblorosa.

–¿Qué cartas? –preguntó desconcertado.

–Las cartas de las familias del alumnado de Hogwarts –contestó impaciente–. Acaban de leer la última carta.

–¿Cómo lo sabes? –inquirió Ron.

–Porque antes de que saliéramos de tu casa, Ojoloco se comunicó con tu madre por la chimenea.

–¿Y? –urgió Harry–. ¿Qué pasará con Hogwarts?

–No abrirá –dijo Hermione con un hilo de voz–. Todas las respuestas fueron negativas. No hubo ni siquiera una sola carta en la que dijeran que deseaban regresar al colegio. Ni una sola.

Aquella noticia no sorprendió a Harry. Era algo que ya esperaba, pero aún así sintió que una oleada de tristeza inundaba su pecho. Sin duda, aquello no era lo que Dumbledore hubiera deseado para su escuela. Pero tampoco podían obligar a los padres a que permitieran regresar a sus hijos. Era un asunto que estaba totalmente fuera de sus manos.

–Vaya –dijo Ron, y fue todo lo que pudo decir después de escuchar tan triste noticia, pues no pudieron continuar hablando sobre eso, ya que en aquel preciso momento, una melodía comenzó a sonar y las damas de la novia desfilaron hacia el altar.

Primero pasó una linda niña de cabello rubio platinado, de no más de once años. Se trataba de Gabrielle, la hermana de Fleur. Llevaba un vestido de un pálido dorado muy delicado, que realzaba la belleza innata que poseía. La misma belleza que poseía su hermana. Después, pasó Ginny. Harry supo en el instante mismo en que la vio caminar hacia el altar, que nunca sería capaz de recordar cómo era el vestido que Ginny estaba usando, o el peinado que llevaba; sólo supo que siempre recordaría que aquel día, Ginny se veía hermosa.

–Harry, levántate –le susurró Hermione mientras tiraba de la manga de su amigo.

Se puso en pie al instante, un poco desconcertado. Miró a su alrededor. Todos se habían levantado justo en el mismo momento en que Fleur hacía su majestuosa entrada, y comenzaba a caminar hacia el altar. Avanzó con paso lento, hasta que finalmente llegó al lado de Bill, y juntos se pararon frente al altar. En ese momento, todos se sentaron.