Hola. Soy aego, autora de esta historia que me hacen favor de leer. Antes que otra cosa, quiero ofrecerles la más grande de las disculpas, porque desde el capítulo uno, no les había escrito ni un solo comentario, o un agradecimiento, así que espero que me disculpen. Bueno, voy a aprovechar este momento para agradecer a rochy true, a Wilhelmina Gaunty a MaClau-Hurv's, por ser las únicas tres personas que me han escrito. De veras, sólo porque ustedes me escriben, yo continúo poniendo mi fan fic en esta página.

Y bueno, antes de poner el capítulo, estoy obligada a hacerles una pequeña aclaración: Todos aquellos que esperaban leer en este capítulo algo sobre la ceremonia religiosa, me temo que se llevarán una tremenda decepción, porque decidí no mencionar nada al respecto. Pero antes de que la furia los invada, voy a explicarles mis razones para omitir semejante evento.

Pues la verdad, es muy simple: Como muchos seguramente deben saber, en Inglaterra, las religiones quetienen mayor augeson la Católica yla Anglicana. Pues bien, yo soy católica, y como tal, he asistido a bodas católicas, pero el problema radica en que yo no sé de qué religión es Jo Rowling, o qué religión profesan sus personajes; sin olvidar el detalle de que no tengo ni la más remota idea de cómo es una boda anglicana (sé que no es muy diferente a una católica, pues la religión Anglicana es la que más se asemeja a la Católica). Es por eso que mejor decidí no meterme en líos de credo, y no mencionar nada con respecto a la boda.Espero que no les moleste queme haya tomado esas libertades.

Aclarado este punto, ya no los aburro más. Aquí está el capitulo, y espero sus comentarioscon ansia. arrocillo!

Escrito por aego, con la colaboración especial de leyno

Capítulo 7.

Haciendo las paces

–¡Salud! –gritó la pequeña multitud a coro.

Era el tercer brindis que hacían. Después de la ceremonia, habían regresado al jardín de los Weasley, para saborear el banquete de la boda. Una alegría desbordante embriagaba el ambiente. En aquel momento, varias parejas estaban bailando en la pista de baile que el señor Weasley había improvisado, mientras que los demás estaban sentados alrededor de la larga mesa de madera, comiendo y charlando. Harry estaba sentado completamente solo, pues Ron y Hermione estaban bailando (para asombro de Harry y de Hermione, Ron se había armado de valor, y la había invitado a bailar), y él (Harry) no se atrevía a acercarse a Ginny para invitarla. La ocasión era perfecta, pero no quería perder determinación.

–¡Harry¿Qué haces aquí solo? –Hagrid se le acercó sonriente–. ¿Por qué no estás bailando?

–No tengo con quien –respondió lacónicamente.

–¿Y qué hay de Ginny? –le preguntó mientras lo observaba atentamente–. He notado que estás muy distante con ella.

–Es por la seguridad de ella –dijo al instante–. No quiero que le pase nada.

Ambos guardaron silencio. Harry pensó que probablemente escucharía una reprimenda por parte de Hagrid, una vez que éste se hubiese enterado de la decisión que había tomado con respecto a Ginny, pero no le dijo nada. A decir verdad, un incómodo silencio los envolvió, un silencio poco común entre ellos.

–Bueno Harry –dijo Hagrid repentinamente–. Me tengo que ir. Le dije a Olympe que iría por bebidas, debe de estar esperándome.

–Claro –repuso el muchacho, tratando de sonar comprensivo–. Nos vemos.

Y con una última mirada analítica, Hagrid se fue, dejándolo nuevamente solo, sumido en sus pensamientos. Inconscientemente dirigió la vista hacia la pista de baile. Además de Bill y Fleur, había otra pareja que estaba muy cariñosa. Se trataba de Tonks y Remus Lupin. Al parecer, finalmente el mago se había dado cuenta de que no podía permitirse el dejar escapar la oportunidad de tener una vida feliz, y Harry no pudo evitar pensar que su antiguo profesor se merecía esa oportunidad. Bailaban con mucha soltura, lo que sorprendió a Harry, pues él sabía de sobra que Tonks era un poco torpe. Tal vez había ensayado para poder hacerlo bien.

En el otro extremo de la pista, Ron y Hermione bailaban como en un sueño. Harry se sintió contento por sus amigos, pues él bien sabía que ambos se gustaban desde hacía ya mucho tiempo, y ya era hora de que admitieran sus sentimientos. Sin embargo, en una pequeña parte de su ser, una profunda tristeza se hizo presente. Él nunca podría estar con Ginny. Nunca.

Se levantó de su asiento, y sin que nadie lo viera, se alejó un poco de la fiesta. No quería que su repentina depresión les arruinara la celebración a los recién casados. Caminó con paso lento por el amplio jardín, y cuando creyó que estaba lo suficientemente lejos de la celebración, se sentó a contemplar el atardecer. La hierba estaba húmeda, y un repentino escalofrío recorrió su espina dorsal, pero una vez que se hubo acostumbrado a la humedad, el escalofrío cesó.

–Hola Harry.

Una voz a sus espaldas hizo que diera un salto involuntario de sorpresa. Se giró para ver quién lo había saludado, y se encontró de frente con quien menos quería hablar. Era Liza. Se miraron en silencio por unos cuantos segundos. Tal vez Liza estaba esperando alguna respuesta por parte de Harry, pero él no le devolvió el saludo. A decir verdad, ni siquiera emitió sonido alguno, así que la joven continuó hablando:

–Te vi aquí solo y pensé que tal vez querrías un poco de compañía. –Harry no contestó–. No tenemos que hablar si no quieres, podemos sólo sentarnos uno al lado del otro y…

Guardó silencio, y esta vez Harry estaba seguro de que Liza esperaba una respuesta, pero él no dijo nada.

–De acuerdo –dijo ella repentinamente–. Ya me voy. Perdona si te molesté.

Y dicho esto, giró sobre sus pies y emprendió la marcha de regreso a la fiesta.

–Espera –dijo Harry, sin siquiera saber por qué había dicho eso.

Liza se volvió hacia él y lo observó fijamente. En ese momento Harry entendió por qué la había llamado. Finalmente había comprendido que no podía culpar a Liza por descender de quien descendía. Además, ambos eran familia, y en esos momentos, una familia era lo que más necesitaban.

–Creo que me vendría bien un poco de compañía –dijo finalmente.

Liza le sonrió, y con la gracia de una niña pequeña, se sentó a su lado, sin importarle que su elegante túnica se manchara por la humedad.

–Fue una gran boda¿no te parece? –preguntó Liza, sonando muy contenta.

–Eso creo –contestó Harry, no muy seguro de que su respuesta fuera válida, pues él no tenía otra "gran boda" con la qué comparar la que acababa de presenciar.

–Van a ser muy felices –sentenció la muchacha.

–¿Cómo lo sabes? –inquirió Harry al instante.

–Ellos decidieron unir sus vidas a pesar de los malos tiempos. Van a encontrar fortaleza y seguridad en su unión, y eso los hará felices. Se volverán indispensables el uno para el otro.

–Pero¿eso no los hará vulnerables?

–Por supuesto, pero también los hará invencibles.

Harry guardó silencio. Sin duda, hablar con Liza era como hablar con Dumbledore, puesto que no entendió del todo lo que la chica le acababa de decir. ¿Cómo podían ser vulnerables e invencibles a la vez? El sol se ponía lentamente en el lejano horizonte, tiñendo el cielo de rojo intenso, y Harry pensó que era un color muy similar al del cabello de Ginny. Tal vez algún día, ellos también podrían ser felices, justo como Bill y Fleur.

–Oí que Hogwarts no abrirá este año –dijo Harry después de un prolongado silencio.

–Así es –confirmó Liza, sin siquiera preguntar cómo se había enterado–. Era inevitable. Las familias prefieren mantenerse unidas, es lógico.

–Tu padre no hubiera querido que el colegio cerrara. Él quería mucho a Hogwarts.

–Eso es cierto, pero estoy segura de que sabes que para él siempre estuvo primero la seguridad de sus alumnos. Puedo asegurarte que si mi papá hubiera sabido que sus estudiantes peligraban, hubiera cerrado el colegio sin pensarlo dos veces.

Y Harry no pudo negar aquello, pues exactamente la misma noche en que Dumbledore había muerto, había demostrado lo preocupado que estaba por la seguridad de sus alumnos. Eso lo había conducido a la muerte.

–¿Cómo fue? –preguntó Harry luego de un rato.

–¿Qué?

–Tener a Albus Dumbledore como padre¿cómo fue?

Liza meditó por unos instantes, y después dijo:

–Fue lo mejor que me pudo haber pasado en la vida. Él era…, extraordinario. Siempre me sentí muy afortunada por ser su hija.

–¿Y nunca sospechaste…, nunca sospechaste que él no era tu padre biológico?

Una nostálgica sonrisa se dibujó en los labios de su prima.

–Siempre supe que él no me había engendrado; como la profesora McGonagall dijo, yo era demasiado joven como para ser su hija, pero la verdad es que nunca tuve el valor para preguntárselo. Creo que no quería escucharlo decir que efectivamente no había un lazo consanguíneo que nos uniera. Su amor era lo único real que poseía, y no quería mancharlo con desconfianzas. Además, también sabía que cuando él considerara que ya estaba lista para escuchar la verdad, me la diría sin excusa.

–¿Y cuándo fue eso?

–Hace tres años. Tenía tu edad en ese entonces, y tú tenías 14 años. Estoy segura de que recuerdas qué pasó cuando ibas en cuarto año.

–Fue el Torneo de los tres magos –respondió al instante–, y también fue el tiempo en que Voldemort recuperó su cuerpo y sus poderes.

–Precisamente. Mi padre me dijo la verdad la misma noche en que tú regresaste de ese cementerio. Y si he de ser totalmente sincera contigo Harry, a pesar de que yo ya sabía que Albus Dumbledore no era mi padre, sí me dolió el confirmar mis sospechas.

La joven guardó silencio, contemplando el horizonte. Harry no quería hacer que su prima recordara cosas tristes, pero si iba a confiar en ella, entonces tenía que saberlo todo. Sólo de esa forma llegaría a confiar plenamente en Liza. Fue por eso que preguntó:

–¿Y fue en esa misma noche que tu padre te habló sobre el lazo que te une a Voldemort?

–Sí. Y a decir verdad, cuando me lo dijo yo no lo creí. Pero luego comprendí que mi papá no tenía razón para inventar semejante cosa, pues él me quería como a una hija; jamás me hubiera lastimado diciéndome una mentira de esas proporciones. Es sólo que yo no estaba preparada para escuchar eso. Cuando me lo dijo realmente me horroricé.

–Pero no es tu culpa –dijo Harry al instante–. No es tu culpa descender de quien desciendes.

Liza lo miró fijamente, como si tratara de encontrar una nota de falsedad en lo que su primo acababa de decir, pero después volvió la vista al horizonte, sonriendo. El sol se había puesto hacía ya varios minutos, y las primeras estrellas brillaban en el firmamento.

–Creo que lo que más me aterrorizó del enterarme de que era hija de Voldemort, fue el hecho de darme cuenta de que hay una parte de mí que no conozco, y que espero nunca llegar a conocer.

–¿Qué quieres decir?

–Pues que hay maldad en mí. Es algo con lo que nací, y es algo que no se me puede extirpar.

–Pero tú fuiste educada por Dumbledore, no puede existir en ti esa maldad de la que hablas.

–El hecho de que aún no se haya manifestado, no significa que no esté ahí.

Harry guardó silencio tratando de pensar en algún argumento para debatir lo que Liza acababa de decir, pero entonces, ella dijo algo que lo desconcertó:

–Gracias, Harry.

–¿Por qué? –preguntó sorprendido.

–Por todo lo que me has dicho; porque quieres que me sienta mejor…, y porque me estás dando la oportunidad de acercarme a ti.

–Yo soy el que debería pedirte esa oportunidad –debatió con un profundo tono de culpabilidad–. Yo fui el que te trató muy mal y…

–No te preocupes por eso. Yo te entiendo. Y para serte franca, no esperaba un alegre recibimiento por tu parte. Sabía que necesitarías tiempo para pensar.

Harry dejó escapar una risa suspicaz.

–¿Y eso lo sabías porque tu padre te lo dijo? –inquirió astutamente.

–No –respondió Liza con una sonrisa–. Eso lo sabía porque…, bueno…, en realidad no sé por qué lo sabía. Supongo que porque somos primos, y existe una conexión especial entre nosotros. La misma conexión que me permite mostrarte recuerdos de mi vida.

Aquello hizo que Harry recordara la imagen que había visto, en donde Dumbledore y Liza estaban estudiando. Y también recordó la duda que lo había estado consumiendo durante toda la ceremonia nupcial.

–¿Puedo…, puedo preguntarte algo? –cuestionó no muy convencido.

–Creo que ya lo hiciste –dijo Liza, mirando al cielo salpicado de estrellas. Oscuros nubarrones luchaban por opacar el fulgor de los astros, y amenazaban con desatar su furia–. Pero puedes hacerme otra pregunta –agregó con una sonrisa.

–¿Qué viste? –preguntó con prontitud–. ¿Qué viste cuando nuestros ojos se conectaron?

–Nada –respondió sencillamente.

–¿Nada? –repitió Harry impaciente–. ¿Nada? Pero yo vi…

–Tú viste lo que yo quería que vieras.

Harry la miró sin comprender, así que Liza comenzó a explicarle:

–Verás Harry, yo tengo una especie de…, don; una…, "habilidad"; y gracias a esta habilidad puedo hacer que tú veas recuerdos de mi vida.

–¿Puedes hacer eso con cualquiera? –inquirió curioso.

–No. Sólo contigo. Y eso se debe a la poderosa conexión que hay entre nosotros. Si tú y yo no fuéramos primos, entonces no te podría mostrar parte de mi vida, como te la mostré hace unas horas.

Harry calló, digiriendo todo lo que Liza le acababa de decir. Y luego preguntó:

–¿Y tú puedes ver recuerdos míos?

–No. Mi habilidad sólo funciona cuando yo quiero que tú veas algo, pero yo no puedo hurgar en tu mente. Se necesitaría que tú también poseyeras la habilidad con la que yo nací; o que yo hiciera uso de la Legeremancia. Sólo así podría ver dentro de tu mente.

Harry guardó silencio, asimilando aquella explicación.

–Pero no tienes por qué preocuparte –dijo Liza de pronto–. No voy a usar la Legeremancia. No quiero ver cosas que tú no quieres que vea; prefiero que hablemos y…

–¿Por qué me mostraste ese recuerdo tuyo? –la interrumpió de golpe–. ¿Por qué precisamente esa imagen?

Liza lo miró fijamente, y después respondió con calma:

–Porque eras tú el que necesitaba alguna prueba para confiar en mí.

Harry no contradijo aquella respuesta, pues ella tenía razón. Unas gruesas gotas comenzaron a caer desde lo alto, preludio del intenso diluvio que se avecinaba. Si no se iban de ahí, se empaparían hasta la médula.

Harry se levantó al instante, y se desprendió de su túnica de gala, quedándose sólo con su pantalón y su camisa.

–Vamos Liza –dijo, mientras le tendía una mano para ayudarla a levantarse.

Liza lo miró por un breve instante, y después volvió el rostro hacia el cielo, cerrando los ojos.

–Un poco de lluvia no nos hará daño –dijo sonriente al tiempo que abría los brazos, de tal forma que la lluvia la mojara completamente.

–Pero si nos resfriamos, no podremos servir a la Orden –argumentó Harry razonablemente, sin apartar la mano que había extendido.

La joven lo miró analíticamente.

–Tienes razón –dijo después de unos segundos, al tiempo que tomaba la mano de su primo para incorporarse.

Harry extendió la túnica por sobre las cabezas de ambos, de tal forma que los cubriera de la lluvia que comenzaba a azotar con mayor fuerza; y juntos emprendieron el camino de vuelta a la Madriguera, sintiendo que un fuerte lazo de confianza se había creado entre ellos. Sintiendo que finalmente ya eran una familia.