Hola! Bueno, antes que nada debo decir que me siento muy feliz porque es la primera vez que en esta página recibo tres opiniones para un solo capítulo. Gracias a MaClau-Hurv's, a Anthony Golds(por cierto, gracias por el dato de los rw, yo no tenía idea de eso, pero ya lo cambié para que no den tantas vueltas. Ah! Y en cuanto a las batallas, ya las tengo contempladas, sólo no desesperes), y a Guarumopor sus valiosísimos comentarios. Espero que en este capítulo también me escriban. GRACIAS! arrocillo.

Escrito por aego, con la colaboración especial de leyno y aolelc

Capítulo 9.

Un sacrificio de valor

Inmediatamente después, el pequeño grupo se materializó en medio de un oscuro callejón.

–¿Están todos bien? –inquirió la voz de Liza después de un rato de silencio.

–Sí –respondió Harry mirando hacia atrás–. Al menos, todos están completos.

–Muy bien –dijo Liza–. Vamos.

Todos comenzaron a avanzar hacia la salida más cercana del callejón, y en unos segundos, se encontraron en medio de una calle muy vieja y desolada. Harry reconoció de inmediato aquella calle, era la misma por la que había caminado junto con Dumbledore, cuando ambos habían entrado al pensadero. Y ahí, a unos cuantos pasos, un edificio sombrío y descuidado se erigía. Era el orfanato.

Caminaron por el sendero, hasta la puerta delantera del edificio. A juzgar por las apariencias, ese lugar había estado abandonado desde hacía ya mucho tiempo. Se detuvieron frente a la puerta, contemplando la decaída construcción. Liza estiró su mano derecha para abrir la puerta.

–Espera. –Harry aferró el brazo de su prima para que no pudiera abrir–. Yo quiero hacerlo. Quiero ir adelante.

La joven lo miró fijamente, y después de un par de segundos se quitó del camino, cediéndole el paso. Probablemente se había dado cuenta de que no podía luchar contra la determinación de su primo.

Harry abrió la puerta muy decidido. Un fuerte olor a polvo y a humedad impregnó el aire en el instante mismo en que la puerta estuvo abierta. Entraron cautelosamente. Todo el lugar estaba sumido en la más densa de las penumbras. Sin necesidad de decir el hechizo en voz alta, las varitas del pequeño grupo se encendieron casi al mismo tiempo, inundando de luz el vestíbulo.

–Bueno Harry –habló Liza con voz calmada–. Tú eres quien conoce el camino. Te seguimos.

Harry asintió lentamente, y se colocó delante del grupo. Caminó hacia las escaleras, con los demás siguiéndolo de cerca. Subieron con prontitud, y en poco tiempo, llegaron a la segunda planta de la construcción. Harry se detuvo ahí y comenzó a avanzar hacia la primera puerta del largo corredor. Esa era. Justo en aquella habitación, lord Voldemort había vivido once años de su vida. Sin rodeos ni preámbulos estiró su mano, listo para cualquier cosa. Los demás estaban detrás de él, formando un corro.

Abrió la puerta sin problema alguno, pero en el preciso instante en que puso un pie dentro de aquella habitación, una intensa luz blanca iluminó el lugar, y obligó a todos a que cerraran los ojos. Un minuto después, cuando hubieron recuperado la vista, el panorama que tenían frente a ellos los desconcertó. Estaban de pie justo frente al mismo edificio al que hacía sólo unos minutos habían entrado.

Harry no podía creerlo. ¿Qué había pasado¿Por qué habían vuelto al lugar en donde habían comenzado? Completamente anonadado, se giró hacia su prima y le preguntó en un leve susurro:

–¿Qué pasó?

Liza no le respondió. Su mirada estaba fija en el viejo edificio, y tenía el entrecejo ligeramente fruncido.

–Vamos –dijo la muchacha después de un rato de meditación.

Y sin mirar a los demás, sin siquiera contestar a la pregunta que su primo le había hecho, la joven se internó de nueva cuenta en la sombría construcción. Los demás compartieron una mirada interrogante, pero la siguieron al instante. Recorrieron exactamente el mismo camino por el que Harry los había guiado, pero esta vez, fue Liza quien abrió la puerta de la habitación a la que pretendían entrar.

Harry pensó que tal vez su prima ya había descubierto a qué se debía la intensa y repentina luz blanca, y también pensó que seguramente ya había descubierto qué se debía hacer para evitarla. Fue por eso que se llevó una tremenda decepción cuando aquella luz lo volvió a cegar, y una vez más, todos se encontraron fuera del edificio.

–Muy bien –murmuró Liza.

–¿Muy bien? –repitió Harry despacio–. ¿Cómo puedes decir "muy bien" si ni siquiera sabemos qué está pasando?

Eternus Laberintian –dijo Liza por toda respuesta.

Hubo un pequeño silencio, antes de que Lupin exclamara:

–¡Claro! Eternus Laberintian.

Aquellas dos palabras le resultaban tremendamente familiares a Harry. Recordaba vagamente que el profesor Flitwick había hablado sobre ellas en alguna de las últimas clases que les había impartido; antes de que Hogwarts fuera atacado. Pero la verdad era que en esos días, Harry no había prestado mucha atención a las clases, pues una mitad de su cerebro pensaba sin descanso en qué debía hacer para entrar a la Sala de los Menesteres y descubrir qué había estado haciendo Malfoy ahí dentro; mientras que la otra mitad se la pasaba preguntándose cuándo lo llamaría Dumbledore para ir a buscar algún "Horcrux".

En ese momento, de pie frente al orfanato, se sintió muy estúpido por haber descuidado tanto sus clases. Era evidente que todos (a excepción de Ron, quien tenía una expresión de incertidumbre muy similar a la de Harry) sabían perfectamente de qué se estaba hablando. Incluso Ginny parecía entender, lo cual era bastante extraño, dado que ella sólo había llegado hasta el quinto año de su educación mágica. Debió ser bastante obvio que ninguno de los dos entendía con exactitud qué era Eternus Laberintian, porque Hermione comenzó a explicar:

–También se conoce como el encantamiento de Regreso al principio. Es un hechizo muy poderoso y no todos los magos lo pueden llevar a cabo.

–¡Dínoslo a nosotros! –exclamó Fred con un silbido.

–Quisimos aplicar ese hechizo para uno de nuestros productos –dijo George–. El problema era que nunca se podía llegar a la meta. Se convertía en un círculo vicioso.

–Así que decidimos desechar la idea –complementó Fred–. Un laberinto sin salida no es algo que deje muchas ganancias.

–¿Entonces es por eso que no podemos entrar a la habitación? –inquirió Harry.

–Así es –confirmó Liza.

–¿Y qué vamos a hacer? –preguntó Ginny.

Todos guardaron silencio, pensando en alguna posible solución.

–Podríamos intentar aparecernos –sugirió Tonks.

Los demás la observaron callados.

–Vale la pena intentarlo –dijo Liza después de un rato.

–¿Pero y si el edificio está hechizado para que no se pueda aparecer dentro? –cuestionó Hermione un poco asustada.

–No te preocupes –la calmó Liza–, si ese es el caso, entonces simplemente no podremos aparecernos dentro, por más que lo intentemos.

Hermione pareció satisfecha con aquella explicación.

–Yo lo haré –dijo Lupin–. Yo me apareceré dentro del edificio.

–Voy contigo –dijo Tonks al instante.

–No tiene caso que todos intentemos aparecernos –razonó el mago–. Voy solo.

–Pero…

–Remus tiene razón, Tonks –terció Liza.

–¿Pero y si dentro del edificio hay más que el hechizo de Eternus Laberintian? –refutó la muchacha.

–No te preocupes –dijo Lupin con una sonrisa–. Sé cuidarme solo.

Harry sabía que no tenía caso discutir, y al parecer, Tonks también se había dado cuenta de ello, pues dejó de oponerse. Al instante, Remus Lupin desapareció con un sonoro estallido. En un principio, todo parecía normal, el hombre había desaparecido sin mayor problema. Pero entonces, ante las miradas atónitas del pequeño grupo, el mago reapareció frente a sus ojos. No habían pasado ni cinco segundos.

–¿Y? –urgió Harry.

–Es imposible –contestó Lupin–. Intenté buscar un lugar dentro del edificio en el que pudiera aparecerme, pero todo fue en vano. Por eso tuve que regresar.

Harry comenzaba a sentirse desesperado. Era evidente que un "Horcrux" estaba oculto en el orfanato, y le frustraba sobremanera no poder llegar hasta él.

–¿Qué vamos a hacer, Liza? –cuestionó Tonks.

Liza la miró fijamente, tratando de encontrar la respuesta. Y entonces, una sonrisa se dibujó en sus labios.

–¡Lo tengo! –exclamó alegremente.

–¿Qué? –preguntó Harry ansioso.

Pero Liza no les explicó qué era lo que tenía. En su lugar, emitió un prolongado pero leve silbido, y después guardó silencio. Harry no entendía por qué su prima había hecho eso, y estaba a punto de preguntarle si se había vuelto loca, cuando todas sus dudas quedaron esclarecidas. De la nada, una intensa llamarada flameó frente a sus ojos. Y entonces, tan súbitamente como había comenzado, el fuego cesó, y un majestuoso pájaro voló hasta posarse en el brazo extendido de Liza.

–¿En qué nos va a ayudar Fawkes? –preguntó Fred.

–Los fénix son criaturas muy poderosas –explicó Liza acariciando con el dedo índice el pecho del ave–. Y además, son poseedores de una rara habilidad que nadie conoce: pueden hacer que una o varias personas desaparezcan y aparezcan junto con ellos, todo en una fugaz llamarada. Esa es una cualidad que descubrió mi padre. Y también descubrió que la desaparición de un fénix es diferente a la que hacemos nosotros. La de un fénix es más… mágica; no se sujeta a las leyes de nuestro mundo, y por tanto, no hay hechizo alguno que pueda ser un obstáculo.

En ese momento, Harry recordó que ya una vez había visto cómo su director desaparecía junto con Fawkes. Había sido en su quinto año, el día en que la Brigada Inquisitorial había descubierto el lugar en donde se reunía el ED. En su absurda obstinación, Dolores Umbridge y Cornelius Fudge habían creído que ellos, junto a un auror llamado Dawlish y a Kingsley Shacklebolt (quien solamente les seguía el juego), eran capaces de derrotar a Dumbledore. Ese error lo habían pagado muy caro, pues aquél día fueron maldecidos por el mismísimo Albus Dumbledore, quien después de darle a Harry unas últimas recomendaciones, desapareció en medio de un fogonazo, junto a su fiel fénix. Los hechizos anti-aparición de Hogwarts no habían sido obstáculo alguno para el ave y su amo.

–Por eso le dijiste a mamá que Fawkes podía transportarnos al cuartel en menos de dos segundos¿verdad? –concluyó Ginny.

–Así es –confirmó Liza.

–Entonces vamos a aparecernos con la ayuda de Fawkes –dedujo Harry pensativo.

–Exacto.

–¿Y qué estamos esperando? –dijo Tonks con apremio.

Al instante, todos formaron de nueva cuenta la cadena humana. El fénix voló del brazo de Liza, y comenzó a describir círculos sobre ellos, al tiempo que emitía un débil canto. Después de varias vueltas, Fawkes descendió sobre Liza, quien estiró su brazo y asió la larga cola del pájaro. Todo fue muy rápido. En un segundo, Harry sintió que unas lenguas de fuego lo envolvían, mas no le quemaban (pensó que era muy similar al fuego que aparecía en las chimeneas cuando se usaban los polvos flu, sólo que no era verde esmeralda, sino rojo vivo); y al segundo siguiente, las flamas desaparecieron, dejándolos en medio de una habitación sumida en penumbras.

Lentamente miró a su alrededor. La oscuridad hubiera sido absoluta, de no ser porque justo en el medio de la alcoba, una especie de campana refulgente brillaba sin cesar. No era algo sólido, era como una especie de cascada de luz que estaba protegiendo algo, una barrera. Harry forzó su vista para poder distinguir con claridad qué era lo que la campana de luz resguardaba. Una sonrisa de triunfo se dibujó en sus labios. Dentro de la campana, había un pedestal, y arriba de éste, yacía una pequeña copa con dos asas, toda forjada a mano y completamente hecha de oro. Era la copa que había pertenecido a Helga Hufflepuff, la misma que Voldemort había hurtado de la casa de Hepzibah Smith, después de haberla asesinado. Harry entornó aún más los ojos, para ver mejor la copa. Tenía que comprobar que esa era en realidad la que buscaban. Y entonces lo encontró: el grabado de la marca de Hufflepuff. El mismo que había visto en el pensadero. No cabía duda, era auténtica.

Sin pensarlo dos veces, avanzó hacia la copa, pero para su sorpresa, no la alcanzó. Volvió a intentarlo, pero obtuvo los mismos resultados. Era como si la campana de luz se alejara la misma distancia que Harry caminaba para alcanzarla. Debía ser otro obstáculo. Automáticamente buscó los ojos de su prima. Liza le devolvió una mirada analítica. Los demás parecían no comprender por qué Harry no podía asir la copa.

–Coloquémonos en círculo –indicó Liza–. Alguno tiene que alcanzarla.

Obedecieron de inmediato, y a una señal de Liza, todos comenzaron a avanzar hacia la copa. Era inútil. Por más que Harry avanzaba, la copa se alejaba más y más, y estaba completamente seguro de que a los otros les sucedía lo mismo. Se detuvieron y contemplaron la copa.

–Tengo una idea –anunció Liza después de unos instantes de silencio–. Voy a hacer que Fawkes me aparezca justo frente a la fuente de luz, e intentaré tomar la copa.

–¿Pero cómo traspasarás la barrera? –preguntó Harry al instante.

–No te preocupes por eso –le respondió su prima–. Ya pensé en un método para evadirla.

Y dicho esto, Fawkes (que había estado posado sobre el hombro derecho de Liza) nuevamente comenzó a describir círculos en el aire. Finalmente descendió sobre su dueña, y en un flamazo, ambos desaparecieron, sólo para reaparecer justo frente a la campana.

–Escuchen –dijo Liza desde el lugar en donde se encontraba–. Lo más probable es que se produzca un intenso resplandor en el instante mismo en que cruce esta barrera, así que mantengan sus ojos firmemente cerrados.

Todos obedecieron. Un silencio sepulcral cayó sobre la habitación, un silencio tan intenso que Harry sentía que le oprimía los tímpanos. Entonces, un sonido similar al de una explosión y al de un cristal rompiéndose se escuchó en toda la alcoba, y después, todo volvió a ser silencio.

–Ya está –murmuró Liza luego de unos instantes.

Abrieron los ojos. La campana de luz que había estado protegiendo al pedestal y a la copa, ya no estaba. Harry buscó con prontitud la figura de su prima. La joven yacía sentada en el suelo, con la espalda recargada en el pedestal. Entre sus dos manos sujetaba con firmeza la copa de oro. Tenía el rostro vuelto hacia el suelo y los ojos cerrados, y respiraba con lentitud. Fawkes estaba a su lado, en completo silencio.

–¡La conseguiste! –exclamó Harry con alegría, mientras los demás emitían todo tipo de expresiones de júbilo.

Liza sonrió tímidamente.

–Me encantaría poder verlos festejar –dijo con calma.

Aquel comentario hizo que todas las celebraciones se detuvieran. Harry se arrodilló frente a Liza, con un mal presentimiento clavado en el pecho.

–¿Qué quieres decir, Liza? –preguntó despacio, tomándola de los hombros–. ¿Qué quieres decir con que te encantaría poder vernos festejar?

La sonrisa de Liza se ensanchó más.

–Pues eso –respondió sencillamente–. Quiero decir que me encantaría poder ver cómo celebran nuestra victoria.

–¿Y por qué no lo haces? –inquirió Tonks–. ¿Por qué no abres los ojos y nos ves?

–Porque tal y como mi padre tuvo que dar en tributo su brazo derecho para poder obtener el anillo que porto en mi mano, yo tuve que dar algo a cambio de esta copa.

Harry sintió que la angustia crecía en su pecho.

–No puede ser –negó obstinado–. No es posible. Abre los ojos y mírame, Liza –le dijo, tomando el rostro de su prima con ambas manos y levantándolo a la altura del suyo–. Por favor, abre los ojos y mírame.

–Me temo que no puedo cumplir con lo que me pides, Harry –se excusó la muchacha, al tiempo que su sonrisa de alegría se transmutaba en una sonrisa de tristeza–. Al menos, no con todo lo que me pides.

Y dicho esto, la joven abrió los ojos. Un denso humo blanco brotó de ellos, como si se estuvieran evaporando. Harry vio con horror que los ojos de su prima habían cambiado. Los ojos de Liza, antes negros como la noche, ahora estaban completamente blancos.

–Como estoy segura de que ya habrás visto, Harry –susurró Liza, aún con esa triste sonrisa dibujada en sus labios–, puedo abrir los ojos, pero no te puedo ver.