Hola! Pues a pesar de que he intentado como no tienen idea cambiar el día en que pongo capítulo (de sábado a viernes), esto es lo más cerca del viernes que he podido lograr: de acuerdo a mi reloj son las 12:13 de la madrugada del sábado; espero que el próximo viernes no me tenga que desvelar. En fin, quiero darle las gracias a TachiFk, a catu..xDD o cata.., a evepink, a Hamathos y a mazinho por todos sus comentarios, realmente me anima el hecho de saber que les está gustando mi historia. GRACIAS! arrocillo
Escrito por aego, con la colaboración especial de leyno
Capítulo 13.
La historia de la flama
–¡Tardan demasiado! –exclamó Harry frustrado, caminando de un extremo del Gran Comedor al otro.
–Harry tranquilízate –dijo Hermione muy nerviosa–, estoy segura de que en cualquier momento nos enviarán a Fawkes.
Después de haber terminado de relatar todo lo referente al recuerdo de Bellatrix, Lupin se había comunicado con McGonagall para avisarle que ya habían cumplido con su misión, y que Hagrid y las profesoras Sprout y Grubbly-Plank se harían cargo de que Hogwarts estuviera listo para recibir a los invitados. McGonagall les había ordenado que regresaran al Gran Comedor, y que esperaran a que Liza les enviara a Fawkes para que pudieran aparecerse en San Mungo y ayudar con la evacuación. Habían pasado aproximadamente cinco minutos de que todos recibieran esa orden, pero para Harry, esos cinco minutos le habían parecido una eternidad. ¿Por qué Liza tardaba tanto si sabía que no tenían mucho tiempo?
De pronto, una fugaz llamarada brotó de la nada, y Fawkes apareció, extendiendo sus magníficas alas.
–¡Vamos! –exclamó Lupin.
Y sin decir más, el pequeño grupo formó una cadena y desapareció junto con Fawkes, reapareciendo en medio de una abarrotada sala.
–¡Rápido¡Debemos darnos prisa! –indicó la voz de Liza por sobre el barullo de la habitación–. Qué bueno que llegan –dijo, volviéndose hacia ellos, al tiempo que Fawkes se posaba en su hombro–. Mientras seamos más los que ayudemos a evacuar, mejor.
Harry miró a su alrededor. No le costó ningún trabajo reconocer la sala de recepción de San Mungo. Estaba igual que la última vez que había estado ahí, hacía casi ya dos años, cuando el señor Weasley había estado internado. La única diferencia era que todos los magos y brujas que en esos momentos estaban en la sala de recepción, no estaban esperando por ser atendidos, sino que se mantenían en silencio, observando a los integrantes de la Orden del Fénix que se movían de un lado a otro, aguardando por alguna indicación.
Harry observó cómo su prima avanzaba lentamente hacia el mostrador donde se exhibía el letrero de "Información" (el cual estaba vacío), y apoyaba ambas manos sobre el mismo, probablemente esperando a que alguien la atendiera. Su mano izquierda continuaba envuelta en llamas.
–Está vacío, Liza –le informó en un susurro.
–Lo sé –repuso la joven con una sonrisa. Sus ojos muertos estaban clavados en el frente, en donde el retrato vacío de Dilys Derwent estaba colgado. Después de un rato de silencio, la muchacha agregó–: Creo que te dará gusto saber que tu idea funcionó después de todo.
–¿Mi idea?
–Sip. Ya no estoy tan ciega.
Harry la observó atentamente y Liza enfocó sus ojos blancos en los ojos verdes de él.
–¿Hablas en serio? –preguntó, no pudiendo contener una nota de alegría–. ¿Ya no estás ciega?
–Bueno, sí y no.
–¿Qué quieres decir?
–Quiero decir que ya no estoy sumida en total penumbra, pero no logro distinguir nada con claridad. Todo lo que existe: personas, objetos, animales…, no son más que siluetas en mi valle de sombras.
Harry no dijo nada, y su rostro se ensombreció.
–¿Qué sucede Harry? –preguntó Liza ante tal silencio–. Deberías estar contento sabiendo que gracias a ti tu prima no quedó ciega.
–Si tú lo dices.
Liza posó su mano derecha sobre la mano de Harry y le dijo:
–Yo sí estoy contenta¿sabes? Debo confesarte que todo el asunto de no ver nada me tenía un poco preocupada; sobre todo, porque no sabía cómo me las arreglaría para poder luchar contra los enemigos; y entonces, mientras estaba de pie frente a Bellatrix Lestrange haciéndole el interrogatorio, todo a mi alrededor se volvió más claro. De pronto, pude ver la figura de Bella sentada frente a mí. Eso facilitó mi maniobra de interrogación, como te habrás dado cuenta.
Una ligera oleada de alivio inundó el pecho de Harry. Estaba a punto de hacérselo saber a su prima, cuando repentinamente, una anciana bruja con largos tirabuzones plateados salió de uno de los lados del retrato que estaba frente a ellos.
–Todo está listo Liza –informó Dilys Derwent con prontitud.
–Gracias Dilys –contestó la muchacha con una sonrisa–. Bueno, no perdamos más tiempo.
Y dicho eso, Fawkes emprendió el vuelo por sobre los que estaban en la sala de recepción y comenzó a emitir una hipnotizante melodía que hizo que todos se volvieran a mirar a Liza, quien se había subido al mostrador con bastante agilidad.
–Acabamos de recibir luz verde de Hogwarts –dijo con voz potente–. Nos están esperando. Esto es lo que haremos: todos los pacientes y sanadores se dividirán en pequeños grupos, y cada grupo estará al cargo de un integrante de la Orden del Fénix. El hechizo anti-aparición que yace sobre el Gran Comedor ha sido temporalmente deshabilitado. Es ahí a donde debemos ir. ¿Alguna duda?
–Sí –respondió Ojoloco–. ¿Qué hacemos con el mirón?
Harry se giró hacia Liza, sorprendido. Ella no había mencionado nada sobre un "mirón".
–Él queda a tu cargo Alastor –contestó la muchacha después de unos segundos de meditación–. Que salga hacia Hogwarts junto con el primer grupo.
–De acuerdo.
–¿Hay más preguntas? –inquirió, y luego guardó silencio, esperando por si alguno de los ahí presentes tenía algo más que decir, pero nadie lo hizo–. Bien. Entonces, manos a la obra.
Todos comenzaron a moverse de un lado a otro, reuniendo los grupos para partir. Harry le tendió su mano a Liza para ayudarla a bajar del mostrador.
–No dijiste que había un "mirón" –le reprochó en un susurro.
–Alastor lo encontró –explicó con simplicidad–. Estaba deambulando en la quinta planta. Lo amenazamos para que hablara y en menos de cinco segundos nos explicó que el mismo Voldemort le había encomendado la misión de merodear por todo el hospital y reportarle cualquier anomalía.
Harry digirió rápidamente todo aquello, y luego dijo:
–Es curioso que utilizaras esa palabra.
–¿Cuál?
–"Merodear". ¿Sabías que mi padre y sus amigos se hacían llamar "Los Merodeadores"?
–Sí lo sabía Harry. Y es por eso que no hay nada de curioso en que yo usara precisamente esa palabra. La utilicé con toda la intención.
Harry la miró inquisidoramente.
–¿Quieres decir que…
–Sí Harry. El mirón era nada más y nada menos que Peter Pettigrew.
–¿Peter Pettigrew? –repitió sintiendo que la ira lo invadía–. ¿Ese cobarde está aquí?
Liza miró a su alrededor y luego dijo:
–Alastor ya no está. Seguramente ya salió para Hogwarts, y si es así, entonces Peter también debe estar allá.
–Debieron matarlo –sentenció Harry con amargura.
–Todo a su tiempo Harry. Peter puede llegar a ser de mucha ayuda, más incluso que Bellatrix.
Harry guardó silencio. Si de él hubiese dependido, Colagusano estaría muerto en ese preciso momento. Pero Liza tenía razón: Pettigrew les daría cualquier información que le pidieran porque era un cobarde, y haría cualquier cosa con tal de salvar su pellejo.
–Harry, no podemos quedarnos aquí parados –indicó Liza ante la indisposición de su primo de moverse–. Debemos unirnos a la evacuación o no terminaremos hoy.
El muchacho la miró desconcertado.
–Sí –contestó vagamente–. Sí, claro.
Y después de esas últimas dos palabras, ambos se perdieron entre la multitud de gente, apresurándose a ayudar.
–Bueno –comenzó Liza, que estaba sentada en la silla alta correspondiente al director, frente al círculo de sillas que se había colocado en el Gran Comedor (las cinco mesas no resultaban funcionales)–. ¿Por dónde quieren que comience?
Durante unos instantes, el silencio fue todo lo que se pudo escuchar. Tal vez estaban pensando en la respuesta a esa pregunta, o tal vez pensaban en los cuestionamientos que formularían; pero la verdad, Harry creía que a esas alturas de la noche, después de un día tan exhaustivo, y después de no haber dormido durante 42 horas (por lo menos), nadie tenía la energía suficiente como para pensar en nada. Sin embargo, hizo un esfuerzo sobrehumano por exprimirse el cerebro, y entonces, una chispa de curiosidad se encendió dentro de él.
–¿De parte de quién heredaste la Palma de Godric? –preguntó al fin.
–De parte de mi abuela, Harry. Tú y yo somos los últimos descendientes de Godric Gryffindor.
Aquella respuesta hizo que Harry saliera de su sopor al instante, sintiéndose más animado. Entonces sí era descendiente de Gryffindor.
–¿Cómo funciona exactamente la Palma, Liza? –inquirió la profesora McGonagall.
–Es bastante simple en teoría. En la práctica, es un poco más complicado, todo depende de la fuerza mental de la persona. Lo que tengo qué hacer es romper las barreras naturales que la mente posee, o las que se le imponen. Para la Palma, ambos tipos son iguales.
–¿Qué quieres decir con "romper las barreras"?
–Tengo que desquiciar a la persona en cuestión. Tengo que empujarla a los límites de la cordura, a tal grado que la desesperación y la ira se apoderen de ella. Es en ese momento cuando sus barreras se debilitan inconscientemente, y es cuando debo usar la Palma para resquebrajar sus protecciones mentales. Una vez dentro, puedo buscar con toda tranquilidad en su mente, hasta encontrar el pensamiento que quiero. En ese punto, tengo dos opciones: sacar el recuerdo de la mente de la persona; o hacer una réplica exacta que yo pueda conservar, ya sea en mi mente, en una botella o en un pensadero. Incluso en un sombrero.
–¡El Sombrero Seleccionador! –exclamó Harry.
–Así es. Y si mal no recuerdo, fue el mismo Sombrero Seleccionador quien habló sobre esto en su ya acostumbrada canción, hace tres años. ¿Qué era lo que decía?... ¡Ah sí: "Fue Gryffindor el que halló el modo: me levantó de su cabeza, y los cuatro en mí metieron, algo de su sesera para que pudiera elegirlos a mi manera a la primera…"; o algo así.
–¡Claro! Es así como el sombrero cumple con su misión –dedujo Hermione–. Literalmente tiene un poco de las mentes de los fundadores.
–Pero Liza, dijiste que para utilizar la Palma tienes que destruir las barreras mentales –replicó Ron–. ¿Gryffindor hizo eso?
–Bueno, lo que les dije es lo que debe hacerse cuando la persona en cuestión no quiere cooperar; pero si por el contrario, su colaboración es voluntaria, entonces no es necesaria la hostilidad. Simplemente se introduce la Palma en la mente del otro, y se busca el recuerdo. Pero debo decirles que en mis 20 años de vida, sólo ha existido una persona que me ha dado acceso voluntario a sus pensamientos, y esa persona era mi padre. Creo que los demás tienden a elegir el camino difícil porque creen absurdamente que pueden evadir la Palma de Godric, pero eso nunca ha pasado y nunca pasará. Siempre he obtenido lo que necesito de las mentes enemigas.
–¿Pero cómo sabes que lo que obtienes es verdadero? –cuestionó Tonks–. ¿Cómo puedes estar segura de que no está alterado?
–Esa es otra de las facultades de la Palma de Godric. Puedo ver cuando un recuerdo está alterado, y entonces puedo forzar a la mente de la persona para que me dé el recuerdo real, sin trucos o alteraciones. Es por eso que Gryffindor dijo que la Palma era ciento por ciento fiable. Y contrario a otros métodos, la Palma de Godric es infalible. No hay manera alguna de contrarrestarla o evadirla.
Hubo un poco de silencio después de esa respuesta.
–Liza¿por qué casi no hay información sobre la Palma de Godric? –preguntó Hermione, poniendo fin al silencio.
–Eso es porque son pocos los magos que la han poseído, y sólo Godric Gryffindor dio testimonio de ello.
–¿Y por qué la han poseído pocos? –inquirió Ron curioso–. ¿Por qué no todos los descendientes han nacido con ella?
–Mi tatara-tatara-tatara-tatarabuelo dispuso que solamente uno de sus descendientes sería el portador de la Palma, y cuando éste falleciera, la Palma pasaría a ser de aquel que lo siguiera en edad. Mi abuela la tuvo, y cuando murió, debía de haber pertenecido al abuelo de Harry, pero él también estaba muerto, así que pasó a ser parte de mi madre, que era unos meses mayor que James Potter. Al morir ella, la Palma fue de mi tío James, y cuando él murió, y dado que ninguno de los dos tenía hermanos, la Palma pasó a mi mano. Yo tenía unos cuatro años.
–¿Y cómo aprendiste a usarla? –cuestionó Harry.
–Ese conocimiento se transfiere de portador a portador, pero en mi caso, mi mamá le contó todo a mi papá, y él fue quien me enseñó todo lo que sé sobre la Palma: su historia, su manejo…, todo; y así como mi padre hizo conmigo, yo debo transmitirte toda esa información a ti Harry, para que el día en que yo muera, tú puedas hacer uso de la Palma de Godric.
Harry sintió que con aquel comentario un repentino escalofrío recorría su espalda. Por supuesto que sería realmente interesante poseer un don tan extraordinario e inusual, pero si para poseerlo su prima tenía que morir, entonces prefería nunca ser su portador.
–Me parece que ya les dije todo lo que sabía –dijo Liza pensativa–. Sí. Creo que ya no hay nada más.
–Entonces será mejor que nos vayamos a descansar –indicó la profesora McGonagall–. Mañana también será un día difícil.
Y de esa manera, la pequeña reunión de la Orden se disolvió, y todos comenzaron a salir del Gran Comedor.
–¿Y en dónde vamos a dormir? –inquirió Ron en un susurro.
–Antes de comenzar la reunión le hice esa pregunta a la profesora McGonagall –contestó Hermione prontamente–. Me dijo que si queríamos, podíamos ocupar la torre de Gryffindor.
–Bueno, entonces vamos –dijo Ron tratando de sonar espabilado, aunque sin mucho éxito.
Ron, Hermione, Ginny, Fred, George y Harry se rezagaron un poco, esperando a que los demás salieran del salón, para después encaminarse a la torre de Gryffindor a descansar. Harry miró a su alrededor con melancolía, recordando los buenos tiempos, y entonces se percató de que no eran los únicos en el Gran Comedor. Liza permanecía sentada en la silla de su padre, con ambas manos (la izquierda aún en llamas) apoyadas en los brazos de la misma. Tenía el rostro vuelto hacia arriba, en donde en lugar del techo, se veía el oscuro cielo salpicado de estrellas.
–¿Liza? –Harry se había acercado sigilosamente a su prima.
–Dime.
–¿Por qué no vienes a la torre de Gryffindor junto con nosotros?
–Bueno Harry, de hecho, yo tengo mi propia habitación dentro del que era el despacho de mi padre, y Minerva me dijo que puedo disponer de todo el despacho como si fuera mío. –Se calló unos segundos y luego agregó–: Aunque me gustaría un poco de compañía.
–¿Eso es un sí?
–Claro.
Y de esa forma, Liza se unió a la caravana que avanzaba silenciosa y con paso cansino hacia la torre de Gryffindor.
–¡Hola! –saludó alegremente la Señora Gorda dentro de su retrato–. ¡No saben cómo me alegra el volver a verlos!
–Gracias –contestó Hermione educadamente, mientras que los otros sólo se limitaron a sonreír–. Escuche, no tenemos contraseña pero…
–No se preocupen –repuso la bruja rechoncha–, ya me dieron instrucciones para este caso. Pueden pasar.
Automáticamente el retrato se abrió, cediéndoles el paso a la sala común de la casa Gryffindor.
–Jamás pensé que volvería a entrar aquí –comentó George con nostalgia–. ¿Recuerdas todas las bromas que hicimos aquí Fred?
–Cómo olvidarlas –contestó su gemelo–. Esos eran los buenos tiempos.
–Es mejor que nos vayamos ya a la cama –indicó Hermione.
–¡Sí jefa! –respondieron los gemelos al unísono y subieron al instante a los dormitorios.
–Hasta dentro de un rato –dijo Ron vagamente mientras llegaba a las escaleras y subía pesadamente los escalones.
Harry se dispuso a ir tras de él, pero entonces, un impulso repentino lo obligó a decir algo que luchaba por contener:
–Ginny¿puedo hablar contigo?
Las tres muchachas habían comenzado a avanzar hacia los dormitorios de las chicas, y las tres se detuvieron ante la solicitud de Harry.
–Claro –contestó Ginny.
–Vamos Liza –repuso Hermione–, nosotras dormimos en las habitaciones que están por acá.
–De acuerdo. Que descansen.
Y ambas jóvenes se marcharon, dejando a Harry y Ginny completamente solos. Ninguno de los dos dijo palabra alguna.
–¿Qué pasa Harry? –preguntó Ginny tratando de sonar despreocupada.
–Ginny, yo… –balbuceó torpemente. Eran tantas las cosas que quería decirle, que no sabía por dónde comenzar. Quería decirle que cada segundo que habían estado separados había sido una tortura; quería decirle que la amaba y que la necesitaba; y quería decirle que no podía ni quería continuar sin ella. ¿Pero cómo le decía todo eso sin que las palabras se atropellaran en su boca?
–¿Sí?
–Yo…, yo… –Y entonces se dio cuenta de que no podía ni debía decirle ni una sola palabra. No debía exponerla sólo porque la necesitaba. No podía permitirse ese lujo.
Harry dejó de balbucear y se limitó a mirarla directamente a los ojos.
–No es nada –le dijo finalmente–. Que descanses. –La besó delicadamente en la mejilla y se fue hacia los dormitorios.
Alcanzó a escuchar un débil "hasta mañana" antes de subir los escalones, sintiéndose completamente descorazonado.
