Hola! Pues bueno, antes que nada debo decirles que no había podido poner capítulo porque un condenado letrero me salía y me decía que había ocurrido un error bla, bla; pero en fin, aquí está finalmente el catorce. Gracias a TachiFk, a Hamathos, a Mazinho (creeme que los capítulos sí se han ido alargando, antes escribía un promedio de ocho hojas, y ahora escribo entre 12 o 13; a lo mejor no es mucho, pero para mí es un gran paso, significa que ya estoy aprendiendo a parlotear más), a Sara Morgan Black(por cierto, gracias por recomendar mi ff), a lolo, a Andromeda, a Wilhelmina Gaunty a trini - la - blake. Ahora fueron muchas personas, GRACIAS!
Y ya no los entretengo más. Hasta el siguiente capítulo!
Escrito por aego y por leyno. Con la colaboración especial de aolelc.
Capítulo 14.
La Alianza
Harry miraba absorto los enormes jardines de su tan amado colegio. Una calma y una paz inusitadas reinaban sobre ellos, haciendo que el muchacho añorara lo que había sido y pensara en lo que había podido ser. Casi inconscientemente se sentó en el alféizar del enorme ventanal de la lechucería. Se había despertado poco antes de que el sol saliera, y después de permanecer unos minutos tendido en la cama, había decidido levantarse e ir a ver a Hedwig. Durante su estancia en la Madriguera, las lechuzas de la familia habían tenido completa libertad de entrar y salir de la casa, lo cual había significado un gran alivio, pues nadie tenía que preocuparse por alimentarlas; y tampoco tenían que preocuparse por estar lejos de la Madriguera, pues bien sabían que las lechuzas los encontrarían.
Fue por eso que Harry no se sorprendió cuando una lechuza blanca voló hacia él en el mismo instante en que cruzó la puerta. Después de acariciarla le dio unos cuantos frutos secos, y lo mismo hizo con Pigwidgeon, que no paraba de dar vueltas eufóricas alrededor de su cabeza. Desde entonces, Harry se había dedicado a mirar a través de la ventana. No observaba, solamente veía. Parecía mentira que alguna vez hubieran atacado el colegio, y la muerte de Dumbledore parecía una mera ilusión.
Recorrió con la vista las copas de los árboles del Bosque Prohibido, y luego sus ojos divisaron la superficie cristalina del lago. Desde donde estaba podía ver perfectamente el sepulcro blanco que resguardaba el cuerpo del mago más extraordinario que él jamás hubiera conocido. Algo en ese preciso punto llamó su atención: una persona estaba de pie frente al sepulcro. No alcanzaba a distinguir quién era, pero no hacía falta; estaba completamente seguro de que se trataba de Liza. En su interior, una voz le dijo que debía ir con ella a brindarle apoyo moral, así que abandonó con paso decidido la lechucería, dirigiéndose al vestíbulo principal.
A pesar de que era muy temprano, un ligero barullo ya se dejaba escuchar en todos los pasillos por los que Harry avanzaba. Sin duda, el trabajo de los sanadores era muy duro, pues siempre tenían que estar al pendiente de sus pacientes. Con este pensamiento en mente, Harry llegó a la puerta del colegio, y estaba a punto de cruzarla, cuando una voz familiar sonó a sus espaldas:
–¡Harry!
El muchacho se giró para buscar al dueño de esa voz, y vio con alegría que Neville Longbottom iba a su encuentro con una gran sonrisa.
–¡Neville¿Qué estás haciendo aquí?
–Vengo de visita –respondió, una vez que estuvieron frente a frente–. Vengo a ver a mis padres.
–¿Pero cómo supiste que están aquí?
–Mi abuela y yo fuimos como siempre a San Mungo, y ahí nos encontramos con Ojoloco Moody; y después de que él comprobó que nosotros éramos nosotros, nos envió aquí.
–Ya veo –dijo Harry despacio–. ¿Y Ojoloco les dijo por qué… por qué evacuamos San Mungo?
–No, sólo dijo que aquí nos informarían –respondió con simplicidad–. Y en cuanto llegamos, una muchacha muy agradable nos puso al tanto de todo. Liza, creo que ese es su nombre. Después de eso nos llevaron con mis padres.
Ambos muchachos guardaron unos segundos de silencio. Harry estaba a punto de decirle a Neville que tenía que irse, pero Neville habló antes de que Harry lo hiciera:
–Es bueno estar de regreso. Siempre me gustó estar en Hogwarts; es por eso que mi abuela y yo nos quedaremos aquí.
–¿Se quedarán? –preguntó Harry desconcertado.
–Sí. En estos momentos mi abuela se está poniendo de acuerdo con McGonagall sobre nuestra estadía aquí. Queremos ayudar en lo que se necesite. Además, así puedo ver a mis papás más seguido.
–Me alegro por ti –dijo Harry poniendo su mano en el hombro de su amigo–, y su ayuda nos será muy útil.
Una vez más un poco de silencio cayó sobre ellos, pero esta vez Harry sabía que si quería hablar con Liza, entonces era necesario que terminara con aquella conversación, así que dijo:
–Bueno Neville, de verdad me dio mucho gusto verte, pero me tengo que ir; estaba en la mitad de algo cuando me llamaste y…
–¡No te preocupes Harry! Ve a hacer lo que tengas que hacer, yo voy a estar aquí.
–Claro. Entonces nos vemos luego.
Y sin esperar más, cruzó las puertas del colegio y avanzó por los amplios jardines, dirigiéndose al lago. Caminaba a paso ligero, cavilando sobre la pequeña batalla que habían librado en ese mismo castillo, y recordando que solamente Neville y Luna habían atendido al llamado de Hermione en aquella noche fatal. Pero ahora era diferente, eso no les volvería a suceder. Si los mortífagos llegaban a atacar Hogwarts de nuevo (lo cual era improbable, dado que nadie en el mundo mágico sabía que el colegio estaba siendo ocupado nuevamente, excepto los que en esos momentos estaban en el castillo), toda la Orden del Fénix estaría ahí para enfrentarlos. No permitirían otro ataque de ninguna manera.
Dirigió la mirada hacia el lugar en donde reposaba el cuerpo de Dumbledore, y vio con alivio que Liza seguía ahí. Aceleró el paso, y entonces una enérgica melodía llegó hasta sus oídos. Era una melodía producida por un violín y, sin lugar a dudas, por una virtuosa violinista. Harry no tenía idea de que Liza tocaba el violín. De hecho, no tenía idea de que su prima tocaba algún instrumento musical. Tratando de no hacer ruido, se detuvo un par de metros detrás de su prima, y se dedicó a disfrutar del improvisado concierto. Ya conocía la melodía, la había escuchado en un juego de video que tenía Dudley (uno en donde se tenían que apilar unas piezas para hacer puntaje); pero era totalmente distinto escuchar la versión original de la melodía. Liza tenía mucho talento, o al menos así le pareció a Harry; y esa fue la razón por la que aplaudió cuando su prima terminó de tocar.
–¡Bravo! –exclamó con entusiasmo.
Liza se giró un poco sobresaltada, pero luego le dirigió una sonrisa de gratitud.
–No sabía que tenía más público –dijo, permitiéndose un leve tono de timidez en la voz.
–¿Más público? –repitió Harry sin comprender.
–Sí. Mi papá era mi público –aclaró, volviéndose a mirar el sepulcro que tenía a sus espaldas–. Siempre lo fue –agregó con nostalgia.
Harry la observó sin saber qué decir, pero como no quería que su prima se sintiera triste, externó lo primero que le vino a la mente:
–Esa melodía ya la había escuchado antes, en un juego muggle. Aunque no recuerdo el nombre.
–¿Del juego o de la melodía?
–De la melodía.
–Es la Danza Húngara No. 5, de Johannes Brahms. Era una de las piezas predilectas de mi padre. De hecho, esa es la razón por la que aprendí a tocar el violín, para poder interpretársela cuando él quisiera.
–¿Sabes tocar algún otro instrumento?
–Varios. Pero el que más me gusta es el piano, y creo que es el que toco mejor.
–Tal vez después me puedas tocar alguna melodía en piano.
–Claro, sería un placer –contestó Liza sonriéndole, pero detrás de esa sonrisa se veía una inconfundible sombra de tristeza.
Guardaron un poco de silencio, mientras un febril viento matutinal mecía todo a su alrededor y provocaba la ilusión de que los árboles cercanos lloraban. La muchacha se acomodó el cabello detrás de la oreja, y fue entonces cuando Harry notó algo diferente en la mano izquierda de su prima: un fino guante negro la cubría, sin dejar ver ni un milímetro de piel de su mano.
–¿Por qué usas un guante? –preguntó, aún contemplando la mano cubierta–. ¿Te lastimaste?
–No. Verás, ayer después de que interrogué a Bellatrix, me di cuenta de que si mi palma está llameante, puedo ver el fulgor mental de los demás, y eso ilumina un poco mi mundo borroso; así que la mantengo siempre llameante, y la cubro para no meterme en asuntos que no me atañen.
–¿Qué quieres decir con "fulgor mental"?
–Fulgor mental es el resplandor que rodea a los pensamientos –explicó la muchacha al tiempo que comenzaba a avanzar con dirección al castillo. Harry se colocó a su lado–. No son los pensamientos en sí, es más como un… envoltorio. Una protección de los pensamientos.
–Ya veo –dijo Harry, aún tratando de digerir lo que su prima le acababa de explicar.
Avanzaron unos cuantos pasos en silencio, hasta que Liza dijo:
–Tuve el grato placer de conocer a tu amigo Neville y a su abuela Augusta Longbottom. Están aquí, en Hogwarts.
–Lo sé, ya vi a Neville. Me dijo que pensaban quedarse en el colegio.
–¿En serio¡Qué extraordinario!
–Vinieron a visitar a los padres de Neville –le informó el muchacho con serenidad.
–Sí, lo sé. He estado pensando mucho en Frank y Alice Longbottom desde que los vi ayer en San Mungo, y he decidido tomar medidas drásticas. Claro que aún tengo que hablarlo con su familia.
Harry la observó sin comprender, pero Liza no le aclaró nada. De hecho, la muchacha se había detenido abruptamente, con sus ojos blancos perdidos en la espesura del Bosque Prohibido.
–Voy a entrar Harry –dijo Liza con mucha seguridad.
–¿Qué?
–Voy a entrar al Bosque Prohibido en busca de apoyo. Sé que no podré vivir tranquila hasta no ver que todas las criaturas del bosque forman una alianza con nosotros. Es de vital importancia que así sea.
–¿Acaso estás loca?
Liza sonrió ante el comentario angustiado de su primo, y le respondió con toda calma:
–Ya sabía que dirías eso, pero entro de todos modos.
–Entonces voy contigo; sólo voy a avisar a mis amigos y regreso.
Liza pareció meditar aquello, y luego contestó:
–Está bien.
Harry echó a correr hacia el castillo, y una vez adentro, se precipitó escaleras arriba, hacia la torre de Gryffindor, pero no fue necesario que recorriera todo el camino, pues en el tercer piso se encontró de frente con sus amigos.
–¡Harry! –exclamó Hermione–. Precisamente estábamos buscándote.
–McGonagall quiere que ayudemos con los enfermos crónicos –explicó Ron.
–No puedo –replicó Harry al instante.
–¿Cómo que no puedes? –reclamó Hermione exaltada–. Harry, tenemos que ayudar en todo lo que sea posible.
Harry la miró exasperado. Eso ya lo sabía, pero de ninguna manera iba a permitir que Liza se adentrara en el bosque completamente sola.
–Algo pasó ¿verdad? –inquirió Ginny, observando con detenimiento el rostro de Harry–. Puedo verlo en tus ojos.
El muchacho bajó la mirada al instante, pero asintió lentamente.
–Liza va a entrar al Bosque Prohibido –les explicó con prontitud–, y yo voy con ella.
–¿Al Bosque Prohibido? –repitieron al unísono.
–Yo voy –dijo Ron tajantemente.
–Y yo –agregó Ginny.
–¿Y qué pasó con lo que McGonagall les pidió? –inquirió Harry.
–Ella entenderá, estoy segura –repuso Hermione–. Además, Liza puede hablar con ella una vez que hayamos regresado. Vamos.
Harry miró a sus amigos. Estaban decididos a acompañarlo y sabía perfectamente que no podía persuadirlos para que hicieran lo contrario. Sin decir más, los cuatro comenzaron a caminar a prisa hacia los jardines del colegio. No se toparon con nadie en todo el camino, lo cual significó un gran alivio para todos, dado que así no tenían que dar explicaciones a nadie.
Liza estaba parada frente a los árboles que estaban al lado de la cabaña de Hagrid, con los brazos cruzados y los ojos enfocados en los huecos que se formaban entre los árboles. La enorme figura de Hagrid estaba de pie a su lado, sosteniendo firmemente una ballesta.
–Ya estamos listos Liza –informó Harry cuando estuvieron lo bastante cerca de ellos.
–Bien.
–¿Crees que sea buena idea que ellos vengan, Liza? –preguntó Hagrid nervioso.
–Sí, Hagrid, sí lo creo. Estamos contigo, nada malo nos puede suceder.
Esta respuesta pareció convencer a Hagrid, dado que no la refutó. Rápidamente el pequeño grupo se adentró en la espesura del bosque, en completo silencio. Harry no pudo evitar que un repentino escalofrío recorriera su espalda. La mayoría de las veces que había entrado al Bosque Prohibido, cosas escalofriantes habían sucedido, y no podía evitar pensar en lo que podría ocurrir, ahora que las criaturas del bosque se habían vuelto tan hurañas. Además, le preocupaba la posible reacción que tendrían los centauros cuando se dieran cuenta de que unos "intrusos" osaban poner un pie dentro de "su bosque". Harry pensó que el plan de Liza debía de ser muy ingenioso, de lo contrario, la muchacha no hubiera tomado la decisión de entrar ahí. Aunque pensándolo bien, Liza jamás le dijo que tenía un plan.
Sin embargo, Harry no pudo continuar preocupándose por lo que podría pasar, porque en ese preciso instante, el ruido de cascos de caballo se hizo más que audible. Los estaban rodeando. Harry, Ron, Hermione y Ginny empuñaron sus varitas y se dispusieron a atacar, pero antes de que lanzaran algún hechizo, Liza les ordenó:
–Guarden las varitas. Venimos a hablar sobre la paz, no a incitar la guerra.
Obedecieron al instante (Hagrid ocultó la ballesta detrás de su espalda, procurando que no fuera visible). Sus corazones latían a mil por hora dentro de sus pechos. ¿De verdad Liza sabía lo que hacía?
–¿Qué quieren? –inquirió una profunda voz masculina, proveniente de los árboles que estaban justo al frente de ellos–. ¿Por qué se han atrevido a entrar a nuestro bosque?
–Hemos entrado porque queremos hacer una proposición a los centauros –respondió Liza con calma–, pero para exponer la propuesta, necesito ver a mi interlocutor.
La voz profunda emitió una gutural carcajada, y a su alrededor se escucharon murmullos impetuosos.
–¿Y si me niego? –preguntó con insolencia. Las voces a su alrededor lo vitorearon.
–No veo razón alguna para tal negativa –repuso la muchacha pacientemente–; como verás, no estamos armados.
–Tienen sus armas guardadas –replicó la voz.
–¡Es verdad! –exclamó otra voz oculta por los árboles.
–No pensamos usarlas –aclaró Liza.
Después de decir eso, la muchacha sacó su varita y se agachó para colocarla en el suelo.
–¿Qué haces? –murmuró Hagrid alarmado.
–Hagan lo mismo –indicó la joven al tiempo que se erguía nuevamente.
Los demás se dirigieron fugaces miradas dubitativas, pero después hicieron lo mismo que Liza. Hubo un momento de murmullos distantes que finalmente se apagaron cuando la voz del centauro que estaba oculto frente a ellos resonó:
–¿Quién eres y qué es lo que realmente quieres?
–Soy Liza Dumbledore, y lo único que quiero es proponer un trato.
–¿Dumbledore? –repitió incrédulo. Las voces a su alrededor se habían quedado mudas.
Después de unos segundos, el centauro oculto frente a ellos salió de entre los árboles. Tenía el cabello largo y negro, y pelaje marrón. Harry lo reconoció de inmediato: era Magorian.
–Muy bien Liza Dumbledore, te escucho.
–Hace meses que Hogwarts cerró sus puertas, y eso se debió a que ningún alumno quiso regresar después de lo que sucedió en el castillo; después del asesinato de mi padre. Sin embargo, nosotros no podemos elegir las circunstancias bajo las que se desarrollan los eventos, y lo único que podemos hacer es adaptarnos. Es por eso que el castillo de Hogwarts ha vuelto a ocuparse, no como escuela, sino como hospital temporal.
–La razón por la que te estoy diciendo todo esto, es para avisarte a ti y a todos los tuyos que, aunque improbable, Hogwarts podría ser atacado nuevamente. De momento los mortífagos no saben que estamos aquí, pero tarde o temprano se enterarán, y es ahí cuando entra en juego mi propuesta.
–Explícate.
–Una alianza. Una alianza entre ustedes y nosotros.
Magorian la miró fijamente, en silencio. Harry pensó que probablemente estaba meditando la propuesta.
–No –respondió al fin.
–¿Por qué no? –preguntó Liza sin alterarse.
–Nosotros no servimos a los humanos. Somos independientes y autosuficientes.
–Lo sé. Y también sé que son sabios, y es a esa sabiduría a la que yo apelo hoy. Por favor, piensen sabiamente su respuesta.
–No hay nada que pensar, la respuesta ya está dada.
Y sin decir más, Magorian se volvió y comenzó a avanzar hacia los árboles.
–¡Espera! –exclamó Liza al tiempo que corría para ponerse frente a él–. Esta alianza es lo que hubiera querido mi padre.
–¿Qué te hace pensar que eso cambiará mi respuesta?
–Que no fue sino hasta que escuchaste mi nombre que accediste a hablar de frente conmigo. Tú respetabas a mi padre. Todos los centauros lo hacían, porque él fue el mago más extraordinario que jamás hayan conocido. De no haber sido así, no hubieran rendido el tributo que le rindieron el día de su funeral. Esta alianza lo hubiera hecho muy feliz.
–No lo entiendes ¿verdad? Esta guerra es de los magos y los magos deben enfrentarla.
–Es verdad, la guerra era originalmente de los magos, pero hace mucho tiempo que dejó de ser así. Los gigantes, los dementores, los hombres lobo; todos se han unido a Voldemort. ¿Qué te hace pensar que ustedes sobrevivirán a la guerra?
–¡Nosotros sabemos defendernos!
–Sus defensas no serán suficientes. La magia puede llegar a ser muy poderosa, y por tanto, muy peligrosa.
–¡Eso era lo único que faltaba! –gritó Magorian furioso, avanzando amenazadoramente hacia Liza, quien no retrocedió ni un milímetro–. ¡Una muchachita con aires de superioridad!
–Nosotros no somos superiores a ustedes –repuso Liza mirándolo fijamente–. Pero tampoco somos inferiores. Sólo somos diferentes. ¿Qué no lo ves? Todos vivimos en el mismo mundo, y ya va siendo hora de que nos aceptemos los unos a los otros. ¿O acaso eres tan obstinado como para no darte cuenta de que tu raza morirá si carece de apoyo?
Harry contenía el aliento, esperando que en cualquier momento una manada de centauros furiosos saltara sobre ellos y los desollara vivos. Liza había llegado demasiado lejos. Pero entonces, lo inimaginable sucedió: Magorian habló con calma y serenidad. Harry podría haber jurado que el centauro incluso había sonreído.
–Eres una soñadora –le dijo.
La joven le sonrió. Magorian se giró hacia el pequeño grupo que Liza había dejado atrás, e hizo una seña a los árboles. Al instante, todos los centauros que habían estado escondidos salieron de entre los árboles, y a un tiempo, todos depositaron sus arcos y sus flechas en el suelo. Después de eso, Magorian se volvió hacia Liza una vez más.
–Liza Dumbledore –le dijo solemnemente–, acabas de ganar nuevos aliados.
El centauro hizo una pequeña reverencia ante Liza, quien le agradeció en voz baja. Harry no podía creerlo. ¡Liza lo había conseguido!
