Hola! Pues aquí estoy de nuevo, lista para entregarles mi capítulo. Quiero darle las gracias a jim, a Hamathos, a Celestana, a trini - la - blake y a --Andromeda--. Gracias por todos sus comentarios! Por cierto, Celestana ¿podrías darme el nombre de tu tía? Creo que ella también se merece que le agradezca en este espacio. Y bueno, sin nada más que decir, arrocillo!

Escrito por aego y por leyno.

Capítulo 16.

R.A.B.

–¿Qué? –preguntó Harry desconcertado–. ¿Por qué?

–Harry, tú puedes llevarme a esa cueva ¿verdad? –le cuestionó, fijando sus ojos blancos en los verdes de él.

–Sí, pero…

–Perfecto, salimos enseguida. Ve por lo que sea que necesites, yo iré a hablar con Minerva. Nos vemos en la entrada principal en cinco minutos.

Y sin decir más, Liza abandonó la cocina como un bólido, dejando a Harry totalmente confundido. ¿Por qué Liza había reaccionado de aquella manera, y por qué quería ir a la cueva¿Qué era lo que pretendía encontrar ahí?

Sintiéndose todavía confundido, se levantó de su asiento, le dio las gracias a Dobby y a los demás elfos, y salió de la cocina, caminando a paso veloz. No necesitaba ir por nada, su varita y su capa invisible siempre estaban con él. Sin embargo, sí quería avisarle a sus amigos adónde iba con Liza. Sacó el mapa del merodeador y los buscó apremiante. Hermione estaba en una de las aulas del tercer piso, junto con sus padres; y Ron y Ginny estaban en el Gran Comedor.

Sin pensarlo dos veces, corrió hacia el Gran Comedor, pues era lo que le quedaba más cerca. Cuando estaba a punto de alcanzar las puertas de la inmensa aula, Ron y Ginny salieron al vestíbulo, topándose de frente con él.

–¡Harry¿Qué pasa? –preguntó Ron al verlo tan agitado.

–No puedo explicarles ahora –le respondió sin aliento–. Sólo puedo decirles que me voy con Liza a la cueva.

–¿La cueva? –repitió Ginny–. ¿Te refieres a la cueva en donde…

–Esa misma –la interrumpió, mientras volvía a extender el mapa del merodeador frente a sus ojos. Liza ya lo estaba esperando–. Me tengo que ir.

Y sin decir más, les entregó el mapa y marchó a su encuentro con Liza.

–¡Cuídate! –gritó Ginny súbitamente.

–¡Lo haré! –le respondió Harry irreflexivamente.

Corrió sin tregua hasta que derrapó frente a las puertas de roble de la entrada, donde Liza lo esperaba.

–Vámonos –ordenó Liza, y fue todo lo que dijo mientras avanzaban por los amplios jardines del colegio, dirigiéndose hacia las verjas que estaban al final del camino; las verjas que señalaban el límite de los terrenos de Hogwarts y el comienzo del camino hacia Hogsmeade.

–¿Vamos a aparecernos? –preguntó Harry un poco dudoso.

–Sí.

–¿Y por qué no nos aparecemos con ayuda de Fawkes? Así podríamos aparecernos directamente en la cueva.

–Sin duda eso sería lo más sencillo –dijo Liza con calma–, pero tengo una corazonada Harry, y para saber si estoy en lo cierto, tenemos que llegar a la cueva usando la aparición normal y recorriendo exactamente el mismo camino que recorriste con mi padre.

Harry no dijo nada. Si Liza quería llegar a la cueva de aquella manera, él no tenía razón alguna para negarse. En completo silencio cruzaron las verjas del colegio. Ya estaba, a partir de ahí podían desaparecerse cuando quisieran.

–Bien Harry –dijo Liza mientras lo tomaba del brazo–, tú me guías.

Harry asintió lentamente, y sin necesidad de ponerse de acuerdo, ambos desaparecieron al unísono. Después de meses de utilizar la aparición como el medio usual de transporte, Harry ya se había acostumbrado a la particular sensación de opresión; y fue por eso que no fue necesario que tomara profundas bocanadas de aire cuando llegaron a su destino, como solía hacer antes.

–Bueno, aquí estamos –dijo Harry mirando a su alrededor.

Estaban de pie sobre la misma roca negra en la que hacía tan sólo unos cuantos meses Dumbledore y Harry se habían parado. El mar se agitaba furiosamente a sus pies, advirtiéndoles que no eran bienvenidos en ese lugar.

–Supongo que desde este punto descendieron hasta poder sumergirse en el agua y nadar hasta la cueva¿cierto? –dedujo Liza mientras sus ojos blancos escudriñaban todo el derredor.

–Sí.

–Entonces vamos.

Ambos primos comenzaron el peligroso descenso hasta que llegaron a una roca lisa que estaba próxima a la pared del acantilado y entonces los dos se zambulleron en las heladas aguas, nadando hacia una fisura en el acantilado. Harry recordaba perfectamente todo aquello: después de la fisura seguía un túnel oscuro, luego una curva hacia la izquierda y finalmente, unos escalones que conducían a la gran cueva.

Harry y Liza miraron a su alrededor al tiempo que encendían sus varitas.

–La magia comienza desde este punto –murmuró Liza vagamente.

–Tu papá dijo que esto sólo era la antecámara –informó Harry al instante–. Después pasó su mano por toda la pared, murmurando algo en una lengua extraña. –Observó con detenimiento el perímetro de la cueva y posó su mano derecha en la áspera roca, recordando cómo Dumbledore había descubierto la manera de traspasar aquel muro y acceder a la cámara donde estaba el inmenso lago negro–. Para que pudiéramos llegar al interior tu papá tuvo que ofrecer sangre.

Liza se giró hacia él bruscamente, sobresaltándolo un poco.

–¿Sangre? –dijo con una sonrisa burlona–. ¿Eso es lo que se tiene que dar: sangre?

Harry asintió despacio, y entonces Liza se echó a reír con ganas. El muchacho no entendía qué era lo que le causaba tanta hilaridad a su prima, así que le preguntó:

–¿Qué es tan gracioso?

–Oh nada, es sólo que… pensé que Voldemort tendría más ingenio, pero… ¿sangre? Eso es algo tan común, tan… burdo.

Harry vio absorto a Liza. Eso era exactamente lo que Dumbledore había pensado cuando había descubierto que era sangre lo que debía ofrecer a cambio de poder pasar. Aún sonriendo, la joven se acercó a la pared y la palpó con su mano derecha. En ese instante, su semblante sonriente cambió a uno de absoluta concentración, y comenzó a murmurar cosas en una lengua desconocida. Era como ver nuevamente a Dumbledore trabajando en esa cueva.

–Es aquí Harry –dijo después de unos minutos. Sacó una fina navaja de entre sus ropas y se hizo un profundo corte en su antebrazo izquierdo. La sangre brotó al instante, salpicando la pared.

Mientras Liza se curaba, un refulgente arco apareció frente a ellos. Del otro lado no había nada más que oscuridad.

–Vamos –indicó Liza avanzando antes que su primo, quien la siguió al instante.

Casi todo el panorama estaba justo como Harry lo recordaba: la cristalina superficie del lago negro estaba en absoluta calma (señal inconfundible de que los inferi estaban tranquilos pero esperando el momento para atacar), y la inusual oscuridad se cernía sobre ellos. Lo único que resultaba diferente, era que a lo lejos ya no brillaba aquel fulgor verdoso. De no haber sido por las luces que emitían las dos varitas, la penumbra hubiera sido absoluta.

En silencio, Liza comenzó a avanzar por la orilla del lago, con Harry pisándole los talones. El muchacho sabía muy bien cuál era el siguiente paso: encontrar la cadena camuflada que les permitiría sacar la barca de las profundidades del agua. Dado que parecía que Liza sabía muy bien lo que hacía, Harry decidió ocupar ese tiempo de silencio para pensar.

Evidentemente, las iniciales R.A.B. le resultaban familiares a su prima, de lo contrario, no habría reaccionado de la forma en que lo había hecho, y no le hubiera pedido que la llevara a la cueva. Pero ¿qué era lo que pretendía encontrar ahí¿Por qué creía que había algo ahí que pudiera serles de utilidad?

–Ya la encontré Harry –anunció Liza tendiendo una mano en el aire y asiendo firmemente algo invisible.

Con un toque de su varita, la cadena verde metálico apareció, y con un segundo toque, la cadena resbaló por su mano y comenzó a enrollarse en el suelo. Luego de unos segundos, la barca golpeó suavemente la orilla del lago, lista para que subieran a ella.

–Después de ti –dijo Liza haciéndose a un lado.

Harry subió con cuidado a la barca, y después ayudó a su prima a que hiciera lo mismo. Lentamente, la barca avanzó hacia la pequeña isla de roca lisa que estaba en el centro del vasto lago.

–¿Me vas a decir o no? –preguntó Harry no pudiendo contenerse más.

–No –respondió Liza escuetamente–. Al menos, no aún. Primero quiero confirmar mis sospechas.

Harry abrió la boca para reclamar la falta de confianza de su prima, pero sabía que no tenía ningún caso discutir con ella, así que mejor continuó en silencio. Después de lo que a Harry le pareció una eternidad, la barca se detuvo. Ambos bajaron hacia la pequeña isla. El pedestal y la vasija de piedra aún estaban ahí, pero el fulgor verdoso ya no los iluminaba más. Liza se acercó con cautela a la vasija.

–¿Era aquí? –preguntó, examinando la vasija–. ¿Aquí estaba el "Horcrux"?

–Sí. Adentro. Había una poción verdosa que servía como barrera. La única forma de tomar el "Horcrux" era bebiéndose el extraño brebaje. Eso fue lo que debilitó a tu padre.

Liza fijó sus ojos vacíos en Harry, y después los volvió a la vasija.

–No, Harry –negó Liza rotundamente.

–¿No qué? –inquirió Harry completamente desconcertado.

–Beber aquella poción no era la única forma de obtener el "Horcrux". Hay otra manera.

Harry la miró atónito. No era posible que hubiera otra manera de hacerse con el "Horcrux"; de haberla habido, Dumbledore lo hubiera sabido.

–No Liza, eso no puede ser; tu papá dijo que no había otra forma de…

–Sí, tienes razón, permíteme corregir mi error: Hay otra manera de obtener el "Horcrux", pero solamente yo puedo hacer uso de ella.

Harry comenzó a comprender qué era lo que su prima quería decir.

–¿La Palma de Godric? –cuestionó casi seguro de la respuesta.

–La Palma de Godric –confirmó Liza con un asentimiento–. Así es.

La joven se quitó su guante y lo guardó entre sus ropas. El fulgor de su palma hizo que hubiera un poco más de luz en aquel lugar. Con un movimiento rápido, Liza atravesó la vasija con su mano izquierda. Estuvo unos segundos así, contemplando el recipiente vacío; cuando de pronto, sacó su mano con violencia y se agachó con brusquedad, examinando el pedestal sobre el que estaba la vasija. Harry se agachó junto a ella y le preguntó en un murmullo:

–¿Qué pasa?

–Estaba aquí –respondió Liza tocando una parte específica de aquel pedestal–, pero se cayó –continuó, esta vez poniéndose a gatas y examinando el suelo–. Sí, se cayó y… y rodó, rodó por aquí.

Mientras hablaba, comenzó a avanzar a gatas hacia la orilla del lago, en donde se detuvo y se sentó sobre sus piernas. Harry no sabía de qué demonios estaba hablando su prima, pero antes de que pudiera preguntarle cualquier cosa, la muchacha empezó a explicarle:

–La persona que robó el guardapelo de Voldemort, el verdadero guardapelo; dejó un recuerdo suyo, testimoniando quién era y cómo había obtenido el "Horcrux".

–¿Un recuerdo? –repitió Harry–. ¿Pero cómo pudo haber dejado un recuerdo aquí?

–¿No lo imaginas? –inquirió Liza apoyando su sien en su mano izquierda.

–¡La Palma de Godric! –exclamó Harry observando fijamente a su prima, quien le asintió en silencio–. Pero… pero entonces R.A.B. también tenía la Palma de Godric¿verdad¿Cómo es eso posible?

–Rina Ártemis Blair es el nombre completo de mi madre. Ella fue quien robó el "Horcrux" verdadero, dejando en su lugar uno falso y una nota a Voldemort. Nota que firmó como R.A.B.

–Claro –dijo Harry sacando rápidas conclusiones–. Ella no tuvo que beber la poción, simplemente hizo uso de la Palma y… y… ¿lo sabías?

–De haberlo sabido se los habría dicho hace meses Harry –contestó la muchacha con calma–. En cuanto tú leíste las iniciales R.A.B. supe que eran las iniciales de mi madre, pero tenía que estar segura. Por eso te pedí que me trajeras aquí.

–¿Pero por qué tu mamá dejaría un recuerdo suyo dando testimonio de que ella había estado en este lugar?

–Supongo que mi madre quería que Voldemort viera cómo le había robado su "Horcrux", así que le dejó el recuerdo del momento exacto en que se llevaba el guardapelo.

–¿Cómo sabes que eso es lo que tu mamá dejó en ese recuerdo? –preguntó Harry con curiosidad.

–Porque eso es lo que yo hubiera hecho –respondió Liza con simplicidad–. Según puedo ver, incrustó el recuerdo en el pedestal; pero al parecer, cuando tú y mi papá vinieron, hicieron que cayera de su lugar, rodara hasta la orilla y se perdiera en las profundidades de este lago.

–Liza, no había nada ahí, te lo puedo asegurar –replicó Harry de inmediato.

–Sí que lo había Harry; seguramente el fulgor verde opacó el azul del recuerdo, pero puedo garantizarte que aquí estaba. Hay huellas en este lugar que sólo yo puedo ver; huellas de un pensamiento que se dejó atrás y se perdió.

–¿Y qué vamos a hacer?

–Tú te quedarás esperándome aquí –indicó Liza mientras se ponía en pie–. Yo iré a buscar el recuerdo.

–¿Te vas a sumergir en el lago?

–Sí.

–¿No puedes atraer el recuerdo desde aquí? –preguntó Harry nervioso.

Liza estiró su mano izquierda por sobre el lago y se mantuvo en esa posición por unos segundos, pero nada pasó.

–Aparentemente no Harry, tengo que sumergirme.

–Entonces yo voy contigo –sentenció el muchacho rotundamente–. Podría serte de ayuda –se apresuró a agregar.

Liza fijó sus ojos en Harry, como si estuviera considerando la idea de que él podría serle de ayuda en las profundidades de aquel inmenso lago negro.

–De acuerdo –dijo al fin.

A continuación, ambos hicieron el encantamiento casco-burbuja (Harry había aprendido aquel encantamiento poco antes de la boda de Bill y Fleur, cuando había decidido que debía aprender todo lo que pudiera para estar preparado lo mejor posible) y saltaron al lago, sumergiéndose con rapidez. Sin embargo, en el instante mismo en que ambos rompieron la cristalina superficie del lago, quedó por sentado que encontrar aquel recuerdo no iba a ser una tarea fácil. Cuando los inferi notaron que dos seres ajenos estaban nadando en sus calmadas aguas, comenzaron a moverse furiosamente en torno a ellos, intentando agarrarlos por cualquier medio.

Harry y Liza les lanzaban hechizos a diestra y siniestra, y pese a que lo único que salía eran potentes chorros de agua hirviendo, los inferi retrocedían ante ellos, permitiendo de esta manera que ambos primos pudieran nadar a mayor velocidad, aunque aquello sólo era momentáneo. En dos ocasiones, los inferi habían logrado acercarse lo suficiente como para tomar la pierna de Harry o el brazo de Liza, pero en las dos ocasiones, los dos muchachos habían logrado escabullirse de las garras de los cadáveres.

Finalmente, después de haber ahuyentado a muchos inferi, y después de haber nadado por lo menos doscientos metros de profundidad, Harry y Liza se pusieron en pie en el fondo del lago. En ese punto, todo era completa oscuridad, y dado que estaban debajo del agua, no podían encender sus varitas. Harry se preguntaba cómo haría Liza para encontrar el recuerdo en aquella penumbra total, pero su respuesta quedó respondida al instante: la Palma de Godric se había mantenido encendida, sin importar la profundidad, el agua, o el hecho de que estaba compuesta por fuego azul.

Sin tiempo que perder, la joven comenzó a buscar por todos los alrededores, mientras Harry mantenía a los inferi alejados. Después de lo que a Harry le parecieron veinte minutos, Liza se giró hacia él y le mostró su palma izquierda. En ella sostenía firmemente una pequeña esfera azul. Ese era el recuerdo. Al instante, ambos emprendieron el camino hacia la superficie.

Nadar hacia arriba fue exactamente igual que nadar hacia abajo: tenían que lanzar hechizos una y otra vez, protegiéndose de no ser arrastrados por los cadáveres. Resultaba un poco difícil el tratar de adivinar cuánto habían avanzado, pues no había ningún rastro de luz que les indicara que faltaba poco para llegar a la superficie. Entonces, y sin previo aviso, ambos primos se golpearon con algo muy duro que estaba sobre sus cabezas.

Harry palpó a ciegas lo que tenía arriba de su cabeza, y descubrió que se trataba de una gruesa capa de hielo. ¿Pero cómo era posible? Eso no estaba ahí antes, tanto cuando Liza y él habían llegado a la isla, como cuando Dumbledore y él habían hecho lo mismo. ¿Qué estaba sucediendo? Y entonces lo dedujo: aquél debía ser otro de los obstáculos dispuestos por Voldemort. Si algún intruso llegaba a ser atrapado por los inferi, y era arrastrado al fondo del lago, la superficie del mismo se transformaría en hielo, de tal forma que el intruso no pudiera salir y se ahogara, convirtiéndose de esta manera en otro cadáver guardián.

Harry estaba absorto pensando en todo esto, cuando notó que su prima le hacía señas con las manos. El muchacho la miró, tratando de descifrar lo que Liza quería decirle, pero la pantomima era clara: la joven quería que Harry la mirara directamente a los ojos. Eso hizo, y al instante, Harry vio a Liza dentro de su mente, justo como había sucedido en la boda de Bill y Fleur. Era un recuerdo, un pensamiento que no era suyo.

–Tienes que usar el conjuro que corta –indicó la Liza que estaba en su mente–. El conjuro que aprendiste de ese libro.

Harry negó con un movimiento de cabeza. Sabía perfectamente que el conjuro al que Liza se refería era el Sectumsempra, y el libro era aquél que había pertenecido a Snape; pero no usaría ese conjuro. De ninguna manera utilizaría los hechizos que habían sido creados por él.

–Tienes que hacerlo Harry –insistió Liza en su mente–. Yo no sé qué hechizo es, sólo sé que es capaz de cortar cualquier cosa como si de una afilada espada se tratase. Si no lo utilizas no podremos salir.

Harry la miró desesperado, pero comprendiendo que no tenía opción, empuñó su varita y en su mente pensó "¡Sectumsempra!", agitando la varita con destreza. Una fina grieta se formó en el oscuro hielo, provocando que se resquebrajara en grandes fragmentos, y permitiéndoles por fin salir del agua. Agotados, los dos subieron a la isla y pusieron fin a los encantamientos de casco-burbuja. Sin embargo, aquello no terminó ahí: sin la gruesa capa de hielo que se había formado, los inferi también pudieron salir del agua y comenzaron a subir a la pequeña isla, dirigiéndose amenazadoramente a Harry y Liza. Pero fuera del agua fue más fácil mantener alejados a los cadáveres, lo único que tuvieron que hacer fue sacar fuego de sus varitas.

Lanzando fuego aquí y allá, ambos regresaron a la barca y subieron a ella. La barca empezó a avanzar lentamente hacia el extremo del lago por el que la habían abordado. Continuaron lanzando fuego todo el camino en la barca, manteniendo a los inferi a raya, hasta que finalmente la barca golpeó en la orilla del lago. Bajaron las varitas y descendieron de su transporte, que comenzó a hundirse frente a ellos.

Harry miró a Liza, esperando que le dijera algo, pero la muchacha no dijo palabra alguna. Se veía un poco cansada y respiraba por la boca con cierta dificultad.

–Vámonos de aquí –dijo Harry después de unos segundos.

La muchacha asintió y juntos emprendieron el camino de regreso al arco resplandeciente, que seguramente ya se había cerrado. Cuando llegaron al lugar correcto, Liza volvió a sacar su navaja, se hizo otro profundo corte y dejó que la sangre cayera sobre la roca. El arco refulgió frente a ellos, dejándoles pasar a la antecámara de aquél tétrico lugar. Una vez en la cueva, ambos se sumergieron en las aguas de mar y comenzaron a nadar de regreso a la roca lisa que estaba próxima al acantilado.

Harry ya estaba calado hasta los huesos, y sentía sus dedos entumidos debido a la baja temperatura del agua, pero mientras nadaba, pensó que prefería mil veces sumergirse en esas aguas que en las del lago negro. Éstas, aunque heladas, eran normales (y sin cadáveres). Finalmente, Harry y Liza se dejaron caer en la superficie de la roca lisa. Estaban completamente agotados por todo el ejercicio y la tensión a la que habían estado sometidos.

–¿Y bien? –preguntó Harry después de un rato–. ¿Vamos a ver el recuerdo?

–Aún no –respondió Liza, incorporándose–. Este es un asunto que le concierne a toda la Orden del Fénix. Debemos regresar a Hogwarts para que todos puedan ver lo que hay en este recuerdo.

Como Harry no tenía ánimos de discutir, se limitó a incorporarse y a asentir. Una vez más, sin necesidad de ponerse de acuerdo, ambos primos desaparecieron con un sonoro estallido.