Hola! Finalmente, aquí está el 17, espero que les guste. Quiero darle las gracias a rochy true, a Sara Morgan Black, a jim, a Celestana (las respuestas a tus preguntas te las voy a mandar en forma de reply, así que checa tu correo) y a Evepink (claro que te conozco, me mandaste comentario para el primer capítulo), a --Andromeda--, a trini - la - blake y a Nymphadorita Tonks por todos sus comentarios alentadores. GRACIAS! Y ya no los aburro más. arrocillo!

Escrito por aego y por leyno, con la colaboración especial de aolelc.

Capítulo 17.

Reconciliación y disputa

La bella mujer de largo cabello negro y ojos azules se acercó a la vasija de piedra y observó en su interior. A continuación, introdujo su mano izquierda (la cual estaba envuelta por llamas azules) en el interior del recipiente. Extrajo un elaborado guardapelo de oro y lo guardó en sus ropas; después sacó una réplica más pequeña de la joya y la metió a la vasija. Acto seguido, introdujo su propia palma dentro de su cabeza.

–Eso es todo –dijo Liza dirigiéndose a los espectadores que estaban a su alrededor.

La muchacha se agachó y estiró su brazo izquierdo, con su mano abierta. La pequeña esfera tembló y después de unos segundos fue a parar a la palma de la joven, regresándolos a todos al Gran Comedor.

–Entonces sí fue Rina quien se llevó el "Horcrux" –dijo la profesora McGonagall asombrada–. Liza¿tienes alguna idea de dónde puede estar ese guardapelo?

–Ni la más remota, Minerva –respondió Liza mientras guardaba el recuerdo en una pequeña botella.

–Pero sí es seguro que haya logrado destruir el fragmento de alma de Voldemort¿verdad? –preguntó Harry ansioso.

–No lo sé, Harry –contestó la joven negando con la cabeza–, aunque supongo que sí lo logró, puesto que tuvo nueve meses para intentarlo.

–¿Nueve meses? –cuestionó Ron.

–Sí –confirmó Liza–. En este recuerdo no se nota que mi madre estuviera embarazada, así que podemos asumir que ella apenas acababa de enterarse de que yo venía en camino; apenas acababa de desertar de los mortífagos.

–Eso tiene lógica –concordó Moody (quien había sido sustituido en San Mungo por Horace Slughorn)–, pero aún así, no es garantía suficiente. No podemos estar completamente seguros de que Rina haya logrado destruir el "Horcrux".

Toda la Orden guardó silencio. Moody tenía razón: no podían estar seguros sobre la suerte del guardapelo, lo único que podían hacer era tener la esperanza de que Rina hubiera cumplido con lo que decía en su nota a Voldemort.

–No tiene caso que nos desvelemos más –dijo de pronto la profesora McGonagall–. Pasado mañana es el día, y debemos reponer energías para estar listos.

Todos estuvieron de acuerdo, y poco a poco, el Gran Comedor se fue vaciando. Harry, Ron, Hermione, Ginny y Liza se encaminaron a la torre de Gryffindor; los gemelos Weasley se habían visto obligados a dejar Hogwarts aquella noche (asuntos de negocios). Avanzaban lentamente y en silencio, cada uno pensando en sus propios asuntos.

Después de haberse aparecido en las afueras del colegio, Liza se había apresurado a convocar a una junta, mientras que Harry había ido a buscar a sus amigos y los había puesto al tanto sobre lo que había acontecido en la cueva. Ahora, después de haber visto el recuerdo, Harry no sabía si debía sentirse aliviado o preocupado. Parecía que Liza no tenía mucho conocimiento sobre la vida de su madre, y por lo tanto no podía asegurar o negar nada con respecto a Rina.

Cada uno continuó sumido en sus pensamientos, hasta que de pronto se dieron cuenta de que ya habían llegado al retrato de la Señora Gorda. Después de saludarla, todos entraron a la confortable sala común. Se desearon mutuamente las buenas noches y se dispusieron a subir a sus respectivos dormitorios, cuando una repentina preocupación saltó a la mente de Harry.

–Liza¿puedo hablar un momento contigo? –inquirió de pronto.

–Claro Harry –contestó la joven, mientras los demás seguían con su camino.

Harry esperó a que estuvieran completamente solos, y entonces preguntó:

–¿Cómo estás?

–Bien¿y tú?

–No me refiero a eso –aclaró Harry–, quiero decir¿cómo te sientes¿Ya… ya recobraste fuerzas?

Liza fijó sus ojos blancos en Harry, con el ceño ligeramente fruncido.

–No te entiendo Harry¿qué es exactamente lo que quieres saber?

–Bueno, cuando descendimos de la barca después de haber recuperado el recuerdo, te noté muy cansada… débil; y, pues… estoy preocupado por ti.

–Ah, así que es eso –dijo Liza con una sonrisa–. No tienes por qué preocuparte Harry, ya estoy mejor. Lo que me pasó es normal después de lo que hice con los padres de Neville. Reconstruir una mente es cansado, reconstruir dos es agotador; pero no hay razón alguna para que te preocupes. Sobreviviré –añadió, ampliando más su sonrisa.

Harry asintió lentamente, sintiéndose aliviado.

–Algo más te preocupa¿verdad? –inquirió Liza luego de unos segundos de silencio.

–Es todo este asunto de los "Horcruxes" –respondió Harry–. Aún nos faltan dos por destruir, eso sin contar a Voldemort y al guardapelo del que no sabemos su suerte. Y también está la batalla de San Mungo.

Liza le brindó una sonrisa comprensiva, y luego le dijo:

–Sí, tienes razón. Todo eso es abrumador. Pero… hay algo más. Lo sé. Puedo sentir que hay otra cosa que te preocupa.

–No hay nada más –dijo Harry tratando de sonar sincero.

–Claro, no hay nada más –repitió Liza–. Bueno, entonces, si no hay nada más, creo que es mejor que nos vayamos a dormir.

–Sí –concordó el muchacho vagamente–. Sí. Que descanses.

Ambos comenzaron a avanzar en direcciones opuestas, hacia sus respectivos dormitorios, cuando de pronto y sin pensarlo siquiera, Harry externó la otra cosa que le preocupaba:

–Es Ginny –dijo, girándose hacia su prima.

–¿Cómo dices? –preguntó Liza volviéndose de frente a Harry.

–Es Ginny –repitió el muchacho mientras se sentaba frente a la chimenea encendida–. He pensado en lo que me dijiste.

–¿Y ya tomaste una decisión? –le cuestionó la joven, sentándose junto a él.

–Sí. Tú tienes razón, debo ser feliz junto a Ginny todo el tiempo que pueda o me arrepentiré el resto de mi vida.

–Me alegra que pienses así –dijo Liza poniendo su mano sobre la de Harry–. ¿Y cuándo piensas decírselo a Ginny?

–Tan pronto como sea posible. Se lo diría ahora mismo, pero supongo que ya estará dormida.

–Bueno, si quieres puedo ir a ver –propuso la muchacha, poniéndose en pie.

Harry la miró dubitativo y nervioso. La verdad era que aún no estaba listo para hablar con Ginny. Aunque pensándolo bien, era mejor que hablara con ella en ese momento, justo cuando acababa de decidir que no quería pasar un minuto más sin ella. Si esperaba hasta el día siguiente, probablemente cambiaría de parecer.

–De acuerdo –accedió al fin, disipando sus dudas.

–No digas más –dijo Liza mientras avanzaba deprisa hacia las escaleras que llevaban al dormitorio de las chicas, y desaparecía en ellas.

Harry se puso cómodo en su asiento, pero luego se dio cuenta de que no podía permanecer sentado estando sometido a tanta presión, así que se incorporó y comenzó a caminar de un lado a otro, pensando en lo que estaba a punto de hacer.

–¿Harry?

Un escalofrío recorrió la espina dorsal del muchacho. Era la voz de Ginny la que lo llamaba. Al instante, se giró hacia la escalinata de las chicas, en donde Ginny se encontraba de pie.

–Harry ¿qué sucede? Liza me dijo que querías hablar conmigo.

Mientras hablaba, la pelirroja se había acercado a Harry, permitiéndole ver que en la escalinata había alguien más: Liza le sonrió ampliamente, le guiñó un ojo en signo de complicidad y después se perdió de vista en lo alto de las escaleras. Ginny y Harry se habían quedado solos.

–¿Harry? –insistió Ginny al no obtener respuesta.

–Sí –respondió disperso, pero luego se concentró en la conversación–. Sí Ginny, quería… quiero hablar contigo de algo muy importante.

–Te escucho.

Harry guardó un poco de silencio, pensando en qué le diría a Ginny. Eran tantas cosas, que no sabía por dónde comenzar. Finalmente, decidió que lo mejor era ir directo al grano.

–Te amo –le dijo, perdiéndose en los ojos de ella–. Te amo y no puedo continuar sin ti. Sé que hace meses te dije muchas cosas, pero ya no puedo más. Liza tiene razón: debo de dejar de tener miedo a amar, a amarte. Así que si tú me aceptas, quisiera estar contigo hasta el fin de mis días.

Ginny no contestó, simplemente se quedó mirándolo fijamente, sin pronunciar palabra alguna.

–¿Ginny¿Qué dices?

Pero no fue necesario que la muchacha respondiera, al menos no verbalmente. Se aferró con fuerza a Harry y lo besó con desesperación y añoranza, como si hubiera estado deseando hacer aquello desde hacía mucho tiempo. El muchacho la rodeó con sus brazos y respondió el beso de igual manera, sintiendo que una felicidad instantánea inundaba su pecho. Cuando aquello cesó, ambos se miraron, y Harry pudo ver en los ojos de Ginny todo el amor que ella sentía por él, y él estuvo completamente seguro de que Ginny podía ver en sus ojos todo el amor que él sentía por ella.

–Supongo que eso fue un sí –dijo Harry con una sonrisa.

–Supones bien –contestó Ginny también con una sonrisa.

Harry acarició con ternura el rostro de la joven que tenía entre sus brazos, la misma que había visto crecer como a una hermana, la que después lo había cautivado como mujer; la que estaba en sus pensamientos durante el día, y con la que soñaba por las noches. Finalmente estaban juntos, y esta vez no se separarían

–Ya no quiero pensar en nada más Ginny –dijo Harry después de un rato de contemplación mutua–. Por lo menos por una noche no quiero pensar en nada más. Esta noche sólo quiero estar contigo.

Ambos volvieron a besarse sin tregua, y en ese momento, las palabras estuvieron de sobra. La noche aún era joven al igual que ellos; después se preocuparían por el amanecer. En ese instante y en ese lugar, sólo importaban ellos y todo el amor que se profesaban el uno por el otro. Lo demás, salía sobrando.

Harry no sabía cuánto tiempo llevaba despierto, sólo sabía que ya había descansado lo suficiente y que se había despertado cuando aún era de noche porque había tenido la necesidad de abrir los ojos. Ginny yacía entre sus brazos, plácidamente dormida. Respiraba con lentitud sobre el pecho desnudo del muchacho, provocándole ligeros escalofríos.

Todo a su alrededor estaba sumido en penumbras y las siluetas le resultaban confusas, pero después de unos minutos sus ojos verdes se adaptaron a la oscuridad y las cosas se vieron con mayor nitidez. En ese momento recordó que estaban en medio de la sala común, al pie de la chimenea en donde el fuego ya no repiqueteaba más. Habían pasado toda la noche ahí. Ya sin dificultad Harry contempló el rostro apacible de Ginny. Aún en medio de esa oscuridad él pensó que ella se veía hermosa. No quería que ese momento terminara, quería quedarse así por el resto de su vida. La amaba tanto.

Pero todo tiene su lugar y su tiempo; cada cosa tiene su plazo y cada plazo tiene su fin, y ese instante en la sala común, ese momento entre Harry y Ginny, estaba a punto de terminar, pues en el lejano horizonte comenzaban a brillar los primeros rayos de ese inoportuno amanecer. La luz comenzó a filtrarse por los ventanales de la confortable sala, y en cuestión de minutos, ambos cuerpos desnudos parcialmente cubiertos por la capa invisible se vieron bañados por el sol.

Harry sabía que no podían ni debían quedarse ahí por más tiempo, pues en cualquier momento Ron, Hermione y Liza bajarían de sus dormitorios; así que muy a su pesar, comenzó a llamar a Ginny:

–Ginny… Ginny… ya amaneció.

Pero la muchacha no respondió. Harry la contempló un instante y luego acercó su rostro al de ella para después besarla dulcemente. Ginny abrió perezosamente los ojos.

–¿Qué pasa? –cuestionó aún dormida–. ¿Ya amaneció?

–Eso me temo –le contestó Harry con una sonrisa.

La pelirroja se frotó un poco los ojos y después miró fijamente a Harry.

–¿Hace cuánto que estás despierto? –le preguntó en un susurro.

–Hace un rato –respondió con ternura.

–¿Y qué estabas haciendo?

–Te observaba.

–Debió de haber sido muy aburrido verme dormir.

–Para nada. Mientras te observaba no podía dejar de pensar en lo afortunado que soy.

Se sonrieron y volvieron a unir sus labios, pero justo en ese instante un ruido de pasos hizo que ambos se separaran alarmados. Alguien bajaba a la sala común. Sin tiempo que perder, comenzaron a vestirse apresuradamente, mientras los pasos se acercaban más y más. El sonido provenía de las escaleras que conducían a los dormitorios de los chicos. Era Ron el que descendía a paso lento. Sin saber qué otra cosa hacer, Harry empuñó su varita, pensó con apremio "¡Fermaportus!" y apuntó a la puerta que conducía a la escalinata de los chicos. La puerta se selló al instante, dándoles más tiempo para salir de ahí.

–Pero qué… –Escucharon claramente cómo Ron forcejeaba con la puerta y maldecía un poco, pero antes de que lograra abrirla, Harry y Ginny ya habían abandonado la sala común.

Bajaron a toda prisa unos cuantos pisos, sin estar muy seguros de adónde querían llegar, lo único que querían era alejarse de la torre de Gryffindor. Cuando estuvieron en el Gran Comedor se dieron cuenta de que estaban muy hambrientos, así que se sentaron a desayunar. Poco a poco comenzaron a relajarse, y entonces, ambos prorrumpieron en unas estruendosas carcajadas, encontrando muy cómico lo que les acababa de suceder en la sala común.

–¿Qué es tan gracioso? –preguntó Ron entrando en el Gran Comedor.

–Nada –respondieron Harry y Ginny al unísono.

–Sólo recordábamos algo divertido –aclaró Harry al ver la mirada taciturna de su amigo.

–Ah, vaya –dijo Ron molesto–. ¿Qué no traían esa misma ropa ayer?

–Ron, aún debes estar dormido, esta ropa es completamente diferente –aseguró Ginny sonando increíblemente convincente.

Ron se limitó a encogerse de hombros y comenzó a comer. Harry y Ginny se dirigieron miradas de secreta complicidad y continuaron desayunando en silencio.

Unos minutos después Hermione entró al Gran Comedor, pero no iba sola. Una muchacha rubia de ojos saltones iba con ella.

–¡Luna! –exclamó Ginny con alegría–. ¡Qué sorpresa!

–Hola –saludó con aire ensoñador–. Me da mucho gusto volver a verlos.

–Pero ¿qué haces aquí? –inquirió la pelirroja mientras Luna y Hermione se sentaban.

–Mi padre y yo hemos venido a ayudar –respondió Luna–. Fuimos a San Mungo para investigar más sobre los stroxes pustulosos cuando nos topamos con Alastor Moody, y él nos mandó para acá.

–Yo ya me encargué de explicarles por qué estamos aquí –informó Hermione dándose importancia–, y ellos dijeron que estarían encantados de ayudar.

–Mi papá está hablando justo ahora con la profesora McGonagall –agregó Luna visiblemente emocionada.

–¡Vaya¡Qué bien! –exclamó Ginny con una sonrisa.

Harry no dijo nada, pero sí se alegró al enterarse de todo eso. Él sabía que sin importar lo excéntrica que Luna podía llegar a ser, su deseo de ayudar era sincero. Estaba a punto de decir algo, cuando unos gritos provenientes del vestíbulo se dejaron escuchar. Era la profesora McGonagall que, a juzgar por el volumen de su voz, discutía acaloradamente con alguien.

Se levantaron de sus asientos al instante y salieron del Gran Comedor hacia el vestíbulo, en donde se dieron cuenta de quién era el que provocaba semejante ira en la profesora McGonagall: Rufus Scrimgeour, ministro de Magia, estaba de pie frente a ella, con Percy Weasley a un lado (y su acostumbrado aire de superioridad en el rostro), y Cornelius Fudge y muchos hombres del Ministerio al otro.

–¡Usted no tiene ningún derecho de estar aquí! –gritó la mujer, colérica–. ¡Lárguese¡Lárguese ahora mismo!

–Me permito recordarle que soy el ministro de Magia –dijo Scrimgeour fríamente–. Puedo estar aquí el tiempo que quiera.

–¡No, no puede! –gritó la profesora McGonagall–. ¡No se lo permito!

–Hay que traer a Liza –sugirió Ginny en un susurro.

–Yo voy por ella –avisó Harry antes de salir corriendo en dirección a la torre de Gryffindor, en donde habían dejado el mapa del merodeador.

Tomó varios atajos que lo condujeron más rápido a su meta, pero antes de llegar a la torre, escuchó pasos al final del pasillo en donde se encontraba. Se giró al instante y vio que Liza comenzaba a descender hacia el piso inferior. A toda velocidad se dirigió a su prima, y cuando estuvo cerca de ella, escuchó claramente que la muchacha estaba cantando una canción conocida:

–"Hogwarts, Hogwarts, Hogwarts, enséñanos algo, por favor. Aunque seamos viejos y calvos…".

La joven continuó con su canto sin saber que tenía público. Por una fracción de segundo Harry disminuyó la velocidad al oír aquella canción. Esa era la canción del colegio, la misma que habían cantado cuando él apenas había ingresado a primer año. No la había escuchado en siglos. Sin embargo, no podía detenerse sólo porque inesperadamente había escuchado a Liza cantando esa canción; debía avisarle a su prima que Scrimgeour estaba ahí.

–¡Liza! –la llamó con urgencia–. ¡Liza!

La muchacha, que había estado caminando a paso lento y con los brazos sujetos detrás de su espalda, se giró hacia él al instante.

–Hola Harry, qué bueno que te veo. Olvidaste esto en la sala común.

La joven le tendió la capa invisible, cuidadosamente doblada. Harry la tomó sin saber qué decir y sintiendo que se ruborizaba hasta las orejas. Estuvo un rato en silencio, con la mente totalmente en blanco, hasta que Liza le dijo:

–A juzgar por cómo me llamabas, creo que tenías algo importante que decirme¿qué pasa Harry?

En ese momento el muchacho recordó la razón por la que había estado buscando a su prima, y se la dijo sin rodeos:

–Rufus Scrimgeour está aquí.

–¿Rufus Scrimgeour? –repitió Liza sorprendida–. ¿El ministro de Magia?

Harry asintió prontamente.

–Vaya, vaya. Qué interesante. ¿Y qué estamos esperando Harry?

Y sin decir más, ambos se dirigieron rápidamente al vestíbulo, en donde la escena había cambiado sólo un poco: la profesora McGonagall ya no estaba sola; Hermione, Ron, Luna, Ginny, Lupin y Tonks estaban junto a ella, apoyándola.

–¿No entiende? –preguntó Tonks con indignación–. ¡Usted no es bienvenido aquí!

Liza y Harry se acercaron en silencio y de igual forma escucharon lo que Scrimgeour les contestaba:

–Los que no son bienvenidos en este castillo son ustedes. Hogwarts es un colegio, no un hospicio; y a menos que me digan por qué están aquí y no en San Mungo, no tengo más remedio que echarlos.

–Me gustaría verlo intentándolo –dijo Liza con insolencia.

Scrimgeour la miró despectivamente, la observó de arriba abajo, y luego volvió la vista a la profesora McGonagall, ignorando a Liza.

–¿Y bien? –insistió el mago con impaciencia–. ¿Por qué están aquí?

–Si el Ministerio trabajara como es debido, hace eones que usted se habría enterado de esa respuesta –repuso Liza con el mismo tono de insolencia que había usado antes.

Esta vez, Scrimgeour no pudo ignorar el comentario de la muchacha, así que se giró hacia ella y la encaró con rudeza:

–¿Y quién demonios te crees tú para hacer ese tipo de aseveraciones?

–¡Por las barbas de Merlín, tiene usted razón¡Aún no me he presentado! Pero qué modales los míos. Elizabeth Dumbledore –se presentó, alargando su mano derecha para que el ministro se la estrechara, pero él no hizo tal cosa.

Scrimgeour se había puesto pálido, al igual que Percy; y Fudge, quien había estado girando entre sus manos su bombín verde lima, se quedó paralizado. Un tenso silencio cayó sobre los hombres del Ministerio.

–¿Du-Dumbledore? –balbuceó Scrimgeour anonadado.

–Sí, Dumbledore –confirmó Liza mientras retiraba su mano derecha como si nada–. Soy hija de Albus Dumbledore.

–Pe-pero eso no puede ser posible –replicó Fudge haciendo girar nuevamente su bombín–. Tú no puedes ser hija de… él era demasiado viejo como para…

–No voy a discutir mis orígenes con gente como ustedes –repuso Liza con desprecio–. Si lo que quieren saber es la razón por la que estamos ocupando el colegio como hospital temporal, yo puedo decírsela: Mañana, el Hospital San Mungo de Enfermedades y Heridas Mágicas será atacado por mortífagos que buscan acabar con nuestro sanatorio más importante. No sabemos cuántos mortífagos serán ni a qué hora atacarán, lo único que sabemos es que será mañana.

Scrimgeour observó a Liza como si fuera un bicho raro, pero después, recuperando su aplomo, dijo:

–Entonces todo el Cuartel General de Aurores que aún le son fieles al Ministerio estará mañana en San Mungo. No hay razón alguna para que su autodenominada "Orden del Fénix" se presente.

–Oh, sí que la hay –dijo Liza con una sonrisa.

–Ustedes solamente serían un estorbo para el Ministerio –declaró Scrimgeour con frialdad.

–Yo sinceramente lo dudo –contradijo Liza sin borrar su sonrisa.

–¡Era de esperarse! –exclamó Scrimgeour exasperado–. ¡Eres igual de terca que tu padre, e igual de estúpida!

Harry sintió la sangre hervir en sus venas. Con un movimiento rápido, empuñó su varita y la apuntó al pecho del ministro, ante las miradas atónitas de los demás. La única persona que había reaccionado tan rápido como él había sido Liza, quien también había sacado su varita.

–¡Cuidado! –advirtió Harry con firmeza.

–Sí –apoyó Liza con tono intimidante, mientras los hombres del Ministerio los apuntaban con sus varitas, y las varitas de los pocos integrantes de la Orden que ahí estaban los apuntaban a ellos–. Tenga cuidado señor ministro. En muchos aspectos me parezco a mi padre, pero yo no soy tan paciente como él lo era. Si usted vuelve a insultarlo, le juro que se arrepentirá.

–¿Es eso una amenaza? –preguntó Scrimgeour mirándola con odio.

–Sí –afirmó Liza sin dudar–. Sí lo es. Tenga cuidado.

Después de decir eso, la muchacha bajó su varita, y los demás hicieron lo mismo.

–Su ayuda en la batalla de mañana no sólo será bienvenida –informó Liza con tono educado–, sino que será aceptada. Ahora, usted y su gente ya no tienen nada que hacer aquí. Váyanse, ya conocen la salida.

No fue necesario que la joven lo dijera dos veces. Sin perder tiempo pero sí con una última mirada de odio, Rufus Scrimgeour y su escolta abandonaron el castillo, sin mirar atrás ni una sola vez.