Hola!
Bueno, antes que nada, quiero ofrecerles una disculpa, porque cuando puse el capítulo 18, debí de avisarles que ahora voy a poner los capítulos un viernes sí y un viernes no. Así es como mi horario se acomoda más. Pero bueno, así sirve de que están más ansiosos cuando leen mi historia, y me mandarán sus opiniones más rápido.
Pasando a otra cosa, tengo un favor que pedirles a los que me dejan comentario. Verán, creo que ya les había dicho pero por si no, tanto esta historia como la que escribí antes ("Harry Potter y la Rebelión del Vampiro") son creaciones de mi hermano y mías, y bajo este ambiente de creatividad, él y yo vamos a escribir una nueva historia totalmente desligada de Harry Potter, será una historia nuestra, con un argumento original nuesto. Sé que se estarán preguntando "¿y esto qué tiene que ver con nosotros?", pues tiene que ver y mucho. Como tributo a ustedes, mis lectores, quisiera utilizar sus apodos para que sean los nombres de las ciudades en esta historia nueva. Obviamente lo que les pido no es obligatorio, pero la verdad sí me gustaría, porque de esa forma, su conexión con nosotros se establecería para siempre, en papel y tinta.
Piénsenlo, no les pido que me respondan mañana, sólo les pido que lo piensen. En caso de que dijeran que sí, tengo una pequeñita condición: algunos de ustedes tienen apodos referentes a personajes de Harry Potter o a algúnos otros personajes literarios o artistas, y obviamente, no puedo usarlos, así que en caso de que acepten y que su apodo entre en esta categoría, les pido que piensen en alguna otra palabra que los identifique o que lo consideren como su apodo.
Bueno, eso es todo y ya basta de tanto parloteo. Quiero darle las gracias a Sara Morgan Black, a Bella Black 123, a Celestanay a -Andromeda HP-por todos sus comentarios, ustedes son la razón por la que yo continúo escribiendo. GRACIAS! Y ni falta hace que les diga que espero ansiosa sus comentarios para esta cap.
Nos vemos en el siguiente, arrocillo!
Escrito por aego y por leyno
Capítulo 19.
Padre e hija
–¡Sí que se están tomando su tiempo! –exclamó Ron nervioso.
–Deben de estar asegurándose de que todo es como debe ser –conjeturó Hermione–¿verdad Harry?
–Sí. Supongo.
La impaciencia se percibía en el aire. El nerviosismo era casi tangible. Finalmente había llegado el día de enfrentar a los mortífagos en el Hospital San Mungo de Enfermedades y Heridas Mágicas. Un pequeño grupo de integrantes de la Orden del Fénix se había adelantado para preparar la llegada de los demás combatientes; y mientras tanto, en Hogwarts, el resto de la Orden esperaba, procurando no perder el último aliento de calma que aún les quedaba.
No todos los integrantes de la Orden se presentarían a la batalla, entre ellos la familia de Neville (incluyéndolo) y Luna y su padre. Ellos se quedarían en Hogwarts con los sanadores y los enfermos, sirviendo como refuerzos en caso de que fuera necesario. Aunque Harry sabía que la profesora McGonagall esperaba que no lo fuera.
De pronto, una súbita llamarada en medio del aire, y el caer parsimonioso de una pluma dorada, les indicó a todos que ya era hora. A una señal de la profesora McGonagall, todos desaparecieron y reaparecieron en la recepción del hospital.
–Escúchenme todos –ordenó la profesora McGonagall–. El plan es pelear con los mortífagos única y exclusivamente en esta planta del hospital. Sin embargo, lo más probable es que los mortífagos aparezcan por todo San Mungo. Es por eso que nos distribuiremos a lo largo y ancho del edificio, y trataremos de acorralar al enemigo hacia aquí. ¿Alguna duda?
La bruja guardó silencio, esperando a que alguien hablara, pero nadie lo hizo.
–Muy bien –continuó la profesora, visiblemente nerviosa, pero firme y ecuánime–. Ahora, como todos escuchamos ayer, Liza se ha ofrecido para sacar toda la información que necesitamos de la mente de Voldemort. Nuestra única obligación ante esto, es mantener a los mortífagos lo suficientemente lejos, para que Liza pueda hacer su trabajo. ¿Está todo entendido?
Hubo un asentimiento general, después del cual, todos comenzaron a dispersarse por el hospital. Harry buscó a Liza con la mirada, pues tenía algo importante que decirle, y la encontró cerca del mostrador de Información.
–En un momento regreso –dijo en voz alta a sus amigos, y luego fue tras de Liza–. ¡Liza!
La muchacha se giró hacia él y esperó a que le diera alcance.
–¿No deberías estar ocupando tu posición, Harry? –le preguntó sutilmente.
–En un momento, antes tenía que hablar contigo.
Liza abrió la boca para responder ante aquello, pero Harry fue más rápido y continuó:
–Quiero estar contigo cuando Voldemort aparezca.
La muchacha lo contempló con sus ojos vacíos por unos breves instantes, y después respondió:
–No Harry.
–¿No? –repitió Harry desconcertado–. ¿Por qué no?
–No podemos darnos el lujo de arriesgarte de esa manera –contestó con simplicidad.
–¿Arriesgarme¡Pero si yo sé defenderme solo!
–Ya te lo dije Harry. Tú eres el que más importa de todos nosotros, y por lo tanto, debemos protegerte, incluso debemos dar la vida por ti si es necesario.
Harry estaba consciente de todo aquello, pero aun así, él todavía quería estar con Liza cuando ésta llamase a Voldemort.
–Voy a estar ahí contigo, Liza –resolvió Harry resueltamente. No era una proposición, era un hecho rotundo.
–No Harry. Te lo prohíbo terminantemente. No te acerques al lugar en el que Voldemort y yo estaremos. Te lo prohíbo.
–¡No puedes prohibírmelo! –reclamó Harry airado, elevando la voz.
–¡Claro que puedo! –refutó Liza también elevando su voz–. En la Orden del Fénix yo tengo mayor rango que tú. Soy tu superior, y como tal, tú recibes y debes cumplir las órdenes que yo te dé¡y si digo que no vas, no vas!
Harry fulminó a su prima con la mirada. Esa era la primera vez que la veía de esa manera, con una mezcla de ira y desacato. Estuvo a punto de responder a las palabras de Liza, pero justo en ese momento Ojoloco llamó a la joven para que fuera a la planta superior. Liza se fue al instante, dejando que su primo se sintiera invadido por la cólera. Después de unos segundos de dejar a su sangre hervir, Harry regresó con sus amigos.
–¿Qué pasa Harry? –preguntó Ginny en cuanto lo vio llegar–. ¿Estás bien?
–Liza no me dejará estar con ella cuando llame a Voldemort –resumió en pocas palabras.
–¿Y por eso estás tan molesto? –preguntó Ron con una fingida calma.
–No estoy molesto –corrigió Harry–. Estoy furioso.
–Pues yo creo que esa es la decisión más sabia –opinó Hermione–. Harry, sabes muy bien que eres tú quien tiene que llegar a la última batalla contra Voldemort, y ésta no es la última batalla.
Los demás no dijeron nada, pero Harry sabía que estaban de acuerdo con Hermione, y eso lo irritó aún más. Eso era lo único que le faltaba, que sus amigos pensaran una vez más que lo que él decía o creía, estaba mal; justo como habían hecho todo el tiempo en que él había insistido en que Draco Malfoy se había convertido en un mortífago. Estuvo a punto de reclamarles su manera de pensar, pero entonces se dio cuenta de que no tenía caso discutir, y menos en esos momentos, cuando ya todos estaban listos para la batalla.
–Tenemos que ir a nuestros lugares –indicó Hermione en un susurro.
Y sin decir más, todos se separaron. Sus lugares, al igual que los de la mayoría, estaban ubicados en los rincones clave de esa planta; en los rincones en los que podían ver al enemigo pero no ser vistos por éste. Algunos miembros de la Orden habían sido desilusionados para no ser detectados por el enemigo, mientras que otros simplemente se habían ocultado. Harry contenía la respiración esperando el arribo de los mortífagos, el cual, no cabía duda, sería en cualquier momento.
Desde su posición, Harry vio que Liza descendía del piso superior y se apresuraba a ocupar el asiento en el que normalmente estaba sentada la bruja encargada de dar la información. Ese era el plan, hacer creer a los mortífagos que ese era un día como tantos otros en San Mungo. Después de que Liza ocupó su lugar, lo único que quedaba era esperar.
Mientras esperaban, Harry pensó en lo que haría para estar con su prima cuando ésta le tendiese la trampa a Voldemort. Si todo salía bien, antes de que la batalla terminara, Liza subiría a la azotea del edificio e invocaría la Marca Tenebrosa, y de algún modo, Harry debía seguirla, pero¿cómo? La capa invisible no le sería de ayuda, no sería capaz de moverse estando cubierto por ella. Miró a su alrededor, como si esperara encontrar la respuesta frente a sus narices. Era increíble pensar que esa planta del hospital estaba infestada de integrantes de la Orden del Fénix, por no mencionar los pequeños grupos que custodiaban los pisos, todos ocultos o desilusionados.
Y entonces, Harry encontró la respuesta a su incógnita: lo que debía hacer era desilusionarse, luego colarse en medio de la batalla y seguir a su prima a la azotea. Tan simple como eso. Miró hacia todos lados, asegurándose de que nadie lo observaba, y cuando estuvo seguro de eso, pensó con todas sus fuerzas en el encantamiento desilusionador y se golpeó la cabeza repetidas veces con la punta de la varita. Aquella sensación de hilos fríos recorriendo cada partícula de su cuerpo comenzó por la cabeza y terminó en los dedos de los pies.
Harry estaba a punto de celebrar el hecho de que se había auto-desilusionado, cuando el ensordecedor sonido de múltiples estallidos les anunció la llegada de los mortífagos. Al menos cincuenta encapuchados hicieron acto de presencia en aquella planta del hospital, y Harry supuso que algo similar había sucedido en todos los pisos de aquella instalación, aunque no podía estar muy seguro, pues ningún sonido belicoso era audible.
–Buenos días –dijo Liza con tono cortés y sin levantar la mirada del escritorio, pretendiendo que lo que hacía era tan importante, que ni siquiera se había percatado de quiénes eran los que estaban frente a ella–. ¿En qué puedo ayudarles?
–¿Tú? –dijo una voz masculina que Harry reconoció como la de aquel mortífago contrahecho que había estado presente en la torre de Astronomía la noche en que Snape había asesinado a Dumbledore. Era Amycus–. Tú no puedes ayudarnos en nada.
Y después de decir eso, el mortífago blandió su varita contra Liza sin pronunciar hechizo alguno, pero con un rápido movimiento, la muchacha hizo que el hombre volara por los aires y se estrellara con el muro de enfrente.
–¡Qué demonios! –exclamó una voz femenina ante aquel inesperado ataque. Harry reconoció esa voz como la de la hermana de Amycus, Alecto.
Varios mortífagos levantaron las varitas, apuntando a la joven, quien finalmente levantando la mirada, dijo con calma:
–Yo no haría eso si fuera ustedes.
–¿A no? –preguntó con insolencia una voz masculina que le resultó desconocida a Harry–. ¿Y por qué no?
–Porque resulta que yo sabía que ustedes vendrían hoy.
Harry sabía que la batalla estallaría de un momento a otro, sólo necesitaban la señal de Liza. El mortífago desconocido continuó hablando pasmado:
–¿Lo sabías¿Cómo es…
–Bellatrix Lestrange me lo confesó –lo interrumpió Liza sin rodeos–, me lo dijo todo. Y también dijo algo sobre que ella debió de ser siempre la favorita.
–¡Esa traidora! –exclamó el mortífago Amycus, que se había puesto en pie, y avanzaba hacia las filas principales.
–No. Ella nunca haría eso –negó Alecto con rotundidad–. ¡Estás mintiendo!
–¿En serio? Entonces dime¿en dónde está ella en estos momentos?
–¡Ya basta de charla! –gritó otro mortífago–. Recuerden la misión.
–¿De verdad creen que los voy a dejar destruir San Mungo? –preguntó Liza con sorna–. No. Yo voy a pelear con ustedes.
Los mortífagos rieron ante aquella sentencia.
–¿Tú? –preguntó Amycus–. ¿Tú y qué ejército?
–No son tan estúpidos como para pensar que estoy aquí sola¿o sí? –Después de decir eso, se puso en pie retadoramente–. ¿Qué ejército¿Quieren saber qué ejército? Éste.
Esa era la señal para la Orden. Sin tiempo que perder, comenzaron con el ataque, sin siquiera dar a los mortífagos la oportunidad de reaccionar. Todos los magos que estaban desilusionados volvieron a su estado normal para poder pelear con mayor libertad, pues si bien era cierto que estando mimetizados les resultaba más fácil atacar al enemigo, también era más fácil que fueran alcanzados por hechizos que no iban a ellos, ya que los mortífagos no los veían y los otros integrantes de la Orden no sabían exactamente dónde estaban.
Harry, sin embargo, continuó en su estado de desilusión; y al instante fue tras de su prima, quien ya había subido las escaleras a toda velocidad. A mitad de la escalera, Harry comenzó a escuchar mucho alboroto proveniente de la planta a la que se dirigía, lo que le hizo deducir que más mortífagos habían hecho acto de presencia. Apretó el paso y en segundos estuvo frente a una nueva batalla. Ambos bandos peleaban sin tregua, sin dar un solo respiro al enemigo.
Liza pasó de largo (no sin dificultad) y lo mismo hizo Harry. El espectáculo que Harry vio en los siguientes pisos siempre fue el mismo: guerra. No hubo un solo lugar por el que pudiera pasar sin tener que preocuparse de que algún hechizo o maldición lo golpeara. Y entonces, después de aquella ajetreada carrera, ambos primos se vieron envueltos por el fresco aire matutinal que se percibía en la azotea de aquel gran edificio.
Harry miró a su alrededor. La azotea estaba completamente desolada. Al parecer, nadie había pensado que esa parte de la construcción era importante. Seguramente habían creído que una vez que los sanadores estuvieran acorralados junto con los enfermos, aquella azotea no era una ruta de escape, pues nadie se lanzaría de un edificio tan alto. Eso hubiera sido suicidio.
Liza no se hizo esperar. Avanzó con paso decidido a lo largo de la azotea y se colocó en el centro de la misma. A juzgar por la posición en que la joven se había colocado, a Harry le parecía que su prima estaba tomando fuerzas para hacer lo que tenía que hacer.
–¡Morsmordre! –gritó finalmente, blandiendo su varita al cielo gris.
Harry supo al instante que aquello había funcionado, pues de inmediato un intenso fulgor verde iluminó el lugar, bañándolo todo de luz. Ahora, lo único que les restaba era esperar pacientemente a que Voldemort cayera en la trampa. Aquella visión resultaba un poco escalofriante: la Marca Tenebrosa flotando sobre San Mungo. Hubiera sido realmente una tragedia si aquella marca hubiera sido hecha por un mortífago, después de que él y sus compañeros hubiesen destruido el hospital. Por fortuna, no había sido así.
El ruido de la batalla se oía bastante lejano y Harry no pudo evitar preguntarse cómo le estaría yendo a la Orden. Por un breve instante contempló la posibilidad de bajar y ver la batalla, pero descartó la idea casi antes de terminar de pensarla, pues sabía perfectamente que si dejaba la azotea en ese preciso momento, no sería capaz de regresar sin que Voldemort y Liza se dieran cuenta. Resignándose a no saber nada sobre la suerte de la Orden y de sus amigos, exhaló un suspiro inaudible y se recargó en la pared, consciente de que debía hacer el menor ruido posible.
Liza se veía un poco nerviosa, pero a la vez, la determinación emanaba de sus poros. Harry sabía que aquel momento había sido anhelado por su prima desde el mismo instante en que Dumbledore le había dicho que Voldemort era su padre biológico. Ella misma se lo había confesado (a él y a sus amigos) después de que habían abandonado la mazmorra en donde mantenían a los dos mortífagos. El encuentro cara a cara con su progenitor era lo que Liza más deseaba. Sin embargo, parecía que la desesperación estaba encontrando espacio en la mente de la joven, pues se notaba ansiosa.
Harry se dio a la tarea de pensar en todos los posibles resultados de aquella disputa entre padre e hija, y muy a su pesar, no pudo evitar que los pensamientos de fatalismo fueran creados por su cerebro. Así como todo podía terminar bien, eran más las posibilidades de que todo terminara mal. Y justo en aquel momento, Harry se vio obligado a salir de sus pensamientos, pues un sonoro estallido había cortado el silencio y una fuerte ráfaga se había desatado a su alrededor.
Y ahí, justo enfrente de ambos primos, lord Voldemort hizo acto de presencia, acompañado de su fiel serpiente Nagini. El remedo de hombre aspiró lentamente el olor de aquel lugar y miró a su alrededor con sus ojos rojos llenos de odio. Su mirada naturalmente se posó en Liza. No parecía sorprendido en lo absoluto.
–Tú invocaste mi Marca Tenebrosa. –No era una pregunta, él estaba completamente seguro de lo que había dicho.
Liza no afirmó o negó nada, solamente se limitó a clavar sus ojos blancos en los rojos de Voldemort. La serpiente se deslizó cautelosamente hasta los pies de la joven, y comenzó a pasearse alrededor de ellos.
–Pero dime¿cómo lo hiciste? –preguntó Voldemort melosamente–. Sólo yo, o mis mortífagos, somos capaces de invocar esta marca –añadió, señalando al cielo.
–Pues ya ves que eso no es del todo cierto Tom –respondió Liza, y fue todo lo que se limitó a decir.
Las facciones de Voldemort se contrajeron por unos segundos ante el sonido de su propio nombre, pero después volvió a su usual gesto de superioridad. Sólo por si acaso, Harry se había preparado para atacar. Con aquel ser despreciable era mejor esperar cualquier cosa.
–¿Quién eres? –cuestionó finalmente, aproximándose a ella.
–¿No me reconoces? –inquirió Liza por respuesta.
–¿Reconocerte? –replicó el mago con desprecio–. Ni siquiera te conozco.
–Eso significa que ya la olvidaste –concluyó Liza con simplicidad.
–¿Cómo la invocaste¿Cómo invocaste mi marca?
–Fue bastante sencillo realmente, sólo hice lo que tus sirvientes me dijeron que hiciera.
–¿Mis sirvientes?
–Bellatrix Lestrange y Peter Pettigrew. Ellos me dijeron todo lo que necesitaba saber, y debo agregar que estaban deseosos de hablar. Honestamente, pensé que entre ladrones y asesinos la lealtad era lo más importante.
Una sonrisa se dibujó en los labios de Harry, pues sabía perfectamente que con aquellas palabras, Liza había sellado el destino de los dos mortífagos que se encontraban en Hogwarts. Ya no habría salvación para ellos.
Nagini continuaba con su paseo alrededor de Liza, y Harry escuchó claramente que la serpiente siseaba "¡Ya basta, quiero comer!".
–Espera, aún no –respondió Voldemort en lengua pársel.
Harry había entendido eso sin ningún problema, y estaba seguro de que su prima, bajo su condición como hija de Voldemort, también había entendido cada siseo.
–Con el conjuro no basta –continuó Voldemort fulminándola con la mirada.
–Eso mismo dijeron ellos, pero aun así insistieron en decirme el conjuro, y ya ves, sí pude invocar "tu" marca.
Voldemort la miró con odio y Liza permaneció impertérrita, sin retroceder siquiera un paso.
–¡Quién demonios eres? –bramó perdiendo finalmente la paciencia. Nagini se recogió al lado de su amo.
–¿Qué es lo que quieres que te conteste¿Quieres mi nombre¿Mi nivel de magia¿Mi ascendencia?
Harry sabía muy bien la razón por la que Liza se mantenía dando largas a aquella pregunta una y otra vez. Su objetivo era desesperar a Voldemort, desesperarlo a tal grado que sus barreras mentales pudieran ser quebrantadas y entonces ella fuera capaz de utilizar la Palma de Godric.
–Además¿para qué quieres saber quién soy? –cuestionó Liza con calma–. ¿De qué te servirá eso?
–Puedo sentir que eres una bruja muy poderosa –dijo Voldemort despacio–, pero ni siquiera alguien con tu poder sería capaz de invocar esta marca no siendo mortífago; y mucho menos, sería capaz de invocar esta marca en particular.
–Tú sabías que esto era una trampa desde antes de aparecerte¿o no? –preguntó Liza con un tono de voz que indicaba que de antemano conocía la respuesta.
–Por supuesto que lo sabía. Yo lo sé todo.
–¿Y entonces por qué viniste?
–Porque quería saber quién era el causante de esto. Esta marca tiene rasgos específicos propios de la Marca Tenebrosa que yo conjuro. Nadie, literalmente, puede invocar "mi marca", y nadie lo había hecho, hasta ahora. Dime¿qué hay de diferente en ti¿Cómo lograste invocar esta marca en especial, niña?
–Pensé que lo sabías todo.
–¡Ya basta de palabras¡Exijo saber quién eres!
Y tras decir eso, Voldemort blandió su varita contra Liza, tratando de atacarla, pero la joven ya lo veía venir y se protegió al instante.
–No me tomes por una principiante Tom, no lo soy. Mi padre se encargó de que no lo fuera.
–¿Tu padre se encargó… –repitió Voldemort, y Harry supo que el mago estaba tratando de descubrir de qué hombre estaban hablando–. Tu padre se… –Y entonces, el rostro de Voldemort se contrajo en una mueca extraña–. ¡Albus Dumbledore! –concluyó, cayendo en lo obvio de la situación–. Es el único que me llamaba Tom.
–¡Vaya! –exclamó Liza anonadada–. Eres la primera persona a la que no le tengo que decir mi nombre para que me relacione con Albus Dumbledore. –La joven sonrió ampliamente–. Mi nombre es Liza, y mi apellido ya lo sabes.
–Pero él no pudo…
–¿Reconoces esto? –preguntó Liza, descubriéndose su mano izquierda y mostrándole su flameante palma.
–¡La Palma de Godric! –exclamó Voldemort genuinamente asombrado–. ¡Rina!
–Entonces, después de todo sí la recuerdas.
–Cómo no recordarla. Nunca olvido a los que me traicionan. Y sobre todo, nunca olvido una traición tan grave como la de ella.
–¿Y alguna vez llegaste a saber por qué se fue?
–¿Realmente crees que eso me importó? Ella merecía morir. Nadie le da la espalda a lord Voldemort.
–Pues yo te voy a decir por qué se fue. Rina Blair desertó de los mortífagos por mí.
–¿Qué?
–Lo que oíste. Ella descubrió que estaba embarazada de mí, y fue entonces cuando se dio cuenta de que tu organización no era tan "lucrativa" como tú hacías suponer. Y mucho menos podía ser lucrativa para una joven que se había embarazado del jefe.
Ese era el momento, Liza ya lo había dicho; y Harry vio por primera vez que Voldemort estaba completamente anonadado.
–Creo que esto es tuyo –dijo Liza, quitándose el anillo que portaba en su mano derecha y arrojándolo a los pies de Voldemort.
El hombre contempló el anillo con los ojos muy abiertos.
–¿Por qué lo hiciste Tom? –preguntó Liza súbitamente–. ¿Acaso creíste que de alguna forma estabas mancillando la sangre de Godric Gryffindor al poseer a mi madre¿Pensaste que manchabas su linaje al adueñarte de ella?
Voldemort no respondió. Aún parecía estar demasiado impresionado por lo que la joven acababa de decirle. Liza, por su parte, se rió entre dientes, y luego dijo:
–Apuesto a que nunca esperaste que ese arrebato de soberbia te traería consecuencias, pero ya ves, yo soy el resultado de tu perversión.
–Eso no es posible –negó el hombre finalmente, volviendo a su frialdad–, no puede ser que…
–¿Por qué crees que Rina estuvo completamente desaparecida por todo un año? Esperó hasta darme a luz y entonces se fue, pero no sin antes asegurarse de que me dejaba en manos de la única persona que podía hacer que mis talentos se desarrollaran completamente.
–Albus Dumbledore –dijo Voldemort con una expresión maníaca.
–Albus Dumbledore –repitió Liza–. Irónico¿no es cierto? Pensar que quien pudo haber sido tu aliada fue criada por tu peor enemigo. Pensar que después de todo sí hay alguien capaz de derrotarte y salir victorioso, y ese alguien es tu propia hija.
–Eso es mentira –replicó Voldemort glacialmente–. Tú no eres la marcada por la profecía. El elegido es Harry Potter.
–La profecía –dijo Liza con una mueca burlona–. Jamás pensé que fueras tan supersticioso, Tom. Además, debes saber que el chico Potter está de mi lado. Él hace lo que yo le digo; y con "el niño que vivió" apoyándome, tu imperio no tardará en ser mío. Es sólo cuestión de quitarte del camino, y después es cuestión de sacar a Potter del tablero, y para desgracia de ambos, yo tengo el poder suficiente para hacer las dos cosas.
A Voldemort no le gustaba nada lo que estaba oyendo, y a Harry tampoco. Para el gusto del muchacho, aquello estaba sonando demasiado real¿o sería acaso que finalmente estaba conociendo lo que verdaderamente se ocultaba detrás del rostro de Liza Dumbledore, hija bastarda de lord Voldemort? Sea como fuere, aquello no le gustaba, no le gustaba en lo absoluto.
–Voy a matarla –dijo Nagini amenazadoramente.
–Ni siquiera lo pienses. –Aquella advertencia había brotado de los labios de Liza. La serpiente se paralizó–. Lo vez –continuó, hablando con normalidad, y acercándose más a Voldemort–, hasta tu mascota está desconcertada; no sabe si hacerte caso a ti o a mí.
–¡Tú no puedes derrotarme! –gritó Voldemort–. ¡Yo soy invencible!
–¿Tú¿Invencible¡Por favor! Un bebé de un año de edad logró derrotarte¿o es que no lo recuerdas? Ahora piensa¿qué posibilidades tienes tú contra mí? Yo fui educada por el mismísimo Albus Dumbledore, pero a diferencia suya, yo no temo usar todos mis poderes; los poderes que heredé de ti y de Rina Blair. Los poderes de Salazar Slytherin y Godric Gryffindor. Yo no temo matar al hombre que me engendró siempre y cuando eso me garantice la corona. Y te aseguro que cuando ese momento llegue, no me temblará el pulso al quitarte la vida.
–¡TÚ NO PUEDES DERROTARME! –Voldemort finalmente había llegado al límite. Había dejado que las insinuaciones de Liza lo afectaran y se había descompuesto frente a ella, y frente a Harry.
Sin tiempo que perder, Liza introdujo su palma izquierda en la cabeza del hombre frente a ella, y comenzó a buscar el tan ansiado recuerdo. La serpiente a su lado se crispó.
Harry sabía que lo que quedaba en esos momentos era esperar a que Liza rompiera esa conexión, y de haberse encontrado en otras circunstancias, la espera habría sido sencilla, pero no ahí y no en ese momento. Todo en lo que Harry podía pensar era en lo que su prima había dicho. Sin querer, había escuchado cosas que hubiera preferido no escuchar, pues nunca las hubiera imaginado de los labios de su prima; y a pesar de que una parte de su cerebro le decía que todo había sido una brillante actuación por parte de Liza, la otra parte no estaba tan segura. La pregunta era¿hasta qué punto Liza había dicho la verdad, y cuándo había comenzado con la fantasía?
