Antes de que otra cosa pase y todos ustedes, mis queridos lectores, me envíen miles de vociferadores por haber tardado tanto, tengo que disculparme y tratar de justificarme.
PERDÓN!!!! Pero esta vez no puedo prometerles que no volverá a pasar, porque sé que volverá a pasar y yo volveré a pedir perdón. Realmente es un asunto que está fuera de mis manos. Créanme que, si hay algo más celoso que tener una pareja, eso sin duda es estudiar un idioma, y lo que comenzó como un aprendizaje se ha vuelto en mi actividad cotidiana. Estoy despierta para estudiar y cuando duermo no dejo de soñar con Kanjis. Es por esto mismo que me veo obligada a pedirles un favor enorme: no sé si el capítulo que viene voy a poder ponerlo cuando corresponde; de hecho, no sé cuánto me tardaré en terminarlo, porque ni siquiera está escrito; les pido paciencia por favor, ténganme mucha paciencia. Voy a estudiar en el día y a escribir por las noches, a ver si puedo sacar la historia, y desde ahorita les digo que no se agobien, "La Palma de Godric" sí va a llegar a su final, no importa que tenga que desvelarme para escribir la historia. Siempre me inspiro más en las noches, cuando ya no hay nadie que moleste. Por favor, no desesperen!!!!
Y bueno, como ya dije arriba, estoy despierta para estudiar, así que, como comprenderán, esta vez no puedo extenderme dándole a cada uno su agradecimiento particular. Espero que para el siguiente capítulo sí pueda, porque realmente me gusta contestarles a todos en forma individual, es más personal. Si después de leer este capítulo sus dudas persisten, vuélvanlas a enumerarlas en sus opiniones, para que cuando suba el capítulo 24 se las conteste. Por ahora sólo voy a responder a una duda en la que creo que la mayoría de ustedes coincidió¿Cómo es posible que Liza sea un "Horcrux", si el "Horcrux" era Rina? Antes que nada deben saber que eso se explica en este capítulo, y deben tener presente que, aunque mi historia está basada y se desarrolla dentro del mundo de Harry Potter, uno como escritor no puede evitar ponerle "algo de su cosecha" y el hecho de que Liza sea un "Horcrux" fue algo que me saqué de la manga. Espero que no les moleste, y les aclaro que mi explicación es totalmente inventada por mí, es decir, nada de lo que van a leer sobre el por qué Liza es un "Horcrux" está escrito en el libro seis. Nada de lo que Snape y Slughorn explican está en la historia de J.K. Rowling, es algo 100 mío. No quiero que haya confusiones, es por eso que antes de que lean el capítulo se los aclaro.
Y bueno, ya me tengo que ir, pero antes, quiero agradecerles a todos porque me dieron la satisfacción más grande de toda mi vida como escritora: alcanzar y pasar los 100 comentarios. Nunca me había pasado (ésta es apenas la segunda historia que escribo), y ustedes son los únicos responsables de que haya pasado, porque a pesar de que me he vuelto muy informal, ustedes siguen conmigo y no me abandonan, y sus opiniones siguen siendo tan alentadoras como las primeras que me mandaron. GRACIAS POR HACER DE MI SUEÑO UNA REALIDAD Y POR CONTINUAR HACIÉNDOLO CON CADA COMENTARIO Y OPINIÓN. A TODOS, MIL GRACIAS!!!!
arrocillo!!!
Escrito por aego y por leyno.
Capítulo 23.
Un recuerdo post mórtem
Harry se había quedado sin habla, y de igual forma se había quedado Liza. La Orden entera no se atrevía a decir palabra alguna. Fue la misma Liza quien rompió el silencio:
–Yo no soy un "Horcrux". Hasta hace poco, yo nunca había visto a Voldemort cara a cara…
–No es así como funciona –informó Snape, interrumpiéndola–. Tu enfrentamiento con él, es lo de menos. Verás, cuando una mujer es convertida en un "Horcrux", en caso hipotético de que después se embarazara, su hijo, o en tu caso, hija; nacería también siendo un "Horcrux". Sería algo que estaría dentro del producto desde el momento de la concepción.
–¿Horace? –La voz de Liza se oía desesperada, necesitada de apoyo–. No es cierto¿verdad?
–Me temo que sí, Liza –respondió Slughorn con un hilo de voz–. Eso está estrechamente ligado al hecho de que es dentro de la mujer en donde se desarrolla el embarazo; es la mujer quien da a luz, por eso el bebé nace bajo la condición de "Horcrux". Cuando por otra parte, es el hombre quien es el "Horcrux", sus descendientes no salen afectados. Es así como funciona.
Liza miró con sus ojos vacíos al suelo. Parecía ausente, dispersa. Harry no podía apartar la mirada de su prima; no podía dejar de pensar que tan solo unos minutos antes ambos habían discutido, y había sido él quien había causado la riña. En esos momentos, después de haber escuchado todo lo que Snape tenía para decir, Harry se había dado cuenta de que Liza jamás le voltearía la espalda a la Orden, por muy hija de Voldemort que fuera, y él había sido un tonto por siquiera pensarlo.
–¿Pueden llevárselo, por favor? –preguntó Liza, no dirigiéndose a alguien en especial y con los ojos aún fijos en el suelo.
–Sí Liza –respondió Shacklebolt poniéndose en pie y avanzando hacia Snape.
–Liza… –murmuró el mortífago pensativo–. Tu nombre es Elizabeth¿verdad? Elizabeth Dumbledore.
La muchacha no respondió.
–Ese nombre le gustaba mucho a Rina –le dijo, y Harry pudo percibir una nota de nostalgia en la voz de Snape–. Eres igual a ella¿lo sabías?
La joven posó sus ojos vacíos en Snape, con el semblante sereno.
–Mi madre no me puso el nombre –le dijo con ira contenida–, fue mi papá el que siempre vio por mí. Ella simplemente se fue y me dejó.
Shacklebolt y Moody desamarraron al mortífago, quien mantenía su mirada fija en Liza.
–No puedes odiarla –dijo Snape con seriedad–, ella era tu madre.
–Una madre no debería de abandonar a sus hijos –repuso Liza fríamente, y Harry se sorprendió al escuchar a su prima hablar de semejante manera sobre Rina.
Antes, Liza hablaba de su madre con cariño y añoranza, pero en esos momentos, era como si la odiara, y Harry sabía que ese cambio había sucedido después de aquella conversación con los rehenes, después de que Bellatrix le había dicho que Rina no había muerto luego de darla a luz, sino que la había abandonado.
–¡Ella te amaba! –exclamó Snape al tiempo que comenzaba a forcejear para que no se lo llevaran–, fue por eso que te dejó. Tienes que perdonarla, y perdonarme a mí también.
–¿Perdonarte a ti? –inquirió Liza perspicazmente–. ¿Por qué?
–¡Yo no quería que él encontrara a Rina¡Ella no tenía por qué morir esa noche!
–Ella hubiera muerto de cualquier forma –aclaró la joven–, si no hubiera sido esa noche a manos de Voldemort, Rina Blair hubiera muerto cualquier otro día a manos del Ministerio.
Cuando Liza terminó de decir eso, Shacklebolt y Moody comenzaron a avanzar hacia las enormes puertas del Gran Comedor, prácticamente llevando a Snape a rastras, pero entonces, Liza habló:
–Esperen –les pidió, y caminó hacia ellos. Cuando los alcanzó, se dirigió fríamente a Snape–¿Sabes? Por un breve instante, tuve la ingenua idea de que me pedías perdón por haber matado a Albus Dumbledore, por haberme quitado a mi padre; pero eso nunca va a pasar¿no es cierto? De eso no te arrepientes. Todo lo que quieres es que te perdone por haber matado sin intención a una mujer que no conocí, pero que estoy segura nunca sintió nada por ti. Eres patético.
El mortífago no respondió ante aquella sentencia, y al instante dejó de oponer resistencia contra sus carceleros. Moody y Shacklebolt se lo llevaron con toda facilidad.
Un incómodo silencio se había cimbrado sobre el Gran Comedor, roto solamente por las respiraciones y los ligeros movimientos de los presentes. La Orden entera continuaba sentada en sus sillas, aparentemente aún asombrados por lo que acababan de oír. Harry sentía la urgente necesidad de hablar con Liza a solas, de pedirle perdón y asegurarle que nunca más volvería a dudar de ella; pero ninguna palabra brotó de sus labios. Permaneció tan callado como los demás. Fue la profesora McGonagall quien se puso en pie y avanzó hacia Liza, quien continuaba plantada en medio del aula.
–Liza…
–No te preocupes Minerva –interrumpió la muchacha, sin apartar los ojos de las puertas por donde se habían llevado a Snape–. Estoy bien. Sólo necesito estar sola un rato.
–¿Estás segura, Liza? –insistió McGonagall–. ¿No crees que sería mejor que tomaras algo para relajarte?
–Estoy bien –reiteró Liza, viendo finalmente a los ojos a su interlocutora, y esbozando la sonrisa más triste que Harry hubiera visto–; ya te lo dije: todo lo que necesito es estar a solas, si no les importa, claro.
–No te preocupes Liza. Toma el tiempo que necesites.
La joven asintió lentamente, y sin mirar a nadie, abandonó el Gran Comedor. Incluso entonces, después de que Liza se había ido, nadie se atrevía a hacer comentario alguno sobre todo lo que acababan de saber.
–Creo que es mejor que demos por terminada esta reunión –dijo al fin la profesora McGonagall.
Un asentimiento general y el ligero murmullo de las sillas al moverse, pusieron fin a aquella fatídica reunión. Todos los miembros de la Orden fueron abandonando el Gran Comedor, regresando a sus actividades cotidianas, ya fuera dentro del castillo, o fuera de él.
Harry, por su parte, permaneció sentado, con la mirada fija en sus nudillos, que apretaba con fuerza sobre sus rodillas.
–¿Harry? –lo llamó Ginny cautelosamente–. Es mejor que nos vayamos.
El muchacho la miró detenidamente, pero después asintió y se levantó. Todos salieron en silencio. Harry sabía que sus amigos no hablarían sobre lo que acababan de oír mientras él estuviera presente, pues, para bien o para mal, Liza era su prima, y el hecho de que ella fuera un "Horcrux" no cambiaba eso.
–Tengo que hablar con Liza –dijo de pronto, deteniéndose súbitamente.
Sus amigos se giraron hacia él, y lo vieron en silencio, posiblemente pensando en la mejor manera de decirle que no podía hacer eso.
–No creo que sea conveniente, Harry –dijo Hermione, incómoda–. Ella dijo que quería estar sola.
–Lo sé. Pero es muy importante lo que tengo que decirle.
–Harry¿por qué mejor no esperas a que pase un poco de tiempo? –sugirió Neville.
–Sí –apoyó Ron–, es mejor que no la molestes.
–Pero…
–Entiende Harry –pidió Ginny con calma–, lo que Liza debe estar pasando es muy difícil; pero si ella decidió pasar por ese duelo a solas, tienes que respetar su decisión.
–Además, ella se ganó ese tiempo a solas –comentó Luna con sencillez.
Harry los miró con el ceño fruncido. Era obvio que no podrían ponerse de acuerdo con respecto a lo de Liza, eso lo tenía muy claro, pero lo que también tenía muy claro era que si no hablaba con Liza en ese preciso instante, la relación entre ambos ya no tendría arreglo alguno. Él tenía que disculparse, y mientras más pronto, mejor.
–No puedo –sentenció al fin, ante la mirada desesperada de sus amigos–. Voy a buscarla.
Y sin decir más, se dio la vuelta y comenzó a avanzar en sentido contrario a los demás. Mientras caminaba, pensaba en los posibles lugares en los que podía estar su prima. Como había muchas respuestas para esa cuestión, decidió que lo mejor era consultar el mapa del merodeador. Sacó el viejo pergamino de entre sus ropas y después de jurar que sus intenciones no eran buenas, se detuvo y comenzó a buscar el nombre de su prima por todos lados. No le costó ningún trabajo encontrarla; la diminuta mota de tinta con el rótulo de "Elizabeth Dumbledore" estaba estática justo frente a la puerta de lo que había sido el despacho de Albus Dumbledore. Harry también se dio cuenta, gracias al mapa, de que no era el único que buscaba a Liza. Otra mota de tinta, con el rótulo de "Fred Weasley" se encontraba por el mismo lugar, sólo que Fred estaba de pie frente a la gárgola que daba paso a la escalera de caracol que conducía al despacho del director.
Sin tiempo que perder, Harry borró el mapa y se dirigió a paso veloz hacia donde Liza se encontraba. Hacía tanto que no se encaminaba hacia ese despacho, y sin embargo, aún recordaba a la perfección el camino, como si hubiera sido apenas ayer, cuando con premura se dirigía a sus clases con Dumbledore.
Cuando llegó a su meta, Fred Weasley aún estaba ahí. No hacía nada, simplemente miraba fijamente la gárgola de piedra.
–¿Fred? –llamó Harry cuando estuvo cerca.
El muchacho se volteó, y sin sorpresa, le dijo:
–Tú también la buscas¿verdad?
Harry asintió.
–Está arriba. Ya lleva mucho tiempo ahí.
–Lo sé –repuso Harry–, la vi en el mapa. –Y después de decir eso, le mostró el viejo pergamino que años atrás él y su gemelo le habían obsequiado.
–Claro –murmuró Fred volviendo a girarse hacia la gárgola.
–¿Piensas subir? –preguntó Harry, parándose a su lado.
–Creo que se merece este tiempo a solas¿no te parece? –reflexionó, volviendo el rostro hacia él.
–Sí –concordó Harry–. Y supongo que esa respuesta significa un no¿verdad?
–Prefiero esperar hasta que baje y entonces pueda hablar con ella.
–¿Tú quieres esperar? –preguntó Harry incrédulo.
Fred sonrió y volvió la mirada al frente.
–Harry, Harry –dijo con una media sonrisa y con un tono de madurez que Harry jamás le había oído–; aún tienes que aprender que todo pasa a su debido tiempo, ni antes ni después. Venos a George y a mí: trabajamos muy duro para poder crear nuestros Sortilegios, y cuando fue el momento, abrimos los Sortilegios Weasley. Todo fue a su debido tiempo y nosotros supimos esperar.
–Pero yo no puedo esperar –replicó el muchacho–, tengo que hablar con Liza ahora.
–¿Y siquiera sabes la contraseña? –preguntó el pelirrojo suspicazmente.
Harry se quedó en blanco. No la sabía, aunque recordaba que la profesora McGonagall no había usado una contraseña cuando los dos habían ido ahí después de la muerte de Dumbledore. Pero en ese preciso momento, la gárgola parecía reacia a moverse. Pensó un poco, tratando de recordar la última contraseña con la que había entrado al despacho.
–¿Bombas de chicloso? –le dijo a la gárgola, dubitativo, pues no estaba muy seguro de que la contraseña continuara siendo esa.
Pero para su sorpresa, la gárgola cobró vida y se movió, cediéndole el paso a la escalera de caracol que ascendía lentamente. Con una sonrisa triunfante, Harry subió a toda velocidad, solamente para ver cómo la puerta del despacho se cerraba, con Liza dentro.
–Creo que apenas acaba de entrar –informó Harry a Fred, quien lo había seguido sin perder tiempo–. ¿Crees que haya impasibilizado la puerta?
El pelirrojo lo miró inquisidoramente, y luego dijo:
–No creo que debamos…
–Tú también quieres oír¿o no? –lo interrumpió Harry.
Fred lo miró sin decir nada por unos cuantos segundos, y Harry sabía que si el muchacho dudaba, era por los sentimientos que Liza había despertado en él.
–Tienes razón –dijo finalmente, y sin perder tiempo, sacó un par de orejas extensibles de entre sus ropas–. George y yo siempre las llevamos –explicó.
Casi conteniendo el aliento, los dos muchachos desenrollaron las orejas y pasaron un extremo por debajo de la puerta. No hubo problema alguno. Al parecer, o Liza creía que nadie la seguía, o bien, no le importaba si alguien la había seguido. Inmediatamente, ambos jóvenes acercaron los extremos que tenían a sus oídos, pero no fueron capaces de escuchar nada. Un completo silencio era todo lo que se podía oír.
Permanecieron en esa posición aproximadamente durante un minuto, y justo cuando Harry abrió la boca para preguntarle a Fred si no había algún problema con esas orejas extensibles, el sonido sordo de los pasos de Liza se hizo audible. Harry intuyó que su prima había comenzado a avanzar hacia el escritorio.
–Buenos días profesores. –La voz de Liza se oía bastante tranquila.
–¡Liza! –exclamaron unas voces con regocijo.
–¡Qué gusto verte! –dijeron otras.
–A mí también me alegra verlos –respondió Liza, y Harry supo (sin ser capaz de explicar cómo lo supo) que su prima estaba sonriendo.
El eco de los pasos de Liza cesó al fin, indicando que ya había llegado al escritorio del amplio despacho, detrás del cual, se encontraba el enorme retrato de Albus Dumbledore.
–Hola, caballero misterioso –saludó la muchacha.
–Te he estado esperando desde hace mucho tiempo –respondió, sin lugar a dudas, el retrato de Albus Dumbledore.
–He estado ocupada –aclaró la joven–. Teníamos mucho trabajo en la Orden.
–¿Qué pasó con tus ojos? –le preguntó el retrato, angustiado.
–La copa de Helga Hufflepuff –explicó la voz de Liza con sencillez–. Fue más difícil de obtener de lo que yo había pensado. Pero ya estoy bien.
–Así que ya tienen la copa –concluyó Dumbledore pensativo–. Eso quiere decir que has hecho todo lo que te pedí¿verdad?
–Sí. Y he ayudado un poco para que avancemos más con la misión de Harry. Te alegrará saber que sólo nos falta encontrar el guardapelo real y destruirlo.
Harry percibió un cambio en el tono de la voz de Liza mientras pronunciaba aquella aseveración. La muchacha ya se había contado entre los "Horcruxes" de Voldemort, pero parecía que todavía no terminaba de asimilarlo del todo.
–Si he de ser franco, no me sorprende que estén avanzando tan rápido en ese asunto –dijo Dumbledore desde su retrato–. Harry fue un gran estudiante y aprendió muy bien todo lo que yo tenía que enseñarle; y tú estás muy bien preparada.
–No creas –contradijo Liza–. Yo también creía que estaba muy bien preparada, pero ya me di cuenta de que no es así. No estoy preparada para morir; al menos, no de la forma en la que sé que voy a morir.
–Liza –continuó el retrato con un tono casual, como si no hubiera escuchado ese último comentario de la joven–, hay algo que quiero darte. Un regalo. Está en el armario, junto al pensadero.
El renovado sonido de pasos les indicó que Liza había ido a buscar el regalo que le había dicho su padre.
–¿Éste? –preguntó Liza, y Harry supuso que le estaba mostrando algo al retrato.
–Sí. Ese regalo ha estado ahí esperando por ti desde la noche en que morí.
Hubo un breve silencio, después del cual, se oyó la voz de Dumbledore diciendo:
–No. No lo abras aún. Lo que hay en esa caja es para ti, pero también le concierne a la Orden.
–Entonces¿quieres que lo abra frente a la Orden? –preguntó Liza con calma.
–Sí, eso quiero –confirmó Dumbledore.
–Y así será –sentenció la muchacha.
Y después, un poco más de silencio se dejó oír.
–Te extraño –dijo de pronto la joven.
–Y yo a ti –respondió Dumbledore–. Pero lo importante ahora es que todos vean el contenido de esa caja.
–Pero…
–Ya habrá tiempo para hablar, hija –la interrumpió el retrato con suma delicadeza.
–Sí –contestó Liza, sin más remedio–. Claro. Entonces nos vemos luego.
–Tenemos que irnos, Harry –advirtió Fred, enrollando a toda prisa el par de orejas extensibles.
–Sí –concordó el muchacho y ambos bajaron al instante.
No podrían alejarse lo suficiente de aquel lugar sin que Liza los viera, así que sólo tenían que alejarse lo necesario para después girar y pretender que acababan de llegar, buscándola. Eso fue lo que hicieron, y resultó bien, pues justo cuando se giraron y comenzaron a avanzar de regreso al despacho, Liza bajó la escalera de caracol y se topó de frente con ellos.
–¡Liza! –exclamó Fred, con un tono de sorpresa bastante convincente–. Te estábamos buscando.
–No hay tiempo ahora para nada –les advirtió, antes de que pudieran decir más–. Todos los miembros de la Orden que estamos en el castillo debemos reunirnos de inmediato. Hay algo que tenemos que ver –agregó, mostrándoles una caja blanca con un lazo rosa y un moño a medio hacer–. ¿Pueden ayudarme a avisarles a todos?
–Claro –respondió Fred, y al instante se giró y comenzó a alejarse.
–Liza, espera –pidió Harry al ver que su prima hacía un además de irse–; ¿podemos hablar?
–No hay tiempo Harry. Será más tarde.
Y sin decir más, la muchacha también se alejó de allí. Harry se mantuvo de pie en ese lugar por unos cuantos segundos, pero luego se fue, dispuesto a ayudar para que aquella reunión se llevara a cabo lo antes posible; pues mientras más pronto comenzaran, más pronto terminarían, y él podría hablar finalmente con su prima.
Sacó el mapa del merodeador de entre sus ropas, y después de hacer el juramento, buscó a sus amigos por todos los rincones. Ron, Hermione, Luna, Neville y Ginny estaban en las cocinas, así que con premura se encaminó hacia allí.
–Tenemos una reunión de emergencia –anunció Harry una vez que se reunió con sus amigos en las cocinas.
–¿Reunión de emergencia? –preguntaron al unísono.
–¿Por qué? –inquirió Ron.
–¿Qué pasó Harry? –preguntó Hermione alarmada.
–Hay algo que tenemos que ver –explicó atropelladamente–. No sé qué sea exactamente, pero Liza quiere que esté presente el mayor número de miembros de la Orden que sea posible.
–Entonces vamos –dijo Hermione, levantándose al instante.
Los demás hicieron lo mismo. Ron parecía un poco reacio a levantarse e irse, pues eso implicaba dejar sus alimentos a medias, pero no teniendo más remedio, siguió a todos al Gran Comedor. La enorme aula no tardó en llenarse de todos los integrantes de la Orden que se habían quedado en el castillo. La última en entrar fue Liza.
–¿Somos todos? –preguntó, mirando a su alrededor.
–Sí, Liza –respondió la profesora McGonagall.
–Bien. –La muchacha no avanzó hasta su silla, sino que se quedó ahí de pie–. Estuve en el despacho que era de mi padre –explicó ante los rostros silenciosos que la observaban–. Y ahí, el retrato de Albus Dumbledore me dio esto. –Mientras hablaba, mostró el paquete que Harry ya había visto–. Y me dio la orden de abrirlo ante todos ustedes. Esa es la razón de esta junta de emergencia.
Liza guardó silencio, tal vez esperando algún comentario por parte de los presentes, pero no hubo tal.
–Bueno –continuó la muchacha con resolución–, veamos qué es.
La joven le quitó el lazo rosa a la caja y la abrió con cautela.
–¿Qué es Liza? –preguntó la profesora McGonagall con nerviosismo.
–Es un recuerdo –respondió la muchacha al tiempo que sacaba una pequeña botella en la que refulgía una sustancia azulada–. Un recuerdo y otro paquete más pequeño –agregó, mostrándoles que dentro de la caja blanca había otra más pequeña.
Slughorn se acercó a Liza y tomó la caja de entre sus manos, mientras la muchacha contemplaba con detenimiento la pequeña botella que resguardaba el recuerdo. Harry no sabía por qué, pero parecía que aquel recuerdo había anonadado a su prima. Lo más probable era que Liza no supiera de la existencia de esa botellita.
–Hay una nota –informó el hombre repentinamente–, Dice que primero deber ver el recuerdo.
La muchacha miró con el ceño fruncido el trozo de pergamino que el profesor le estaba enseñando.
–Es la letra de mi padre –murmuró casi al instante–. Entonces primero veremos el recuerdo –sentenció, elevando la voz.
Liza abrió el frasco y vació el contenido sobre su mano izquierda (la cual ya había descubierto y encendido), y al instante se formó una pequeña esfera refulgente. Sin perder tiempo, la arrojó contra el suelo, y después de incrustarse en el mismo, todo comenzó a cambiar. Harry vio, ya sin sorpresa, cómo los enormes ventanales y el techo encantado eran absorbidos de forma violenta, y lo mismo sucedió con el suelo que pisaban. Y entonces, y de la misma forma violenta en que todo había desaparecido, un nuevo escenario se materializó frente a ellos: el despacho del director de Hogwarts.
Todo estaba justo como Harry lo recordaba, y como sabía que aún se encontraba. Albus Dumbledore estaba sentado tras el escritorio, con los brazos apoyados en el mismo y las yemas de los dedos juntas. Su brazo derecho presentaba el mismo aspecto que había tenido durante el sexto curso de Harry, lo que le indicó que el recuerdo era relativamente reciente. El muchacho miró a su alrededor. Contrario a lo usual, los retratos de los antiguos directores se encontraban muy despiertos, atentos a lo que fuera que Dumbledore se disponía a decir.
–Hola Liza –dijo el anciano director, con una sonrisa y un brillo especial en los ojos–. Le he pedido a todos los antiguos directores que sean mis testigos, sé que no te incomodará; y estoy seguro de que tú estás acompañada por los tuyos.
–Si estás viendo esto, quiere decir que ya estoy muerto, y que tú ya conoces la verdadera esencia de tu ser. No sabes cómo quisiera estar contigo en estos momentos tan difíciles para ti; pero las cosas sucedieron como tenían que suceder, y para nuestra desgracia o fortuna, nuestra separación era inminente y debía ser definitiva.
El finado director hizo una pausa en la cual bajó la mirada unos instantes, y una melancólica sonrisa se hizo visible debajo de su plateada barba. Harry nunca lo había visto tan triste. Era obvio que el corazón del anciano profesor se estaba cayendo a pedazos con cada palabra que le decía a Liza.
–Antes que nada, hija –continuó Dumbledore, volviendo a fijar la mirada al frente, como si hubiera sabido en el instante en que ese recuerdo había sido concebido en su cabeza, que Liza estaría de pie justo ahí–, quiero darte a conocer mi última voluntad. Espero que mis colegas no se molesten, pero he decidido que todo lo que tengo: mis propiedades, mi fortuna, esos artilugios que tú bien sabes tanto me gustan; todo pasa a tus manos. Estoy seguro de que sabrás qué hacer con todo, y sea lo que sea que decidas, créeme que estará bien.
–Bueno, ahora pasemos a un asunto que nos atañe más que otra cosa en estos momentos. Estoy seguro de que ya viste que junto con este recuerdo hay un paquete pequeño, y espero que hayas hecho caso a mi nota y que primero hayas visto este recuerdo, pero si no fue así, no te preocupes. Ya es hora de responder las preguntas. Abre el paquete.
Harry vio cómo Liza, quien hasta ese momento había permanecido sumida en una especie de sopor, se sobresaltó al escuchar esa orden; pero después, sin tiempo que perder, se dirigió hacia Slughorn, quien aún sostenía la caja blanca entre sus manos. Sacó el pequeño paquete y lo abrió al instante.
–No puede ser –murmuró la muchacha, boquiabierta.
–¿Qué es Liza? –preguntó la profesora McGonagall al ver que la joven no decía nada.
Liza levantó la mirada del paquete abierto, y sin mostrar su contenido, observó atentamente a su alrededor, viendo todos los pares de ojos que la miraban expectantes.
–¿Liza? –insistió la señora Weasley–. ¿Qué es?
La muchacha fijó su atención en el paquete una vez más, y con sus dedos índice y pulgar, extrajo su contenido, poniéndolo a la vista de todos. Un leve tintineo se había escuchado cuando Liza había tomado el objeto, tintineo provocado por una fina cadena de oro, la cual ostentaba un voluminoso y elaborado guardapelo, también de oro.
–Pero si es… –Harry había comenzado la frase, sintiendo una gran sorpresa, pero no había sido capaz de terminarla, pues no creía del todo lo que sus ojos veían.
Olvidándose de que gran parte de los integrantes de la Orden del Fénix estaban ahí, tan atónitos como él, Harry avanzó hasta su prima para ver de cerca la joya. Al instante encontró lo que buscaba: la ornamentada "S" de Slytherin estaba ahí, clara e inconfundible.
No había lugar a dudas, aquél era el mismísimo guardapelo de Salazar Slytherin; el que Voldemort había usado para crear uno de sus "Horcruxes". El mismo por el que Albus Dumbledore se había debilitado en aquella tétrica cueva. Pero¿por qué lo había hecho¿Por qué, si él había tenido ese guardapelo en su poder desde un principio?
