Escrito por aego y por leyno.

Capítulo 24.

La verdad tras la muerte

Parecía como si el tiempo se hubiese detenido. Harry estaba completamente mudo, contemplando la joya que Liza sostenía aún boquiabierta. Nadie podía creer lo que sus ojos veían. ¿Cómo era posible que Dumbledore le hubiera dejado ese guardapelo a Liza? Aquello no tenía lógica alguna.

–Bueno –dijo la voz de Dumbledore luego de un rato, recordándoles a todos que aún estaban dentro del recuerdo–, creo que ya les di el tiempo suficiente para que vieran el contenido de mi paquete; y estoy seguro de que en estos momentos miles de preguntas vienen a sus mentes, pero por desgracia es imposible interactuar en los recuerdos, así que voy a respondes las preguntas que, a mi parecer, son las más importantes.

–Primera pregunta¿Por qué tengo yo ese guardapelo? La respuesta es muy simple; de hecho, lo recuerdo como si hubiera sido ayer: habían pasado ya cuatro años de que tú, Liza, te convirtieras en mi hija; cuatro años de que una decidida Rina Blair dejara a mis cuidados a su pequeña hija recién nacida; y durante cuatro años no tuve más noticias de ella que las esporádicas cartas que de vez en cuando me mandaba. Pero una noche recibí algo más que una carta: tu madre me visitó en persona. Naturalmente, no se quedó mucho tiempo, sólo el necesario para darme ese guardapelo, advirtiéndome que había dejado una réplica de menor tamaño en la cueva de donde había sacado el "Horcrux", y que el que me daba a mí, aunque ya inservible a Voldemort y sin mayor valor que el que la misma joya poseía, era el verdadero. Después de despedirse de ti, se fue, y nunca más la volvía a ver.

–Justo un día después de eso fue cuando las muertes de Lily y James Potter nos tomaron por sorpresa, y la derrota de Harry sobre Voldemort produjo celebraciones en el mundo entero. Curiosamente esa misma noche fue cuando la Palma de Godric refulgió por primera vez en tu mano izquierda, señal indudable de que Rina había muerto. Pero no fue sino hasta unos cuantos días después cuando esa noticia se confirmó, gracias a Severus Snape, quien me dijo que tu mamá había sido asesinada por Voldemort justo unos instantes antes que los padres de Harry. Severus estuvo enamorado de Rina desde el día en que la conoció, cuando comenzaron sus días en Hogwarts, y me consta que lamentó mucho su muerte.

Dumbledore hizo una pausa, tal vez esperando a que todos digirieran aquello. Harry había tenido razón sobre el asunto de Snape después de todo: el único motivo por el que Dumbledore había aceptado a Snape de regreso, era porque él había acudido al director alegando que se arrepentía profundamente por la muerte de Rina.

–Me parece que la segunda pregunta –continuó Dumbledore después del silencio– podría ser¿por qué, cuando Harry y yo hablamos sobre los "Horcruxes", yo no le mencioné que el guardapelo de Voldemort estaba en mi poder? Antes de responder a esta pregunta quisiera ofrecerle a Harry mi más grande disculpa por ocultarle información tan importante, pero estoy seguro de que me entenderá después de escuchar mi por qué.

–La razón por la que no dije nada es porque a lo largo de este año le he dado forma a un plan que lo cambiará todo; un plan que culminará con mi muerte. Dentro de unos minutos Harry entrará a mi despacho y juntos partiremos hacia la cueva en donde sé que está el "Horcrux" falso, y en donde sé que me debilitaré irremediablemente. Eso, aunado al hecho de que son altas las posibilidades de que sea hoy cuando los mortífagos ataquen el castillo (en un intento de sacarle el mayor provecho a mi ausencia) sé que a la larga nos conducirán al abrupto final de mi existencia.

–Y es aquí cuando entra la tercera pregunta¿por qué¿Por qué, si yo estoy plenamente consciente de lo que me pasará, aún voy a hacerlo? Aunque no lo creas, la respuesta es muy sencilla: hay muchas vidas que dependen de mi muerte.

El anciano director hizo una breve pausa; quizá para tomar aire, quizá para cerciorarse de que el Harry del recuerdo aún no subía por la escalera de caracol, de cualquier forma, continuó explicando luego de pasados unos segundos:

–Yo sé lo que Draco Malfoy ha estado haciendo en la Sala de los Menesteres y también sé qué es lo que pretende al tratar de arreglar el armario evanescente, lo sé todo; y la única razón por la que no he hecho nada es porque sé lo que Voldemort le hará al muchacho si falla en su tarea. Pero la vida del joven Draco no es la única que recae directamente en mí, también está la de Severus. Tengo conocimiento del Juramento Inquebrantable que hizo, y su deber es cumplir con ese juramento o morir. Pese a todo lo que la gente crea, me ha demostrado su lealtad, y sería injusto de mi parte no corresponder a esa lealtad y dejarlo morir.

–Además, creo que mi muerte terminará de desencadenar esta guerra que se nos viene encima. De igual forma, pese a lo que la gente crea, yo no soy capaz de derrotar a Voldemort. Harry ha sido el señalado para cumplir con esa tarea, y él es el único con el poder para vencer al mal; y aunque estoy seguro de que mi muerte contraerá incertidumbre y pesar, es lo mejor.

–Pero¿sabes Liza? Creo que la razón principal por la que actuaré en esta falacia es porque no podría ser capaz de verte morir. Toda tu vida he sabido que eres un "Horcrux". Rina me lo dijo en el mismo instante en que acudió a mí. Toda tu vida me preparé para decírtelo y sin embargo no pude hacerlo. Espero que me perdones por mi cobardía, pero no la pude evitar. Fuiste… eres mi única hija, y continuar viviendo sabiendo que tú tuviste que dar tu vida sin oportunidad de defenderla era algo que simplemente no estaba dispuesto a tolerar.

En ese momento Liza se dejó caer sobre sus rodillas, mientras abundantes lágrimas corrían por sus mejillas. Harry quería ayudar a su prima, quería darle palabras de aliento; pero ni una sola palabra brotó de sus labios. Estaba anonadado y su mente se había quedado totalmente en blanco.

–Te quiero, Liza –dijo Dumbledore con voz firme–; te quiero con todo mi corazón. Eres lo mejor que me pasó en la vida. No te esperaba, y sin embargo, cuando te tuve en mis brazos, me di cuenta de que había aguardado ese momento por mucho tiempo. Gracias a ti aprendí algo que pensé que jamás aprendería: cómo ser un padre; porque a pesar de que quiero y me preocupo por todos mis alumnos, nunca se igualará al amor que se puede sentir por un hijo, o el que un hijo puede sentir por su padre.

–Espero me perdones si alguna vez fui muy exigente o muy estricto, pero yo sabía que tenías la capacidad para eso y más. Perdóname por haberte ocultado de la gente. Qué más hubiera querido yo que el mundo entero hubiera sabido de tu existencia, que hubieras convivido con gente de tu edad, que hubieras tenido muchos amigos y quizá uno que otro novio; pero tenía tanto miedo de que alguien temeroso de ti te lastimara, que siempre te mantuve en estas cuatro paredes. Fui un egoísta y me arrepiento. Pero por sobre todo, te pido que me perdones por lo que estoy a punto de hacer. Debes entender que así es como debe de ser; y estoy seguro de que cuando lo entiendas, me perdonarás.

Dumbledore guardó silencio y se puso en pie, encaminándose a tomar su capa de viaje.

–El guardapelo, por supuesto, ahora es tuyo hija. Úsalo sabiamente.

Y mientras colgaba su capa en un brazo, Dumbledore dijo lo que serían las últimas palabras para su hija:

–No te voy a decir que esto no es un adiós, porque eso sería mentir, pero lo que sí te garantizo Liza, es que no es un adiós para siempre. –Y entonces dejó de prestar atención a sus ropas de viaje para fijar nuevamente su vista al frente, al lugar en el que Liza yacía hincada–. Pronto nos volveremos a ver. Y no tengas miedo hija, cuando todo termine, yo estaré esperándote.

Y sin más, el recuerdo se disipó frente a sus ojos. Eso era todo, y aún así, nadie se atrevía a hablar. Los muros se estremecieron y comenzaron a girar vertiginosamente, hasta que de pronto, todo se convirtió en una densa niebla, misma que al instante fue absorbida por la pequeña esfera que continuaba incrustada en el piso. La esfera, sin embargo, no se movió, pues Liza no la llamó con la Palma de Godric.

La joven continuaba desplomada sobre el suelo, con los ojos blancos aún fijos al frente, donde hacía pocos instantes había estado Albus Dumbledore de pie. Harry estaba a su lado, todavía tratando de asimilar lo que acababa de saber; pero a pesar de sus esfuerzos, aquello simplemente continuaba pareciéndole inverosímil. Finalmente, Hagrid fue el osado que se atrevió a romper el tenso silencio:

–Liza¿estás bien?

Aquellas palabras trajeron a Harry de vuelta a la realidad, e hicieron que sus ojos se posaran en su prima. La joven había apoyado ambas manos en el suelo, y tenía la cabeza vuelta hacia abajo, con los ojos abiertos, y respirando lentamente por la boca. Aún sujetaba el guardapelo en su mano derecha, oprimiéndolo con tal fuerza, que sus nudillos palidecían. No respondió a la pregunta de Hagrid.

–¿Liza? –Esta vez fue el mismo Harry quien la llamó, y avanzando hacia ella, se inclinó y la tomó por el brazo.

–¡Suéltame! –ordenó la muchacha zafándose e incorporándose violentamente.

–Tranquilízate Liza. –La profesora McGonagall intentó calmar a la muchacha.

–¡No se me acerquen! –gritó mientras retrocedía lentamente hacia las puertas del Gran Comedor–. ¡NADIE SE ME ACERQUE!

Y después de una última mirada a todos en la habitación, Liza giró sobre sus pies y salió corriendo del Gran Comedor. Adónde se dirigía, Harry no lo sabía, pero no podía permitir que su prima cometiera alguna locura impulsada por lo que acababan de saber, así que antes de que alguien se lo impidiera, el muchacho también abandonó la enorme aula, echando a correr tras de Liza. Para su sorpresa, no fue el único: la profesora McGonagall también había echado a correr con una agilidad sorprendente para alguien de su edad, seguida de cerca por Lupin y por Fred Weasley. Hermione, Ron y Ginny también se habían unido a la carrera.

Harry le pisaba los talones a su prima, pasando como un bólido por los pasillos del colegio, preguntándose en dónde terminaría esa alocada carrera, y entonces se dio cuenta: Liza estaba recorriendo el camino que llevaba al despacho del director. Qué tenía planeado hacer ahí, el muchacho lo ignoraba, aunque intuía qué sería: seguramente Liza quería hablar con el retrato de Albus Dumbledore, preguntarle por qué había hecho lo que había hecho. Ésa, desde el punto de vista de Harry, era la respuesta más lógica al cuestionamiento planteado sobre lo que Liza pretendía.

A pesar de que Lupin y la profesora McGonagall llamaban a Liza instándola a detenerse, la muchacha nunca aminoró la marcha, ni siquiera cuando estuvieron en el pasillo cuyo final era cercado por la enorme gárgola que resguardaba el despacho del director.

–¡Bombas de chicloso! –Harry escuchó a su prima gritar y se preguntó si la gárgola se movería, pues aún estaban a una considerable distancia, pero para su sorpresa, la estatua se movió, dejándoles el camino libre.

Liza subió los escalones de dos en dos y casi derribó la puerta del despacho, entrando precipitadamente en él; y lo mismo hizo la caravana que corría detrás de ella.

–¿¡Por qué!? –inquirió la joven sin más–. ¿¡Por qué lo hiciste!?

Después de formular aquella pregunta, Liza arrojó el guardapelo hacia el frente, cayendo éste a pocos centímetros del escritorio. Harry había tenido razón con respecto a lo que su prima pretendía: lo que quería eran respuestas. Al instante fijó sus ojos en el retrato de Albus Dumbledore, el cual, para su sorpresa, presentaba la imagen de un Dumbledore dormido sobre su escritorio.

–¡Y ustedes lo sabían! –exclamó Liza acusadoramente, volviéndose a los demás retratos, cuyos ocupantes también estaban dormidos–. ¡Ustedes lo sabían y no dijeron nada!

–Liza. –La profesora McGonagall se había acercado a ella sigilosamente–. ¿Por qué mejor no vienes con nosotros a la enfermería para darte algo que te tranquilice?

–Mírame –ordenó Liza al retrato de su padre, al mismo tiempo que levantaba su mano derecha en una clara señal de que quería silencio–. ¡Mírame, maldita sea! Dijiste que ya habría tiempo para hablar¿recuerdas? Pues ahora hay mucho tiempo. ¡Háblame!

–Liza. –Esta vez era Lupin el que hablaba–. Es mejor que vengas con nosotros, estás muy alterada y…

–¡CONTÉSTAME! –gritó Liza dejándose caer en el suelo, mientras abundantes lágrimas rodaban por sus mejillas–. Contéstame.

Harry dio un paso al frente, decidido a ayudar a su prima, pero Fred se le adelantó, y en menos de cinco segundos se arrodilló frente a Liza y la abrazó con firmeza, dejándola desahogarse sobre su pecho.

–Váyanse –dijo Liza en un murmullo–. Déjenme sola.

–No Liza –se rehusó Fred–, no podemos dejarte así.

–¡Váyanse! –gritó la joven separándose del muchacho–. ¡Váyanse¡Déjenme sola!

–Liza…

–¡Lárguense!

–Mejor dejémosla sola –indicó McGonagall con un hilo de voz– sólo estamos alterándola más, ya se calmará.

Pero ni Harry ni Fred se movieron de sus lugares.

–Vamos Harry. –Ginny tiró del brazo del muchacho.

Harry se giró hacia sus amigos. Los tres estaban muy pálidos, seguramente porque nunca habían visto a Liza actuar de semejante manera. Después de una última mirada a su prima, Harry asintió y se dispuso a salir.

–Fred –dijo Ginny con un tono de voz bastante similar al de la señora Weasley–. ¿Vienes?

–Sí –respondió el gemelo sin apartar la mirada de Liza–, ya voy.

Y sin decir más, todos salieron del despacho, dejando a Liza sola, tal y como ella lo había pedido. En silencio, bajaron la escalera de caracol, y una vez fuera, la gárgola regresó a su posición guardiana. Lupin y McGonagall se fueron sin decir nada, probablemente regresando a sus labores cotidianas en la Orden.

–Nunca había visto a Liza actuar así –comentó Ginny muy seria.

–Yo tampoco –dijo Harry con el ceño fruncido.

–¡Y pensar que yo había creído que con Snape había perdido el control! –exclamó Ron con los ojos muy abiertos.

–No creen que Liza vaya a hacer algo estúpido¿verdad? –preguntó Hermione preocupada.

Todos se miraron en silencio.

–No –dijo finalmente Fred–, ella no es así.

Parecía muy seguro de lo que había dicho, pero estaba considerablemente pálido.

–Tienes razón –concedió Harry–. Liza no es así.

Y después de decir eso, todos parecieron más tranquilos, y sin nada más que pudieran hacer ahí, se alejaron en silencio, rumbo al Gran Comedor, donde Neville y Luna los estarían esperando.

–¿Y quién se quedó con el recuerdo? –preguntó Ginny con interés.

–Moody –respondió Neville al instante.

No habían tardado ni diez minutos en regresar al Gran Comedor cuando se toparon con la novedad de que miembros de la Orden habían logrado desincrustar el recuerdo de Dumbledore que Liza había dejado fijado al suelo, y como no habían sido capaces de regresarlo a su forma líquida–gaseosa que normalmente tenían los pensamientos, lo habían guardado en una esfera de cristal similar a una Recordadora. Moody se había llevado la esfera consigo y seguramente se la devolvería a Liza cuando se presentara la oportunidad.

–No sabía que se pudiera agarrar un recuerdo a mano limpia –comentó Harry, pensativo.

–Supongo que habrán usado guantes de piel de dragón¿verdad? –inquirió Hermione, y parecía muy segura de la respuesta.

–Sí –confirmó Luna con la mirada perdida–, usaron guantes de piel de dragón. Aunque también pudieron haber usado cerumen de resplaxex. Los hubiera protegido igual.

–¿Y cómo dejaron a Liza? –cuestionó Neville muy serio–. ¿Creen que estará bien?

–Pues estaba muy alterada –informó Ginny.

–Yo diría histérica –corrigió Ron–. Siempre tuve la impresión de que Liza era de un carácter tranquilo, como el de Dumbledore, pero en estos días ha actuado de una manera…

–Bueno –lo interrumpió Hermione–, no podemos culparla; enterarse de todo lo que se ha enterado en tan poco tiempo debe de ser muy difícil de asimilar¿no creen?

–Pero lo superará –dijo Harry–, estoy seguro de que lo superará.

Pero la verdad era que no estaba tan seguro de eso. Hasta hacía unas pocas horas, Harry había creído conocer a su prima a la perfección, y sin importar ese sentimiento, había dudado de ella, y ahora Liza se había manejado de una manera que él jamás se hubiera imaginado. El impulsivo de la familia era él, no ella. No se atrevía a pensar siquiera en lo que Liza sería capaz de hacer si no lograba superar aquella crisis.

–Y mientras tanto –continuó Harry después de aquel breve silencio–, no podemos quedarnos aquí sentados, esperando a que Liza se decida a salir del despacho.

–Pero por el momento no tenemos misiones asignadas, Harry –le recordó Hermione.

–Ya lo sé, pero…

–Pero ya se te ocurrió algo¿verdad? –inquirió Ginny conociendo de antemano la respuesta.

–Pues sí –confesó Harry–. Es un asunto al que le he venido dando vueltas desde que Snape habló.

–¿Y? –urgió Ron–¿qué es?

–Bueno, Snape dijo que Rina Blair fue asesinada por el mismo Voldemort porque había tenido la mala suerte de toparse con él afuera de la casa de mis padres; ¿pero se han puesto a pensar en por qué Rina fue a ver a mis padres?

–Seguramente fue para hacerles saber que ya no se encontraba entre las filas de Voldemort –sugirió Hermione.

–Yo también pensé en eso –admitió Harry–¿pero y si fue otra la razón¿Qué tal si ahí Rina le dejó una pista a Liza?

–Pero eso ya no serviría de nada¿o sí? –cuestionó Neville–. Es decir, ya tenemos todos los "Horcruxes"¿o no?

–Ya lo sé, pero aún así me gustaría ir. Liza me dijo que ésa era mi casa y que podía regresar cuando quisiera. Aunque si ustedes no quieren ir no es necesario que me…

–¿Bromeas? –lo cortó Ron–. Claro que vamos.

Los demás se mostraron de acuerdo con lo que Ron había dicho, y Harry no pudo menos que sonreír.

–¿Y a quién le vamos a avisar? –inquirió Luna súbitamente.

Era verdad, aún les faltaba ese minúsculo detalle. Originalmente Harry había pensado que si Liza los acompañaba, no habría problema alguno, pero dadas las circunstancias, necesitaban dar aviso de lo que pretendían hacer.

–Podríamos decirle a mis padres –propuso Neville–, incluso podrían acompañarnos.

Harry no quería que nadie los acompañara, pues pensaba que si alguien iba con ellos, no les permitirían investigar como a ellos les gustaría, pero como no se le ocurrió ninguna excusa para descartar la sugerencia de Neville, se vio obligado a aceptar. Después de todo, siendo ambos aurores, tal vez aquello no sería tan aburrido como si fueran con otra persona, como por ejemplo, con la profesora McGonagall.

Sin tiempo que perder, fueron en busca de Frank y Alice Longbottom, y cuando los encontraron, les explicaron lo que querían hacer. Para alivio de todos, ambos aceptaron, con la única condición de que si las cosas se ponían feas, se irían al instante.

–De acuerdo –concedió Harry–. ¿Nos vamos ya?

–Claro.

Y a paso veloz, el pequeño grupo salió del castillo y avanzó por los amplios jardines, rumbo al camino que conducía a Hogsmeade. Una vez que hubieron cruzado las verjas del colegio, formaron una pequeña cadena humana, con Harry guiando; y sin tiempo que perder, desaparecieron con un sonoro estallido. Al segundo siguiente, se materializaron en el bello jardín frontal de la que alguna vez había sido la casa de Lily y James Potter.

–Bueno¿por dónde empezamos? –preguntó Ron volviéndose hacia Harry.

–Supongo que por la casa –concluyó Harry–, si Rina hubiera dejado alguna pista, hubiera sido dentro de la casa¿no?

–Suena lógico –concedió Hermione.

–Entonces¿entramos? –cuestionó el señor Longbottom, avanzando hacia la puerta de la casa.

Los demás lo siguieron sin perder tiempo, y cuando la puerta estuvo abierta, una gélida ráfaga les heló los rostros. Todo estaba exactamente igual a como había estado la noche en que Liza había llevado a Harry, y el penetrante olor a humedad se había hecho presente.

–¿Por qué no nos dividimos? Así será más rápida la búsqueda –sugirió la señora Longbottom

Y con un asentimiento general, el pequeño grupo se separó, yéndose cada uno a una habitación diferente. Luna, Neville y los señores Longbottom se quedaron en la planta baja, mientras que Ron, Hermione, Ginny y Harry subieron a las alcobas.

Con premura, Harry abrió la puerta que quedaba al final del pasillo. Una cama matrimonial en el centro, con un buró a cada lado y un solo armario en el extremo derecho de la habitación le indicaron que acababa de entrar en la que alguna vez había sido la alcoba de sus padres. Conteniendo el aliento, Harry avanzó sigilosamente, observando cada recoveco de la habitación.

Estaba tan cubierta de polvo como el resto de la casa y el aire era tan frío como en el recibidor, pero la atmósfera no era tan densa como en las otras alcobas. Quizá eso se debía a que Voldemort no había entrado a esa habitación, sino que después de haber matado a James Potter, se había dirigido directamente a la alcoba de Harry. Tratando de mantener la cabeza fría, Harry comenzó a registrar toda la habitación, cuando de pronto…

–¡Harry! –Ginny lo llamaba desde el marco de la puerta de la que había sido su habitación cuando apenas era un bebé.

Al instante, Harry se dirigió hacia ella, con la angustia dibujada en el rostro.

–¿Qué pasa? –le preguntó con un tono fallido de calma.

–Hay algo afuera –dijo la pelirroja sin rodeos.

–¿Afuera?

–Sí. Verás, estaba revisando esta habitación y se me ocurrió mirar por la ventana. Hay un leve resplandor en el jardín.

Harry se asomó por la ventana, entornando los ojos para que la luz del sol no lo deslumbrara, y entonces la vio: una tenue luz azul resplandecía por debajo del césped, cerca del sendero que conducía a la entrada principal. Seguramente aquello era más fácil de ver durante la noche, cuando la oscuridad se cernía en todos los jardines; pero a pesar de la luz solar, aquel resplandor también era visible durante el día¿o sería una alucinación?

Sin tiempo que perder, ambos bajaron y salieron al jardín frontal. Harry se preguntaba por qué no habían visto esa luz la noche en que habían estado ahí por primera vez; o por qué no la habían visto minutos antes cuando se habían aparecido en el jardín; pero una vez abajo, las preguntas de Harry tuvieron respuesta: desde el sendero, o del mismo césped, aquel resplandor no era visible, y si lo habían visto, era porque se habían asomado por una ventana del piso superior. Arrodillándose, comenzaron a palpar por la zona en donde sus memorias les indicaban que habían visto la luz azul.

–¿Qué están haciendo allá afuera? –gritó Ron encaramándose en el alféizar de una de las ventanas de la planta alta.

–Buscamos una luz azul –informó Harry mirando a su amigo–¿no la ves desde ahí?

Ron guardó silencio, mirando con atención al jardín.

–¡Está ahí! –exclamó después de un rato, señalando una parte del césped.

Harry y Ginny se desplazaron al instante al lugar marcado por Ron.

–No, no ahí –corrigió Ron–. Ahí.

–¿Dónde? –cuestionó Ginny molesta.

–¡Ahí¿Qué no lo ven¡Ahí!

–¿Por qué tanto escándalo? –cuestionó el señor Longbottom desde el marco de la puerta–. ¿Qué están haciendo?

–Buscamos una luz azul –dijo Harry una vez más.

–¿Una luz azul? –repitió el auror.

–¡Está ahí! –gritó Ron desesperándose.

Pero como ni Harry ni Ginny atinaban a encontrar el punto señalado por Ron, el pelirrojo se vio obligado a dejar la habitación y a bajar corriendo hacia el jardín. Hermione, Luna, Neville y la señora Longbottom salieron junto con él.

–¿Qué pasa? –preguntó la señora Longbottom.

–Está aquí –informó Ron al tiempo que se arrodillaba y comenzaba a arrancar el césped de un punto unos diez centímetros lejos de donde Harry y Ginny buscaban–. ¿Lo ven?

Ya sin el césped cubriéndole, aquella luz finalmente fue visible, y una vez que hubieron quitado la tierra que la sepultaba, abriendo un pequeño agujero, pudieron ver qué era: una pequeña esfera de color azul refulgía incesantemente, iluminando los rostros de los presentes; y dada su forma esférica, aquél recuerdo sólo podía pertenecer a una persona: Rina Blair.