Hola!!! Hago constar que, según mi reloj, son las 12:16 a.m. del jueves 14 de junio; y es que voy a ser sincera, todo el día de ayer tuve la idea de que era martes y resulta que no, que viví en un error y en realidad era miércoles, día de capítulo. Seguramente estarán pensando "qué tonta!", pero bueno, se me barrió completamente, y aunque hice todo lo posible por poner el capítulo el miércoles (claro, después de enterarme de que era miércoles), pues no pude, así que heme aquí en la madrugada del jueves poniendo el capítulo. Aunque todavía es de noche, así que si no tomamos en cuenta la hora, podemos decir que todavía es miércoles (ajá, en mi mundo mágico de hadas).

Bueno, a lo que vinimos. GRACIAS POR HABERME ESCRITO!!! Gracias a Sara Morgan Black, a Lils Potter 123, a Marko vinicio y a --Andromeda--. De verdad, no se dan una idea de lo mucho que me reanima el hecho de revisar si el número de reviews para mi historia se ha incrementado y el darme cuenta de que sí. Ustedes me alegran el día!!! Me temo que el por qué los mortífagos atacaron el callejón Diagon todavía no se los voy a decir. Aún así, espero que esta cáp. les guste, porque por lo menos para mí, este capítulo significó mucho y me gustó mucho. Y bueno, creo que ya no tengo nada más que decir así que, los dejo con el cáp.26. Espero que lo disfruten.

GRACIAS NUEVAMENTE!!!!

Ah, y otra cosita, este capítulo como todos los que vengan, están dedicados a ustedes, pero quiero hacer una dedicatoria especial para Lils Potter 123 que está enfermita. Espero que te alivies pronto!!! Para tí, con dedicación especial, este capítulo con todo mi cariño. ALIVIATE PRONTO!!!

Ahora sí, termino y publico este capítulo a las 12:37 a.m. del jueves 14 junio. arrocillo!!!!

Escrito por aego y por leyno.


Capítulo 26.

Lágrimas de un réquiem

–Por más que lo pienso, no lo entiendo –informó Hermione por enésima vez–, no se me ocurre ninguna razón por la que los mortífagos decidieran atacar de día, a menos, claro, que fuera para propagar más terror.

Aquel comentario de Hermione había sido el mantra de todos los días, desde que, después de haber relatado su pequeño altercado en el callejón Knockturn, habían vuelto a Hogwarts, y por ende, a sus labores cotidianas con los enfermos; y de eso ya hacía cuatro días.

No había momento del día en que Hermione no sacara a relucir ese tema, y no porque se hubiera vuelto tan obsesiva como Harry (al menos eso era lo que ella decía), sino porque era una cuestión a la que todavía no había encontrado respuesta, y eso la frustraba sobremanera.

–No empieces con eso, Hermione –advirtió Ron con voz cansina–, tuvimos un día muy pesado como para que todavía tú nos agobies con lo mismo. Deberías de alegrarte de que no ha habido más ataques.

–¡Y me alegro! –se defendió la muchacha–, pero no por eso voy a olvidarme de lo que pasó en el callejón Diagon.

Ron puso los ojos en blanco y se dejó caer en uno de los acogedores sillones de la sala común de Gryffindor y lo mismo hicieron Harry, Ginny y Hermione.

–Creo que ésa es la respuesta más lógica¿verdad? –cuestionó la castaña–: los mortífagos atacaron porque querían infundir más miedo en la comunidad mágica. Aunque, no sé…

Harry suspiró. Ron tenía razón: habían tenido un día muy pesado cuidando de cerca a los enfermos que padecían de demencia, ya fuera temporal o crónica; protegiéndolos de sí mismos y limpiando todos los desastres que esos pacientes se las arreglaban para hacer; y aún así, Hermione parecía reacia a desistir. Pero a pesar del cansancio, Harry estaba igual de intrigado que su amiga, pues a él también le extrañaba la actitud de los mortífagos.

Sin embargo, aquél no era el único asunto que ocupaba la mente de Harry. También estaba Liza. La muchacha no sólo no se había presentado a ninguna de las reuniones posteriores a aquélla en donde habían sido testigos de la confesión de Dumbledore, sino que había desatendido todas sus obligaciones, y no había tenido contacto con nadie. De hecho, la joven no había salido aún del despacho del director, y aquello sólo provocaba que la preocupación de Harry fuera en aumento.

Luego del primer día de aislamiento, Harry se había alarmado mucho, pues temía que su prima hubiera sido capaz de hacer alguna locura, pero después de revisar el mapa del merodeador, se había tranquilizado un poco. La mota de tinta con el rótulo de "Elizabeth Dumbledore" se encontraba paseándose aquí y allá, a todo lo largo y ancho del despacho del director. En los cuatro días consecuentes, el muchacho había continuado revisando el mapa para comprobar que Liza continuara enclaustrada, y el resultado siempre había sido el mismo, salvo por ese día precisamente, en el que, desde la mañana, Liza no se había movido de lugar. Su mota de tinta había permanecido estática en una parte del despacho toda la mañana y lo que iba de la tarde. Qué hacía la muchacha en ese punto exacto de la habitación, Harry no lo sabía, aunque esperaba que no fuera nada malo, pero para esas horas del día comenzaba a preocuparse por el súbito congelamiento de su prima. ¿Habría sido Liza capaz de atentar contra su propia vida? Harry quería creer que no, pero muy en el fondo, su optimismo y seguridad comenzaban a tambalearse.

–¿Harry? –lo llamó Hermione–. ¿Estás bien? Te ves algo… distante.

–Sólo estoy cansado –mintió Harry con prontitud.

–No, no es eso –contradijo Ginny–. Es por Liza¿verdad? –cuestionó, dando en el blanco.

–Todavía se mueve en el mapa¿verdad Harry? –preguntó Ron con voz insegura.

–A decir verdad, no. –Harry decidió que lo mejor era contar todo a sus amigos–. No se ha movido desde la mañana.

–¿Creen que está bien? –inquirió Hermione, olvidando por un segundo el tema de los mortífagos y el callejón Diagon.

Harry estuvo a punto de externar sus fatídicos pensamientos, cuando… ¡Crac!

El inesperado chasquido los sobresaltó a todos, haciendo que por un breve instante, el cansancio pareciera ajeno y lejano.

–¡Dobby! –exclamó Harry luego de reponerse al susto.

Un pequeño elfo doméstico con muchos gorros de lana y unos calcetines dispares se había materializado justo frente a la chimenea de la sala común y mirando alternativamente a todos, se estrujaba las manos nerviosamente.

–¿Qué sucede Dobby? –preguntó Hermione con delicadeza– ¿estás bien?

El elfo asintió, pero no pronunció palabra.

–¿Entonces qué pasa? –inquirió Ron, tratando de sonar tranquilo.

–Es Liza Dumbledore, señor –respondió la criatura con voz temblorosa.

–¿Liza? –repitió Ginny–¿le ocurrió algo?

–Está muy mal, señorita –contestó Dobby volviéndose a la pelirroja.

–¿Cómo que mal? –cuestionó Harry, poniéndose en pie–. ¿Qué le pasa?

–Liza Dumbledore se niega a salir, Harry Potter. Dobby ha ido a verla y ella no lo deja entrar, señor. Liza Dumbledore siempre fue muy buena con Dobby; y cuando Albus Dumbledore le pidió a Dobby que aceptara ser el único en servir a la señorita, Dobby se puso muy contento; pero ahora, la señorita le ha ordenado a Dobby que no entre a sus alcobas, señor, y Dobby no quiere desobedecerla.

–¿Entonces cómo sabes que está mal? –preguntó Harry, intentando mantener la calma.

–Dobby le ha llevado los alimentos durante estos cinco días, señor, siempre que la señorita venía a Hogwarts Dobby le llevaba sus alimentos, pero ahora Liza Dumbledore casi no come, y a Dobby le preocupa. No está bien, Harry Potter. Tiene que ir a verla.

Harry dirigió la vista a Hermione, con la angustia iluminando sus ojos.

–¿Cómo puedo entrar, Hermione? Tienes que saberlo.

–No se me ocurre nada, Harry –confesó Hermione apenada.

–¿Y si entras por una ventana? –sugirió Ron sentándose en la orilla del sillón–. Puedes volar con la Saeta de Fuego hasta la ventana y…

–No funcionaría –interrumpió Hermione–. Si la habitación está impasibilizada, no puede accederse a ella por ningún lado, y eso incluye las ventanas.

–Tú puedes aparecerme dentro¿verdad Dobby? –preguntó Harry esperanzado.

–Dobby no puede hacer eso, señor. Liza Dumbledore se lo prohibió, y Dobby será libre, pero no quiere desobedecerla. Liza Dumbledore ha sido muy buena con Dobby.

Harry comenzaba a desesperarse. ¿Cómo demonios iba a hacer para entrar a ver a Liza?

–¿Qué hay de Fawkes? –propuso Ginny–. Él sí es capaz de aparecerse en el despacho¿no?

–¡Es verdad, Harry Potter! –exclamó el elfo, emocionado–. Dobby lo ha visto muchas veces.

Fawkes sólo responde a Liza –informó Harry–. No vendrá aunque lo llame.

–Pero cuando te enfrentaste al basilisco, Fawkes fue a ayudarte¿recuerdas? –dijo Ron al instante.

–En esos momentos estaba en peligro y aún así le fui fiel a Dumbledore. Es por eso que Fawkes me ayudó.

–Pues si te preocupas por Liza, que es la única hija de Dumbledore, le estás siendo muy fiel¿no crees? –dedujo Hermione con rapidez.

Aquello sonaba lógico. Harry guardó silencio, analizando la situación.

–Pues no tengo nada que perder –concluyó al fin. Y cerrando los ojos, llamó al fénix–: Fawkes.

Pero al abrirlos, nada ocurrió. Ante eso, plantó firmemente los pies en el suelo, respiro profundo y trató de aclarar su mente, y concentrándose al máximo, volvió a llamar al ave:

¡Fawkes!

Esta vez sí dio resultado: una súbita llamarada se encendió muy por sobre sus cabezas, y un magnífico pájaro carmesí se perfiló arriba de ellos. Lentamente descendió hasta posarse en el hombro de Harry.

–¿Puedes llevarme con Liza, Fawkes? –preguntó el muchacho un poco inseguro.

Por toda respuesta, el majestuoso fénix emprendió el vuelo, describiendo círculos sobre Harry.

–Bueno –continuó dirigiéndose a Dobby–, ya no te preocupes Dobby, sacaré a Liza de ahí.

El pequeño elfo asintió, y con un atronador chasquido, desapareció de la sala común.

–Volveré en cuando pueda –les dijo a sus amigos–, y espero volver con Liza.

Dicho esto, estiró el brazo derecho para asirse de la cola del ave, y en una llamarada, desapareció junto con Fawkes. Al segundo siguiente, ave y mago aparecieron en medio del amplio despacho circular del director, justo frente al escritorio detrás del cual se encontraba el gran retrato de Albus Dumbledore. El anciano director estaba tan profundamente dormido como lo había estado el día en que Liza le había gritado desesperada, o al menos eso era lo que aparentaba. No se inmutó ni un poco cuando Harry y Fawkes aparecieron, y no se movió ni un milímetro mientras Harry estuvo ahí.

–Gracias Fawkes –dijo el muchacho mientras el majestuoso pájaro se posaba sobre su hombro.

–Ya era hora de que vinieras por ella –informó el antecesor de Dumbledore, el profesor Dippet, viéndolo muy serio desde su retrato.

–Lo sé –repuso Harry–, espero poder convencerla de que salga.

–Tienes que convencerla –indicó el retrato de Dilys Derwent–; no puede estar enclaustrada por siempre.

Harry asintió estando completamente de acuerdo, pero el hecho era que no sabía qué decirle a su prima para poder convencerla de salir. Al final, decidió que lo mejor era ir con Liza e improvisar.

–Bueno –dijo, resuelto–. Allá voy.

Y dicho eso, se encaminó a una de las dos escaleras ubicadas a los costados del escritorio, las cuales conducían a las alcobas del director. Harry nunca había estado ahí, y de hecho, no conocía a nadie que lo hubiera estado, excepto a Liza, pero ella casi no hablaba del tema, así que no tenía idea de lo que se podría encontrar. Conforme ascendía, una melodía lejana comenzó a hacerse más y más audible. Era una melodía a piano. Liza alguna vez le había comentado que había aprendido a tocar varios instrumentos musicales porque a su papá le gustaban, y también le había confesado que el piano era su instrumento favorito.

Un suspiro de alivio escapó de los labios de Harry. Si sus corazonadas eran correctas, eso significaba que Liza había estado tocando el piano toda la mañana y lo que iba de la tarde, y eso explicaba su súbito congelamiento en el mapa del merodeador. Inconscientemente, su mano derecha hurgó entre sus ropas y extrajo dos esferas de cristal, en cuyo interior brillaba un líquido azulado. Justo un día después de la batalla en el callejón Diagon, Moody le había dado la esfera en donde estaba el recuerdo post mórtem de Dumbledore, diciéndole que puesto que él era su primo, era el que tenía más probabilidades de ver a Liza. Harry había aceptado el recuerdo sin dudar, y lo había guardado junto al de Rina, para poder darle ambos a Liza en cuanto la viera.

Una vez en lo alto de las escaleras, se encontró ante una acogedora sala, iluminada por la luz que se filtraba a través de unos enormes ventanales que estaban justo frente a él, al otro lado de la habitación. Había en la alcoba amplios y visiblemente cómodos sillones; una chimenea, que en aquellos momentos estaba apagada; una pequeña mesa rectangular con dos únicas sillas y un candelero al centro; y en todas las paredes, libreros atiborrados con libros de todo tipo. Y ahí, al fondo de la estancia, dando la espalda a uno de los ventanales del extremo derecho, se encontraba Liza sentada ante un majestuoso piano, concentrada totalmente en su interpretación.

Fawkes voló del hombro de Harry y se posó en una pequeña percha dorada que estaba sobre la tapa del piano. Al parecer, Liza no había estado completamente sola, Fawkes había estado todo el tiempo con ella. Sabiendo que en cualquier momento su prima se percataría de su presencia (si no es que lo había hecho ya), Harry avanzó cautelosamente hasta el piano. Liza simplemente continuó con su melodía, con sus ojos blancos fijos en algún punto frente a ella, y las manos desnudas moviéndose con gracilidad sobre las teclas blancas y negras (la Palma de Godric no estaba encendida en su mano izquierda).

–Hola Harry –saludó la muchacha cuando su primo se hubo detenido junto al piano, mas no detuvo su interpretación ni volteó el rostro hacia él.

–¿Cómo supiste que era yo si no estás usando la Palma de Godric? –inquirió Harry por toda respuesta.

–¿Quién más, sino tú, se armaría de valor para entrar a mis habitaciones para sostener una plática irracional, cuando yo pedí explícitamente que se me dejase sola? –Liza ni siquiera se había tomado tiempo para pensar qué contestar, era como si hubiese estado esperando ese comportamiento por parte de su primo y ya hubiera practicado sus respuestas a una hipotética conversación.

–Eso significa que ya me esperabas¿verdad? –cuestionó Harry, tratando de que en su voz no se notara la preocupación que sentía por su prima.

La muchacha no respondió, pero Harry interpretó su silencio como un sí.

–¿Por qué apagaste tu Palma? –preguntó, no estando seguro de que Liza le contestaría.

–No puedo tocar con la Palma llameando en mi mano izquierda –aclaró la joven con sencillez–, y el guante hace que mi tacto sea muy superficial. La música no fluye libremente a través de mí.

Y tras decir eso, volvió a guardar silencio.

–Tengo algo que es tuyo –informó Harry cuando estuvo seguro de que Liza ya no le diría más–, son dos recuerdos: el de tu padre y otro que encontramos. Todavía no sabemos qué hay en el otro recuerdo, pero por su forma, sabemos que era de Rina, y es por eso que no lo hemos visto; necesitamos de la Palma de Godric para poder verlo.

Y dicho eso, Harry le tendió ambas esferas a Liza, esperando que dejara de tocar el piano para tomarlas, pero la joven no hizo tal cosa.

–Pudieron haber sumergido ese recuerdo en un pensadero y dejarlo reposar por tres días –dijo Liza sin inmutarse–, después de ese tiempo todo pensamiento en forma de esfera se disuelve y entonces es posible verlo.

Harry retiró al instante su brazo extendido, escudriñando a su prima como nunca antes lo había hecho. En cinco días, Liza había cambiado mucho, de eso podía darse cuenta por lo cortante de sus respuestas. No volvió a guardar los pensamientos.

–Nosotros no sabíamos que se podía hacer eso –le recordó Harry sin poder evitar que sonara como un reproche.

–No, supongo que no –concedió la muchacha, y continuó con su interpretación en silencio.

Harry tampoco dijo nada más. No podía hablar con Liza mientras no tuviera toda su atención, hubiera sido algo inútil y agotador; así que simplemente continuó de pie junto al piano, escuchando atentamente la melodía de Liza. Era la melodía más triste que Harry había oído en toda su vida, aunque le parecía que ya la había oído antes. Era una pieza que le resultaba muy familiar, pero no estaba seguro de dónde, o mejor dicho, de quién la había oído.

Cuando Liza tocó la última tecla en su interpretación, y la última nota fue finalmente consumida por el silencio, posó sus manos sobre sus piernas y se volvió hacia Harry. No hizo o dijo nada más, simplemente fijó sus ojos blancos en el rostro de su primo.

–Fue una melodía muy triste –dijo Harry bajo la presión que los ojos de Liza le habían provocado.

–Es un réquiem –informó la muchacha volviendo su rostro a las teclas–, un réquiem para mi papá.

–Me pareció que ya lo había escuchado antes –comento Harry al instante, tratando de mantener a flote aquella conversación.

–Te parece bien –concedió Liza mirándolo nuevamente–. Tú, al igual que yo, lo oíste de Fawkes, poco después de que mi padre hubo muerto.

¡Claro! De ahí era de donde Harry recordaba aquella melodía, era la misma que había llenado los jardines del colegio y los pechos de todos cuando aquel dolor por la pérdida definitiva de Dumbledore parecía imposible de mitigar.

–Yo, así como tú –continuó Liza– escuché la melodía, y fue como si brotase de mi interior. Y a pesar de no estar aquí presente entre todos ustedes, eso fue lo que me indicó que mi papá me había dejado. O creo que sería más correcto decir que te había dejado a ti –añadió, con una infinita amargura que no pasó desapercibida para Harry.

–Perdona que no haya cumplido con lo que nos pediste –se disculpó Harry, en un intento desesperado de cambiar la conversación–, pero es que todos estábamos muy preocupados por ti, y luego la súplica de Dobby…

–¿Dobby? –repitió la joven–. ¡Ah, ya sé! Seguramente les dijo que le ordené que no entrara y que casi no he comido lo que él mismo me prepara¿me equivoco?

–Él también está muy preocupado por ti –aseguró el muchacho, pensando que tal vez no había sido una buena idea mencionar a Dobby.

–Pobre criaturita –compadeció Liza con cierta ternura en la voz–, creo que no lo he tratado muy bien últimamente.

–Lo único que a Dobby le importa –dijo Harry después de un suspiro de alivio– es que tú estés bien. Por eso me pidió que viniera, y llamar a Fawkes fue la única manera que se nos ocurrió para poder entrar al despacho.

–Y es la única manera –corroboró la joven con un asentimiento–, y tú eres un pequeño traidor –agregó, acariciando al fénix. Obviamente no podía enojarse con Fawkes.

Con mucha parsimonia, Liza cubrió su mano izquierda con el guante negro que siempre usaba, y cuando hubo terminado se puso en pie y se dirigió a la mesa, desde la cual preguntó:

–¿Te apetece algo te tomar¿Café¿Té?

–Té está bien –dijo Harry, acercándose a la mesa.

Dos humeantes tazas, una de té y otra de café, aparecieron con un movimiento de varita por parte de Liza, al igual que una bandeja de galletas de chocolate. Ambos primos se sentaron a la mesa y se mantuvieron un rato en silencio, bebiendo de sus respectivas tazas.

Sabiendo que no tenía caso insistir con los recuerdos, dado que Liza ya había demostrado su poco interés, Harry depositó las dos esferas de cristal junto al candelero central de la mesa, y volvió toda su atención a su té. Liza vería el pensamiento de Rina cuando tuviera ganas, y mientras, los recuerdos podían permanecer ahí, nada les pasaría. Hermione ya se había encargado de explicarles que el cristal con el que ambas esferas habían sido envueltas era muy resistente, a pesar de su ligereza; además era irrompible, por lo tanto, sólo una persona que conociera el hechizo para desvanecer el cristal sería capaz de hacer uso de los recuerdos, y no les cabía la menor duda de que Liza conocía el hechizo.

–Sabes Harry –dijo Liza de pronto–, he estado pensando y creo que no sólo estamos unidos por la sangre, sino por la ironía.

–¿Ironía?

–Sí. Piénsalo: mi padre murió por ayudarte en tu misión, pero por culpa de Rina murió tu papá, porque ésa es la explicación más lógica al por qué el tío James no fue capaz de darle más batalla a Voldemort: como él no tenía idea de cómo usar la Palma, debió de encenderla sin querer y no pudo apagarla, así que no pudo pelear adecuadamente contra él y por ende, no pudo darles el tiempo suficiente de escapar a ti y a la tía Lily. Irónico de principio a fin.

A Harry no le gustaba para nada la nueva actitud de su prima, tan deprimida y taciturna, así que, en un intento de desviar la conversación, preguntó:

–Y… ¿dónde está tu alcoba?

–Escondida detrás de ese librero –respondió la muchacha señalando un librero que estaba al lado de la chimenea–, y la de mi papá está detrás de éste –añadió, indicando el mueble que quedaba a su inmediata izquierda.

–¿Por qué están escondidos? –cuestionó Harry, curioso.

–La verdad, no lo sé. La habitación del director siempre ha estado escondida detrás del librero, y mi padre simplemente agregó mi habitación en el extremo opuesto a la suya. A él le encantaba esto de las habitaciones ocultas.

Un gesto de nostalgia se dibujó en las bellas facciones de la joven.

–Te ves más tranquila –comentó Harry, observándola con escrutinio.

–Sólo me veo, Harry; has dicho bien.

–¿No crees que ya es hora de que salgas de aquí? La Orden entera está preocupada por ti.

Una triste sonrisa se dibujó en los labios de Liza.

–¿Es eso cierto? –preguntó, moviendo su taza entre las manos.

–¡Pues claro! –respondió Harry, cada vez entendiendo menos el comportamiento de su prima–. Sabes que tú juegas un papel muy importante en la Orden. Juegas un papel muy importante en nuestra misión.

–Nuestra misión. Hace una semana que dejé de pensar en la cacería de "Horcruxes" como si fuera "nuestra misión", Harry. No me parece coherente seguir pensando así, siendo que yo soy uno de los objetivos a destruir en "tu misión".

–Liza, por favor, sabes muy bien que te necesitamos, tienes que salir.

–No voy a salir, Harry –sentenció Liza elevando un poco la voz–¿para qué he de salir¿Cuál es el fin de que yo salga?

La muchacha se levantó de su asiento y avanzó hacia el librero que estaba más próximo a ellos, y después de tomar un libro, se giró hacia Harry.

–Mira a tu alrededor –le dijo–. Cada libro que ves aquí, cada libro que tengo en mi alcoba, cada libro en la habitación de mi padre, está en mi cabeza. –Acto seguido, tiró el libro que sostenía en sus manos y comenzó a hacer lo mismo con cuanto libro tuvo a su alcance–. He aprendido de cada página, he memorizado hasta la última palabra, recuerdo cada signo de puntuación que está escrito; y ¿para qué¿De qué me sirve, Harry? Tú dime.

La joven había dejado los libros en paz y se había vuelto a Harry, quien no respondió. No sabía qué decirle que pudiera cambiar su forma de pensar.

–Toda melodía que pasó frente a mí la aprendí de memoria –dijo la muchacha amargamente–; cada nota, cada partitura; practiqué incesantemente cada rondó, cada aria, cada sinfonía; y todo lo hice porque sabía que a mi padre le encantaba la música¿y para qué? Él ya está muerto y muy pronto lo estaré yo también, y entonces todo lo que aprendí, todo lo que sé, ya no servirá de nada. 17 años de clases estrictas y de recurrentes desvelos se irán conmigo a la tumba, y es ahora cuando me doy cuenta de que todo el conocimiento que mi padre se esforzó por darme no me sirve de nada, porque aunque sé todo lo que él sabía, no tengo su sabiduría. Eso no se puede enseñar, se debe aprender por uno mismo, pero yo no voy a tener oportunidad de aprender.

La joven se enderezó y avanzó hacia el ventanal central, y después se giró hacia Harry.

–Todo ha sido en vano –continuó, mientras los ojos se le anegaban en lágrimas de impotencia–. Todo carece de sentido alguno, ya no tengo ni el más mínimo propósito. ¡Podría arrojarme de esta maldita torre hacia los jardines de Hogwarts y le estaría haciendo un favor al mundo!

–Liza, no digas eso.

–Sabes que es la verdad –aseguró la muchacha, regresando a la mesa y apoyando ambas manos en la misma.

–Sé que debería de sentirme aliviada, incluso complacida, de que una parte de Voldemort se vaya conmigo cuando yo muera; pero el hecho es que no me siento ni aliviada ni complacida –y sin despegar las manos de la mesa, levantó el rostro, dirigiéndolo a Harry, quien la miraba angustiado–¿y sabes por qué creo que me pasa eso, Harry? Porque siempre creí que cuando la batalla final llegara, cuando tuvieras que enfrentarte a Voldemort; yo estaría ahí, ayudándote en todo lo posible, peleando por lo que creo… Pero ahora sé que eso no sucederá. Estoy destinada a entregar mi vida sin defenderla; y mi única pregunta es¿serás capaz de matarme, cuando el momento llegue?