Hola!!! Bueno, igual que la semana pasada, me retrasé en el día de publicación, pero bueno, ahora nada más fue un día, eso es un gran avance ¿no? Me disculpo porque en el capítulo 28 no puse ningún comentario o agradecimiento, así que les voy a agradecer doble en este capítulo.

Gracias a Marko Vinicio (sé que las cosas aún están un poco confusas, pero es mi único recurso para darle emoción a la historia!!! Pero no te apures, tengo que decir que el final está cerca), a Percival Dumbledore (así es, el final de Liza está próximo, lo siento), a cecyleonor (no sé si sabes lo que creo que sabes, o nada más estoy suponiendo que sabes lo que yo quiero que sepas. De cualquier forma, gracias por no arruinar "el pastel"), a Sara Morgan Black (gracias por creer que mis capítulos valen la pena, y gracias por tus comentarios que, aunque cortos, siempre son concisos. Y lo de "Las Almas del Heredero", si me doy vueltas pero lo que pasa es que no has actualizado!!) y a --Andromeda-- (no te preocupes por no poder dejar review, sé que siempre me lees y con eso basta, aunque claro, un review siempre anima el alma. Una sola línea basta, créeme).

A todos ustedes, DOBLE GRACIAS!!!

Sin más que decir, me despido. Como siempre, este capítulo va para ustedes y por ustedes. GRACIAS!!!

Ah!! Una cosita, en este capítulo hago referencia al "fulgor mental". Por si no recuerdan qué es eso, dense una vueltecita por el capítulo 14 del fic (La Alianza). Si de plano no quieren regresar tanto, aquí les dejo qué es, en palabras de Liza: "Fulgor mental es el resplandor que rodea a los pensamientos. No son los pensamientos en sí, es más como un... envoltorio. Una protección de los pensamientos."

Ahora sí, arrocillo!!!

Escrito por aego y por leyno.


Capítulo 29.

El hacedor de varitas

–Pero qué demonios… –dijo Harry entornando los ojos para ver mejor.

–¿Sucede algo, Harry? –inquirió Liza ante la expresión que su primo había usado.

–Dos personas vienen para acá, y creo que al menos una de esas personas es un mortífago.

–¿Un solo mortífago? No puede ser, no son tan estúpidos.

Harry dudaba de aquella aseveración.

–Vamos –ordenó, tomando la mano de su prima y tirando de ella–, debemos bajar y dar la alarma.

Como una exhalación, ambos primos abandonaron la torre y corrieron a lo largo de los enormes pasillos, dirigiéndose a las aulas donde los enfermos eran cuidados por algunos integrantes de la Orden.

–¡Liza! –Una voz procedente de una de las puertas que habían dejado atrás llamó a la muchacha provocando que ambos jóvenes se detuvieran y se volvieran. Era la profesora McGonagall–. ¡Al fin saliste!

–Sí, pero ahora no hay tiempo para bienvenidas. Dos desconocidos se dirigen para acá y Harry cree que podrían ser mortífagos.

–¿Mortífagos? –repitió la bruja con el ceño fruncido.

–Es sólo una suposición –recalcó Harry al instante.

–Escucha Minerva, no quiero que el pánico se propague porque esto bien podría ser una falsa alarma, así que necesito que le avises a quienes creas conveniente, y nos alcancen en la entrada del castillo¿de acuerdo?

–Claro, Liza –contestó la profesora aún con sorpresa–. Nos vemos en un rato.

Harry y Liza continuaron su descenso hasta las enormes puertas de roble del colegio, procurando no demorarse demasiado.

–¿Qué es lo que pretendes hacer, Liza? –preguntó Harry cuando derraparon frente a los ventanales que estaban ubicados a ambos lados de las puertas.

–Una emboscada, Harry –respondió la muchacha sin apartar la vista de las verjas de Hogwarts–. Aún me parece inverosímil que dos mortífagos se dirijan para acá como si no estuvieran en la lista de los más buscados, pero tengo que aceptar que a estos tipos les falta algo de seso. Pero bueno, como sólo son dos, incluso podremos someterlos sin usar magia; y dado que tenemos enfermos aquí, eso sería lo más conveniente.

Ruidos de pasos apresurados invadieron el vestíbulo, dirigiéndose a donde Harry y Liza se encontraban. La profesora McGonagall corría hacia ellos, con un grupo de diez o tal vez quince personas detrás de ella.

–¡Rápido! –indicó la profesora McGonagall–. ¡Tenemos que impedir que entren a los terrenos del colegio!

–No –contradijo Liza al instante–, los esperaremos aquí, y los atraparemos cuando estén en los jardines.

–Pero Liza¿no te parece un poco arriesgado el permitirles llegar hasta aquí? –cuestionó Tonks un poco insegura.

Pero Liza no llegó a contestar esa pregunta, pues en ese momento, los dos desconocidos cruzaron la verja del castillo.

–¡Ahí vienen! –exclamó Harry, entornando los ojos y sacando su varita.

Tal y como Harry había visto desde lo alto, una de las figuras estaba envuelta en una capa negra. Ropas a juego lo cubrían por debajo de la capa, pero dejaban ver que se trataba de un hombre delgado. A su lado, una persona con ropas desgarradas corría con mucha dificultad; cojeaba y se tambaleaba a cada paso que daba, hasta que finalmente cayó. El hombre de la capa detuvo su carrera, y en el acto se colocó al lado de su compañero caído, tratando de levantarlo. Harry supuso que el que yacía en tierra le indicó al otro que lo dejara ahí, pues luego de un rato, el hombre de la capa se puso en pie y continuó corriendo hacia el castillo.

Liza, que había estado parada al lado de Harry, posó sus manos sobre el ventanal y entornó los ojos, como si quisiera distinguir a la persona que se aproximaba al colegio.

–No puede ser –murmuró la joven con el rostro a escasos milímetros del cristal.

–¿Qué pasa, Liza? –preguntó Harry sin entender.

–Hay que abrir las puertas –dijo la muchacha dirigiéndose a los demás.

–¿Qué?

–Conozco ese fulgor mental –explicó Liza abriendo los portones y saliendo a los jardines.

–¡Liza! –la llamó Harry, pero fue inútil; su prima ya había echado a correr hacia el encapuchado.

Sin saber qué otra cosa hacer, todos salieron tras de la joven, preparándose para lo peor. Cuando Liza estuvo a unos cuantos pasos de aquel hombre, se detuvo, y esperó a que él se colocara frente a ella.

–Sabía que te encontraría aquí –le dijo el hombre a Liza.

Harry tuvo la sensación de que aquella voz ya la había escuchado antes, aunque no estaba muy seguro de dónde o de quién.

–Veinticinco centímetros, nervios de corazón de dragón, elástica –continuó el hombre mientras seguía avanzando–. La única varita de ceiba que he hecho en mi vida.

Entonces Harry recordó quién era el dueño de esa voz, y en cuanto el hombre se bajó la capucha, no hubo duda alguna: un anciano hombre de ojos plateados los observó a todos, con un semblante bastante tranquilo. Era el señor Ollivander.

Liza sonrió y abrazó efusivamente al hombre, ante la mirada atónita de todos los ahí presentes.

–Pero ¿cómo? –balbuceó la muchacha, emocionada, cuando dejó de abrazar al mago.

–Les aseguro que hay una historia que lo explica todo –dijo el anciano con calma– y ya se las contaré, pero primero deben ayudar a mi acompañante; me temo que está herido de gravedad.

–Claro –repuso la muchacha–, vamos.

Sin tiempo que perder, se dirigieron a la otra persona que había quedado tumbada en el césped, cuando sus piernas ya no habían sido capaces de responderle. Cuando estuvieron lo suficientemente cerca como para distinguir de quién se trataba, Harry se detuvo en seco, con una expresión de sorpresa dibujada en el rostro y la boca ligeramente abierta por la impresión.

Draco Malfoy yacía completamente inconsciente en el pasto, con el cuerpo terriblemente magullado y las ropas salvajemente rasgadas. Su cabello rubio platinado presentaba rastros de lo que indudablemente era sangre y graves heridas lo hacían desangrarse lentamente.

Harry sabía que todos estaban impresionados de ver ahí tendido al vástago de los Malfoy, mortífago declarado y casi asesino de Albus Dumbledore, pero también sabía que el hecho de que el señor Ollivander les hubiera pedido ayuda para él, los comprometía. No podían dejar a Malfoy morir allí.

–Tenemos que llevarlo a la enfermería de inmediato –indicó la profesora McGonagall luego de ver con horror el estado del que alguna vez había sido uno de sus alumnos.

Con ayuda de una camilla, transportaron el cuerpo inerte del muchacho hasta la enfermería, donde la señora Pomfrey los recibió de inmediato.

–¡Rápido¡Pónganlo aquí! –pidió la mujer, dirigiéndose a la cama más próxima.

Así lo hicieron, y casi al instante abandonaron el lugar, sabiendo que la señora Pomfrey no debía ser perturbada por nada del mundo, pues tenía mucho trabajo que hacer. Por esta misma razón, todos regresaron a lo que habían estado haciendo antes de ser alertados por la profesora McGonagall, excepto Harry y Liza, quienes se quedaron a esperar a que el señor Ollivander saliera de la enfermería, después de que la enfermera lo creyera prudente.

–¿Puedo preguntarte algo? –inquirió Harry, rompiendo el silencio.

–Claro.

–Antes de que salieras corriendo, dijiste que conocías ese fulgor mental, pero entonces eso quiere decir que tú ya conocías al señor Ollivander¿verdad?

La muchacha asintió, con una media sonrisa.

–Lo conocí hace varios años –explicó, recargándose en la pared–, cuando mi papá me compró mi varita. El señor Ollivander vino a escondidas a Hogwarts sólo porque Albus Dumbledore así se lo había pedido, como un favor especial. No probamos muchas varitas hasta que la indicada me encontrara, pero recuerdo que yo estaba muy emocionada, tanto, que por accidente encendí la Palma de Godric y atravesé el brazo del señor Ollivander. Él no se molestó ni nada por el estilo, sólo dijo que lo que yo poseía era un don excepcional del que no podía gozar todo el mundo, y por tanto, era mi obligación aprender a usarlo como era debido.

–Luego de eso, el señor Ollivander no tuvo problema alguno en ser sometido a un encantamiento Fidelio para guardar todo lo que había visto de mí, incluida mi persona por supuesto, en otra mente. Mi papá me designó a mí misma como guardiana de ese secreto; según él, era para fomentar mi sentido de responsabilidad. Después de eso no volví a ver al señor Ollivander, pero el contacto que hice con él usando la Palma bastó para que en mi mente se guardaran la forma y el color de su fulgor mental.

–Pero sólo le tocaste el brazo¿es posible ver el fulgor mental con sólo tocar a la persona usando la Palma de Godric?

–Sí, Harry. Si tocas a cualquier persona mientras la Palma esté encendida, al instante verás su fulgor mental, pero no podrás hurgar en él ni nada por el estilo. Para eso forzosamente tienes que penetrar el cráneo.

Harry apenas estaba asimilando eso, cuando justo en aquel momento, las puertas de la enfermería se abrieron y salió el señor Ollivander. Después de su salida, las puertas volvieron a cerrarse, sin que la señora Pomfrey saliera para informarles sobre el estado de Malfoy.

–Creí que tardarías más ahí dentro –comentó Liza acercándose al anciano mago.

–Yo no estaba herido en absoluto –dijo el señor Ollivander con naturalidad–. Bueno, unos cuantos raspones y nada más.

–¿Ahora nos contará esa historia que lo explica todo? –preguntó Harry un poco ansioso.

–Naturalmente, si pueden llevarme a un lugar donde no interfiramos con el tráfico de la enfermería.

–Claro. Vamos.

Liza comenzó a avanzar a lo largo del pasillo con presteza, mientras Harry y el señor Ollivander la seguían de inmediato. La muchacha los condujo al Gran Comedor en donde, luego de cruzar las puertas, se toparon con todos los integrantes de la Orden del Fénix que se encontraban en el castillo y en sus alrededores. La enorme aula ya había sido dispuesta para escuchar el relato del fabricante de varitas, desapareciendo las mesas y acomodando solamente sillas en un amplio círculo, como ya se había hecho muchas veces antes.

–Espero que no te moleste que haya llamado a cuanto miembro de la Orden pudo venir –dijo la profesora McGonagall dirigiéndose a Liza.

–Por supuesto que no –respondió la joven con una negación–. Creo que todos debemos oír esta historia; claro, si es que al señor Ollivander no le incomoda.

–En absoluto –contestó el aludido, sonriendo.

Liza condujo al señor Ollivander a la silla alta del director y le indicó que se sentara. Harry vio a Ron, Hermione y Ginny ya sentados en una parte de la circunferencia, y al instante fue a reunirse con ellos.

–¡Harry! –exclamó Ginny al verlo–¿dónde estabas? Estábamos preocupados por ti.

–Ron nos dijo que cuando él se despertó tú ya no estabas en el dormitorio –explicó Hermione con premura.

–Y ni tú te levantas tan temprano, Harry –dijo Ron sonriendo.

–Estaba con Liza –aclaró el muchacho al instante–, me estaba enseñando sobre la Palma de Godric.

–¡Muy bien! –dijo Liza por sobre el barullo, haciendo que se callaran–. Todos queremos escuchar lo que el señor Ollivander tiene que decirnos, así que, si son tan amables…

Si luego de que Liza comenzara a hablar había quedado algún murmullo apagado, después de ese último comentario, el Gran Comedor se sumió en el silencio total.

–¿Señor Ollivander?

–Gracias, Liza. Si no me equivoco, el diario El Profeta debe de haber mencionado algo sobre mi misteriosa desaparición hace ya más de un año, y debo suponer que se sospechó de un ataque mortífago. La verdad es que sí hubo mortífagos, pero no fue propiamente un ataque. Les era más útil estando vivo que muerto, o al menos eso fue lo que ellos pensaron.

–Sabía que sólo era cuestión de tiempo para que mortífagos irrumpieran en mi local y trataran de sacar provecho de todo mi trabajo, y creo que deben de haberse decepcionado terriblemente cuando se encontraron con una tienda vacía, libre de cualquier cosa que pudieran utilizar.

–¿Está diciendo que fue usted mismo quien vació su local? –preguntó Kingsley Shacklebolt interrumpiendo el relato.

–Eso es precisamente lo que estoy diciendo –confirmó el señor Ollivander sin inmutarse por la abrupta interrupción–. De ninguna manera iba yo a permitir que mi trabajo se usara para el mal.

–No obstante, no fui lo suficientemente rápido y los mortífagos me alcanzaron antes de que yo lograra emprender camino. Órdenes explícitas de que se me llevara con vida ante El-que-no-debe-ser-nombrado fueron las que por el momento me mantuvieron a salvo, pues él tenía sus planes para mí. Una vez frente a él, me dijo que lo que quería de mí no eran mis varitas, sino mis conocimientos para fabricarlas. Pretendía que yo construyera objetos que canalizaran la magia congénita de los gigantes, los dementores y todas las criaturas que han decidido servirle, criaturas que nacieron y que son parte de la magia, no como nosotros que sólo la utilizamos; y así, poder usarla para ser más poderoso.

–No se puede ser más poderoso –comentó la profesora McGonagall con horror.

–Naturalmente yo me negué –continuó el señor Ollivander como si nada–, le dije que eso no solamente era pretensioso, sino antinatural.

–Además de imposible –agregó el profesor Slughorn.

–Me temo que no es imposible.

Una súbita estupefacción tensó el ambiente, y Harry tuvo un mal presentimiento. Si aquello era verdad, y si el señor Ollivander le había dicho algo a Voldemort, entonces estaban en problemas. Problemas muy graves.

–En mis ultimas investigaciones, descubrí una forma de sacar provecho de toda la magia que nos rodea, no sólo de la que llevamos dentro, pero desgraciadamente El-que-no-debe-ser-nombrado se enteró de eso; y ésa es la razón de por qué, pudiendo haber secuestrado a cualquier fabricante de varitas, me escogió a mí.

–Como ya les dije, me negué a su petición, me negué cuanto me fue posible; pero no es desconocido que él es un experto en el arte de la Legeremancia, y luego de unos meses de torturas diarias y de sesiones interminables de preguntas, consiguió lo que tanto quería; al menos, consiguió una gran parte. Creyendo que eso era suficiente, ordenó matarme después de que él mismo fuera capaz de canalizar la magia predominante, pero eso nunca llegó a pasar, pues yo no fui tan descuidado como él pensó que había sido.

–En cuanto descubrí cómo usar la magia que nos rodea, y después de haberlo puesto en práctica, (y a sabiendas de que era un conocimiento muy peligroso si llegaba a ser sacado de mi mente), acudí en secreto a Dumbledore. Mejor dicho, él acudió a mí cuando se lo pedí, en pago de un favor especial que yo le hice hace años. Cuando estuvimos frente a frente llevamos a cabo un encantamiento Fidelio y escondimos en su mente la parte final de mi descubrimiento, protegiéndolo así de las manos, o más bien, de las mentes enemigas. Curiosamente, hicimos ese encantamiento en el momento preciso, pues al día siguiente fue cuando me llevaron a la fuerza.

–Entonces, eso quiere decir que Voldemort no logró su objetivo –interrumpió Harry cuando el señor Ollivander se calló para tomar aire–. Al hacerle falta esa parte del procedimiento, no fue capaz de lograr lo que quería.

–Y es por eso que la orden de mi asesinato se pospuso –prosiguió el anciano mago, con parsimonia–. Aunque para entonces yo ya no era de ayuda, él se empeñó en mantenerme con vida, forzándome a construir sus instrumentos. Por supuesto, yo fallaba a propósito, arruinando cada uno de mis intentos. Poco tiempo después de eso, descubrí que, cambiando un poco el procedimiento real de los canalizadores, no sólo podría usar la magia a mi alrededor, sino que, en caso de criaturas o seres mágicos, podría quitarles sus poderes poco a poco, hasta que quedaran vacíos.

–Cuando me percaté de esta pequeña ventaja que yo mismo podía agregar a mis canalizadores, me puse a trabajar en serio a escondidas en mi nuevo proyecto. El-que-no-debe-ser-nombrado, así como sus seguidores, creyeron que me había decidido a trabajar para ellos, y que en cuestión de meses se convertirían en los magos más poderosos del mundo. Y aunque la farsa se sostuvo bastante tiempo, la verdad terminó por salir. Temiendo que mis nuevos inventos fueran descubiertos, los destruí, hecho que lo enfureció aún más. Debí de haber muerto en aquel momento, pero es en este punto de mi historia cuando apareció mi compañero. El joven Draco Malfoy, obrando por voluntad propia, me sacó a hurtadillas del lugar donde me mantenían y me ayudó a esconderme durante todos los meses que siguieron hasta antes del día de hoy, cambiándome de un lugar a otro cuantas veces fuera necesario.

–¿Y por qué lo hizo? –preguntó Liza súbitamente.

La muchacha no había ocupado ningún lugar dentro del círculo de sillas, sino que se había mantenido caminando alrededor de la circunferencia, con las manos sujetas por detrás de la espalda y el semblante tranquilo. Sin embargo, en ese momento, se había detenido y había clavado sus ojos blancos en el señor Ollivander.

–¿Por qué lo hizo? –repitió la joven ante el silencio–¿te dijo por qué lo hizo?

–El muchacho tiene sus razones, razones muy poderosas.

Harry se preguntaba qué razones serían ésas, cuando Liza continuó hablando:

–¿Sabes que su misión como mortífago era matar a mi padre?

–Lo sé –contestó el señor Ollivander al instante–, Draco me lo dijo, pero también me dijo que no lo había hecho. No pudo hacerlo.

–Es verdad, pero de no ser por él, mi padre aún estaría con vida.

–Créeme que todo lo que hizo ya lo pagó, y con creces.

–¿En serio? –replicó Liza con una sonrisa burlona.

–Basta con que lo mires en la enfermería –dijo el señor Ollivander en un intento de convencer a la joven de la buena intención de Malfoy–, está muy mal; tal vez no sobreviva.

–¿Cómo fue que se lastimó de semejante manera? –cuestionó la profesora McGonagall, tratando de que la conversación se volviera a concentrar en la historia vivida por el señor Ollivander.

–Como ya les dije, el joven Malfoy me ayudó a esconderme –prosiguió el hombre luego de un suspiro–, pero como era de esperarse, al final, los mortífagos dieron conmigo y se dedicaron a cazarme. Ahora sé que ellos ya sospechaban de Draco, pero en aquellos momentos esa idea no pasó por mi mente nunca. De haberlo siquiera imaginado, no hubiera permitido que el muchacho se arriesgara de la manera en que lo hizo.

–Ambos fraguamos un plan cuyo propósito final era fingir mi propia muerte, y de esa manera, terminar con las interminables persecuciones y la vida de fugitivo. Acorde a nuestro plan, yo tenía que ir al callejón Diagon y ocultarme en mi local, habiendo antes alertado a los mortífagos sobre mi avistamiento en el callejón, por supuesto. Esa parte fue tarea de Draco. Una vez en mi tienda, todo lo que tenía que hacer era esperar a que el joven Malfoy me diera alcance ahí. Cuando lo hizo, me dio sus ropas de mortífago, justo como lo habíamos pactado, y cambiando papeles, yo salí del local y me fui al callejón Knockturn, en donde habíamos acordado encontrarnos cuando la batalla terminara.

–En ese punto, todo lo que Draco tenía que hacer era desaparecerse y aparecer en un lugar seguro y esperar; pero algo salió mal. Los mortífagos descubrieron que era yo quien salía de la tienda, y fueron tras de mí. En cuanto a Draco, un hechizo anti-aparición es lo más lógico; no pudo desaparecerse y el local le cayó encima. Al no alcanzarme en el callejón Knockturn, me preocupé, así que cuando lo creí prudente, abandoné mi escondite y regresé al callejón Diagon. Saqué al muchacho de entre los escombros y traté de curar sus heridas, pero eran muy graves. Fue entonces que el muchacho me comentó que, estando debajo de los escombros, escuchó muchas voces hablando sobre el paradero de las víctimas, y una de ellas dijo: "Y es mejor así, pues no nos conviene que Hogwarts se sature".

Harry reconoció de inmediato su frase. Las voces mencionadas habían sido las de sus amigos y la de él, y haciendo memoria, todo cuadraba, pues cuando había dicho eso, estaban cerca de los escombros de la tienda de varitas.

–Atando cabos, y conscientes del fracaso total que fue el ataque a San Mungo, concluimos que, tanto los pacientes como los sanadores habían sido trasladados a Hogwarts. Nos encaminamos de inmediato, pero dada la condición de Draco, no me pareció sabio intentar aparecernos, así que avanzamos por otros medios, siempre ocultándonos del enemigo. Es por eso que tardamos tanto en llegar, y quizá también sea por eso que el joven Malfoy no sobreviva a sus heridas.

Luego de ese último comentario, el señor Ollivander guardó silencio, esperando quizá que los demás terminaran de entender todo aquello.

–Es una historia muy interesante –dijo Liza después del silencio–, pero hay algo que no nos aclaraste¿cuáles fueron las razones que tuvo Draco Malfoy para ayudarte?

–Eso no me corresponde a mí decirlo –aclaró el mago como si aquello fuera obvio–, es Draco quien se los dirá cuando recobre el conocimiento.

–Si es que lo recobra –corrigió el profesor Slughorn de inmediato.

–Si no es así, entonces yo les hablaré sobre esas razones, pero hasta ese momento, no diré nada más.

–Bueno, si ésa es tu última palabra, creo que ya terminamos –declaró Liza al instante–. ¿Por qué no me acompañas a las cocinas para que comas algo? Supongo que lo necesitas.

La reunión improvisada se disolvió al instante, y fue entonces cuando Harry y sus amigos pudieron hablar.

–¿Qué opinan? –preguntó Hermione dubitativa.

–Yo no me trago esa historia de que Malfoy se haya vuelto bueno y haya ayudado desinteresadamente a Ollivander –expresó Ron con aplomo.

–Yo tampoco lo creo –apoyó Ginny con firmeza–. Malfoy ha demostrado que es una rata de las más sucias, no pudo haber cambiado tan de repente.

Harry permanecía en silencio, todavía meditando la historia del señor Ollivander, y sin poderlo evitar, el recuerdo del momento en que Malfoy y Dumbledore habían estado hablando, justo antes de que los interrumpiera aquel grupo de mortífagos, no paraba de danzar en su mente, recordándole que Malfoy había bajado su brazo, tal vez tan sólo unos milímetros, pero lo había bajado al fin y al cabo.

–Yo creo que Malfoy está aquí por órdenes de Voldemort –dijo al fin, cuando todos volvieron sus miradas a él–, está haciendo de espía; pero también creo que debemos escuchar las razones con las que se justificó ante el señor Ollivander.

–¿Crees que eso sea importante, Harry? –cuestionó Ginny ante ese comentario.

–Puede que lo sea, puede que no lo sea; pero aún así, yo quiero saber por qué bajó la varita.

Hermione, Ron y Ginny se miraron, no muy seguros de haber entendido esa última frase que había salido de los labios de Harry, pero el muchacho no se preocupó por eso. Él sabía de lo que hablaba, y también sabía que hasta que no tuviera la respuesta a esa incógnita, no podría juzgar a Malfoy, por mucho que quisiera hacerlo. Primero necesitaba saberlo todo, ya después lo condenaría.