Hola, hola!!!
Creo que hoy es la primera vez en que todavía es día de capítulo y lo estoy poniendo, y me va a sobrar tiempo. UJU!!!!
Bueno, quiero dar las gracias a Marko vinicio (como siempre, al pie del cañón. GRACIAS!!!), a cecyleonor (no me llegó tu mail, no sé si lo mandaste o no, pero estuve viendo que tu correo es de yahoo, así que te paso mi dirección en yahoo para que no haya problema: GRACIAS POR TU COMENTARIO!!!), a Sara Morgan Black (qué bueno que te gustó el capitulo, y sí, tienes razón, no dejé comenatario en tu cáp. 11. LO SIENTO MUCHO!!! Me voy a dar una vuelta y lo vuelvo a leer para dejarte un comentario) y a Percival Dumbledore (yo estoy de acuerdo contigo, hay que esperar hasta ver esas poderosas razones de Draco, pero lamentablemente no será en este capítulo lo sé, soy muy mala).
A todos ustedes, GRACIAS!!!!
Ahora no tengo nada que aclarar, así que, como ya bien lo saben, este capítulo va para ustedes y por ustedes. MUCHAS GRACIAS!!!!
arrocillo!!!
Escrito por aego y por leyno.
Capítulo 30.
El castigo
–Aún sigue inconsciente –dijo la señora Pomfrey cuando Harry, Ginny, Ron y Hermione fueron a preguntarle sobre Malfoy.
–¿Y cómo está? –cuestionó Harry, y no porque se preocupara por la salud del mortífago, sino porque sabía que, en cuanto estuviera mejor, despertaría y podría al fin hablarles sobre las razones que lo llevaron a cometer su supuesta traición a los suyos y a Voldemort.
–Igual que ayer, y anteayer, y al día en que lo trajeron. Muy mal. –Fue la respuesta de la enfermera, en cuyo rostro se dibujó un gesto de frustración mezclado con resignación.
–Bueno, entonces vendremos mañana.
–Si llega a despertar me encargaré de que ustedes lo sepan.
Los cuatro asintieron en silencio, y sin más, se alejaron de la enfermería.
–A como están las cosas, no creo que despierte –comentó Ron como si nada–. Ya tiene tres días así, y no ha despertado para nada.
–De todas formas, si muere, el señor Ollivander nos hablará sobre las razones que tuvo Malfoy para ayudarle –recordó Ginny, haciendo que sonara como un consuelo.
–Y si es que despierta, no veo mucha probabilidad de que sobreviva –externó Hermione, negando con la cabeza.
Harry era de la misma opinión, pero a pesar de que seguía odiando a Draco Malfoy, no podía evitar pensar que, para ser todo una farsa, Malfoy se había tomado demasiado en serio su papel de hijo pródigo: había puesto su vida en peligro, a tal grado, que bien era posible que ésta se le escapara de las manos, y todo por que así se lo habían ordenado. Pero era después de ese pensamiento cuando a Harry se le ocurría que tal vez, sólo tal vez, aquello podría resultar ser la verdad, y Malfoy realmente se había arrepentido.
Pero aquello no era posible, Malfoy no dejaba de ser mortífago sólo por haber hecho una buena acción (planeada o no planeada por Voldemort), así como Harry no dejaba de odiarlo sólo porque pensamientos fugaces sobre su inocencia saltaban a su mente. Liza había hecho bien al desconfiar cuando el señor Ollivander había hablado sobre la supuesta "ayuda desinteresada" de Malfoy.
Liza. Ése era otro tema que también le preocupaba. Todavía no había hablado con ella sobre su misterioso sueño, pues quería mermar su importancia pensando en que no había sido más que eso: un simple sueño y nada más. Pero en su experiencia, esos "simples sueños" siempre solían tener un trasfondo de verdad. Además, el hecho de que en su sueño tanto Rina como Liza mencionaran el "hechizo que sería lanzado" lo intrigaba. Tal vez, después de todo, su prima sí tenía razón en pensar que ese hechizo no necesariamente era la Avada Kedavra.
–¿Harry¿Estás bien?
La voz de Ginny lo sacó de sus cavilaciones. Había estado tan absorto en sus pensamientos, que no se había percatado de que habían llegado al Gran Comedor.
–Últimamente estás muy distraído, Harry –aseguró Hermione muy seria–, algo te preocupa¿verdad?
Harry no respondió. No les había contado a sus amigos sobre su sueño porque no quería preocuparlos, pero a esas alturas, el no haber compartido con nadie su visión nocturna comenzaba a quemarle por dentro, y le hacía sentir un tremendo peso sobre los hombros.
–Vamos amigo, cuéntanos –dijo Ron dándole una palmada en el hombro–; si no nos cuentas a nosotros, entonces¿a quién?
Harry levantó sus ojos verdes y observó los tres rostros que lo miraban expectantes. Al final, sonrió y dijo:
–Tienen razón. Vamos a sentarnos y les digo todo.
Así lo hicieron. Ron, Hermione y Ginny escucharon con atención el relato de Harry, y lo dejaron hablar sin interrupciones hasta que llegó al final de la historia.
–¿Qué opinan? –cuestionó cuando hubo concluido su relato.
–Bueno Harry –comenzó Hermione con tono analítico–, yo creo que todo lo que hablamos ese día antes de dormir estuvo dando vueltas en tu cabeza justo antes de que conciliaras el sueño, haciendo que tu subconsciente proyectara eso en un extraño sueño y…
–¿Me estás diciendo que me autoinduje ese sueño? –inquirió Harry, interrumpiéndola bruscamente.
–Pues sí, Harry. Ésa es la explicación más lógica.
–Pero éste no es el primer sueño extraño que Harry tiene –refutó Ron sin poderse contener–. Creo que ya ha demostrado que a sus sueños hay que tomarlos en serio¿verdad Harry?
–Hay una forma muy sencilla de saber si este sueño nos quiere decir algo –dijo Ginny, sin dejar siquiera que Harry contestara.
–¿En serio? –cuestionó éste.
–Sí. En tu sueño viste al espejo de Oesed¿verdad? Entonces, tal vez si lo vuelves a ver ahora que tuviste esta visión, podría ser que te encuentres con la respuesta a tu sueño.
Meditaron en silencio aquella propuesta. No era una mala idea en absoluto.
–Creo que no se perderá nada con intentar¿no? –concluyó Harry luego de un rato.
–¿Vas a avisarle a Liza? –preguntó Ron cuando todos se pusieron en pie y se dispusieron a ir a la Sala de los Menesteres.
–Mejor no –negó Harry casi al instante–, ella aún no sabe nada sobre mi sueño. No vale la pena preocuparla por algo que podría terminar siendo nada.
Nadie le insistió para que hiciera lo contrario, así que de inmediato emprendieron la marcha al séptimo piso. Sin embargo, cuando llegaron a su destino, se encontraron con una extraña coincidencia: Liza y Tonks acababan de abrir la puerta de la Sala de los Menesteres y se disponían a entrar.
–¡Mira quiénes vienen ahí! –exclamó Tonks alegremente.
Liza, por el contrario, no se veía muy alegre, aunque después de aquel fatídico interrogatorio con Snape, la muchacha había presentado el mismo llano estado de ánimo.
–¿Qué hacen aquí? –preguntó Ron con una sonrisa de incredulidad.
–Lo mismo podríamos preguntar nosotras –contestó Tonks con su usual buen humor.
–Quiero ver el espejo de Oesed –aclaró Liza con seriedad–, y Tonks me iba a llevar hasta él.
–¿Y ustedes? –cuestionó Tonks enérgicamente.
–Nosotros también queremos ver el espejo de Oesed –respondió Harry aún sorprendido por la ironía de la situación. Todos habían ido al séptimo piso a ver lo mismo–. Pero¿cómo es que saben sobre ese espejo?
–¿Les parece si Tonks les explica en el camino? Esto es urgente –dijo Liza con un gesto de impaciencia.
–Claro, vamos.
Y de inmediato el grupo de seis personas se adentró en la gigantesca aula.
–¿Por dónde, Tonks? –preguntó Liza cuando hubieron cerrado la puerta tras de sí.
–Por aquí –respondió la metamorfomaga, guiándolos hasta el pasillo por el que Harry, Ron, Hermione y Ginny ya habían caminado cuando habían estado buscando el armario evanescente–. Es hasta el fondo de este callejón, Liza.
Y sin tiempo que perder, Liza comenzó a recorrer el interminable pasillo, con los demás detrás de ella.
–¿Y? –urgió Ginny–. ¿Cómo era que sabían sobre el espejo de Oesed?
–Dumbledore me había pedido que lo cuidara –explicó Tonks prontamente–. Cuando el último año escolar de Hogwarts comenzó. Tengo entendido que ya Harry había usado este espejo en su primer año¿no es así?
–Sí.
–Pues después de eso, Dumbledore decidió guardarlo aquí, donde él sabía que estaría seguro, pero cuando ustedes comenzaron a ocupar la Sala de los Menesteres para sus reuniones clandestinas, se dio cuenta de que el espejo podría ser encontrado por aquél que formulara la oración correcta, así que cuando me trasladaron a Hogsmeade me pidió que de vez en cuando viniera a echarle un vistazo al espejo.
–Por eso te encontré aquella mañana merodeando por este pasillo –dijo Harry cayendo en lo obvio–, tú te quisiste zafar diciendo que habías venido a ver a Dumbledore.
–Pues sí.
–¿Pero por qué Dumbledore decidió guardar el espejo? –preguntó Hermione y más que para ellos, pareció que se preguntaba a sí misma.
–No estoy muy segura, aunque Liza tiene su teoría¿verdad, Liza?
La joven asintió en silencio.
–Creo que mi padre guardó el espejo porque éste aún tenía, o tiene una misión más con la que cumplir. Creo que el espejo nos va a ayudar en algo, aunque aún no sé en qué. Por eso quiero verlo.
–¿Y cómo sabías tú sobre este espejo? –inquirió Harry.
–Mi papá me habló sobre él y también me dijo que se lo había encomendado a Tonks. Por eso acudí a ella.
Finalmente se plantaron frente al espejo de Oesed, cuyo marco dorado resplandecía a pesar de que la luz no era lo que predominaba en el derredor.
–Bueno, veamos si este objeto nos ayuda en algo –dijo Liza escudriñando con sus ojos blancos el reflejo que el espejo le devolvía.
Los demás guardaron silencio, pues no querían interrumpirla. Harry se sentía un poco resentido para con su prima. Si la relación que su prima había llevado con Dumbledore había sido tan sólida y sincera como él creía, entonces el anciano director debía de haberle contado sobre la hazaña de Harry en su primer año en Hogwarts. Y como Harry estaba seguro de que esa conversación sí había existido, no podía dejar de preguntarse por qué su prima había acudido a Tonks en lugar de a él. ¿Era acaso que ya no confiaba en él? Pero entonces recordó que Liza no estaba enterada de que él y sus amigos sabían que el espejo aún estaba en Hogwarts. Luego de este último pensamiento, el resentimiento disminuyó notablemente, aunque no desapareció. Aún quedaba el hecho de que su prima no le había avisado que iba a ir a la Sala de los Menesteres, y estaba seguro de que Liza no tenía una excusa como la que tenía él.
–¿Ves algo Liza? –preguntó Tonks en un susurro.
–Se supone que este espejo muestra lo que el corazón más desea¿correcto? –Fue la contestación de Liza, quien ni siquiera se volvió a verlos.
–Correcto –le confirmó Harry al instante.
–Pues, o el espejo ya no funciona como debería, o mi corazón está vacío, porque no veo nada.
–¿Qué? –inquirió Harry incrédulo.
–No es posible –aseveró Hermione con los ojos muy abiertos.
–Eso me temo.
–Déjame probar –dijo Harry, y sin esperar respuesta, se colocó frente al espejo.
Se vio a sí mismo con ojos expectantes, y vio a Liza de pie detrás de él. Lo que Harry más quería en esos momentos era que Liza, su única familia, no tuviera que dejarlo, y ese deseo le provocó cierta confusión; pues el espejo bien podría estarle mostrando a su prima junto a él en respuesta a su deseo; o como Liza había dicho, el espejo ya no funcionaba como debía, pues Harry y Liza estaban parados frente al espejo justo como el reflejo los mostraba.
–No puede ser –negó Harry sin salir todavía de su asombro– el espejo de Oesed no puede funcionar mal.
–¿Estás seguro de eso? –cuestionó Liza y parecía que estaba muy segura de cuál sería la respuesta.
–No –contestó Harry al fin.
Un silencio impregnado de decepción cayó sobre el pequeño grupo. Después de todo, no les había valido de nada ir a aquella aula.
–Creo que es mejor que nos vayamos –dijo Liza luego de un rato.
–Es una pena que el espejo no nos haya ayudado –comentó Tonks con un poco de tristeza en la voz.
Nadie habló mientras deshacían el camino que habían andado y cuando estuvieron afuera aún se sentían desilusionados.
–Bueno –comenzó Tonks mientras juntaba sus manos con un sonoro aplauso–, yo me tengo que ir. Las tiendas de Hogsmeade no se vigilan solas¿saben?
–Gracias por haberme traído Tonks –agradeció Liza con una pequeña sonrisa.
–No tienes nada que agradecerme, Liza. ¡Nos vemos luego chicos!
Y girando sobre sus pies, la bruja se alejó a paso ligero.
–Yo también me voy –indicó Liza, encaminándose al otro lado del pasillo.
–¿Adónde vas? –preguntó Harry sin poderse contener.
–A la enfermería, a ver si el joven Malfoy ha despertado.
–Nosotros ya estuvimos ahí y no había pasado nada –informó Ginny con naturalidad–. Fuimos antes de venir aquí.
–Las cosas pudieron cambiar en este lapso de tiempo –aseveró Liza con tranquilidad, y luego de brindarles una breve y fugaz sonrisa, continuó caminando.
–Vamos contigo –dijo Harry, y no era una pregunta.
–Como quieran. –Fue la respuesta de su prima.
Caminar junto a Liza se estaba volviendo una tarea muy incómoda, puesto que ella no se esforzaba por iniciar una conversación, y cuando alguien más lo hacía, la joven no se preocupaba por mantenerla. Fue en este estado de incomodidad que llegaron a la enfermería, sólo para encontrarse con que Malfoy aún estaba dormido.
–¿Sigue igual? –inquirió Liza cuando la señora Pomfrey se plantó frente a ellos.
–Igual –contestó la enfermera–. No ha habido mejoría alguna.
–Ya veo.
–Oye Liza¿y no crees que podrías sacar de su cabeza el recuerdo que necesitamos? –Harry había tenido esa pregunta dándole vueltas desde que el señor Ollivander había hablado sobre las razones de Malfoy, y finalmente la había externado–. Ahora que está inconsciente no debe de tener barreras mentales¿no crees?, deberíamos de aprovechar esa ventaja.
Liza fijó sus ojos blancos sobre su primo, como si analizara su sugerencia.
–Puedo intentarlo –dijo al fin.
–¿Qué vas a hacer? –preguntó la señora Pomfrey alarmada.
–No te preocupes, no le causaré daño alguno.
Y sin más, Liza se acercó al joven que permanecía dormido, y luego de descubrir su mano izquierda, penetró en el cráneo de Malfoy con un rápido movimiento. Sin embargo, no estuvo así por mucho tiempo. No habían pasado ni treinta segundos cuando Liza sacó su mano bruscamente.
–¿Qué ha pasado? –cuestionó Hermione con los ojos muy abiertos.
–No he podido llegar hasta su vida –contestó Liza con sorpresa en la voz.
–¿Qué quieres decir? –inquirió Harry sin comprender.
–Tal parece que mientras la persona está dormida, no se puede tener acceso a los recuerdos de su vida. Lo que vi, en cambio, fueron sus sueños, lo que está pasando por su mente en estos momentos.
–¡Qué lástima! –exclamó Ron.
–Otra decepción más –dijo Ginny con un suspiro–. Hoy hemos recibido muchas¿no les parece?
–Tendrán que esperar hasta que el muchacho despierte –apuntó la señora Pomfrey, acomodando las almohadas de Malfoy.
–Si es que despierta –agregó Liza en tono sombrío.
Aquel comentario de Liza concluyó la conversación, y después de eso, todos abandonaron la enfermería, dejando que la señora Pomfrey continuara con su trabajo.
–¿De verdad creen que Liza no vio nada cuando estuvimos frente al espejo de Oesed hace dos días? –cuestionó Hermione con incredulidad, mientras le daba de comer en la boca a un hombre que tenía los ojos desorbitados y la mirada perdida.
–¿Crees que mintió? –preguntó Ron de inmediato, al tiempo que le devolvía su ridgeback noruego de juguete a una anciana.
–¿Qué fue lo que tú viste, Harry? –inquirió Ginny, limpiando la boca de un hombre que babeaba constantemente.
–Me vi a mí mismo y a Liza parados frente al espejo, justo como estábamos en la realidad –contestó, tomando en brazos a una pequeña niña a la que le encantaba que la cargaran, sólo porque le gustaba morder la tela de los hombros de las túnicas.
–Entonces el espejo realmente está fallando –se lamentó Ginny.
–Eso parece –concordó Ron.
–No sé, no estoy muy segura –discrepó Hermione, con un movimiento de cabeza–. ¿Qué es lo que tu corazón más quiere en estos momentos, Harry?
Harry miró a Hermione a los ojos, sorprendido por la pregunta, pero después respondió:
–En estos momentos, quisiera que Liza no tuviera que morir.
–Y por eso la viste junto a ti –dedujo la castaña–. Pero se creó una confusión porque así era como tú y Liza estaban parados frente al espejo.
–¿Pero por qué razón Liza nos mentiría? –inquirió Ginny.
–Tal vez lo que vio fue algo muy desagradable, o muy impresionante –aventuró Ron, mirándolos significativamente.
–Pues si fue así, entonces Liza es una gran actriz, porque su rostro no reflejó ninguna emoción –aseguró Harry–, siempre tuvo la misma inexpresividad en sus facciones. Ha estado así de rara desde el interrogatorio, y siento que ya no confía en mí como lo hacía antes.
–¿No serán alucinaciones tuyas, Harry? –preguntó Hermione.
–Vamos muchachos, menos plática y más acción –los reprendió Remus Lupin, quien se veía bastante demacrado, debido a que su ciclo lunar acababa de concluir. Ese día le tocaba trabajar, junto con Harry, Ron, Hermione y Ginny, con los pacientes que sufrían de daños provocados por hechizos–. Saben que estos pacientes no se cuidan solos.
–¿Usted qué opina de Liza, profesor? –cuestionó Harry.
Pero lo que Lupin opinaba no llegaron a saberlo, porque en ese momento la puerta del aula se abrió inesperadamente, y Liza entró rápidamente a la habitación. Harry se sorprendió al verla, pues al día siguiente en el que habían estado en la Sala de los Menesteres, él había ido a buscarla a sus habitaciones, y al no encontrarla, le había preguntado a la profesora McGonagall, y ésta le había dicho que la joven se había ido del castillo, y que no había dicho cuándo volvería. Al parecer, el improvisado viaje de Liza no había sido muy lejos, puesto que ya estaba de regreso.
–Remus, hasta que te encuentro –dijo la muchacha con un suspiro–. Necesito saber si puedes acompañarme a ver a Snape.
–¿A Snape? –repitió el licántropo desconcertado–. ¿Qué…
–Tengo que verlo por última vez –aclaró la joven sin siquiera permitirle acabar su pregunta.
Remus la miró con cierto recelo y de igual forma lo hicieron los demás.
–Está bien –accedió el mago–. Vamos.
–Espera –dijo Harry–. ¿A qué te refieres con "última vez"¿Vas a matarlo?
Liza se volvió a Harry.
–Matarlo –dijo, y pareció que estaba considerando esa opción muy seriamente, pero después sonrió–. Debería, pero no, se me ocurrió algo mejor.
El muchacho la miró desconfiado.
–No lo voy a matar, Harry; pero si quieres cerciorarte puedes venir con nosotros si así lo deseas.
–De acuerdo –accedió Harry a aquella invitación, y al instante le dio a cargar a Ron a la pequeña niña mordelona.
–Nos vemos.
Y saliendo del aula, se encaminaron a las mazmorras, en donde tenían a Snape encerrado.
–¿Por qué querías que yo te acompañara? –preguntó Lupin súbitamente.
–Eres el último merodeador leal que queda –explicó la muchacha con sencillez–, y al ser Snape su enemigo natural, me pareció que lo más lógico era que tú estuvieras presente en lo que voy a hacer.
–¿Y qué es eso?
–Ya lo verán.
Liza actuaba de manera muy misteriosa, pero su último comentario había sido muy tajante, así que no preguntaron más. Caminaron, como ya era usual con Liza, en silencio, hasta que llegaron a la mazmorra en donde habían enclaustrado a Snape. No lo habían puesto en la misma en donde tenían a Bellatrix y a Peter porque habían pensado que con la astucia de Snape y la obsesión enfermiza de Bellatrix, podrían haber sido muy capaces de fraguar un plan para escapar de su encarcelamiento.
La joven abrió la puerta y entró primero, pero al instante la siguieron Lupin y Harry. Ahí, en aquel pequeño cuarto tétrico, estaba Snape, atado a una silla y con el rostro cetrino mucho más pálido de lo normal. Tenía los ojos cerrados y respiraba con dificultad, pero cuando oyó que alguien había entrado, levantó la vista, y sus ojos rápidamente se posaron en Liza.
–Te esperaba desde hace mucho –dijo, con una calma que sorprendió a Harry–, aunque pensé que vendrías sola. ¿Los has traído para que sean testigos?
La muchacha no respondió. Se quedó completamente callada mientras se quitaba su guante negro, mostrando su llameante Palma de Godric.
–Porque has venido a hacer justicia¿verdad? –preguntó Snape, y en su voz se percibía que de antemano sabía la respuesta.
–Sí –contestó Liza al fin–. Es hora.
–¿Vas a matarme?
Una sonrisa amarga se dibujó en los labios de la muchacha.
–Eso pasó por mi mente –le dijo con sencillez–, pero no sería suficiente. La muerte sería un premio para ti.
–Entonces¿qué…
–Voy a modificar tu memoria –lo interrumpió, plantándose firmemente frente a él–. Voy a hacer que a partir del día de hoy y hasta el final de tu vida, todo en lo que puedas pensar sea en cómo, por tu culpa, Rina Blair fue asesinada. Voy a hacer que ella sea tu único pensamiento, y que el remordimiento te persiga hasta el fin.
Harry se había quedado anonadado. Lo que su prima iba a hacer era algo muy sádico, y con aquel acto sólo confirmó el profundo odio que Liza sentía por Snape.
–¡Eso no! –exclamó Snape desesperado–. ¡Todo menos eso¡Ten un poco de misericordia!
–¿Misericordia? –repitió Liza burlándose–. ¿Me pides misericordia? Yo no tengo misericordia. Yo no olvido. Y tú tampoco lo harás. Adiós, Severus Snape.
Y sin decir más, la Palma de Godric irrumpió en la cabeza del mortífago, justo al mismo tiempo en que éste emitía un último grito de desesperación.
Una parte de la mente de Harry se rehusaba a ver semejante acto de crueldad, pero la otra lo obligaba a mantener los ojos fijos en la escena, contemplando cómo su prima finalmente obtenía su tan ansiada justicia, y cómo Snape obtenía el castigo que se merecía. En ese momento, Harry se dio cuenta de cuanta razón había tenido Dumbledore cuando decía que "hay cosas mucho peores que la muerte". Liza había descubierto qué podía ser peor y en esos momentos, gracias a ella, Snape nunca lo olvidaría.
Luego de unos minutos de permanecer en esa posición, la joven extrajo su mano con violencia. La cabeza de Snape cayó hacia atrás. Tenía la mirada perdida y babeaba con la boca ligeramente abierta.
–Está hecho –murmuró la muchacha.
–¿Por qué lo hiciste Liza? –cuestionó Lupin, y en su voz inexplicablemente se percibió una nota de desaprobación.
–Eso era lo que se merecía el desgraciado que se atrevió a matar a mi padre.
–¿Y por Rina¿Por ella no lo hiciste?
–Ella me tiene sin cuidado. No la conocí, así que…
–No puedo creer que seas tan cruel –sentenció el licántropo con dureza.
Liza se volvió hacia Lupin lentamente, y fijó sus ojos blancos en el mago.
–Llévatelo al aula de los enfermos con Daños Provocados por Hechizos –dijo Liza, y más que una petición, parecía una orden–, siempre se le cuidará, hasta el día que muera, pero nadie hará nada para curarlo.
Lupin le sostuvo la mirada a Liza por unos segundos, pero después, desapareciendo los amarres de Snape, condujo hacia la salida, con su varita en alto, el cuerpo del que hacía ya muchos años había sido su compañero de escuela.
Harry y Liza se quedaron solos y en silencio. El muchacho no podía evitar ver a su prima con escrutinio e incredulidad, mientras ella volvía a cubrirse la mano con su guante negro.
–¿Tú también vas a decirme que fui muy cruel? –inquirió Liza de pronto.
–Snape se lo merecía, pero sí, sí lo fuiste.
–Te dije que la maldad que hay en mí no se puede extirpar, Harry. Te lo dije.
El muchacho abrió la boca para decir algo, pero ninguna palabra brotó de sus labios, pues en ese momento la puerta de la mazmorra se abrió de golpe, y la señora Pomfrey entró de inmediato.
–¡Despertó! –exclamó la enfermera febrilmente–. ¡El chico Malfoy ha despertado!
