Dos películas. Dos películas de Harry Potter son las que he visto en el cine mientras trataba de escribir esta historia, y créanme, no estoy orgullosa. En estas dos últimas semanas me he dado cuenta de que esta historia pude haberla terminado hace mucho, pero por mi desidia no lo hice.

Pero bueno, ya no vale la pena lamentarse. Ésta es mi última semana, y aunque quiero que para el viernes ya esté terminado mi fic, la verdad es que no estoy muy segura de si podré lograrlo. Contando éste, son seis capítulos los que hacen falta, pero para mi buena o mala suerte, son los capítulos más largos que he escrito en mi vida (bueno, sólo cuatro son largos, los otros dos entran en mis estándares normales); pero para la tarea titánica de pasar los seis capítulos a la computadora a tiempo, mi mamá y mi hermano me están ayudando a escribir, así que, si la historia sí se publica antes del viernes, será por ellos y no por mí, créanme.

Es también por esto que ya no pondré mensajes antes de los capítulos, sólo en éste y en el último; así que aprovecho para agradecerles a todos. MUCHAS, MUCHAS, MUCHAS, MUCHAS GRACIAS!!!! Y espero no decepcionarlos.

Espero que pronto pueda subir los capítulos que faltan. Por el momento es todo, pero no me despido sin antes decirles que este capítulo y los que siguen van para ustedes y por ustedes.

arrocillo!!!!

Escrito por aego, por leyno, y por la mujer que nos dio el ser.


Capítulo 31.

Promesas al enemigo

–¿Qué? –dijo Liza sorprendida–. ¿Cuándo?

–Hace cinco minutos –contestó la señora Pomfrey–. Fui a buscarlos al aula de los daños provocados por hechizos y ahí me dijeron sus amigos que ustedes dos estaban aquí. ¡Rápido!, debemos apurarnos, porque no estoy segura de cuánto tiempo se pueda mantener consciente.

Y siguiendo las instrucciones, se fueron deprisa de aquel lugar y subieron a la enfermería. Ya en la enorme aula se encontraban Ron, Hermione y Ginny, quienes se hallaban parados a los pies de la cama donde yacía Malfoy. El señor Ollivander se encontraba en una silla a la izquierda del muchacho y parecía reacio a moverse de ahí.

Harry se acercó lentamente a sus amigos, mientras que Liza se aproximó a Malfoy por el costado derecho de la cama. Los ojos grises del rubio escudriñaron a la joven que se había plantado tan cerca de él, probablemente preguntándose quién era.

–¿Draco Malfoy? –preguntó Liza con presteza.

–Sí –le contestó, con una voz increíblemente débil.

–Liza Dumbledore. –Y extendiendo su mano derecha, esperó a que el muchacho se la estrechara.

Una expresión de perplejidad se dibujó en el rostro de Malfoy, pero luego de unos segundos, tomó la mano que Liza le había ofrecido, no sin dificultad.

–Eres la hija de Albus Dumbledore¿no es verdad? –preguntó–. Así que los rumores eran ciertos. Supongo que estoy en problemas¿cierto?

–¿Qué te hace pensar que estás en problemas?

–Todos los rostros que veo alrededor mío.

–Queremos que nos digas las razones que te empujaron a ayudar al señor Ollivander –informó Harry con autoridad.

–No tengo por qué decirles nada –respondió el rubio, siempre con arrogancia–. Ustedes son el enemigo.

–Draco –lo previno el señor Ollivander–, diles por qué me ayudaste.

–¡No! Usen suero de la verdad si quieren, o tortúrenme si eso les hace sentir mejor, pero no esperen que yo hable. ¡No les voy a decir nada!

Cuando hubo terminado de hablar, Malfoy comenzó a respirar agitadamente, con los ojos desorbitados.

–¡Tienes que ser razonable, Draco! –pidió Liza, inclinándose sobre él.

–¡NO! –gritó el rubio y comenzó a mover los brazos por sobre su cabeza, haciendo que la muchacha retrocediera–. ¡NO!

–Liza. –La voz de la señora Pomfrey puso fin a aquello–. Tengo que hablar contigo afuera. Ustedes también vengan –agregó, dirigiéndose a Harry, Ron, Hermione y Ginny.

Obedecieron de inmediato, aunque con la incertidumbre dibujada en los rostros.

–Ya sé lo que vas a decir incluso antes de que lo digas –sentenció Liza cuando estuvieron a distancia de la puerta–: que no debo de hacer que se altere porque está muy delicado.

–Pues si lo sabes¿por qué lo haces? –preguntó la enfermera indignada.

–¡No quiere cooperar! –exclamó la joven frustrada–, y si uso la Palma de Godric contra su voluntad lo voy a debilitar aún más.

–Tal vez no deberíamos de estar tantos dentro de la enfermería –sugirió Hermione tímidamente, como si no hubiera querido interrumpir la conversación de las dos brujas.

–Ésa es una buena idea –aprobó la señora Pomfrey al instante–. El muchacho creyó que estaba en problemas porque vio muchos rostros rodeándole. Solamente deberías quedarte tú, Liza.

Ya fuera directa o indirectamente, la bruja acababa de insinuar que ellos salían sobrando ahí, así que antes de que la enfermera los corriera abiertamente, Harry dijo:

–Nosotros regresamos a nuestras obligaciones. Ya después nos dirán cómo salió todo.

–Harry se queda –indicó Liza dirigiéndose a la señora Pomfrey.

El aludido se quedó tan sorprendido como los demás. No era normal en Liza el imponer su voluntad, y quizá la joven se percató de su rudeza, pues de inmediato aclaró:

–Le estoy enseñando a Harry a usar la Palma de Godric y es imprescindible que esté presente cada vez que la utilizo.

Aquella explicación había sonado bastante convincente, así que con un asentimiento, la señora Pomfrey accedió, y regresó a su enfermería.

–Bueno, entonces nos vemos después, Harry –dijo Ginny adelantándose al incómodo silencio.

–Sí. Los veo luego.

Y caminando detrás de Liza, volvió a entrar a la enfermería, en donde Malfoy, ya más tranquilo, los recibió con una mirada fría.

–Volvieron –les dijo con desdén.

–No pensaste que no lo haríamos¿o sí? –cuestionó Liza serenamente.

El chico no contestó.

–Es mejor que nos digas por las buenas lo que queremos saber, Malfoy –dijo Harry en tono amenazante.

–¿O qué, Potter? –lo retó el rubio–¿qué van a hacerme si no les digo?

–Yo puedo sacar toda la información que necesitamos sin que nos digas palabra alguna, Draco –informó Liza, y descubrió su mano izquierda–. Pero no quisiera violentarte. ¿Qué te parece si cooperas conmigo, aunque sea por esta vez?

El muchacho no respondió.

–Mira, te propongo algo –dijo Liza, con una ligereza que sorprendió a Harry–: si en estos momentos no quieres que sepamos cuáles fueron las razones por las que ayudaste al señor Ollivander, está bien. Pero lo que sí necesito es confirmar ciertos… hechos, que el señor Ollivander no nos puede aclarar.

–¿Como cuál? –preguntó el anciano mago, que permanecía sentado al lado de la cama de Malfoy.

–Como por qué se quedó dentro de la tienda de varitas una vez que hubiste escapado, por ejemplo; o por qué los mortífagos destruyeron el local si sabían que él estaba dentro; cómo es que comenzaron a sospechar…

–¿Vas a hacerme lo que le hiciste a mi tía? –la interrumpió el rubio bruscamente, y Harry percibió un tono de temor en su voz.

–Sí –confirmó la joven–, pero si actúas por voluntad propia y no opones resistencia, será diferente. Te lo prometo.

–A mi tía no le ofreciste esta elección¿verdad? Y no lo hiciste porque sabías que nunca aceptaría. ¿Qué te hace pensar que yo sí lo haré?

–Bellatrix está loca, y creo que tú lo sabes más que nadie; y si te estoy dando esta opción, es porque sé que eres diferente. –Y dicho eso, se inclinó un poco hacia Draco y continuó–: Porque sé que bajaste la varita frente a mi padre, un poco, pero la bajaste.

Harry vio cómo, al instante, las palabras de su prima surtieron efecto sobre Malfoy: primero había abierto los ojos de golpe, completamente asombrado porque Liza supiera sobre ese suceso; luego había bajado la mirada, como si meditase la proposición de la joven; y después, había vuelto el rostro al señor Ollivander, quien permanecía sentado a su lado, y cuando éste le asintió, finalmente dijo:

–Está bien. Haz lo que tengas que hacer. Pero júrame que sólo buscarás lo que has dicho, nada de hurgar en mis razones.

–Te lo juro –dijo Liza con aplomo, levantando su mano derecha solemnemente.

–Bien.

Dado que la intromisión mental estaba siendo permitida, por primera vez Harry pudo presenciar cómo se usaba la Palma de Godric con un voluntario. Para empezar, Liza no impactó su mano contra la cabeza de Malfoy, simplemente la deslizó en su interior, como quien desliza la mano en el bolsillo; y mientras lo hacía, los ojos del muchacho comenzaron a pugnar por cerrarse, como si un súbito cansancio lo hubiera invadido; hasta que finalmente, cuando la mano de Liza hubo desaparecido dentro del cráneo del chico, éste cerró los ojos al fin, como si hubiera caído en un profundo sueño.

Estuvieron así por un rato, hasta que, de igual manera que al principio, la joven fue sacando su mano poco a poco, y cuando estuvo afuera, Malfoy abrió los ojos una vez más.

–Cumpliste¿verdad? –cuestionó el muchacho.

Su voz sonaba apagada y débil, y Harry pensó que eso se debía a que, aunque le había dado acceso voluntario a Liza, la intromisión de la Palma de Godric sí había significado un gran esfuerzo para él. Respiraba con suma lentitud y se le notaba agotado.

–Nunca dudes de mi palabra, Draco. –Fue la respuesta de la joven–. Y ahora, si nos disculpan, veremos este recuerdo.

Y sin más, Liza se encaminó a la puerta de la enorme aula, seguida al instante por Harry.

–¿Crees que debamos convocar a una junta de emergencia para ver el recuerdo? –preguntó Harry una vez que hubo cerrado la puerta y se hubieron alejado un poco.

Para su sorpresa, una sonrisa divertida se dibujó en el rostro de la muchacha. Harry no le veía nada de hilarante a su pregunta, pero antes de que pudiera decir nada, Liza habló:

–El recuerdo no sirve para nada, Harry, pero sabía que si le proponía a Draco lo que le propuse, él aceptaría, con la condición de que no hurgara de más en su mente.

–¿Y por qué hiciste eso?

–Porque necesitamos ganarnos su confianza para que no sólo nos hable de las razones que lo empujaron a ayudar al señor Ollivander, sino que además nos dé cualquier tipo de información que nos sea útil.

–¿Información? –repitió Harry, incrédulo–. No puedes confiar en él, Liza¡es un mortífago!

–Si mal no recuerdo, Harry, aún tengo el derecho de opinar libremente, además de que tengo mi propio criterio, así que debo pedirte que no me digas en quién puedo o no puedo confiar. Fui bastante clara¿verdad?

–Lo mismo pensaba tu padre y mira cómo terminó. –Aquel comentario había brotado de los labios de Harry tan súbitamente, que él mismo estuvo sorprendido de haberlo pensado siquiera.

Liza fijó sus ojos blancos en los ojos verdes de Harry, y el muchacho pudo sentir que su prima montaba en cólera. Había metido la pata, y lo sabía, y ahora tenía que sacarla.

–Liza, yo…

–¿Quieres ver el recuerdo? –lo interrumpió la muchacha mientras abría una puerta cercana perteneciente a un aula vacía.

–Creí que habías dicho que no servía para nada –balbuceó Harry desconcertado.

–Si no lo quieres ver entonces lo veo sola. Puede que encuentre algo que nos ayude.

Y sin más entró al salón cuya puerta había mantenido abierta.

–Espera –pidió Harry, entrando de inmediato–, lo veo contigo.

–Entonces cierra la puerta y abre bien los ojos, para que veas lo que yo no pueda ver.

Obedeció al instante. Liza hizo su ya acostumbrado ritual para ver el recuerdo, y cuando éste estuvo incrustado en el piso, y el escenario se hubo materializado alrededor de ellos, permanecieron en silencio, atentos al más mínimo indicio de actividad.

Estaban de pie dentro de una habitación sumida en penumbras, vacía excepto por una figura que deambulaba solitaria de aquí para allá. Draco Malfoy caminaba con la cabeza gacha y las manos sujetas detrás de la espalda; parecía estar esperando algo. Luego de un rato, el muchacho se detuvo, miró su reloj, y al instante abandonó aquel cuarto oscuro. Harry y Liza fueron detrás de él. El pasillo que recorrían presentaba el mismo aspecto tétrico que la habitación donde habían estado, y a juzgar por la longitud del mismo, Harry asumió que estaban dentro de una mansión muy vieja.

–¡Lo han visto! –gritó Malfoy de pronto, acelerando el paso e irrumpiendo en una enorme sala de estar–. ¡Lo han visto!

Había diez o tal vez quince hombres en la sala, todos usando capas negras.

–¿Qué has dicho? –preguntó uno, levantándose de su lugar. A Harry no le resultó familiar aquel hombre.

–¿Dónde? –preguntó otro desconocido.

–¡En el callejón Diagon! –informó Malfoy conteniendo la emoción–. Parece que el local no estaba vacío después de todo.

–Bien hecho, chico.

–Sí. Puede que con esto el Señor Tenebroso no te castigue con tu padre también.

Y con un sonoro estallido, los mortífagos desaparecieron. Malfoy se rezagó, quedándose en la estancia un poco más, pero tras un suspiro, desapareció para dirigirse al callejón Diagon.

Harry y Liza no hicieron nada, pues sabían que al segundo siguiente, aparecerían en donde fuera que Malfoy apareciera, y así fue. Las pocas personas que se habían aventurado a ir al callejón Diagon, se encontraban corriendo y profiriendo ensordecedores alaridos de pánico, sumidos en un caos total. Unos metros detrás de donde se encontraban de pie, estaban los gemelos Weasley, dando batalla.

Malfoy echó a correr y Harry y Liza fueron detrás de él. De acuerdo a la historia del señor Ollivander, ése era el momento en el que Draco entraba al local y, cambiándose de ropas, ayudaba a que el anciano mago pasara inadvertido en su huida hacia el callejón Knockturn.

–¡Sabemos que estás ahí! –gritó un mortífago que estaba un paso más adelante que los demás, como si fuera el líder–. ¡Y si no sales, nosotros te sacaremos y créeme que no te va a gustar!

Y fue entonces, sin que nadie pudiera detenerlo, que Malfoy pasó como un bólido y entró al local, ante los ojos estupefactos de sus compañeros.

–Es hora –susurró en cuanto hubo cerrado y sellado la puerta tras de sí.

Harry y Liza miraron aquel lugar vacío, y encontraron al señor Ollivander sentado en el suelo. Había levantado la vista cuando Draco había hablado, pero no le había respondido. Sus ojos velados permanecían fijos en el muchacho.

–¿Qué pasa? –preguntó éste con premura.

–No es una buena idea –contestó el mago al fin, sin moverse de su lugar.

–¿Qué pasa ahí dentro? –gritó un mortífago desde el exterior; el mismo que se había plantado frente a los demás como si él diera las órdenes–. ¡Apresúrate a sacarlo, muchacho!

Malfoy, quien se había sobresaltado ante aquel llamado y se había girado para ver el exterior a través de la ventana, había vuelto el rostro hacia el señor Ollivander, y luego de un momento, se había agachado frente a él.

–Usted aceptó ser parte de mi plan. No puede echarse para atrás, no justo en estos momentos. Sin usted no podré llevar a cabo mi venganza.

–La venganza no lleva a nada bueno, Draco.

–Lo sé –informó el muchacho, incorporándose–, pero es lo único que puedo hacer. Yo no soy un héroe, no puedo hacer justicia, no me interesa hacer justicia. Lo único que quiero es venganza. Además, si no continuamos con esta farsa, nunca lo dejarán en paz.

Harry vio cómo el señor Ollivander bajaba la mirada, en un ademán cavilante. En ese preciso instante los cristales de la ventana se resquebrajaron, y el local fue bombardeado por un sinnúmero de ataques, y en su mayoría eran ataques con fuego.

–Tienes razón –accedió finalmente el anciano mago, poniéndose en pie–. Pero tú no corres ningún peligro¿verdad?

–Ni el más mínimo, en cuanto usted salga yo me desapareceré y lo encontraré en el callejón Knockturn.

–Bien.

–Creo que no es necesario ver más, Harry –dijo Liza de pronto, cuando el Malfoy del recuerdo se había desprendido de su capa negra–. Hasta ahora, todo ha sido como el señor Ollivander dijo.

–No, espera –pidió Harry cuando vio que su prima se inclinaba para llamar con la Palma a la pequeña esfera incrustada–. Quiero saber por qué no se fue.

–¿Por qué no se fue? –repitió Liza sin entender.

–Sí. Malfoy acaba de decir que desaparecería y se encontraría con el señor Ollivander en el callejón Knockturn, pero sabemos que eso no pasó. El mismo señor Ollivander nos dijo que ignoraba qué había pasado, pero sin duda, algo había salido mal; y yo quiero saber qué fue.

–Como quieras –concedió la muchacha al fin.

Continuaron dentro del recuerdo, y cuando el señor Ollivander se hubo cubierto completamente con su disfraz, salió de la tienda y no se detuvo cuando los otros mortífagos lo llamaron. Ése era el momento en que Malfoy desaparecería, pero no lo hizo. Aunque no por falta de intentos: el muchacho cerraba los ojos, e indudablemente se concentraba para poder escapar, pero nada pasaba.

–Han hechizado el lugar –comentó Liza incrédula–. Las conjeturas del señor Ollivander eran ciertas, es un hechizo anti-aparición.

–Por eso no se fue –concluyó Harry–. No pudo irse.

–Así que después de todo sí sospechaban de él.

–No se queden ahí. –La voz del mortífago que comandaba al pequeño grupo retumbó en el local vacío–. ¡Atrápenlo!

Pasos ajetreados se hicieron audibles, pero nadie irrumpió en el lugar. Tal y como el anciano mago había dicho, los mortífagos habían ido tras de él.

–¿Qué hay del muchacho? –preguntó una voz desconocida que obviamente hablaba con su líder–. ¿Lo dejamos ir?

Hubo un rato de silencio en el que Malfoy contuvo la respiración, hasta que finalmente, la respuesta le cayó como un balde de agua fría:

–No.

Y sin más, destruyeron el local, sin importar que Draco Malfoy estuviera ahí.

–Fin del recuerdo, Harry –dijo Liza, al instante–¿ves cómo los bordes comienzan a desvanecerse?

Harry se quedó anonadado por la indiferencia de su prima. ¿Acaso no se daba cuenta de que, si los mortífagos ya sospechaban de Malfoy, entonces tal vez aquello corroboraba que genuinamente había ayudado al señor Ollivander? Pero entonces se dio cuenta de que estaba siendo muy suspicaz. No todo lo que Liza hacía o decía era con doble sentido. Además de que una expresión ceñuda se había dibujado en el rostro de la muchacha.

–Creo que tenías razón desde un principio –dijo Harry suspirando y tratando de no ver mal todo lo que Liza hacía–, el recuerdo no servía para nada.

Pero Liza no respondió, y a decir verdad, Harry dudaba que siquiera lo hubiera escuchado. Su ceño continuaba fruncido, y movía los labios sin articular palabra.

–¿Liza? –la llamó el muchacho.

–Padre –murmuró la joven, y una media sonrisa se dibujó en su rostro–. Es gracioso –comentó sin dejar de sonreír–, los tres cojeamos del mismo pie.

Los ojos verdes de Harry se fijaron en su prima, sin poder entender lo que acababa de escuchar.

–Yo no veo lo gracioso –dijo, esperando una explicación.

–No esperaba que lo hicieras –le aclaró Liza, ampliando su sonrisa–. Con tu permiso.

Y sin más, salió de la habitación, desconcertando a Harry.

–¡Espera! –le llamó de inmediato–. ¡Liza!

–¡Liza!

Alguien más había pronunciado el nombre de la joven, alguien fuera de la habitación. Cuando Harry salió vio que se trataba de la profesora McGonagall. Liza se había detenido y se había vuelto hacia ella.

–¿Sí, Minerva?

–Justo iba a la enfermería para buscarte –explicó deprisa–, quiero saber qué averiguaste del chico.

–No pude sacarle nada, Minerva, se negó a cooperar.

–¿Qué¿Pero acaso no insististe?

–Por supuesto que insistí, pero él no cedió.

–Escucha Liza, es muy importante que el muchacho hable. Estoy casi segura de que él conoce información que nos sería de mucha utilidad, y tú eres la única que puede obtener esa información. No sabemos cuánto tiempo durará vi… consciente.

–Precisamente por eso no puedo arriesgarme a irrumpir en su mente. Eso sólo lo acercará más a la muerte, y no ganaremos nada. Lo siento, Minerva, pero esta vez mis manos están atadas.

Y dicho eso la joven dio media vuelta y comenzó a caminar por el pasillo.

–¡Espera! –volvió a llamarla Harry–. ¿Adónde vas?

La joven se volvió de nueva cuenta y respondió:

–A dormir. Ya estoy cansada. Ustedes deberían hacer lo mismo.

Y dándoles la espalda, reanudó su caminata.

–¿No vas a dormir con nosotros? –preguntó el muchacho sin siquiera pensarlo.

–No, Harry –contestó la joven deteniéndose pero sin volverse a él–, no voy a dormir con ustedes.

Y con ese último comentario, Liza zanjó aquella conversación y desapareció al fondo del pasillo. Tanto Harry como la profesora McGonagall estaban estupefactos por el comportamiento de Liza.

–No lo tome a mal profesora –pidió Harry luego de un rato de silencio–. Liza ha estado muy rara.

–Pero tiene razón: es mejor ir a dormir.

Y comprendiendo que en esos momentos Liza no era el tema favorito de la profesora, Harry asintió, y se fue a la torre de Gryffindor. En el camino tuvo oportunidad de pensar en lo que su prima había dicho: "los tres cojeamos del mismo pie"; pero por más que le dio vueltas al asunto, no lo entendió. ¿Qué había querido decir Liza¿Quiénes eran "los tres"? Harry pensaba que cuando la muchacha había dicho "los tres" se había referido a Malfoy, a ella misma, y a él; aunque bien podía haberse estado refiriendo a alguien más. Aquello era poco probable, pero posible.

–Te ves agotado, querido –dijo la Señora Gorda cuando Harry estuvo frente a ella–. No sé por qué Liza vino tan temprano a despertarte.

–Tenía sus razones –explicó Harry con prontitud–, aunque la verdad es que no me convencieron.

–No serían lo suficientemente buenas –aventuró la dama.

El muchacho no refutó aquello. No es que las razones de Liza no fueran buenas, sino que Harry pensaba que el hecho de levantarse tan temprano no influía en el aprendizaje del manejo de la Palma de Godric.

–Fue un día muy largo, además –comentó Harry cuando sintió que había estado mucho tiempo callado.

–Y todavía no acaba, Harry, porque adentro te están esperando tus amigos –advirtió la mujer con complicidad, y sin más, le dio paso al interior de la torre. Tomando aire para recuperar fuerzas, Harry entró. Efectivamente, Ron, Hermione y Ginny se encontraban en la sala común.

–¡Hasta que llegas! –exclamó Ron.

–¿Y? –urgió Hermione–. ¿Cómo les fue?

–¿Consiguieron algo? –inquirió Ginny con presteza.

–Sí y no –contestó Harry avanzando hacia ellos y sentándose en un sillón–. Liza consiguió sacarle un recuerdo, pero era completamente inservible porque Malfoy no quiso cooperar, y según ella, si irrumpe en su mente como ya hemos visto que hace, puede acortarle la vida al muy hipócrita.

–¡Ja¡Lo sabía! –dijo Ron levantándose de su lugar–. No les va a decir nada, ni una palabra. Sólo está fingiendo.

–Yo no estoy tan segura, Ron –refutó Hermione–; pudo haber fingido sus heridas y sin embargo ésas son reales.

–¿Lo estás defendiendo?

–No. Sólo digo que podría estar diciendo la verdad.

–En el recuerdo de Malfoy todo pasó tal y como el señor Ollivander relató –explicó Harry con un poco de tedio–, pero el hecho de que así haya sido no significa que Malfoy actuara de buena fe.

–Nunca vamos a poder confiar en él –dijo Ginny reflexiva–. Es un Malfoy, y nunca se debe confiar en un Malfoy.

–Tal vez eso mismo piense Voldemort –apuntó Hermione.

–Como sea, hoy ya no hay nada que hacer y yo estoy muy cansado –concluyó Harry–. Liza vino muy temprano por mí, todavía no amanecía; y si va a hacer de eso una costumbre, lo mejor es que me vaya a dormir.

Los demás estuvieron de acuerdo, y tras desearse las buenas noches, se fueron a sus dormitorios.

–¿Realmente crees que Malfoy sepa alguna información relevante? –preguntó Ron cuando se estaban metiendo en sus camas.

–No estoy seguro, pero podría ser.

–Yo no creo que hayan sido tan tontos como para confiarle algo importante a él.

–Le confiaron la tarea de matar a Dumbledore.

–Sí, pero lo hicieron porque creían que no podría hacerlo, y a fin de cuentas no lo hizo.

Ron tenía razón, y lo más seguro era que después de semejante irresponsabilidad, Voldemort no sólo lo hubiera castigado, sino que le hubiera retirado toda su confianza.

No hablaron más, y en menos de cinco minutos, Ron se encontró roncando sonoramente, y Harry no tardó mucho en seguir a su amigo, pues a pesar de que quería reflexionar sobre el asunto de Malfoy, pudo más el cansancio y agotamiento que lo embargaban, producto de un día difícil y extenuante.


–Harry, Harry.

Una voz susurrante lo llamaba, obligándolo a abandonar sus sueños y, muy a su pesar, a poner a su cerebro a trabajar con normalidad para despertar.

–¿Quién es? –preguntó sin abrir los ojos.

–Soy yo, Liza.

Intuyendo la razón por la que su prima estaba ahí cuando aún faltaba un buen rato para el amanecer, el muchacho le dijo:

–Liza, es muy temprano. ¿Tenemos que hablar sobre la Palma justo ahora?

–No se trata de la Palma, Harry –lo corrigió la joven–. Es Draco. Se está muriendo.

–¿Qué? –preguntó Harry, abriendo los ojos violentamente e incorporándose.

–Poppy me fue a avisar en cuanto comenzó a agonizar. Tiene diez minutos en ese estado y… y quiere vernos. A ti y a mí.

–¿Vernos? –repitió el muchacho–. ¿Por qué?

–No lo sé, pero si queremos averiguarlo tienes que apresurarte. Te espero abajo.

Y antes de que Harry hiciera más preguntas, Liza salió del dormitorio. Aún un poco aturdido por la noticia, se vistió lo más rápido que pudo, y se reunió con Liza en la sala común. Echaron a correr en cuanto estuvieron fuera de la torre de Gryffindor, procurando perder el menor tiempo posible. La señora Pomfrey los recibió en la enfermería.

–¿Cómo está? –cuestionó Liza en un murmullo.

–Muy mal. No va a sobrevivir a esto. Es por eso que consentí esta visita de emergencia.

Los condujo hasta la cama de Malfoy y después los dejó solos, dándole a Draco la privacidad que seguramente quería para hablar con ellos. El muchacho, que se encontraba bañado en sudor y en extremo pálido, tenía los ojos cerrados y respiraba con dificultad. Al sentirse observado, abrió los ojos y los miró fijamente, primero a Harry y luego a Liza. Se habían colocado uno a cada lado de su cama.

–Vinieron –les dijo débilmente.

–No podíamos negarnos –explicó Liza–, porque creímos que tal vez tenías algo importante que decirnos.

El muchacho asintió.

–¿Y¿Qué es? –inquirió Harry tratando de no desesperar.

–Cuando desperté me dijeron que querían saber las razones por las que ayudé al señor Ollivander. ¿Aún quieren saberlas?

–Claro –respondió Liza–, siempre y cuando tú quieras decírnoslas.

Draco tomó varias bocanadas de aire, tal vez porque estaba considerando decirles o no; tal vez porque el tiempo se le acababa y su cuerpo le pedía más oxígeno.

–Él mató a mi madre –dijo al fin, dejando que un par de lágrimas brotaran de sus ojos y cayeran en su almohada–. La mató porque no cumplí con lo que se me encomendó.

Harry estaba anonadado por lo que acababa de oír.

–Pero… pero te acercaste bastante al éxito en tu misión –le dijo, incrédulo.

–No importa si estuve cerca o no de lograrlo. No lo hice, y para el Señor Tenebroso eso es todo lo que cuenta. Y para castigarme mató a mi madre. Era lo único que tenía y me la quitó. ¡Me la quitó y no pude hacer nada¡Qué se puede hacer en contra de él!

No era una pregunta, era un lamento. Harry se esforzó por permanecer indiferente, pero simplemente no podía cerrar los ojos ante la desgracia de su antiguo compañero. Era la segunda vez que lo veía llorar, y como en la primera, sus lágrimas eran genuinas. Voldemort era tan mezquino con sus mortífagos de la misma forma en que lo era con sus víctimas, y aunque eso Harry ya lo sabía, no pudo dejar de sorprenderse cuando escuchó sobre la muerte de Narcisa Malfoy. Liza, por otra parte, tenía el semblante calmado y pensativo; no parecía sorprendida en absoluto, seguramente porque ella comprendía más a fondo la vileza de su padre biológico.

–Tú no te ves sorprendida –apuntó Malfoy, seguramente después de haber evaluado las reacciones de sus interlocutores–. ¿Por qué?

–Tu recuerdo dice más de lo que crees –respondió Liza con simplicidad–. Tal vez ni siquiera tú te habías percatado de ello.

–Explícate –dijo Draco, pero más que una orden parecía una petición.

Harry fijó sus ojos en su prima, aguardando también por la explicación que el rubio le pedía. Él había visto el recuerdo junto con Liza y sin embargo no había visto u oído nada que le indicara que Narcisa Malfoy estaba muerta.

–Después de que fuiste a dar aviso a tus compañeros mortífagos sobre el avistamiento del señor Ollivander en el callejón Diagon, uno de ellos te dijo: "Puede que con esto el Señor Tenebroso no te castigue con tu padre también". Ese "también" significaba que Voldemort ya te había castigado con tu madre y planeaba hacer lo mismo con tu padre. Aunque no fue en ese momento cuando entendí a qué tipo de castigo se referían. Fue hasta que hablaste con el señor Ollivander y le dijiste que querías venganza, que todo me quedó muy claro. ¿Por qué otra razón arriesgarías tu propia vida, sino por vengar a tu ser querido?

–No pensé que eso te revelaría la verdad –murmuró Malfoy con dificultad y para asombro de Harry, una sincera sonrisa de sorpresa se dibujó en su rostro–. Eres tan lista como él lo era.

Un pequeño silencio cayó sobre los tres. Harry sabía que últimamente su prima se había vuelto muy susceptible a cualquier mención de su padre, e intuía que esa susceptibilidad aumentaba si quien se refería a él era la misma persona que había maquinado todo el plan para asesinarlo.

–¿Por qué no me has matado? –cuestionó Malfoy súbitamente, y parecía que realmente no entendía por qué–. Yo iba a asesinar a tu padre.

–Y aún así, no lo hiciste –intervino Harry antes de que Liza pudiera contestar–. Bajaste la varita.

Draco rió por lo bajo.

–Sabía que después de todo sí habías estado ahí, Potter –le dijo, y parecía muy orgulloso de haberlo sospechado siquiera.

–¿Por qué lo hiciste Malfoy? –Harry finalmente externaba esa pregunta para que el único que podía contestarla lo hiciera.

–No lo sé –Fue la respuesta del muchacho, luego de un rato de cavilación–. No sé por qué lo hice.

–Porque sabías que mi padre sí te podía ayudar –aclaró Liza, contestando por él–. Y hubieras dado cualquier cosa por proteger a tu familia. Es por eso que no te he matado. Creo que ya has sufrido bastante.

"Los tres cojeamos del mismo pie". La frase de Liza comenzó a bailar en la cabeza de Harry. Ahora lo entendía todo: los tres habían perdido a sus madres a manos del mismísimo Voldemort, y en su caso, también había perdido a su padre en esas garras.

Súbitamente, Malfoy se aferró con fuerza a los bordes de la cama y con los ojos desorbitados, comenzó a inhalar y exhalar el aire por la boca con suma dificultad.

–¿Qué le pasa? –preguntó Harry alarmado.

Liza corrió hacia el despacho de la señora Pomfrey, y al instante regresó con la enfermera. Ésta, al verlo, les ordenó:

–No pueden estar aquí. Váyanse.

–¡No! –exclamó Malfoy en una negación casi inaudible, y tomó a Harry por la muñeca con una fuerza sorprendente, considerando que ya estaba agonizando–. Potter, tú eres el único que puede derrotar al Señor Tenebroso. Si no fuera así él no se esforzaría tanto por aniquilarte. Prométeme que vas a acabar con él.

–Malfoy, yo…

–Tú sí puedes hacer justicia, entonces hazla, por todos aquellos que no pudimos, o que no quisimos. Mátalo. Prométemelo.

–Pero…

–¡Prométemelo, Harry!

Harry estaba simplemente anonadado. Nunca le hubiera pasado por la mente que Malfoy, su rival y hasta su enemigo en el colegio, le pediría que le prometiera eso algún día. Pero ahí estaban y se lo estaba pidiendo. No podía negarse. Respirando con aún mayor dificultad, Draco le apretó más la muñeca y urgió:

–¡Harry!

–Te lo prometo. Te lo prometo.

Malfoy lo soltó, y por primera vez en su vida, le sonrió de verdad, aunque no duró mucho, pues en seguida los ataques de asfixia regresaron.

–Bueno –habló la señora Pomfrey imponiéndose–, ya pueden irse. ¡Rápido!

No esperaron a que la indicación volviera a ser dada. Abandonaron la enfermería con prontitud, pero no se alejaron de ahí. Tenían que esperar a saber por la suerte de Draco. El sol comenzaba a despuntar en el horizonte y Harry no paraba de pensar. Pensaba en lo que acababa de suceder; en lo que acababa de prometer. Ahora, no sólo tenía que hacer justicia por todos los que estaban en su lista mental, sino que también debía hacer justicia por los Malfoy. Quién lo hubiera pensado.

La señora Pomfrey no tardó mucho en salir, y cuando lo hizo, su semblante era sombrío y desalentador. Harry y Liza se acercaron lentamente, y antes de que pudieran preguntar nada, les dijo:

–No hubo nada que pudiera hacer. Murió en una terrible agonía.

–No se merecía tanto sufrimiento después de lo que Voldemort le hizo –declaró Liza sin un asomo de duda en su voz.

Inconscientemente guardaron un poco de silencio, como si respetaran aquel momento de luto, y fue debido a ese silencio, que un lejano sonido de cascos llegó hasta sus oídos.

–¿Oyen eso? –inquirió la señor Pomfrey.

–Sí –respondió Harry aguzando el oído–. Parece… parece como si un caballo viniera para acá.

No bien terminó de haber dicho eso, cuando una criatura cuadrúpeda dobló la esquina y avanzó hacia ellos como una ráfaga. Se trataba de un centauro. De Magorian, específicamente.

–¡Magorian! –exclamó Liza sorprendida cuando el centauro estuvo lo bastante cerca–. ¿Qué…

–Liza Dumbledore –dijo con una voz profunda–. La Alianza que hicimos es la que hoy me hizo venir aquí.

–¿La Alianza? –repitió Harry.

–Hay mortífagos. Mortífagos que muy a nuestro pesar se están abriendo paso por el Bosque Prohibido.