Capítulo 32.

Los árboles caídos

–¿Mortífagos? –repitió Harry–. ¿Cómo?

–Eso no lo sé, Harry Potter, pero hicimos una Alianza entre criaturas mágicas y magos, y debemos cumplir lo que prometimos.

–Tenemos que avisarles a todos –dijo Liza tomando rápidas decisiones–. Traten de entretenerlos el mayor tiempo posible. No tardaremos.

Magorian asintió y se fue, tan rápido como había llegado.

–Poppy, hay que sacar a todos los enfermos de aquí, llevarlos de vuelta a San Mungo; si los mortífagos llegan a pasar del Bosque Prohibido, el castillo ya tiene que estar vacío¿de acuerdo? Llévate a Fawkes.

–Entendido, Liza.

Y sin más la bruja se dirigió a las aulas en donde estaban los enfermos.

–Harry, avísale a todo aquél que te encuentres en el camino, y después tú y tus amigos vayan a ayudar con el traslado de los enfermos.

–¿Qué¡Yo quiero pelear! –replicó Harry al instante.

–Haz lo que te digo, demonios. ¡Vete!

Pero el muchacho no se movió. El quería quedarse en Hogwarts y ser útil en la batalla, y la negativa de Liza lo frustraba enormemente.

–Pero Liza…

–¡YA!

Y sin darle oportunidad a replicar, la joven giró sobre sus pies y se alejó velozmente. Harry estuvo tentado a darle alcance, pero entendiendo que cosas más importantes le atañían en esos momentos, hizo lo mismo que su prima, y se fue, corriendo tan rápido como pudo.

–¡Ataque mortífago! –comenzó a gritar cuando estuvo cerca del Gran Comedor–. ¡Mortífagos en el Bosque Prohibido!

Sin pensarlo siquiera, se precipitó sobre las puertas de la enorme aula, y derrapando para detenerse, se topó frente a frente con los integrantes de la Orden que allí se encontraban, quienes se habían levantado de sus asientos, y parecía que habían estado a punto de salir al vestíbulo, alarmados.

–¿Qué pasa? –cuestionó el profesor Slughorn con desconcierto–. ¿Cómo que hay mortífagos en el Bosque Prohibido?

–No estoy seguro, los centauros mandaron el aviso –contestó Harry atropelladamente–, tenemos que desalojar Hogwarts, rápido.

Y sin mayor explicación, todos se fueron de inmediato. Si querían vaciar Hogwarts tenían que trabajar todos juntos y deprisa.

Harry continuó con su vertiginosa carrera, dando el aviso a todo aquél que se cruzó en su camino, y cuando finalmente alcanzó el pasillo que conducía a la torre de Gryffindor, encontró a sus amigos, que acababan de salir de la sala común.

–¡Harry! –exclamó Ron en cuanto lo vio–. Justo nos estábamos preguntando en dónde te habías metido.

–¿Liza te estaba enseñando más cosas sobre la Palma? –cuestionó Ginny, y parecía que de antemano sabía la respuesta.

–No –contestó Harry–. Estaba en la enfermería. Malfoy murió.

–¿Qué? –dijeron Ron, Hermione y Ginny al unísono.

–Lo que oyeron. Nos mandó llamar, a Liza y a mí, cuando ya estaba agonizando. No nos dijo mucho, pero sí nos dijo la razón que lo había alentado a ayudar al señor Ollivander, pero en estos momentos no hay tiempo para contar eso; Magorian vino a avisarnos que hay mortífagos en el Bosque Prohibido.

–¿Mortífagos? –repitió Hermione–. ¡Entonces tenemos que evacuar Hogwarts!

–Eso es justo lo que he estado diciendo. He avisado a todo el que me he encontrado.

–No bastará con eso –objetó Hermione–. Tenemos que ayudar.

–Pues entonces¿qué estamos haciendo aquí? –preguntó Ron–. ¡Vámonos!

Y al instante, se dirigieron a los pisos inferiores, en donde el caos reinaba doquiera que se mirara.

–Me imagino que vamos a transportar a los pacientes con Fawkes¿o no? –cuestionó Ginny, viendo a todos lados.

–Pues eso fue lo que dijo Liza –corroboró Harry–, pero no creo que terminemos rápido si sólo nos atenemos a Fawkes.

Repentinamente, un estruendoso sonido como de trueno resonó a lo lejos, pero con la suficiente claridad y la fuerza necesaria para indicarles que quien había causado aquel ruido estaba más cerca de lo que ellos hubieran querido.

–¡No podemos depender sólo de Fawkes! –exclamó Hermione alarmada–. ¡Tenemos que ser capaces de desaparecernos dentro del castillo!

–Hay que encontrar a McGonagall –dijo Ron.

–Así que, abriéndose paso entre aquel desorden, se dispusieron a buscar a la profesora McGonagall.

–¡Eh, ustedes! –gritó uno de los sanadores, al ver que los cuatro pretendían alejarse del lugar sin ayudar–. ¿Adónde van¡Nos vendría bien un poco de ayuda aquí!

–Necesitamos ver a la profesora McGonagall –aclaró Harry.

Y antes de que pudieran detenerlos, se alejaron corriendo de allí, pensando en dónde podrían encontrar a su antigua profesora. Sin pensarlo dos veces, acortaron camino por los atajos que había por todo Hogwarts, asomándose en cada piso para cerciorarse de que McGonagall no estuviera ahí. De pronto, cuando doblaron en una esquina para llegar al vestíbulo principal del castillo, casi chocaron con una persona que corría en dirección contraria a donde ellos lo hacían.

–¡Qué bueno que los encuentro! –exclamó Neville Longbottom con la respiración entrecortada–, si me ayudan a difundir el mensaje acabaré más rápido.

–¿Qué mensaje? –cuestionó Ginny.

–La profesora McGonagall me pidió que avisara a todo el mundo que ha quitado el hechizo anti-aparición del castillo –explicó apresuradamente–. Liza se lo pidió así.

–Parece que Liza nos leyó la mente –dijo Ron con una sonrisa.

–No hay que cantar victoria todavía –replicó Hermione muy seria–, hay que correr la voz.

–Sí, vamos –apoyó Harry.

Ron, Hermione y Ginny echaron a correr, y cuando Neville se dispuso a seguirlos, Harry lo detuvo.

–Espera, Neville –le dijo casi en un susurro–. ¿Tú viste cuando Liza habló con McGonagall?

–Sí –contestó el muchacho desconcertado.

–¿Y viste adónde fue Liza después?

Neville lo miró con recelo, y luego contestó:

–Es mejor que en estos momentos nos concentremos en evacuar Hogwarts, Harry. No tiene caso que vayas a buscar a Liza.

Pocas veces, Harry había escuchado a Neville hablar con esa determinación. De cierta manera le recordó cuando, estando en primer año, se había enfrentado a ellos cuando habían decidido ir por la Piedra Filosofal.

–De todas formas voy a ir a buscarla –sentenció Harry con terquedad–, pero sin tu ayuda tardaré más.

Y entendiendo que no podría disuadirlo de hacer lo contrario, con un suspiro, Neville finalmente dijo:

–La última vez que la vi se dirigía a las mazmorras, y de eso no hace ni cinco minutos.

Harry asintió, y sin más, comenzó una veloz carrera hacia donde Neville le había indicado. Bajó los escalones saltando la mayor parte, y en poco tiempo se encontró en su destino. Liza estaba al fondo del lúgubre corredor, así que el muchacho se lanzó hacia ella sin demora.

–¡Liza! –le gritó al instante.

La joven se volvió hacia él, pero no corrió para darle alcance, simplemente esperó a que él llegara hasta ella.

–Liza¿qué haces aquí? –preguntó entrecortado una vez que se hubo plantado frente a ella.

–Debemos liberar a los rehenes.

Y tras decir eso, la joven abrió la puerta de la última mazmorra. Bellatrix Lestrange y Peter Pettigrew levantaron la mirada en cuanto los dos primos irrumpieron en la habitación.

–¿Es el día de tu venganza? –cuestionó Bellatrix con sorna.

–No –respondió Liza al instante–. Es día del juicio.

–¿Mío? –inquirió la mujer–. ¿O tuyo?

Liza no contestó a esa pregunta; en su lugar, le dijo a Harry:

–Harry, regresa al vestíbulo y ayuda con los enfermos. Yo me encargaré de estos dos.

–¿Qué? –inquirió Harry desconcertado.

Pero antes de que pudiera decir nada, su prima se le adelantó:

–Ya habías recibido instrucciones mías, así que no refutes ahora y haz lo que te digo.

Pese a no estar de acuerdo, Harry no quería que la autoridad de Liza se viera mermada frente a los dos prisioneros, así que sin decir nada más, salió de la mazmorra y se dirigió a los pisos superiores. Haría lo que Liza le pedía y no se quejaría, pero no se quedaría en San Mungo. Regresaría a dar batalla sin importar lo que su prima dijese.

A toda velocidad atravesó los pisos del castillo, hasta que finalmente encontró a Ginny en uno de ellos. Estaba organizando a un pequeño grupo de enfermos, el cual seguramente no tardaría en ser llevado a San Mungo.

–¡Ginny!

–¡Harry¿Encontraste a Liza?

–Sí, pero acordamos que ayudaría a evacuar Hogwarts así que por eso estoy aquí. Después regresaré a la batalla.

La pelirroja lo miró con recelo.

–¿Y ella lo sabe?

–No hay necesidad de que lo sepa¿no crees?

Ginny no contestó aquello. Harry miró a su alrededor con detenimiento, buscando a Ron y a Hermione, y al no encontrarlos, preguntó:

–¿Dónde están Ron y Hermione?

–Cada uno se llevó un grupo de enfermos a San Mungo. No deben tardar en regresar.

La muchacha no había terminado de decir esa frase cuando dos personas se materializaron dentro del aula con un sonoro estallido. Eran Ron y Hermione.

–¿Cómo van? –preguntó Harry al instante.

–Aún faltan, pero son pocos –contestó Hermione y estaba notoriamente más calmada.

–El poder desaparecernos desde cualquier parte del castillo nos ayudó mucho –comentó Ron.

–Sí, pero sin ese hechizo estamos desprotegidos –dijo Ginny, externando lo que todos ya habían pensado.

–Entonces más nos vale terminar pronto –concluyó Harry, y de inmediato se unió a la tarea de llevarse a los enfermos de vuelta a San Mungo.

Cuando Harry se llevó al siguiente grupo, se dio cuenta de que, si en Hogwarts había caos, San Mungo era un pandemonio. Los pocos sanadores que se habían transportado al hospital para ayudar con la reinstalación de los pacientes estaban vueltos locos. Y no era para menos, pues cuando apenas estaban acomodando a un grupo de diez enfermos, aparecía otro, y luego otro y otro. Pero Harry no podía quedarse ahí, tenía que concentrarse en vaciar Hogwarts lo antes posible, ya después se las arreglarían con el orden.

Estuvieron apareciendo y desapareciendo aproximadamente por cinco minutos más, pues al haber tantos miembros de la Orden, y al poder desaparecerse de cualquier aula del castillo, aquello resultó más fácil de lo que habían pensado. Una vez que hubieron concluido su tarea, Harry, Ron, Hermione y Ginny se dispusieron a regresar a Hogwarts para pelear contra los mortífagos en el Bosque Prohibido, pero fueron rápidamente detenidos por Lupin.

–Ustedes quédense aquí –les dijo con premura–, es mejor que ayuden a instalar a todos los pacientes.

–De ninguna manera me voy a quedar aquí –refutó Harry, molesto–, voy a ir a pelear.

–¡No, Harry! –negó Remus rotundamente, elevando la voz–, no vamos a arriesgarte. Quédate aquí y ayuda con los enfermos.

Y antes de que el muchacho pudiera reclamar por aquella orden, Lupin desapareció, dejando a Harry con la palabra en la boca. Con una infinita frustración, se volvió a sus amigos.

–Tal vez sea lo mejor, Harry –dijo Hermione dubitativa.

–¿Qué no se dan cuenta? –inquirió Harry exaltado–: Liza ordenó que no me dejaran ir a la batalla, seguramente porque es en esta pelea cuando ella planea morir. ¡No puedo permitir eso!

Sus tres amigos lo miraron angustiados. Luego de que pensaran en ello, y de un largo silencio, Ginny dijo:

–Vete, Harry. Ve con Liza. No es la forma en que ella merece morir.

–¿Qué?

–Sí, Harry, vete –apoyó Hermione al instante.

–Nosotros te cubriremos –aseguró Ron.

–Pero…

–¡Vete ya! –dijeron los tres al unísono.

Y después de una última mirada, asintió y se fue a Hogwarts, confiando en que sus amigos harían que su ausencia no fuera notoria. Apareció en el vestíbulo principal, el cual ya estaba vacío. Sin tiempo que perder salió del castillo, corriendo hacia el Bosque Prohibido. No debían de verlo, así que, en lugar de ir por el sendero, comenzó a abrirse paso por entre los árboles y los arbustos.

–¿Volvieron a colocar el hechizo anti-aparición? –La voz de Moody llegó hasta los oídos de Harry, y a juzgar por el volumen, estaba cerca.

–Sí, Minerva lo acaba de hacer hace como un minuto –respondió la voz de Tonks.

–Bien.

Al parecer, Harry había llegado a Hogwarts en el momento preciso, pues de haber deliberado con sus amigos un poco más, le hubiera resultado imposible aparecerse en el castillo.

–Ahí vienen –dijo Moody de pronto–. Es hora.

Sabiendo lo que eso significaba, el muchacho continuó avanzando, pues aunque quería ayudar en la pelea, su prioridad en aquellos momentos era Liza. Ocultándose, Harry vio cómo varios mortífagos, siempre encapuchados y con sus máscaras puestas, corrían hacia donde Moody y Tonks estaban.

Luchando enormemente contra su impulso por pelear, continuó, siempre procurando no ser visto por nadie. Los sonidos bélicos le llegaban de cerca y de todas direcciones, pero no se detuvo por nada, cuando de pronto, y tomándolo por sorpresa, Harry tropezó con un bulto bastante grande, y no pudiendo mantener su equilibrio, cayó dolorosamente. Preocupado por haber llamado la atención de alguien, se levantó al instante y sacó su varita, pero nadie llegó. Cuando lo sintió oportuno bajó la guardia, y fue hasta ese momento cuando se percató de lo que era eso con lo que había tropezado: el cuerpo de Peter Pettigrew yacía inmóvil en el suelo. Estaba muerto. Eso quería decir que Liza ya había pasado por ahí, pues Pettigrew estaba con ella.

Todavía impresionado por la terrible visión de aquel cadáver, Harry se alejó de allí. Si ni siquiera la misma batalla lo detenía, entonces no tenía por qué amilanarse ante un mortífago sin vida. Corría tan rápido como podía, ocultándose todo el tiempo. El costado comenzó a dolerle, y el sudor no dejaba de caer por su rostro; le parecía que ya había corrido por una eternidad, pero Liza no estaba por ningún lado. Tal vez, después de todo, sí había sido demasiado tarde, ya no había alcanzado a su prima.

Fue precisamente en ese momento, cuando comenzaba a perder toda esperanza, que la vio: Liza había desaparecido detrás de unos árboles cercanos, sujetando con fuerza a Bellatrix Lestrange. Sacando fuerza de su interior, apresuró su carrera, y siguió los pasos de su prima. Tremenda fue su sorpresa cuando se topó de frente con la espalda de la joven. Liza se había detenido inesperadamente, y frente a ella había alguien más, alguien cuya sola silueta provocaba que aquel bosque fuera aún más tétrico, alguien que ya había estado ahí y que le había causado mucho daño a los unicornios. Era Voldemort.

–¡Liza! –exclamó Harry.

La muchacha se volvió sobresaltada.

–¡Harry¿Qué estás haciendo aquí?

–Ésta sí que es una bella reunión –dijo Voldemort complacido–: los dos primos reunidos ante mí.

Ninguno respondió ante el comentario. Liza soltó a Bellatrix, quien cayó a los pies de Voldemort.

–¡Mi señor! –dijo, arrastrándose hasta él–. ¡Perdóneme¡Yo no hablé, pero aún así esa maldita se enteró de todo lo que quiso¡No pude hacer nada para evitarlo¡Perdóneme!

Voldemort retrocedió un paso, y alejó el borde de su túnica de las manos temblorosas de la mujer.

–Me fallaste Bella –le dijo con calma–. Es una lástima. ¡AVADA KEDAVRA!

Y sin más, el cuerpo de Bellatrix cayó estrepitosamente. Harry dio un paso al frente para atacar a Voldemort, pero Liza lo detuvo. No le dijo nada, simplemente evitó que continuara avanzando. Los ojos rojos del mago tenebroso se fijaron en los dos muchachos.

–¿Cómo nos encontraron? –preguntó Liza de pronto.

–Tenía a alguien siguiendo a Ollivander –respondió Voldemort con naturalidad–. Le hice creer que le había perdido el rastro, y el viejo se lo creyó.

–¿Y cómo llegaron hasta aquí? –cuestionó Harry conteniendo la furia.

–Harry¿acaso no recuerdas que hace seis años yo merodeaba por aquí y me alimentaba de las criaturas del bosque? Hay muchos secretos sobre este lugar que ustedes no conocen.

Harry sintió hervir la sangre con aquella sentencia. Empuñaba la varita con tal fuerza que sentía un ligero hormigueo en su mano.

–Tus mortífagos no me atacaron –comentó Liza con desenfado, como quien hace un comentario sobre el clima.

–Les ordené que no lo hicieran –explicó Voldemort de igual manera desenfadada–. Tú y yo teníamos que hablar. Dime¿has tomado una decisión, Liza?

–Sí, lo he hecho –contestó la muchacha.

Acto seguido, y ante la mirada atónita de Harry, la joven esquivó el cuerpo de Bellatrix y avanzó hacia Voldemort, sin amenazarlo con la varita.

–Dijiste que juntos reinaríamos¿verdad, "padre"?

–Eso dije, "hija".

Harry no podía creer lo que estaba escuchando.

–¡Liza! –Fue todo lo que pudo decir, aún presa de la incredulidad.

La joven se volvió hacia él, pero continuó de pie al lado de Voldemort, quien posó una de sus huesudas manos en el hombro de Liza.

–Te lo dije, Harry. Hay maldad en mí que no se puede extirpar. Yo te lo dije.

Todo lo que Harry pudo hacer fue negar con la cabeza, con los ojos muy abiertos. Aquello no podía ser verdad. Liza no podía hacerles eso.

–Todo termina aquí, Harry –dijo Voldemort con voz melosa.

–Yo quiero hacerlo –pidió Liza de pronto–, yo quiero matar al que nadie pudo… al que nadie pudo durante 16 años… yo quiero matar al chico Potter.

Harry vio cómo Voldemort tenía un momento de hesitación, pero finalmente dijo:

–De acuerdo. Pero hazlo ahora.

Liza sacó su varita y caminó hasta plantarse delante de Harry. El muchacho ni siquiera pudo apuntarla con su varita. Todavía continuaba muy impresionado por la traición de su prima. La punta de la varita de la joven estaba justo frente al pecho de Harry.

–Debiste ver esto venir, Harry –dijo Liza con naturalidad–. Sabes lo que mi madre hizo, no sé qué te hizo pensar que yo no haría lo mismo.

–Liza…

–Y no me arrepiento. Debiste de haberme matado cuando pudiste.

Los ojos verdes de Harry estaban clavados en la muchacha. Aquello tenía que ser una actuación, debía de haber algún signo en el rostro de la joven que le indicara que todo era una farsa. Pero no había nada; Liza estaba determinada a matarlo.

–¡Mátalo! –gritó Voldemort impaciente.

¡Avada…

–¡Liza! –exclamó una voz detrás de Harry.

No le fue necesario volverse, pues reconoció la voz de inmediato: se trataba de Remus Lupin. Y entonces, y sin que Harry lograra comprender nada, Liza desvió sus ojos blancos hacia donde el licántropo estaba, y luego de un asentimiento, la joven giró sobre sus pies y apuntó a algo al lado de Voldemort.

–… Kedavra! –terminó la muchacha, y la maldición golpeó de lleno en unos árboles, los cuales cayeron pesadamente sobre Voldemort.

Al mismo tiempo, Harry sintió una ráfaga de aire pasar por su lado izquierdo, aunque no supo qué era, o por qué Lupin había hecho eso.

¡Fawkes! –llamó Liza, dirigiéndose al cielo y al segundo siguiente, Fawkes estaba ahí, sobrevolando arriba de sus cabezas.

–Liza¿qué… –Harry avanzó, pero se encontró en su camino con una pared invisible, que no le permitió llegar hasta su prima. Esa pared era consecuencia del conjuro que había pasado al lado de él.

–Escúchame, Harry –dijo la joven, volviéndose a su primo y pegando las manos en la pared invisible–. Así es como esto tenía que ser. Es la única forma, no te sientas mal por ello. Prométeme que pondrás en práctica todo lo que te dije de la Palma de Godric. Prométeme que aprenderás a controlarla.

Harry también puso sus manos sobre la pared, pero no contestó.

–¡Prométemelo! –urgió la muchacha, angustiada.

–Te… te lo prometo.

Liza sonrió ante aquella respuesta. Harry no sabía si también debía sonreír. Aún no tenía muy claro lo que acababa de pasar.

–Te quiero, Harry –le dijo la joven, ampliando su sonrisa–. Te quiero mucho. Ahora todo depende de ti.

Y justo en ese momento, la pila de árboles salió disparada por los aires. Voldemort estaba de pie, y estaba furioso.

–Llévatelo, Remus –pidió Liza–, adiós Harry. El portador debe morir.

Y finalmente les dio la espalda, encarando lo que sin duda sería su destino final.

–¡No¡Liza!

Harry golpeó incesantemente la pared invisible, gritando a todo pulmón, pero no pudo hacer nada más. Sintió cómo Lupin lo sujetaba con fuerza y vio cómo Fawkes descendía sobre ellos, y aún así, no pudo apartar la vista de la escena que se desarrollaba frente a él. Voldemort apuntó a Liza con su varita, mientras que la joven dejaba caer la suya, justo como Rina había hecho 16 años atrás.

¡AVADA KEDAVRA!

–¡LIZA!

El grito de muerte retumbó en su cabeza con un doloroso eco, justo cuando Lupin asió la cola del fénix. Le había parecido que Liza había gritado algo justo cuando él la había llamado por su nombre, pero no estaba seguro de ello. Y ahora, él ya no estaba en Hogwarts, y Liza tampoco.