Capítulo 33.
Los jardines blancos
–¡LIZA!
Harry y Lupin aparecieron en la sala de recepción de San Mungo, y el muchacho aún llamaba a su prima. Todo había pasado tan rápido, y sin embargo, a Harry le había parecido dolorosamente lento. Las imágenes llegaban a su mente de golpe, pero las veía como si de una película a cuadro por cuadro se tratase. Había visto cómo el rayo de luz verde había brotado de la varita de Voldemort inmediatamente después de que éste pronunciara la maldición asesina; aún distinguía claramente la trayectoria del rayo; el sonido del golpe seco que se había producido cuando el rayo había alcanzado a Liza; y cómo el cuerpo de Liza ya sin vida se desplomaba sobre el suelo. Después de eso, todo le resultaba borroso.
–¡Harry¡Harry¿Qué pasó?
El rostro de Ginny había aparecido frente a él y lo miraba angustiada. La había visto mover los labios y su voz había alcanzado sus oídos, pero era como si Ginny estuviera a kilómetros de él, y no enfrente, como en realidad estaba. Se sentía completamente ajeno a su alrededor.
–¿Qué sucedió? –cuestionó otra voz. Esta vez se trataba de una voz masculina, más grande. Era el señor Weasley.
–Liza está muerta –respondió Lupin casi en un susurro.
–¿¡Qué!? –Horrorizada, la señora Weasley se había llevado las manos a la boca, con los ojos muy abiertos.
Ron y Hermione estaba de pie al lado de Ginny, y su expresión era muy similar a la señora Weasley.
–No puede ser –balbuceó Hermione con un hilo de voz–, Harry fue al Bosque Prohibido precisamente para eso, para evitar que Liza…
–Liza ya lo sabía –la interrumpió Lupin inmediatamente–, lo sabía todo.
–Pero¿cómo? –cuestionó Ron sin entender–¿cómo es que ella sabía que Harry había ido al Bosque Prohibido?
–Con permiso, por favor –pidió una voz cerca de ellos. Se trataba de uno de los sanadores de San Mungo.
–Parece que aquí estorbamos –comentó el señor Weasley después de que se movieron–, busquemos un lugar en donde podamos hablar sin interrupciones.
Todos comenzaron a caminar en busca de un lugar en el que pudieran conversar, y Harry los siguió por inercia más que por consciencia. Sentía como si el cuerpo que estaba andando no fuera el suyo, pues no recordaba haberle ordenado a sus piernas que se movieran. Vio, como si de un espejismo se tratase, a Fawkes dando vueltas por encima de sus cabezas y de pronto, con una súbita llamarada, el fénix ya no estaba, pero a Harry no le importaba adónde se había ido, pues se sentía como caminando entre nubes, creyendo que todo había sido un sueño. Un terrible sueño.
Finalmente encontraron un aula vacía, y después de haber entrado, el señor Weasley hizo aparecer siete sillas que al instante ocuparon.
–No puede ser que Liza esté muerta, Remus –negó la señora Weasley, siendo más presa del pánico que de la sorpresa–. ¿Estás completamente seguro?
–Desearía no estarlo –respondió Lupin.
Harry tenía sus manos apoyadas sobre sus rodillas, e inconscientemente levantó la mano izquierda. Ahí debía resplandecer la Palma de Godric pero no estaba, pues primero debía invocarla. O tal vez, no estaba porque su prima sí había logrado escapar. Sintiendo de pronto que la esperanza inundaba su pecho, el muchacho pensó con fuerza en cuando Liza le había dicho todo sobre la Palma de Godric; trató de visualizar la escena sobre su palma izquierda, y entonces, pasando a ser momentáneamente el centro de todas las miradas, su mano se vio envuelta por un intenso fuego azul. Brillaba ante sus ojos la Palma de Godric, signo indudable de que el antiguo portador había fallecido.
Horrorizado, Harry no fue capaz de mantener encendida la Palma, pues la realidad lo había golpeado de pronto, ocasionando que perdiera la concentración.
–Entonces… es cierto –dijo el señor Weasley, entre asombrado y aterrado–. Liza está… Liza ha…
–Voldemort lo hizo –informó Remus y una nota de amargura fue perceptible en su voz–. Ése era el plan de Liza; un plan del que fui cómplice.
–¿Plan? –repitió Ginny–. ¿Qué plan?
–Liza fue a buscarme antes de ir por Bellatrix y Peter, y fue cuando me explicó todo: pretendía llevarle los rehenes a Voldemort, y después de que él los matara, le diría que no aceptaba volverse su aliada. Después de eso Voldemort la mataría y todo habría terminado.
–¿Y en qué parte está su complicidad? –cuestionó Hermione de inmediato.
–En su plan alternativo. Conociendo cuán obstinado puede llegar a ser Harry, Liza contempló la posibilidad de que no obedecería sus órdenes, y yendo aun en contra de ella, Harry haría acto de presencia, cosa que terminó haciendo. Comprendiendo que si en ese punto Liza le decía a Voldemort que no aceptaba ser su aliada, él la mataría, y entonces Harry quedaría a merced de Voldemort.
–Para que esto no pasara, Liza le haría creer a Voldemort que sí aceptaba ser su aliada, confundiendo a Harry el tiempo suficiente para que Voldemort se lo creyese. Era en ese momento, habiéndome mantenido cerca pero a cierta distancia, cuando yo debía actuar. Y así hice, y gracias a su brillante actuación, Liza fue capaz de tomar por sorpresa a Voldemort y mantenerlo a raya el tiempo suficiente para hablar con Harry.
Luego de esa última frase guardó silencio, como si estuviese esperando que todos terminaran de digerir aquello, y después de un rato dijo súbitamente:
–Yo no quería hacerlo. Le dije que no llevara a cabo ese plan; que aún no era su momento… pero Liza no escuchó nada, me dijo que así era como tenía que ser, y que sólo me pedía que me llevara a Harry después de que ambos hubiesen hablado. Eso era todo.
–¿Y accedió? –cuestionó Ron incrédulo.
–No podía dejar a Harry solo.
–¿Y a Liza sí? –inquirió Harry, finalmente saliendo de su mutismo–. ¿A Liza sí podía dejarla sola?
–Harry, Liza estaba completamente convencida de que lo que iba a hacer era lo mejor. Yo intenté disuadirla, pero…
–Quiero ir a Hogwarts –lo interrumpió el muchacho, poniéndose en pie.
–No puedes, Harry –le dijo la señora Weasley, mirándolo suplicante.
–Tenemos que esperar a que nos den el aviso de que ya no hay mortífagos en Hogwarts –indicó el señor Weasley levantándose rápidamente.
–No puedo esperar –replicó Harry, mirando a todos con los ojos muy abiertos–, tengo que ir a Hogwarts ya, tengo que ir por… –se interrumpió al instante, pues le resultaba muy doloroso lo que estaba por decir, pero tenía que decirlo. Era la única forma de aceptarlo–. Tengo que ir por el cuerpo de Liza.
Un incómodo silencio impregnó el ambiente luego de ese comentario, silencio que incrementó aún más la urgencia de Harry por volver a Hogwarts. Como parecía que nadie diría nada más, Harry avanzó hacia la puerta de aquella habitación y se dispuso a salir. Fue entonces cuando Lupin se interpuso en su camino.
–No te vas a ir, Harry –le dijo con voz firme–, no hasta que sepamos que es seguro regresar.
–No pueden evitar que me vaya –refutó, con altivez en la voz.
–Harry, por favor –pidió Ginny desesperada.
–No. Me voy.
Pero justo cuando pasaba al lado de su antiguo profesor, sintió que éste lo tomaba del cuello de la túnica y al segundo siguiente se encontró pegado a la pared, mirando de frente a un Remus Lupin que le resultaba completamente desconocido. Su rostro estaba contraído ya fuera por ira o por frustración, y lo aprisionaba contra la pared con una fuerza que Harry no le conocía.
–¡No vas a ninguna parte, Harry! –exclamó, elevando la voz–. Liza murió sólo para que tú pudieras acercarte más a cumplir tu misión. ¡No voy a permitir que tires a la borda su sacrificio!
Harry le sostuvo la mirada y pese a su desconcierto, trató de zafarse de aquel agarre, pero no lo logró. Fue en ese preciso momento, con las tensiones tan álgidas, que atronadores estallidos se hicieron audibles. Dado por la cantidad de estallidos dedujeron que un grupo numeroso acababa de aparecerse en San Mungo, así que, sin tiempo que perder, abandonaron la habitación y se dirigieron a la recepción del hospital.
Efectivamente, un grupo de integrantes de la Orden del Fénix acababa de materializarse en la estancia. Estaban comandados por Moody y fue eso lo que más confundió a Harry, puesto que Alastor Ojoloco Moody no era de los que abandonaban el campo de batalla.
–¿Qué ha pasado? –preguntó el señor Weasley al instante.
–Han huido –contestó Moody, y parecía que no se explicaba la razón que había incitado a los mortífagos a huir–. ¡Los muy cobardes han dejado Hogwarts!
–¿Cómo? –cuestionó Lupin, ansioso.
–Comenzaron a replegarse al interior del bosque y a destruir todo lo que estuvo a su paso –relató el auror–. Cuando pasamos por sobre todo aquel caos, ellos ya se habían ido.
Por unos breves instantes se miraron unos a otros sin comprender aquello. Aprovechando el momento, Harry se alejó con cautela, seguido rápidamente por sus amigos.
–No creo que sea una buena idea que te vayas solo, Harry –aseveró Hermione estrujándose las manos.
–No me importa si es una buena o mala idea, Hermione –indicó Harry en el acto–, me voy de todos modos. ¡Fawkes!
Pero Fawkes no apareció ante su llamado.
–¡Fawkes! –repitió con más fuerza, pero nada sucedió.
–¡Espera! –exclamó Ginny repentinamente– si Moody pudo desplazarse de Hogwarts a San Mungo apareciéndose, quiere decir que el hechizo anti-aparición fue retirado del colegio¿o no?
Harry no esperó a que alguien confirmara ese hecho. Concentrándose como muchas veces ya lo había hecho antes, desapareció de la recepción del hospital y apareció en los amplios jardines de Hogwarts. No bien se había materializado, cuando Harry ya se encontraba corriendo hacia el Bosque Prohibido. Incontable destrucción se cruzó en su camino, pero no se detuvo ante nada, hasta que finalmente se encontró con alguien.
–¡Harry! –Tonks, quien se había vuelto hacia él de inmediato al haber escuchado pasos, lo miraba sorprendida–. ¿Qué estás haciendo aquí?
Sin responder siguiera, Harry reanudó su carrera, pues quería llegar con Liza lo más pronto posible.
–¡Harry!
El muchacho pudo escuchar que Tonks lo seguía a toda velocidad, pero no se inmutó, ni la detuvo. Simplemente se limitó a seguir corriendo. Reconociendo el final de su camino, Harry apuró el paso y se adentró por entre los árboles que minutos antes lo habían conducido a Voldemort y a Liza, y al igual que antes, casi chocó con alguien que ya estaba ahí. Un ser mitad caballo y mitad hombre. Y no era el único.
Una veintena de centauros con las cabezas gachas y las manos sujetas por enfrente del vientre, habían formado un círculo alrededor de Liza. Sus arcos y flechas yacían en el suelo frente a ellos, como si estuvieran ofrendándolos al cuerpo de la joven. Y ahí, a su lado, estaba Fawkes llorando por la muerte de su dueña. No emitía ningún sonido, ni cantaba melodía alguna como lo había hecho con Dumbledore. Simplemente lloraba, lloraba ante el cadáver de Liza. El cuerpo de Bellatrix había desaparecido.
–¿Pero qué… qué pasó? –Harry escuchó la voz de Tonks formular aquella pregunta, pero no se volvió para responderle.
En lugar de eso, avanzó hacia su prima y se arrodilló a su lado. Su varita yacía allí, así que al instante la tomó y la guardó entre sus ropas. El bello rostro de la joven no mostraba signo alguno de miedo o de dolor. Sus delicadas facciones estaban relajadas, y sus ojos blancos permanecían abiertos. Era como si estuviera mirando atentamente al cielo, como si pensara en las formas de las nubes. El alma se le había escapado por los ojos abiertos, abandonando finalmente su prisión corpórea.
Harry sintió cómo un apretado nudo se formaba en su garganta, y una súbita sensación de vacío le inundó el pecho. ¿Por qué las cosas habían tenido que suceder así¿Por qué a Liza no se le había permitido tener una opción? No era justo.
–¡Harry¡Harry! –Las voces de sus amigos llamándolo se escucharon acompañados del sonido de muchas pisadas.
Luego de unos segundos llegaron hasta ese punto del bosque y se detuvieron al ver a los centauros. No estaban solos, Moody, Lupin y los señores Weasley iban con ellos.
–¡Dios mío! –exclamó la señora Weasley al ver el cuerpo de Liza tendido en el suelo.
–¿Qué tiene en su mano? –preguntó Hermione aterrada.
Al instante, Harry dirigió la vista a la mano ya sin pulso de Liza. Ahí yacía, incrustado en la palma, el que había sido el último pensamiento de su prima. La mitad sobresaliente de la pequeña esfera relucía ante la luz que se filtraba por entre las copas de los árboles, mientras que la otra mitad se hallaba dentro de la mano de Liza, justo como ella había dicho que estaría.
Harry había olvidado por completo ese recuerdo, pero al verlo, supo de inmediato lo que tenía que hacer. Viendo su mano izquierda, trató de pensar solamente en las instrucciones que Liza le había dado, y de inmediato, las llamas azules resplandecieron una vez más en su mano. Deseó en silencio que nadie lo interrumpiera, pues requería de toda su concentración el mantener la Palma de Godric encendida, y siendo un principiante en el arte, hasta el más mínimo ruido podría distraerlo y apagar la Palma.
Decidiendo que lo mejor era hacerlo rápido, Harry posicionó su mano por encima de la de su prima, dejando cierta distancia entre ambas, y después, con todas sus fuerzas, le ordenó mentalmente a la esfera que fuera hasta su palma. La esfera no se movió. No era tan fácil como Liza siempre había aparentado que era, y mucho menos resultaba fácil cuando se estaba tan perturbado.
Inhalando profundamente, trató de despejar su mente y de desprenderse de toda turbación. Luego de eso, intentó una vez más. Esta vez, la pequeña esfera se sacudió, pero no fue a su mano.
–Harry, te estás esforzando demasiado –dijo Ginny, avanzando hacia él e hincándose a su lado–¿no te parece mejor que la llevemos al castillo?
El muchacho no respondió.
–Ven, Harry –indicó Hermione, acercándose–, vamos a llevarla a Hogwarts.
Entre las dos, lograron hacer que Harry se pusiera en pie, dejando el camino libre para Moody, quien avanzó hacia Liza con la varita en alto.
–Yo quiero llevarla –dijo una voz profunda proveniente de los centauros. Magorian, el que siempre había fungido como líder de los centauros, era el que había hablado. Como nadie le contestó, volvió a decir–: Yo quiero llevarla.
Moody lo miraba con ambos ojos fijos sobre él, algo que resultó extraño dado que su ojo mágico siempre se encontraba girando en todas direcciones.
–De acuerdo –le respondió al fin, bajando su varita.
El imponente centauro caminó hasta Liza y la tomó en brazos, acto seguido, se dispuso a recorrer el camino a Hogwarts. Fawkes emprendió el vuelo y se puso a planear frente a Magorian. Los demás centauros esperaron a que el grupo de magos avanzara para, después de haber levantado sus armas, cerrar la marcha.
Caminaron cabizbajos y en silencio, abriéndose paso por entre aquel desastre. Quienes los veían no podían evitar exclamaciones de sorpresa al notar el cuerpo sin vida de Liza en brazos de Magorian. Siguieron así hasta que finalmente salieron a los jardines del colegio, y no se detuvieron hasta que estuvieron en el Gran Comedor. Hagrid y la profesora McGonagall los esperaban ahí. Había conjurado de vuelta la mesa rectangular de los profesores, y fue sobre su superficie que Magorian depositó el cuerpo de la joven. Fawkes se posó sobre el respaldo de la silla alta del director; la que Liza había ocupado tantas veces; y desde ahí, el ave continuó con su inconsolable llanto. Luego de una última mirada, Magorian se volvió hacia la entrada y se dispuso a irse. Los demás centauros lo siguieron.
–Espera –pidió Harry cuando Magorian estaba por salir del aula.
El centauro se volvió hacia él mientras los demás seguían con su camino de regreso al Bosque Prohibido.
–¿Qué sucede, Harry Potter?
–¿Por qué te ofreciste para traer a Liza hasta aquí? –le cuestionó de inmediato.
Antes de responder, Magorian dirigió la vista a la mesa en donde acababa de depositar a Liza, y sonrió; luego volvió la vista a Harry.
–Ella era diferente… especial –contestó el centauro sin dejar de sonreír–. Era una soñadora, como su padre. Es curioso, siempre creí que sería él quien nos propondría una alianza, y terminó haciéndolo su hija. Nadie nos había hablado como lo hizo ella, ni nos había dicho lo que nos dijo ella. Es una lástima que algo tan luminoso estuviera condenado a perderse en la oscuridad.
Y tras esa última frase, Magorian se alejó, dejando a Harry sumido en sus pensamientos.
–¿Harry? –Ginny se había acercado a él y lo había llamado con cautela–, tenemos un problema.
El muchacho fijó su vista en la joven al instante, con interrogación en los ojos.
–¿Qué pasa?
–Es la esfera que está en la mano de Liza. No podemos sacarla.
Harry miró al fondo del Gran Comedor, después volvió los ojos a Ginny y luego de un asentimiento, caminó hacia la mesa de los profesores.
–Tiene un recuerdo en la mano, muchacho –dijo Moody cuando Harry hubo alcanzado la mesa.
–Lo sé –respondió Harry.
–Y sólo tú puedes sacarlo –agregó la profesora McGonagall.
–Lo sé –repitió el muchacho.
–Bueno… en realidad, hay otra forma –aventuró Tonks un poco insegura. Todas las miradas se fijaron en ella–: Podríamos… podríamos abrir su mano por la mitad.
Una expresión de horror se dibujó en el rostro de Harry. Él no quería que destazaran a su prima de semejante manera.
–Déjenme intentar una vez más –pidió suplicante.
–De acuerdo –dijo la profesora McGonagall al instante–. Hazlo.
Y tras una larga respiración, la Palma de Godric envolvió la mano de Harry de nueva cuenta. Cerró los ojos tratando de concentrarse todo lo que humanamente podía, y de esa forma le ordenó a la esfera que fuera a su mano. Para su asombro y gran alivio, la esfera obedeció. El pensamiento que tan férreamente había permanecido fijo en la palma de Liza finalmente yacía en su mano. Conteniendo la respiración, sacó su varita e hizo aparecer una pequeña botella de cristal en la cual guardó el recuerdo, al mismo tiempo que había inundado su mente con pensamientos sobre agua.
Una oleada de júbilo lo invadió súbitamente, pues aunque no había resultado fácil, lo había conseguido. Pensó en lo orgullosa que se hubiera sentido Liza por su triunfo, y fue entonces que Harry se sintió terriblemente culpable por haber sentido siquiera un poco de felicidad en aquel momento. Su prima estaba muerta. Desconsolado, apagó su Palma y se sintió preso de una súbita migraña, que comenzaba en su ceño y le recorría toda la cabeza, y terminaba con un agudo zumbido en sus oídos.
–Debemos prepararla para enterrarla mañana –comentó la señora Weasley con resignación.
–Hay que enterrarla ya –dijo Harry apoyando ambos brazos sobre la mesa, tratando de que su dolor de cabeza pasara–. Estamos todos los que ella hubiera querido que estuviéramos en su funeral. No tiene caso hacerla esperar más; quiero que descanse de una vez, tuvo un día muy largo.
Los demás se miraron dubitativos unos a otros, pero finalmente Lupin dijo:
–Harry tiene razón, dejemos que Liza descanse de una vez.
–¿Pero en dónde vamos a enterrarla? –preguntó Tonks.
–Junto a su padre –contestó Harry, volviéndose a los demás–, creo que no hay mejor lugar que ése.
–Bueno –dijo Hagrid con la voz un tanto afectada, al tiempo que cargaba el cuerpo de Liza como si de una ligera pluma se tratase–, entonces vámonos.
Y sin esperar siquiera a que los demás tuvieran tiempo a reaccionar, Hagrid comenzó a avanzar hacia las enormes puertas del Gran Comedor, con Fawkes planeando al instante por encima de él. De inmediato lo siguieron, cabizbajos pero resignados. Harry sintió la mano de Ginny tomar la suya y lo agradeció en silencio, pues el insoportable dolor de cabeza le nublaba la vista. Cuando salieron a los jardines se toparon con todos los miembros de la Orden, los cuales habían estado evaluando y reparando los daños en el Bosque Prohibido. Al parecer, se habían encaminado al Gran Comedor, pero al verlos salir del castillo, se habían hecho a un lado, dejándolos pasar y uniéndose al final de la caravana.
No tardaron en llegar al sepulcro blanco en el cual yacían los restos de Albus Dumbledore, y con premura, los profesores hicieron aparecer una mesa de mármol al lado, idéntica en tamaño y en apariencia a aquélla en la que Hagrid había depositado a Dumbledore tan sólo unos cuantos meses atrás; y ahora, de la misma manera, colocaba el cuerpo de Liza sobre la fría plancha de mármol.
Mas sin embargo, todo era tan diferente. Al funeral de Dumbledore habían asistido infinidad de magos y brujas que habían viajado de todas partes del mundo, sólo para ofrecerle sus últimos respetos al que quizá había sido el mago más grande que jamás había existido, se habían colocado numerosas sillas y todas habían sido ocupadas; se habían dicho tantas cosas sobre él, y aun así las palabras no habían sido suficientes para describir a la extraordinaria persona que había sido Albus Dumbledore.
Con Liza, en cambio, no se habían atiborrado los jardines con personas que quisieran despedirse de la joven, ni se habían preparado discursos infestados de frases vanas que pretendieran describirla; solamente se encontraba presente la Orden del Fénix, y volando sobre ella, su fiel Fawkes.
–¿Quisieras decir unas palabras, Harry? –preguntó el señor Weasley serenamente.
Harry sentía como si su cabeza se fuera a partir en dos, pero no quería dejar a Liza ahí sin antes haberle dicho unas palabras.
–Espero que hayas encontrado la paz que tanto te hizo falta, Liza –dijo, tratando de aclarar su mente, al mismo tiempo que sacaba de entre sus ropas la varita de su prima y la colocaba en la mano derecha de la joven–, y que hayas encontrado a tu padre al final, justo como él te lo había prometido.
No dijo nada más, ya no podía decir nada más. Hubiera deseado encontrarse más lúcido en ese momento, pero la insoportable migraña había comenzado a marearlo. Escuchó, como si estuvieran lejanas, las voces que después de él comenzaron a despedirse de Liza, y cuando la mesa de mármol se convirtió en el ataúd que albergaría por siempre el cuerpo de la joven, se odió a sí mismo por no haber sido capaz de superar ese dolor, por no haberle podido decir a su prima todo lo que le hubiera gustado decirle, y¿qué caso tenía ya hablar con un sepulcro?
No le había dicho todas las cosas importantes que tenía para decirle cuando aún estaba viva, y ahora ya nunca se las diría, pues aunque Liza seguía ahí, ya no oía nada, ni el más leve susurro del viento ni la más poderosa tormenta, nada. Y al igual que Dumbledore, Liza se había ido sin tener la más mínima contemplación para con Harry; lo había dejado solo y a pesar de eso, Harry tenía la obligación de no dejarse vencer. Tenía que completar su misión aunque se le fuera la vida en ello, no sólo por los que estaban vivos, sino por todos aquellos que ya no se encontraban con él.
