Capítulo 34.
El último pensamiento
El frío aire matutinal impregnado del hedor de la destrucción y de la muerte, golpeaba incesantemente el rostro de Harry mientras yacía de pie en la torre de Astronomía, la más alta del castillo. El sol no había salido, aunque amenazaba con asomarse en cualquier momento. Le había tomado solamente una mañana el entender lo que Liza realmente había querido decir al referirse a ese momento como "el mejor" para entrenar con la Palma de Godric. Necesitaba concentrarse como tal vez nunca lo había hecho en su vida, pero indudablemente resultaba un poco más fácil si no había nadie que lo interrumpiera.
Tan solo habían pasado unas cuantas horas del improvisado funeral de Liza, pero Harry sabía que no podía perder tiempo, así que se había levantado muy temprano aquel día, y después de haberle hecho una visita a Dobby, había comenzado con la tarea que su prima le había encomendado. Después de todo, se lo había prometido y no iba a fallarle.
No había llevado el recuerdo de Liza consigo, pues primero debía de aprender a encender y apagar su palma. Eso era lo que ella le había dicho, y Harry iba a obedecer al pie de la letra, sin importar que para ello se la pasara toda la mañana haciendo lo mismo.
Hacía media hora que le había comenzado la migraña, pero para su alivio no era tan dolorosa como la del día anterior, aunque sospechaba que esas punzadas en su cabeza no lo dejarían durante todo el día. No había hecho otra cosa más desde que había llegado a la torre, y debía de admitir que estaba adquiriendo habilidad, aunque aún no controlaba el encendido ni apagado de la Palma a la perfección. Algunas veces su mano se demoraba en cubrirse con llamas azules hasta el segundo intento, y otras cuantas el fuego se extinguía antes de que se lo ordenara; pero en general, estaba progresando.
Unos tímidos rayos de sol comenzaron a iluminar el horizonte, poniendo punto final al entrenamiento mental, pues una vez que hubiera amanecido, Hogwarts se vería invadido por el incesante ajetreo de todos los que iban a ayudar a que el Bosque Prohibido volviera la normalidad. Teniendo eso en cuenta, Harry dio por terminada su tarea, y contempló el paisaje que se extendía a sus pies.
Parecía increíble que unos cuantos días atrás había estado de pie exactamente en el mismo lugar junto con Liza, y ahora ella ya no estaba. Se sentía tan extraño, tan… vacío. Aún le resultaba difícil creer lo mucho que se podía llegar a querer a una persona en tan poco tiempo, y lo mucho que se sufría con la ausencia de esa persona. Pero tenía que hacerse a la idea, tenía que resignarse.
Con una última mirada al lejano horizonte, Harry abandonó la torre de Astronomía, descendiendo lentamente. No deseaba ver a nadie, aunque sabía que pronto se toparía con alguien, pues el amanecer marcaba el inicio de la ardua tarea en el Bosque Prohibido; pero aún así era bastante temprano, así que pensó que tal vez, con un poco de suerte, el Gran Comedor aún estaría vacío y podría desayunar sin contratiempos.
Fiel a esa idea apresuró el paso, esperanzado; mas cuando cruzó las puertas de la enorme aula, se encontró con Lupin y Tonks, que ya estaban desayunando.
–Hola, Harry –saludaron al unísono.
–Hola –respondió Harry tratando de sonar tranquilo, aunque la verdad era que se sentía muy incómodo.
Su idea había sido desayunar solo, pero sabía que habría resultado muy grosero el irse sólo porque el Gran Comedor no estaba desocupado, así que decidió que era mejor desayunar rápido con ellos y luego marcharse. Con esta nueva idea en mente, avanzó hasta la mesa que ocupaban Lupin y Tonks y se sentó con ellos, y justo cuando había comenzado a servirse el desayuno, Lupin preguntó:
–¿Cómo te sientes, Harry?
Era precisamente por eso que Harry había querido evitar todo contacto con los demás. Sabía que no lo hacían con mala intención, pero, ¿por qué le tenían que preguntar eso? ¿Acaso no se imaginaban cómo se sentía?
–Supongo que bien. –Fue la contestación del muchacho.
–Mira Harry, sé que es difícil –dijo Tonks, poniendo su mano sobre la de Harry, a manera de apoyo–, pero no hay nada que podamos hacer. Es cruel, pero si te sirve de consuelo, a todos nos pasa.
Harry asintió por cortesía más que por convicción. Le agradecía a Tonks sus palabras de apoyo, pero no lo hacían sentir mejor. Después de ese comentario desayunaron en silencio, y tal y como se los había propuesto, Harry terminó antes, así que luego de desearles buen provecho, se levantó y se fue.
Sabía perfectamente adónde quería ir, así que sin demora avanzó por el amplio vestíbulo. La fría brisa que lo había envuelto en la torre de Astronomía le golpeó el rostro nuevamente cuando se abrió paso por las gigantescas puertas de roble del castillo, rumbo a los jardines. Era cierto, ya no tenía caso que le dijera al sepulcro todo lo que no le había dicho a Liza en vida, pero cuando estaba viva, a Liza no le había importado hablar con una tumba, y no sólo le había hablado, sino que le había interpretado una melodía con su violín, como si su padre hubiera podido escucharla. Después de todo, era un bello pensamiento el de creer que, aunque ya sin vida, aún podían ser escuchados por aquellos a quienes habían amado tanto.
Cuando llevaba la mitad del camino recorrido, Harry se topó con George, quien caminaba lento y cabizbajo. Ni él ni Fred habían estado presentes en el funeral de Liza, así que seguramente habían ido a despedirse de ella.
–¡Harry! –exclamó George en cuanto lo vio.
–Hola, ¿y Fred?
–Está con Liza –respondió, al mismo tiempo que dirigía la mirada a donde su gemelo se encontraba, y luego la volvía a posar en Harry–, ya sabes que Fred sentía algo por… Creí conveniente darle un minuto a solas. Por favor, no lo interrumpas.
Era tan extraño ver a cualquiera de los gemelos Weasley comportarse tan seriamente, pero Harry sabía que eso se debía a que realmente habían llegado a apreciar a Liza. Tal vez Fred más que George.
Luego de que Harry hubo asentido, el pelirrojo entró al castillo, dejando que esperara solo. Harry ocupó ese tiempo para pensar. Aún no sabía lo que le diría a Liza, lo único que tenía en mente era un pequeño tributo para su prima y para Dumbledore también; pues aunque Liza había sido la portadora de la Palma de Godric, Dumbledore había sido el encargado de enseñarle todo lo que necesitaba saber para poder controlarla, le había brindado el secretísimo conocimiento que había descendido de portador a portador desde los tiempos de Godric Gryffindor. Había pensado en ese tributo toda la noche, y creía que era el indicado para ambos.
–Harry, ¿vas a verla? –preguntó Fred súbitamente.
Tan absorto había estado en sus pensamientos, que ni siquiera se había percatado de que Fred había abandonado su lugar frente a los sepulcros blancos y se había dirigido a él.
–Sí –contestó al instante–, ayer no me sentía muy bien y no pude despedirme de ella como hubiera querido.
–Claro –dijo Fred con voz apagada. Se le veía muy deprimido–. Entonces te dejo solo.
Y antes de que Harry pudiera decir nada, Fred se encaminó al castillo a paso veloz. Harry permaneció de pie en el mismo lugar. Acababa de darse cuenta de que él no era el único que sentía un profundo vacío por la muerte de Liza. A decir verdad, Fred, que le había profesado a Liza sentimientos tan puros y verdaderos; se veía mucho más devastado de lo que Harry lo hacía. Pasados unos segundos se dirigió con presteza a las dos tumbas.
–Hola Liza, profesor Dumbledore –dijo, cuando se hubo plantado frente a los sepulcros–. Les preguntaría cómo están, pero quiero creer que ustedes están mejor que nosotros.
Y después de esa frase, el silencio lo envolvió todo. Harry no sabía qué decir, así que pensó durante un rato y finalmente dijo:
–Nunca me disculpé por haber dudado de ti, Liza. Muchas veces quise hacerlo, pero no lo hice; me faltó el valor para hacerlo, y ahora… bueno. Lo siento mucho. No tenía por qué haber desconfiado de ti. De hecho, no debí de haber desconfiado de ninguno de los dos.
Y sacando su varita, hizo aparecer una pequeña vasija de mármol que colocó al pie de ambos sepulcros, justo al centro. El conjuro no había sido tan complicado como Hermione le había hecho creer cuando se lo había explicado.
–Voy a extrañarte mucho, Liza, de la misma forma que extraño a tu padre, pero te sostengo lo que te prometí: voy a aprender a usar la Palma de Godric, no importa que tenga que levantarme temprano todas las mañanas para hacer lo mismo una y otra vez; voy a convertirme en un digno portador de la Palma.
Luego de reiterar su promesa, Harry se hincó frente a la vasija que acababa de aparecer y apuntando a su interior, sacó de su varita llamas de fuego azul, como las que Hermione había usado con la planta Lazo del Diablo, que los había atrapado en su travesía hacia la Piedra Filosofal; el mismo fuego que había usado para quemar la túnica de Snape en el primer partido de quidditch de Harry; el mismo que solía encender para calentarse los tres y después guardaba en frascos de mermelada.
Ya con el alegre fuego danzando en el interior del recipiente, Harry le lanzó un encantamiento para que siempre se mantuviera encendido, incluso debajo de tempestuosas tormentas o de inclementes nevadas. El fuego sólo se apagaría cuando él muriera.
–Tal vez este tributo no es mucho –dijo cuando hubo terminado–, pero creo que este fuego azul es lo que mejor los representa. A ti Liza, el fuego te identifica como la anterior portadora de la Palma de Godric; y con usted, profesor Dumbledore, el fuego se interpreta como ese torrente de ideas ingeniosas que solía tener.
Se quedó un momento hincado, observando con escrutinio al fuego azul, cuyas lenguas no paraban de moverse. Súbitamente, la frase que Luna le había dicho aquella noche de fin de curso, días después de la muerte de Sirius, sonó en su cabeza, produciendo un sonoro eco en cada palabra: "Vamos, Harry. Tú también los oíste, detrás de velo, ¿no?". Era verdad, también había oído esas voces.
–Nos volveremos a ver –dijo, guardando su varita y levantándose–. Algún día, cuando todo esté más tranquilo, no volveremos a ver. –Y luego de esa aseveración no pudo evitar sonreír–. Hasta entonces.
Y con esa frase como despedida, Harry regresó al castillo, sintiéndose mucho mejor. Quizá, después de haberse liberado de aquel cargo de consciencia le resultaría más fácil completar su entrenamiento con la Palma de Godric. Tal vez incluso en esos momentos podría ser capaz de ver el recuerdo que había quitado de la mano de Liza.
Con ese pensamiento entró al castillo y se dirigió a la torre de Gryffindor, esta vez ya sin importarle si se topaba con alguien en el camino. Las cosas eran así, y debía entender que todo aquél que había conocido a Liza le iba a preguntar sobre su estado de ánimo. Era natural, y debía sentirse agradecido por su preocupación. Sin embargo no se encontró a nadie, y cuando llegó a la torre, la Señora Gorda le cedió el paso sin siquiera mirarlo a la cara. Ron, Ginny, Hermione y Neville estaban sentados a la mesa en donde solían hacer sus tareas. En el instante en que Harry irrumpió en la sala común, un incómodo silencio cayó sobre los cuatro amigos. Obviamente habían estado hablando de él.
–Bueno –dijo, al ver que nadie le diría nada–, no se pongan así. Estoy bien, en serio.
–Harry, sabemos que no debe de ser fácil –habló Neville, tomando la iniciativa como pocas veces Harry le había visto hacer–. Es decir, Liza era una gran persona, ella… ella me devolvió a mis padres y… sólo queremos que sepas que cuentas con nosotros.
Harry miró a todos y cada uno de sus amigos, y les sonrió sinceramente.
–Gracias –les dijo, sin dejar de sonreír–, de verdad. No sé qué haría sin ustedes. Pero lo que sí sé, es que no podemos encerrarnos a lamentar la muerte de Liza; ella no lo hubiera querido así, ya mucho tiempo la propia Liza lo lamentó. Nosotros tenemos que… que sacar fuerzas. De otra forma Voldemort habrá ganado.
–Tienes razón Harry –dijo Hermione sin demora–, pero, ¿qué quieres que hagamos?
–Por lo pronto, quiero que vean conmigo el pensamiento que arranqué de la mano de Liza.
Y antes de que pudieran contestarle nada, el muchacho corrió hacia las escaleras que conducían al dormitorio de los chicos, y en menos de un minuto, regresó con el frasquito en donde guardaba el último pensamiento de Liza.
–¿Y qué se supone que hay ahí? –preguntó Ron cuando Harry hubo destapado el frasco.
–No lo sé. Al ser éste su último pensamiento, Liza tuvo la opción de elegir entre poner un recuerdo de su vida, o poner una despedida, o incluso poner los últimos momentos de su existencia. No sé por cuál de ésas se haya decidido al fin.
–Pues entonces hay que averiguarlo –dijo Ginny con resolución.
Harry estaba de acuerdo, así que al instante fijó su atención en su mano izquierda, y se concentró con todas sus fuerzas. Su Palma se encendió de inmediato, así que sin perder tiempo vertió el contenido del frasco sobre su palma izquierda, y pensó en una snitch. Ante los ojos asombrados de todos, el pensamiento, antes líquido-gaseoso, rápidamente tomó la forma de una esfera.
–¡Lo lograste, Harry! –exclamó Hermione emocionada.
–Todavía no termino –aclaró Harry, y antes de perder concentración, arrojó contra el piso a la pequeña esfera, que al contacto se incrustó en él. Con un último esfuerzo le ordenó que se viera, y el recuerdo obedeció.
Vieron, como muchas veces ya lo habían visto, todo a su alrededor estremecerse y comenzar a girar vertiginosamente, hasta que un nuevo escenario se materializó. Sin embargo, la nitidez de la imagen no era muy buena, parecía como si estuvieran de pie entre sombras. En un principio, Harry creyó que aquello era debido a su inexperiencia, pero al fijarse bien a su alrededor, se percató de la presencia de árboles, signo de que estaban en el Bosque Prohibido, con tres siluetas de personas frente a ellos, y una más de escombros al fondo.
Estaban contemplando el momento preciso antes de que Liza muriera; y no era que Harry no hubiera proyectado bien el pensamiento, sino que lo estaban viendo exactamente como lo había visto Liza. Era así como el mundo se había desarrollado ante sus ojos. Como si del negativo de una fotografía se tratase.
–Te quiero, Harry. –Escucharon a la voz de Liza pronunciar aquello, pero no la distinguieron en la oscuridad–. Te quiero mucho. Ahora todo depende de ti.
De pronto, un atronador sonido de explosión les llenó los oídos. Voldemort acababa de salir de debajo de los árboles.
–Llévatelo, Remus. –Volvieron a escuchar a Liza–, adiós Harry. El portador debe morir.
–¡No! ¡Liza! –Harry se escuchó a sí mismo gritar aquello.
–¡AVADA KEDAVRA! –Un Voldemort fuera de sí acababa de lanzar su ataque.
–¡LIZA!
El grito desesperado de Harry retumbó en el bosque, y al igual que la primera vez, al muchacho le pareció escuchar que Liza había dicho algo justo antes de ser impactada por la maldición asesina; y fue también en ese momento, junto con la intensa luz verde del Avada Kedavra, que todo a su alrededor tomó color. Aparentemente, Liza había recuperado la vista justo antes de morir, y lo último que había visto era el despiadado haz de luz verde de Voldemort. Había vuelto a ver sólo para ser testigo de cómo le arrebataban la vida.
Luego de eso, todo a su alrededor tembló y fue absorbido por la pequeña esfera. Un poco de silencio los envolvió a todos, mientras asimilaban lo que acababan de ver.
–Harry, ¿puedes hacer que el recuerdo se vea nuevamente? –inquirió Ginny luego de un rato.
–Creo que sí. ¿Por qué?
–Me pareció escuchar que Liza gritó algo antes de morir.
–A mi también me dio esa impresión –concordó Hermione pensativa.
Concentrándose de nueva cuenta, Harry le ordenó al pensamiento que se viera una vez más. La esfera brilló, y al instante, el Bosque Prohibido sumido en sombras tomó forma otra vez. Envueltos en esa oscuridad volvieron a escuchar las últimas frases de Liza, y cuando llegaron al momento al que querían llegar, aguzaron el oído y prestaron toda su atención.
–¡LIZA!
La voz de Harry resonaba con mucha fuerza, y era difícil escuchar los sonidos que impregnaban el ambiente cuando él había gritado. Pero aún así, pudieron oír algo.
–¡PRE… IUM… MO… EM!
Efectivamente era la voz de Liza la que gritaba esa frase cortada, no lo habían imaginado. Nuevamente el recuerdo fue absorbido por la esfera, dejándolos en la acogedora sala común, con muchas preguntas sin responder.
–¿Qué fue lo que Liza dijo? –inquirió Ron al instante.
–No lo sé –respondió Harry–, la frase estaba entrecortada. Pensé que tal vez ustedes la habían entendido.
–No Harry –negó Neville cabizbajo.
–Yo tampoco entendí –dijo Ginny decepcionada.
–¿Podemos volver a verlo, Harry? –cuestionó Hermione, con la mirada perdida y el ceño fruncido.
–¿Para qué? –preguntó Harry sin entender.
–Creo que yo sí entendí algo pero… quiero confirmar.
–De acuerdo –contestó el muchacho, y volviendo a hacer uso de toda su concentración, reprodujo el recuerdo por tercera vez.
La verdad era que Harry no tenía muy claro lo que su amiga pretendía oír, dado que él sólo había escuchado unas cuantas sílabas, pero quizá, como Hermione memorizaba cada libro que leía, aquellas pocas sílabas le habían recordado algo sobre lo que ya había leído. Y el momento llegó. Casi conteniendo la respiración, escucharon lo que la voz de Liza gritaba:
–¡PRE… IUM… MO… EM!
Luego de la luz verde de la maldición asesina, volvieron a encontrarse parados en la sala común.
–¿Y? –preguntaron Harry, Ron, Ginny y Neville al mismo tiempo.
Hermione no contestó de inmediato. Se encontraba repitiendo en voz baja las sílabas de Liza:
–Pre… ium… mo… em. Pre… ium… mo… em. Pre… ium… mo… em.
Harry aprovechó ese momento de cavilación de su amiga, para llamar al pequeño recuerdo de vuelta a su mano, y cuando lo tuvo lo volvió a guardar en el frasquito de cristal.
–Pre… ium… –Y en ese momento, el rostro de la chica se iluminó y abrió los ojos como platos–: ¡Preludium Mortem!
–¿Qué?
–¡Preludium Mortem! –repitió, casi sonriendo–. Es magia antigua: Muy antigua, de hecho. ¿Pero qué significa?
–¿No sabes qué significa? –cuestionó Ron incrédulo.
–No muchos libros la mencionan –se defendió Hermione, aunque parecía apenada– y los pocos que la hacen, sólo la nombran para listarla con otras variedades de magia antigua.
–¡No puede ser! –exclamó Harry, fúrico–. Necesitamos saber qué es. ¡Liza no hubiera elegido ésa como su última frase si no fuera importante!
–Cálmate, Harry –pidió Ginny acercándosele–, vamos a averiguar qué es. Alguien tiene que saberlo.
–¿Qué tal mis papás? –sugirió Neville súbitamente–. ¿O la profesora McGonagall?
–¡Claro! –concordó Ron–, y si ellos no saben, le preguntamos a Flitwick, o a Slughorn, o… o a cualquiera que sepa sobre ese tema.
–Y entonces, ¿qué esperamos? –inquirió Hermione–. ¡Vámonos!
Y sin decir más, abandonaron la sala común a toda velocidad. Harry no pudo evitar sentirse muy afortunado por los amigos que tenía; los amigos que lo acompañarían hasta el fin. Y fue mientras tenía ese pensamiento que, al final del pasillo, una persona conocida dobló la esquina y corrió hacia ellos. Sus pendientes de rábanos y su collar de corchos de cerveza de mantequilla eran inconfundibles. Luna Lovegood había regresado.
–¡Luna! –exclamó Ginny al verla–. ¡Volviste!
–Mi padre y yo regresamos en cuanto lo supimos –explicó tranquilamente–. Lo siento mucho, Harry. Liza me caía bien, era muy agradable.
–Gracias, Luna.
–Creo que los interrumpí –observó la muchacha, aunque la verdad parecía que no le importaba demasiado–. ¿Iban a algún lado?
Atropelladamente y a grandes rasgos, le explicaron a Luna lo que acababan de descubrir en el pensamiento de Liza, y cuando hubieron terminado, ella también se sumó a la causa. Descendieron rápidamente hasta la enfermería, pues ahí era donde el mapa del merodeador había marcado a Minerva McGonagall, y habían preferido preguntarle primero a ella.
–¡Profesora! ¡Profesora! –dijeron al mismo tiempo, cuando se barrieron para detenerse frente a la puerta.
–¿Pero qué les pasa? –cuestionó la señora Pomfrey, furiosa–. ¡No hagan tanto escándalo!
–¿Qué pasa? –inquirió la profesora, alarmada, saliendo del aula.
–Profesora, ¿usted sabe algo sobre el encantamiento de Preludium Mortem? –preguntó Hermione sin rodeos.
–¿Preludium Mortem? –repitió la profesora, sorprendida–. ¿Dónde oyeron eso?
–En el recuerdo de Liza –respondió Harry al instante–. ¿Sabe qué es?
–Bueno –comenzó la profesora y echó a andar por el pasillo–, cómo funciona no lo sé, realmente son pocos los que saben. Lo único que sé es que el resultado final es muy similar al de los "Horcruxes", pues el alma se divide, mas no el alma de quien lo conjura, sino la de alguien más, y no por propia voluntad. La persona que por lo general emplea este encantamiento lo hace para perjudicar a otra persona.
–¿Pero cómo se activa, cómo… cómo se conjura? –preguntó Ginny sin poder contenerse.
–No lo sé –admitió la profesora McGonagall con tristeza–. Ese conocimiento se guardó hace cientos y cientos de años; nadie sabe dónde, o siquiera si aún existe.
Los muchachos no preguntaron más. Las mentes de todos y cada uno trabajaban a toda velocidad, tratando de deducir aquello.
–Ése tiene que ser el hechizo que usó Rina en la parte faltante del recuerdo –concluyó Harry anonadado–. ¡Eso es!
–¿De qué estás hablando? –cuestionó la profesora McGonagall.
–En el recuerdo de Rina había…
Pero lo que había en el recuerdo de Rina, Harry no lo pudo relatar, pues en ese preciso momento, un estallido los sobresaltó a todos. Frente a ellos se encontraba Dobby, mirándolos nerviosamente y apretando fuertemente con sus manos una esfera de cristal, en cuyo interior se encontraba lo que sin duda era un pensamiento.
–¡Dobby! ¿Qué…
–Liza Dumbledore había pedido a Dobby que viniera, Harry Potter –lo interrumpió la criaturita en el acto.
–¿Liza? ¿Pero cómo?
–Liza Dumbledore le pidió a Dobby que le guardara esto el tiempo que fuera necesario, hasta que ella muriera; y que luego se lo diera a Harry Potter.
Y dicho eso, le entregó la esfera a Harry, quien aún no entendía muy bien lo que estaba pasando.
–Pero, ¿qué es?
–Dobby no lo sabe, señor, pero prometió que lo guardaría con su vida, y así lo hizo.
Harry contempló la esfera en su mano derecha y luego dirigió la vista al elfo.
–Gracias Dobby, Liza estaría muy agradecida.
El elfo sonrió al escuchar aquello y luego desapareció.
–¿Qué crees que sea, Harry? –preguntó Hermione viendo asombrada la esfera.
–No lo sé.
–Pues vamos al Gran Comedor a averiguarlo –urgió la profesora McGonagall como Harry nunca le había visto hacer.
Y apresurados por la profesora, se dirigieron al Gran Comedor al instante. Los que los vieron en su camino a la enorme aula los miraron con curiosidad y los siguieron de inmediato, juntándose así toda la Orden en el Gran Comedor. Era más gente de la que Harry hubiera querido, pues tenía muy presente que tendría que hacer uso de la Palma de Godric frente a todos, y aún no estaba tan preparado como Liza.
–¿Qué tienes ahí, Harry? –inquirió el profesor Slughorn cuando vio la mano de Harry cerrada en torno a una pequeña figura.
–Un recuerdo de Liza. –respondió prontamente.
–¿El que sacaste de su mano? –cuestionó el señor Weasley.
–No. Otro.
–¿Y qué estás esperando, muchacho? –preguntó Moody enérgicamente–. Vamos a verlo.
Harry asintió. No quería decir en voz alta que aún no se sentía preparado para hacer ese tipo de demostración frente a tanta gente, así que, concentrando su ya agotada mente, cubrió de fuego su palma, y colocó en ella la pequeña esfera. Después, apuntándola con su varita, pensó en el hechizo para quitar el cristal que envolvía la esfera, y cuando ésta estuvo libre la arrojó contra el piso. Ya estaba obteniendo práctica en eso. Con un último esfuerzo, le ordenó al recuerdo que se viera. Sin demora, el Gran Comedor comenzó a girar frenéticamente, y cuando la imagen se detuvo, se encontraron de pie en la sala de estar de las habitaciones del director. Todo estaba como Harry recordaba haberlo visto, y ahí, sobre la tapa del piano, estaba Liza sentada, con las piernas entrelazadas y las manos descansando sobre sus rodillas. Fawkes se encontraba posado en su percha dorada, al lado de su dueña.
–Hola, Harry –dijo con una sonrisa y una voz tranquila–. Espero que no haya pasado mucho tiempo de mi muerte para que tú estés viendo esto, porque lo que tengo que decirte es importante.
–Sin embargo, antes que nada, debo disculparme, pues este mensaje no será tan claro como yo hubiera querido, pero no puedo arriesgarme a decir abiertamente lo que tengo que decir, pues si este pensamiento cae en manos equivocadas no quiero darles información.
–¿Recuerdas cuando vimos el recuerdo de Rina, Harry? ¿Y cuando leímos esa carta? Nunca creí que aquel hechizo que sería lanzado fuera la Avada Kedavra. De haber sido así, entonces, ¿por qué Rina alteraría una parte de su último recuerdo? ¿Qué quería que el enemigo no viera? Es por eso que estoy investigando alternativas. Además, en el espejo de Oesed vi… ¡Ah! Es verdad, no me he disculpado por eso. Te mentí, Harry, te mentí cuando dije que no había visto nada, y lo lamento; espero que seas capaz de perdonarme. Sólo lo hice porque quería sentirme útil, pero créeme que en estos momentos me siento muy estúpida.
Liza hizo una breve pausa en la que desvió la mirada del frente y un gesto de profunda tristeza se dibujó en su bello rostro. Después de un rato, regresó sus ojos blancos al frente y continuó:
–Cuando estuve frente al espejo de Oesed, lo que más quería era saber sobre qué hechizo hablaba Rina en su carta, y lo que el espejo me mostró fue a ti, Harry. Quisiera decirte que ya sé por qué pasó eso, pero si te lo dijera estaría mintiendo. Por lo menos en este momento no le encuentro explicación alguna. Tal vez antes de morir lo entienda y te lo pueda decir. Confío en que así sea.
–Y es en busca de esta respuesta que hoy saldré a confirmar o a desmentir mis sospechas. No te diré adónde voy, no quiero que alguien que no seas tú me siga. Lo único que puedo decirte es que el conocimiento se ha visto prisionero en el lugar en donde los hombres pierden sus almas, en la eterna espera de una luz que jamás llegará. Descífralo, Harry, y cuando lo hagas sabrás adónde me dirijo, y tal vez encuentres lo mismo que yo, si es que hay algo que encontrar.
–Bueno, Harry –habló, al tiempo que saltaba del piano y se acercaba a una de las sillas de la mesa rectangular, sobre la cual estaba una capa de viaje–; por medio de este recuerdo y habiendo hecho algunos movimientos mágicos, te nombro a ti mi heredero universal. Mi fortuna, así como la casa de campo en donde vivía con mi padre, y por supuesto Fawkes; son ahora tuyos. Lo que hagas con todo lo que te he dado es completamente tu decisión, y sé que elegirás bien.
–Supongo que ya me despedí, pero por si el revuelo o por la impresión no me pusiste la atención suficiente, quiero que sepas que te quiero, te quiero mucho, y me dio mucho gusto haberte conocido; no sólo a ti, sino a todos los que tuve el enorme placer de conocer. Son como me imaginé que serían, y si tuviera un único deseo, ése sería el haberlos conocido antes, bajo otras circunstancias. Me hubiera encantado aprender de ustedes, profesores; y tener amigos tan buenos como los tuyos Harry; pero supongo que todo fue como tenía que ser. Adiós portador, y buena suerte.
Y después de esa despedida, la imagen comenzó a girar, hasta que fue absorbida por la esfera incrustada en el suelo, dejándolos a todos de vuelta en el Gran Comedor. Absorto en sus pensamientos y sin percatarse siquiera de lo que hacía, Harry invocó al pequeño recuerdo hacia su mano, y éste le obedeció en seguida.
–Esa salida de la que Liza hablaba –dijo la profesora McGonagall pensativa– es aquella en donde sólo me dijo que saldría y que no sabía cuándo volvería.
–¿Y no tienes alguna idea de adónde pudo haber ido, Minerva? –preguntó la señora Longbottom esperanzada–. ¿No hubo algún indicio, un pequeño detalle, que te revelará adónde iba?
–No.
Harry no participaba de aquel diálogo, pues su mente trabajaba a toda velocidad. "El conocimiento se ha visto prisionero en el lugar en donde los hombres pierden sus almas, en la eterna espera de una luz que jamás llegará". Liza había creído que él era capaz de descifrar ese acertijo, tenía que esforzarse. "El conocimiento se ha visto prisionero en el lugar en donde los hombres pierden sus almas…". La respuesta estaba ahí, sólo tenía que buscarla. "El conocimiento se ha visto prisionero…", "se ha visto prisionero en el lugar en donde los hombres pierden sus almas…", "se ha visto prisionero…".
–¡Lo tengo! –exclamó Harry, ajeno a la conversación que se estaba desarrollando–. ¡Ya lo tengo!
–¿Qué, Harry? –preguntó Hermione asustada.
–¡Azkaban! –dijo emocionado–. ¡Liza fue a Azkaban!
