Capítulo 35.

Frente a la muerte

–¿Azkaban? –repitió Moody–. ¿Cómo lo sabes, muchacho?

–Liza dijo que el conocimiento se ha visto prisionero –explicó Harry atropelladamente–. ¡Prisionero¡prisionero en el lugar en donde los hombres pierden sus almas¿Dónde más si no Azkaban?

–Suena lógico –apoyó el profesor Slughorn–, suena bastante lógico, de hecho.

–Pero¿qué encontraría en Azkaban? –inquirió Hagrid.

Preludium Mortem –dijo Harry con los ojos desorbitados–. ¡Preludium Mortem!. ¡Eso es lo que Liza buscaba! Ahí fue donde se escondió la información sobre el encantamiento. ¡El único lugar donde nadie iría en su sano juicio!

Un súbito silencio los envolvió a todos. Todavía no terminaban de entender lo que había pasado, pero algo estaba claro: tenían que ir a Azkaban.

De pronto, las puertas del aula se abrieron de golpe, sobresaltándolos a todos. Quien entró era el señor Ollivander, y una enorme sonrisa estaba dibujada en su rostro.

–¡Lo logré! –exclamó, al tiempo que les mostraba a todos una bolsa de papel–. ¡Lo he conseguido!

Los presentes se desconcentraron ante aquel grito de triunfo.

–¿Qué pasa? –preguntó el anciano mago al ver los rostros anonadados de los presentes–. ¿Los interrumpí en algo importante?

–Más o menos –contestó el profesor Slughorn–, pero dinos¿qué fue lo que lograste?

El rostro del señor Ollivander se iluminó con una nueva sonrisa, y al instante abrió su bolsa de papel y de ella sacó una pequeña esfera, similar en forma y tamaño al de una canica; en cuyo interior había un opaco humo blanco.

–¿Qué es eso? –cuestionó el señor Longbottom.

–Esto, damas y caballeros, es un canalizador de magia.

–¿Un canalizador de… –comenzó a decir la profesora McGonagall, pero de inmediato se interrumpió para replicar–¿Es ése el invento del que nos hablaste?

–Precisamente.

–¿Y cómo funciona?

–Bueno, antes que otra cosa, lo que tengo que hacer es una pequeña cavidad en las empuñaduras de sus varitas; cavidad en donde colocaremos uno de los muchos canalizadores que he fabricado. Después de eso, para que el canalizador funcione, lo único que debe hacerse es tocarlo y mantenerlo presionado durante cinco segundos. Una vez hecho esto, e impulsado por la magia que hay en todas y cada una de las varitas, el canalizador comenzará a tomar toda la magia que esté en el ambiente y que no se esté utilizando; así como la que habita en las criaturas mágicas. Para que el canalizador se… "apague", por decirlo de alguna manera, debe de volver a tocarse y mantenerse presionado, de igual forma, por cinco segundos, luego de los cuales dejará de funcionar.

–¿Se da cuenta de lo que esto significa? –preguntó Harry impresionado–. ¡Esto es lo que necesitábamos para enfrentarnos a Voldemort¡Es lo que nos hacía falta para derrotarlo!

–Me doy cuenta de ello, joven Potter –respondió el señor Ollivander, orgulloso y complacido–. Es por eso que en cuanto terminé, vine a verlos. La guerra tiene que acabarse y ésta es la forma de ganar.

–¿Y qué esperamos, entonces? –cuestionó Moody enérgicamente–. ¡Haz las modificaciones de inmediato!

La Orden del Fénix entera sacó sus varitas, y el señor Ollivander se dispuso a trabajar al instante, cuando de repente, Harry dijo:

–¡Esperen!

Todos se volvieron hacia él, con la incertidumbre en los ojos y el desconcierto dibujado en los rostros.

–¿Qué pasa, Harry? –inquirió Ginny al ver que nadie le decía nada.

–Yo… yo puedo unir los canalizadores con las varitas.

Un silencio provocado por la sorpresa había caído sobre el Gran Comedor, al hacer Harry semejante afirmación.

–¿Cómo? –cuestionó el señor Ollivander, quien fue el primero en reponerse de la sorpresa.

–Bueno, sólo lo sé en teoría, pero si me lo permiten, puedo intentar.

Tras decir eso, se acercó al señor Ollivander, empuñando su varita. El anciano mago lo miró, seguramente tratando de descifrar lo que quería hacer, y finalmente, al no lograrlo, le tendió una de las diminutas esferas de cristal. Harry la sostuvo con los dedos índice y pulgar de su mano izquierda, y cerrando los ojos, buscando la mayor concentración, encendió la Palma de Godric. El canalizador se tornó de un intenso azul resplandeciente, como si se hubiera mimetizado con las llamas de su mano. Era como si la esfera se hubiera vuelto incorpórea.

Antes de que algo lo desconcentrara, Harry acercó su mano izquierda a la empuñadora de su varita, la cual sostenía en su otra mano, y por un momento, un breve instante; pareció que sus dedos izquierdos penetraban la madera de la varita. Cuando creyó que ya estaba lo suficientemente fija, soltó el canalizador, alejó su mano izquierda de su varita, y apagó la Palma.

Contempló fijamente, al igual que todos, el resultado de su trabajo: al principio de la empuñadura (o al final, todo dependía de cómo se mirara la varita) se podía distinguir la mitad de la pequeña esfera, de una forma tan natural, que parecía que la madera usada para fabricar aquella varita había sido cortada con ese pequeño adorno integrado.

El señor Ollivander tomó maravillado la varita de Harry, y la contempló embelesado. Luego de un rato, comenzó a decir:

–Pero¿cómo…

–Es obligación del portador aprender a usar la Palma de Godric como es debido –contestó Harry sonriendo, repitiendo lo que hacía tantos años él le había dicho a Liza.

–¡Pues adelante, muchacho! –aprobó el hombre, complacido.

Harry sabía de sobra que toda esa actividad con la Palma lo agotaría sobremanera, sin mencionar el tremendo dolor de cabeza que le causaría; pero también sabía que, si Liza hubiera estado viva, habría hecho lo mismo. Tenía la obligación con su prima, así como con el mismísimo Godric Gryffindor, de mantener las cualidades de la Palma muy en alto. Así que, concentrándose al máximo, comenzó con la ardua tarea de unir canalizador con varita.

El señor Ollivander había hecho suficientes canalizadores para la Orden, incluyéndose, lo que significó para Harry mucho trabajo, pero lo llevó a cabo sin detenerse, y no lo hizo hasta que hubo terminado.

–Creo que lo mejor es que descanses, Harry –dijo la señora Weasley comprensiva–. No estás acostumbrado a la Palma de Godric y hoy ya la usaste mucho.

–¿Y Azkaban? –preguntó al instante.

–Molly tiene razón –concordó la profesora McGonagall–. A Azkaban ya iremos mañana.

–No –negó Harry, desesperado–. Ustedes no entienden; Voldemort también escuchó lo que Liza gritó antes de morir; es más, él lo escuchó con mayor claridad que yo porque Liza lo gritó de frente a él. Y por si fuera poco, Voldemort tiene el testimonio de sus mortífagos que estuvieron en Azkaban, ellos bien pudieron darse cuenta de que ahí se guardaba más que asesinos y traidores.

–Pero, Harry…

–¡No voy a permitir que Voldemort obtenga ese conocimiento!

Harry los miró a todos con determinación, reacio a cambiar de parecer, y si ellos no querían acompañarlo, entonces iría solo.

–¿Cómo llegamos a Azkaban, Harry? –inquirió Lupin, rompiendo el silencio–. ¿Se te ha ocurrido eso?

–Con Fawkes –respondió sin siquiera pensarlo–. Liza dijo que Fawkes era ahora mío, y aunque no sé en dónde está en estos momentos, él tiene que acudir a mí si lo llamo.

–¿Estás seguro? –preguntó agresivamente Moody.

No. La verdad era que no estaba seguro, pero no lo iba a admitir frente a todos. Por lo menos tenía que intentarlo.

¡Fawkes! –llamó, volviendo el rostro hacia el techo camuflado de cielo.

La respuesta fue inmediata: por encima de todos se encendió una súbita llamarada, y un segundo después, el majestuoso fénix abrió sus alas y descendió hasta Harry, posándose sobre su hombro.

–Creo que no hay nada más que decir –concluyó Tonks–. ¿Nos vamos o qué?

Sin objeción alguna, el numeroso grupo comenzó a desaparecer de diez en diez, pues no estaban muy seguros de que hubiera en Azkaban un aula lo suficientemente grande como para que todos se aparecieran juntos.

–¿Qué están haciendo? –preguntó un asustado mago, apuntándolos con su varita.

Llevaba una túnica negra con bordes dorados, y no parecía ser uno de los prisioneros, además del obvio detalle de que tenía una varita. Aquel hombre debía de ser uno de los guardias de Azkaban, los que se hacían cargo ahora que los dementores ya no estaban.

–¡Q-qué están haciendo? –repitió el mago, tartamudeando.

–Baja la varita, no seas estúpido –ordenó Moody intimidantemente.

–¡Alastor Moody! –exclamó el hombre, palideciendo–. Avisaré al Ministerio. –Y salió corriendo a toda velocidad.

–¡Estoy seguro de que querrán enterarse! –gritó Ojoloco a todo pulmón.

–Aunque los dementores ya no están, este lugar sigue siendo escalofriante –comentó Hagrid estremeciéndose.

–No tenemos mucho tiempo antes de que Scrimgeour aparezca –indicó Moody con autoridad–. ¡A buscar!

–Dividámonos –sugirió Hermione prontamente.

Y así lo hicieron. Harry miró a su alrededor. No tenía idea de por dónde comenzar. La prisión era tan alta, que no sabía con exactitud cuántos pisos eran. El lugar entero se dividía en pequeñas mazmorras, todas iguales, sin ningún distintivo o una placa que indicara el grado de amenaza que representaba cada preso. Pero claro, los dementores no habían necesitado nada de eso, eran ciegos. Gritos incesantes salían de casi todas las celdas, llenos de furia y de odio.

Resolviéndose a actuar, comenzó a subir las escaleras, con la esperanza de encontrar algo similar a un despacho; después de todo, los guardias debían de tener un lugar de esparcimiento, un lugar para relajarse y cobrar fuerzas. Ascendió a toda velocidad, con Ron, Ginny, Hermione, Neville y Luna pisándole los talones, pero no encontraron nada parecido a un despacho. Ni siquiera encontraron algo parecido a un baño.

Y fue debido a esa incesante búsqueda que, de pronto, se encontraron en lo más alto de la prisión. Al igual que en los pisos anteriores, no había nada diferente.

–Tendremos que busca mazmorra por mazmorra –indicó Harry con la mirada perdida.

–Harry, ni siquiera estamos completamente seguros de que lo que buscamos está aquí –recordó Hermione sutilmente.

–Lo sé, pero…

No completó lo que iba a decir. Sin proponérselo, acababa de encender la Palma en su mano. En silencio, la observó; justo se disponía a apagarla cuando la mirada se le desvió hacia abajo, a la primera planta, y claramente había distinguido un destello azul. Boquiabierto, apagó su palma y sin siquiera decírselo a sus amigos, Harry volvió sobre sus pasos a toda velocidad. Sus amigos lo siguieron, y aunque le preguntaban qué era lo que pasaba, Harry no dio ninguna explicación.

Cuando se encontraron en donde habían comenzado, Harry escudriñó el suelo con premura, pero no vio nada. Después, comprendiendo que había visto aquel destello mientras la Palma había estado encendida, se concentró y llenó su mano izquierda con sus recuerdos. Cuando las llamas envolvieron su palma, lo que había visto desde arriba se reveló ante sus ojos. Aquello no era un simple resplandor, era mucho más que eso.

–¿Qué pasa, Harry? –preguntó Ron sin comprender por qué su amigo miraba atentamente al piso.

–Ya lo verán.

E hincándose, Harry comenzó a palpar el suelo con insistencia, hasta que encontró lo que buscaba: un determinado punto del piso estaba blando, como un cojín. Acercando su mano izquierda, hundió sus dedos índice y corazón en el punto que había encontrado, y al instante, finas líneas como ramificaciones comenzaron a desprenderse del lugar en donde los dedos de Harry estaban clavados, hasta que, cruzándose aquí y allá, se convirtieron en palabras.

–¿Qué es eso? –cuestionó Neville, boquiabierto.

–Es una carta –respondió Harry, sin moverse de su posición–. O mejor dicho, una nota, una nota escrita con la Palma de Godric, y es de Liza. –Y a continuación, procedió a leerla–: "Harry: Aquí está tu equis, busca tu tesoro. Liza".

Guardaron silencio, contemplando la escueta indicación. Al parecer, Liza había estado corta de tiempo, o simplemente había considerado que aquella frase era lo bastante clara por sí sola, y había tenido razón.

–Aquí está –dijo Harry, levantándose. La nota de Liza desapareció al instante–. Tenemos que abrir el suelo.

–No van a abrir nada –dijo una voz a sus espaldas.

Sobresaltados, se volvieron al instante. Rufus Scrimgeour, con un número considerable de magos y brujas detrás de él, los miraba detenidamente.

–No van a abrir nada –repitió con autoridad–. ¿Qué están haciendo aquí?

–¡Scrimgeour! –gritó Moody mientras se acercaba a toda velocidad–. ¡No entorpezcas nuestro trabajo!

–¿Los mandó ella? –cuestionó, haciendo caso omiso de Moody.

Harry sintió la sangre hervir a sus venas, pues sabía muy bien que el ministro se había referido a Liza cuando había formulado esa pregunta tan despectiva.

–Esa engreída ni siquiera tuvo las agallas de venir en persona a Azkaban –concluyó, con sorna.

–¡Está muerta! –gritó Harry, perdiendo finalmente todo control–. ¡Muerta¿Lo oyó¡Voldemort la mató!

Scrimgeour, al igual que sus acompañantes, se congelaron ante aquella noticia pues, (y Harry lo sabía), ellos entendían que se había perdido a una bruja de extraordinarios poderes.

–¿Qué vienes a hacer aquí? –preguntó Moody rudamente, parándose entre él y Harry.

–Vengo a sacarlos de aquí –respondió altivamente, cuando se hubo sobrepuesto a la sorpresa de la muerte de Liza–. Esta prisión está bajo el régimen del Ministerio, y como alborotadores que son, ustedes no tienen nada que estar haciendo aquí. ¡Les ordeno que se vayan!

–¿Nos ordenas? –repitió Moody burlonamente–. Y si decimos que no¿nos vas a obligar?

–¡Basta de insolencias, Ojoloco! Nosotros…

Pero las palabras del ministro se vieron interrumpidas por una fuerte explosión que Ginny acababa de provocar. Una densa nube de polvo se apoderó del lugar, y en medio de aquel barullo, Harry preguntó:

–¿Qué haces?

–No hay que perder tiempo –contestó, agachándose–, hay que buscar ese conocimiento ya, mientras mi explosión los mantiene envueltos en el polvo.

Asintiendo, todos se agacharon, y al igual que Ginny, comenzaron a palpar a ciegas dentro del hoyo que se había formado.

–¿Cómo se supone que viene el conocimiento? –cuestionó Luna de pronto.

–¿Por qué? –se apresuró a preguntar Hermione.

–Porque encontré un pergamino –contestó Luna con tranquilidad.

–Tiene que ser eso –sentenció Harry, levantándose–. ¡Vámonos!

Y abriéndose paso por entre la confusión, subieron unos cuantos pisos, siempre corriendo lo más rápido que podían.

–Aquí está bien –indicó Harry, deteniéndose–¿qué dice el pergamino, Luna?

La muchacha desenrolló el viejo pergamino, cuya apariencia indicaba que era muy antiguo; y después de echarle un vistazo, dijo:

–No sé leer Runas.

–¿Runas? –repitió Ron, y tomó el pergamino de manos de Luna–. ¿Cómo que Runas?

Harry miró por sobre el hombro de su amigo. Recordaba haber visto aquel tipo de escritura en algunos apuntes de Hermione, y por consiguiente, ella era la única de entre los seis que podía leer el pergamino.

–¿Qué dice, Hermione? –inquirió Ron, pasándole el pergamino a la castaña.

Hermione sostuvo el pergamino con cuidado, deslizando la vista por la superficie del mismo. Tenía el ceño fruncido y murmuraba frases incomprensibles. Pasado un minuto, finalmente tradujo:

–"Muerte y odio son lo que componen al encantamiento Preludium Mortem, pues es por odio que todo comienza, y es con muerte que todo acaba. Mas tiene que ser una muerte provocada, un asesinato, lo que desencadene los hechos fatídicos. Si el mago en cuestión ha decidido que su odio es más grande que su razón, lo que tiene que hacer es escoger un receptor y encantarlo. Después, debe de inducir, de acorralar a su víctima para que asesine, y cuando la maldición asesina se pronuncie cerca del objeto elegido, un poco del alma de la víctima se desprenderá sin que lo note siquiera, e irá a alojarse en el receptor. De esta forma, la víctima estará condenada a permanecer aun después de morir, y sólo podrá liberarse destruyendo al receptor". Eso es más o menos lo que dice, y al final está escrito el encantamiento y la forma para marcar al objeto que se convertirá en receptor.

Luego de la lectura de Hermione, meditaron un poco. La parte faltante en el recuerdo de Rina volvió a la mente de Harry al instante. Eso era lo que había hecho aquella noche en su alcoba, había llevado a cabo el encantamiento Preludium Mortem.

–Ésta es la respuesta –comunicó Harry con los ojos muy abiertos–. Esto es lo que Rina…

Pero su sentencia quedó interrumpida, pues precisamente en ese momento, la temperatura del ambiente descendió considerablemente, helándolos a todos.

–¿Qué pasa? –cuestionó Neville, mirando a todos lados.

Los gritos injuriosos de los presos se tornaron de repente en exclamaciones de horror.

–Dementores –murmuró Luna, ausente–. Los dementores provocan este frío.

–¿Qué?

Y justo entonces, una estruendosa explosión había resonado por todo Azkaban.

–Moody ahora sí fue muy lejos –aseguró Ron con un escalofrío

–No es Moody¡miren! –indicó Hermione.

En el acto, miraron hacia la primera planta, y se horrorizaron con aquella visión: un gran grupo de mortífagos acababa de hacer acto de presencia, y luchaba contra la Orden y contra el Ministerio.

–Tenemos que ayudar –dijo Neville, prontamente.

–Sí –concordó Harry– pero antes… –Y arrebatando de las manos de Hermione el viejo pergamino, lo apuntó con su varita y le prendió fuego.

–¿Qué haces? –preguntó Hermione desconcertada.

–No voy a permitir que esos encuentren lo que han venido a buscar. Es preferible que este conocimiento se pierda.

Sus amigos no lo contradijeron, y cuando todo el pergamino se hubo vuelto cenizas, echaron a correr hacia abajo, al tiempo que mantenían presionados los canalizadores los cinco segundos necesarios para activarlos.

No fue necesario que regresaran al piso de donde habían venido, ya que los mortífagos avanzaban rápido y comenzaban a ganar terreno. En cada planta que pisaban, las puertas de las mazmorras estallaban, y los prisioneros eran liberados, y aunque no tenían varitas, la locura que los poseía, ya fuera innata o adquirida, los hacía peligrosos; dado que, sólo por deshacerse de los miembros de la Orden que había en las escaleras, los presos se abalanzaban hacia ellos, tratando de hacerlos caer escaleras abajo, aunque tuviera que perder la vida en el intento. Con las varitas en alto, se unieron a la batalla.

–¡No podrán con nosotros! –gritó un mortífago, desquiciado.

–¡Ya verás que sí! –exclamó Scrimgeour desafiante.

Las maldiciones imperdonables se dejaron oír por toda la prisión, y realmente era un reto esquivar y atacar al mismo tiempo. Harry no pudo mantenerse cerca de sus amigos, pues era tal el caos, que poco a poco comenzaron a alejarse los unos de los otros.

Incontables destellos de luces rojas, azules y verdes iluminaban la prisión, y algunos de ellos acertaban en el blanco. Harry luchaba con furia, con la furia con la que no había podido luchar en San Mungo o en Hogwarts.

–¿Qué sucede, Potter? –cuestionó burlonamente uno de los mortífagos que peleaban contra Harry–. ¿Tu puntería falla?

Y dicho eso emitió una sonora carcajada que no le duró mucho, pues Harry arrojó un encantamiento aturdidor que le dio de lleno en el pecho. El muchacho se defendía fieramente, cuando repentinamente, un intenso dolor punzante comenzó a martillarle la cabeza. Era un dolor que conocía muy bien; la señal indudable de que lord Voldemort estaba cerca.

Esquivando los ataques con soltura, Harry escudriñó el lugar, y lo vio. Voldemort estaba de pie en el extremo opuesto de la estancia, y lo miraba fijamente. Sabiendo que todos estaban en peligro con la presencia del mago oscuro, Harry se abrió paso hacia los pisos superiores, deseando que Voldemort lo siguiera. Corrió a toda velocidad sin volver la vista atrás en ningún momento. No sabía si Voldemort había ido tras de él, aunque confiaba en que sí.

Cuando se encontró en el último piso, se detuvo. Sentía que el corazón se le iba a salir por la boca, y estaba completamente bañado en sudor. Apoyó sus manos en sus rodillas y tomó profundas bocanadas de aire, y de pronto…

–Harry Potter. –La voz que había llenado de horror sus más espeluznantes pesadillas lo estaba llamando–. Nunca pensé que estarías algún día en Azkaban.

–¿¡Qué quieres, maldito!? –interrogó Harry con ira–. ¿¡Qué has venido a hacer aquí!?

–He venido por lo mismo que tú –respondió el mago con tranquilidad mientras avanzaba hacia él–: Preludium Mortem.

–¡Pues no lo tendrás¡No lo tendrás porque yo lo destruí!

Voldemort se paró en seco ante aquella sentencia. Sus ojos rojos llenos de maldad se posaron en los ojos verdes de Harry, escudriñándolo, queriendo abrirse paso a su mente. Pero Harry ya se esperaba algo así, y sin bajar la mirada ante Voldemort, se concentró con todas sus fuerzas para encender la Palma de Godric, y lo logró.

Al no ser capaz de penetrar en la mente del muchacho, Voldemort montó en cólera, y le arrojó un luminoso rayo rojo, ante el cual Harry apenas tuvo tiempo de reaccionar.

–¿Qué te pasa? –preguntó Harry insolentemente, con una sonrisa burlona, manteniendo la Palma encendida–. ¿Acaso te enojaste porque no pudiste invadir mi mente?

–¡Éste es tu fin, Harry Potter!

Y los dos se enfrascaron en una pelea letal. Eso era lo que Harry tanto había ansiado: poder pelear con Voldemort sin nadie que se interpusiera, y como los demás estaban envueltos en su propia gran batalla, finalmente se le cumplía lo que tanto había querido. Había llegado la hora de hacer justicia, y al morir Liza, había caído el último "Horcrux" de Voldemort; el más poderoso de todos.

Y fue en ese momento, que el encantamiento Preludium Mortem volvió a su mente. Eso era lo que Rina había hecho en su alcoba, no le cabía la menor duda, pero aquello significaba que todavía faltaba un fragmento del alma de Voldemort por ser destruido, esa parte que Voldemort no se había percatado que le hacía falta.

No podía matarlo todavía, no hasta que hubieran encontrado ese receptor que Rina había marcado y lo destruyera. ¿Pero qué era¿Qué podía haber escogido Rina? Ese momento de cavilación le costó caro a Harry, pues por un breve instante, bajó la guardia, instante que fue bien aprovechado por Voldemort, cuyo ataque dio de lleno en Harry, haciendo que cayera.

¡Crucio! –gritó Voldemort, acercándose, seguramente para contemplar con todo lujo de detalles cómo Harry se retorcía.

El dolor era insoportable, pero Harry no podía dejarse vencer, tenía que luchar, tenía que completar su misión. Tenía que mantenerse cuerdo. Después de lo que a Harry le pareció una eternidad, la maldición cesó. Sentía como si su fuerza le hubiera sido completamente arrebatada, pero sabía que no podía quedarse ahí, tendido; así que se levantó de inmediato, tambaleándose, pero concentrándose en mantener la Palma encendida.

Volvieron a su duelo una vez más, pero Harry ya no podía enfocarse en la pelea como lo había hecho antes. En lugar de eso, tenía la mente ocupada tratando de descubrir qué era lo que Rina podía haber marcado como receptor. "Sé que la primera parte de mi plan funcionará y el hechizo será lanzado con éxito". Tal vez la respuesta estaba en esa carta que le había dejado a Liza en la casa de los Potter. "La segunda, si por alguna razón no funciona esta noche, lo hará a la larga". Antes de escribir esa carta Rina había tenido las sospechas de que su plan podría no funcionar como ella quería, pero¿en qué había consistido su plan?

La mente de Harry trabajaba a toda velocidad, tratando de resolver aquel dilema. Liza había creído que podía resolverlo, así que tenía que esforzarse. Rina había encantado algo en la habitación de Harry para que, en cuanto Voldemort matara, una parte de su alma fuera encerrada en el susodicho receptor, y de esta forma, al destruir el objeto, Voldemort estaría más cercano a morir; pero¿qué sentido tenía eso? Rina le había creado un "Horcrux" más; no era lógico.

Harry arrojó un haz de luz roja, pero Voldemort lo esquivó, desapareciendo frente a él. Harry aguzó sus sentidos, pues sabía que Voldemort podría aparecer en cualquier lado. "Si esto no funciona, quiero que sepas que aquello que nadie contempla, aquello sobre lo que nadie sabe y que nadie espera, está a tu lado". ¿Qué significaba eso¿Que el receptor siempre había estado al lado de Liza¿Cómo? "El portador debe morir".

Un dolor insoportable se apoderó nuevamente de la cabeza de Harry.

–Estás distraído, Harry –le murmuró Voldemort al oído, habiéndolo sujetado por la espalda–. Grave error.

El muchacho forcejeó para soltarse y Voldemort no lo retuvo. Sin tiempo que perder, Harry se volvió hacia el mago oscuro y lo encaró, pero Voldemort ya lo esperaba y lo atacó; lo atacó físicamente. Un grito de dolor escapó de la boca de Harry. La punta de la varita de Voldemort estaba clavada en su frente, en su cicatriz.

–Éste es el fin, Harry.

Y fue entonces cuando Harry lo entendió, lo entendió todo. 16 años atrás, al saber que Voldemort iba tras de los Potter, Rina había efectuado el Preludium Mortem para que Voldemort perdiera un poco de su alma y él mismo lo destruyera, pues ella había marcado como receptor al único incapaz de defenderse: a Harry. Pero tal y como ella había sospechado, su plan no había resultado completamente exitoso, pues el receptor no había sido destruido. El receptor había estado durante todos esos meses al lado de Liza, bajo la forma de quien menos se esperaban. "Cuando estuve frente al espejo de Oesed, lo que más quería era saber sobre qué hechizo hablaba Rina en su carta, y lo que el espejo me mostró fue a ti, Harry". No cabía la menor duda.

Voldemort miró a los ojos ausentes de Harry, y le sonrió malévolamente:

¡AVADA…

Pero Harry ya sabía lo que tenía que hacer. Olvidándose del dolor en su frente y de que Voldemort estaba a punto de matarlo, hizo un último esfuerzo, y con un rápido movimiento, clavó su mano izquierda envuelta en llamas, en la cabeza de Voldemort.

Por ese único instante, los dos fueron una sola persona; y gracias a la Palma de Godric, Harry se percató de que era capaz de usar la magia de Voldemort. El podía concluir la maldición, y lo que le pasara a uno, le pasaría al otro. El portador debía morir.

–… KEDAVRA! –terminó Harry.

Voldemort lo miró sarcásticamente, no viendo sentido a lo que Harry acababa de hacer, pero esa expresión cambió en el acto, tornándose en desconcierto, sintiendo el mayor temor de su vida. Y eso fue lo último que Harry vio.