Capítulo 19: La madre de mi heredero.

- ¿Alguna otra zona que desees estimular? - Susurró en su oído con una carga sexual que hizo a Bulma estremecerse con una pulsión de excitación que le recorrió de arriba a abajo.

Sin necesidad de hablar, Vegeta comenzó a recorrer su cuerpo con las manos y la boca. Bulma estaba a su merced, tan vulnerable como se sentía, tan indefensa y culpable, tan deseosa de sentirse protegida en esa jaula de músculos que la sostenían con tal firmeza y aplomo. Unos pasos en el pasillo les hicieron parar de repente sus caricias.

- Bulma. - Yamcha entró en la cocina guiado por el ki de quien buscaba. - He leído los mensajes del contestador y vi el de tu madre. ¿Cómo estás? - La abrazó sin percatarse de que cierto príncipe comenzó a montar en cólera al ver que alguien tocaba lo que era suyo. Bulma comenzó a llorar desolada entre sus brazos...

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- Un dilema estalló dentro de mi mente en aquellos instantes –

Vegeta miraba la lluvia caer y seguía recordando aquellos tiempos que decidieron su destino.

- Era la peor de las encerronas. Si intervenía quedaría en evidencia que tenía un punto débil en la humana, si no me interponía peligraba que ese insecto se adueñase de algo que había dejado de pertenecerme mucho tiempo atrás. Reconozco que lo planeé todo de modo frío y calculador. Tenía que ser ella, por su inteligencia, por su bravura y porque no había ninguna hembra posible y que yo supiera compatible con mi raza.

Hasta me parecía increíble que unas mujeres tan poco resistentes físicamente como las terrícolas pudieran soportar el embarazo con una cría saiyán en sus vientres, que podrían partirlas en dos con una patada. A esto se sumaba el hecho de que, en todo lo que había recorrido de Universo, jamás conocí a una fémina más inteligente que ella. Mi heredero tendría el estigma de ver su sangre saiyajin mezclada con la humana, pero gozaría por el contrario, de la inteligencia potenciada de ambas partes y eso me complacía. Mi especie tenía una oportunidad de restaurarse y yo debía procurar que así fuese. Era mi modo de ganársela a Freezer. La estirpe saiyajin volvería a resurgir.

Aunque ahora mismo siento algo de estremecimiento al recordarlo, reconozco que mi decisión distaba mucho de ser la de conservar a aquella mujer. Permitiría que viviera mientras mi hijo no tuviera uso de razón. En cuanto pudiera comenzar a entrenarlo la eliminaría de la ecuación. Era demasiado peligrosa una influencia tan dada al remordimiento y a los actos débiles.

No sabía como intervenir, así que permanecí inmóvil, mirando la escena quemándose por dentro toda la paciencia que tenía y deseando una sola cosa: asesinar lentamente a ese miserable que estaba abrazándola. Maldito, le odié con un grado de intensidad que superaba infinitamente a mi aversión hacia Goku. Pero me sentía con las manos atadas. No podría matarle sin que mi enemigo, ese saiyajin que es una vergüenza para nuestra raza, se me echase encima. ¿Qué podía hacer?

Me estaba desesperando cuando los ojos azules de Bulma me dedicaron una mirada fija y larga. Era como si quisiera colarse dentro de mi mente para leer los pensamientos que tan celosamente guardaba. Le permití que viese mi rabia, le hice saber que detestaba la situación. Y no hicieron falta palabras… -

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- Yamcha, márchate por favor.

- ¿Qué?

La petición de la peliazul sacó una sonrisa de asentimiento en el Príncipe. Ni siquiera ella misma supo por qué lo hacía, pero era algo que sobrepasaba el entendimiento y que rozaba un mundo que, tanto para Vegeta como para ella, era espinoso y complejo: el amor. Le amaba, estaba segura de ello, y le amaba más de lo que había querido a nadie en este mundo.

Años atrás había sido frívola, había querido porque era guapo, porque se sentía bien, porque callaban las bocas de las envidiosas, etc. Pero jamás había amado por el simple y llano, inexplicable y extraño placer de querer. Era una pasión, una atracción bestial, un sueño imposible de alcanzar. Pero para ella nada había imposible.

- Márchate, Yamcha, estoy bien, necesito descansar.

- Me quedaré contigo esta noche.

- No. Necesito que te vayas ahora mismo.

A regañadientes se fue de aquella casa, intuyendo que iba a pagar cuantas veces había robado en su vida. Si la mitad de su existencia había sido un ladrón, ahora debería perder su botín más valioso: el corazón de Bulma Briefs. Y lo peor de todo es que lo sabía, que no era justo porque él ya no era un ladrón, ni un mal nacido como lo había sido cuando era un adolescente, antes de conocer a Goku y sus amigos.

Esa noche vinieron las lágrimas y las lamentaciones. Había estado media vida con Bulma, no la había valorado en lo que debió hacerlo en su preciso momento, pero merecía… Merecer… ¿Qué merecía él? ¿Acaso en el amor se puede pretender merecer algo? No había vuelta atrás, la había perdido para siempre. La perdió aquel día que estalló la cámara de gravedad de Vegeta y ella se quedó cuidándole. Ahora no podía enfrentarse contra aquel ladrón de corazones tan poderoso más que alejándose y esperando que la mujer cuya pérdida lloraba, volviera a sus brazos. Pero algo le decía que eso ya nunca jamás sucedería.

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Sobraron las palabras, o quizás enmudecieron ambos temerosos del caudal de sentimientos que les embargaban el alma, pero lo cierto es que fundieron sus labios con un beso, que Vegeta la tomó en brazos y subió a la velocidad de un rayo a la habitación. La desnudó y la dejó ante sus ojos tan perfecta, y tan deliciosamente "ella".

Él sabía que era fértil, podía oler los pequeños cambios que se producían en ese olor embriagador que expedía y que casi intoxicaba el ambiente cuando tenía que reparar algo en la cámara de gravedad. Estaba receptiva, sabía que de esa noche podría engendrar a su primogénito y no iba a desaprovechar la oportunidad.

No dejó tiempo a preguntas, calló esos labios rojos tan llenos de preguntas con un beso tan largo y apasionado que Bulma sintió que le bebían el mismo alma y se afanó en obedecer a los designios del deseo libando del dulce sabor que la boca del extraterrestre le ofrecía.

Sentía la fuerza de esos brazos que pudieran destruirla con apenas un apretón mal calculado, pero había tal autocontrol en cada músculo... Vegeta era un perfeccionista en todo, había ordenado a cada célula de su cuerpo que le obedeciera y actuara como el quería. Sintió un escalofrío al saberle tan frío, tan calculador, tan oscuro. Y ese mismo estremecimiento se transformó en una pulsión de absoluta y encantadora excitación.

Toda la noche, así permanecieron yaciendo hasta que Bulma ya no pudo más y se durmió en sus brazos agotada por completo. Vegeta hizo el último regalo situando su mano en el vientre de la mujer con la que había procreado y expidiendo una cantidad precisa de Ki, fortaleció las entrañas de la bella genio para lo que vendría. Después, sin descansar, sin dormir apenas, se marchó de nuevo a entrenar y permaneció allí tres días y tres noches seguidas, luchando sin descanso.

No comió, no accedió a salir hasta estar seguro de que cuando lo hiciera no se permitiría ni un solo atisbo de sentimientos hacia aquella humana. Bulma debía ser para él, a partir de ese momento, un objeto que portaba a su heredero, una incubadora que lo mantendría hasta que pasara un tiempo prudencial y él pudiera hacerse cargo de la educación del mocoso.

Si antes había sido duro con ella, ahora, que sabía que el lazo podrí estrecharse, era implacable. Pero ya no importaba que viniera el otro insecto a abrazarla, porque ahora llevaba a su hijo y eso no podría cambiarlo.

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El pasó los tres días entrenando y yo los pasé acudiendo a declarar a la policía, necesitando urgentemente hablar con alguien, contarle el dolor que sentía en mi pecho… Hasta que vi con claridad el camino que debía seguir. Tenía que convocar las Bolas del Dragón. Solo así podría resucitar a los que había asesinado y resarcirme de mis remordimientos. Una vez que los resucitase, les haría aparecer en la comisaría de policía y podría decir que no habían muerto, sino que habían tratado de tenderme una trampa filmando algo irreal.

Había sido muy hábil con la policía, alegué que no recordaba nada de lo sucedido, que estaba en estado de shock y emocionalmente no llegaba a calcular qué pudiera haber sido la causante de esas muertes.

Partí con el arrojo que siempre había tenido, con radar en mano, sin miedo, sin penas, pletórica del regocijo de mi inteligencia, impulsiva… Dejé a Vegeta con sus demonios interiores combatir en aquella cámara de gravedad que más bien parecía de torturas.

Fue una interesante experiencia y viví algunas aventuras divertidas hasta lograr reunir las Dragon Ball, pero eso es parte de otra historia. Lo que sucedió una vez que convoqué al Dragón mágico, es lo que me hizo hervir la sangre.

Entonces fue cuando descubrí que cierto saiyajin pudo haberme salvado y no lo hizo, que Vegeta había presenciado y colaborado en el asesinato de aquellos maleantes y permaneció callado al respecto, dejando que me quemase la culpa y el dolor por dentro.

Estaba furiosa como nunca antes lo había estado, quería hacerle daño, quería provocarle un dolor intenso como jamás nadie se lo hubiera causado. Quería hacerle pagar por su atrevimiento, por haberme hecho pasar aquello pudiendo haberlo evitado. Desconecté la cámara de gravedad, me presenté delante de su puerta y mi lengua se armó con las más dolorosas afirmaciones, deseando soltarlas una detrás de otra hasta que el orgulloso príncipe llorase de rabia y de impotencia u optase por matarme.

Y lo peor de todo era que yo le amaba, tanto que me dolía, tanto que prefería estar muerta antes que soportar su desamor. Fue un acto suicida y aún no comprendo como es que sigo viva.

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En el siguiente capítulo veremos la conversación suicida que Bulma dedicará a Vegeta.