21. El súper saiyajin que hay dentro de mí:
Lejos… lejos… marcharme lejos de allí. Donde no pudiera ver esos ojos azules, ni recordar aquellas palabras tan verdaderas y cáusticas. Yo, que era denominado el Gran Vegeta, que había sido considerado el mejor de entre los de mi raza, un guerrero excepcional desde el nacimiento, digno de cumplir la leyenda destinada a los míos… No era más que un imbécil que lampaba por superar a un guerrero de tercera clase. El hermano del miserable de Raditz, que había nacido con sólo una unidad de poder.
Y lo más inverosímil, humillante y denigrante era que yo le superaba en todo: intelectualmente, en técnica, en experiencia de combate, en frialdad, en cálculo, en estrategia. Pero él era irracional. Quizás ahí residía la imposibilidad de vencerle. No actuaba conforme a lo que debía ser lógico. Durante algunos momentos en nuestro combate había hecho movimientos tan temerarios que hubiera podido fracturarse el cráneo o la columna vertebral. Yo jamás me hubiera arriesgado a hacerlos, no por falta de valor, sino porque tenía cordura e inteligencia. Pero él era apasionado, luchaba más con el corazón que con la cabeza. Era opuesto a mi, como dos caras de una misma moneda.
Durante toda mi vida había aprendido a anticiparme a los movimientos de mis adversarios hasta tal punto que era capaz de predecir con exactitud su siguiente paso, casi leyéndoles la mente. Les dejaba asombrados, era sencillo. Así vencía a todos, con mi inteligencia, con mis dotes para la estrategia, sin necesidad siquiera de sudar aunque mi adversario pudiera ser en ocasiones incluso más fuerte. Reconozco que este tipo de lucha la había aprendido de Freezer. Sí, por más que me duela reconocerlo él encarnaba el ídolo, el modelo que yo aspiraba a llegar ser un día. Imitaba la expresión de su rostro, inmutable, enigmática, indescifrable salvo que él lo creyera conveniente… Pero también aprendía de sus errores y el primero de ellos era tenerme a su servicio porque yo, Vegeta, Príncipe de los Saiyajins iba a ser el sucesor de su estirpe después de haberlos aniquilado a todos ellos.
Ah, cómo odiaba a Kakarotto. Me vía a mi mismo convirtiéndome en Súper Saiyajin, dándole una paliza inolvidable y después… perdonándole la vida casi al borde de la muerte. Oh, sí. Pensaba humillarle de la misma forma que él había hecho conmigo, quería que llorase de miedo viéndose a las puertas del infierno, que me implorase que terminase con su sufrimiento y su tortura, quería que sufriera, que sudara sangre… y después dignarme a perdonarle su miserable existencia con el único fin de que entrenase para superarme. Iba a ser mejor que los robots de entrenamiento. Le obligaría un día tras otro a ser mi saco de golpes y si se negaba, asesinaría a su familia, a sus congéneres humanos… Así para esclavizarle a mi antojo. Después de eso, cuando ya no pudiera superarse más y llegase a ser un simple estorbo ante mi inmenso poder le mataría y después mataría a sus insignificantes amigos, si es que no habían muerto hacía tiempo ya.
Esos eran mis planes con respecto a Kakarotto, pero con referencia a Bulma me sentía tan confuso que asustaba. Por un lado pensaba que lo mejor sería que ella criase a mi hijo hasta determinada edad y, a partir de ahí, me encargaría yo del muchacho y la eliminaría. No obstante, pensar en eliminarla me producía una desazón que no podía comprender. Nunca había estado apegado a nada, ni material, ni espiritual. Había vivido una vida ruda, sin ninguna clase de lujos. Me hice a la idea de que vivía en una constante campaña de guerra. No poseía más dinero que el que se me asignaba como a todos los capitanes de escuadrones de la élite del ejército de Freezer. Pero aunque hubiera podido tener una suma de dinero determinada, nunca hice cálculos de lo que tenía, ni utilicé el dinero más que para proveerme de lo que fuera necesario para mi guerra personal.
Otros, como Raditz, incluso Nappa, se tomaban de cuando en cuando algunas horas o días de diversión, iban con mujerzuelas, se entregaban a las pasiones que los soldados suelen disfrutar. Yo era distinto y me jactaba de ello. Todos sabían que Vegeta no tenía ese tipo de comportamientos, que estaba hecho de una pasta distinta al resto de todos ellos. Yo era especial, era diferente, superior, y un día sería el jefe supremo de aquel ejército y emperador del Universo mismo.
Aún hoy recuerdo perfectamente aquellas ideas y no comprendo como fue que desistí de ellas sin más razón que permanecer en un planeta como la Tierra, tan insípido y naif. Pero así fue, y quizás no es tan difícil entenderlo como parece, sólo tengo que recordar como fue que me transformé en Súper Saiyajin.
Recorrí los lugares más inhóspitos del Universo cercano al Sistema Solar. Los humanos no son conscientes de ello, o quizás sí, pero viven en un confín alejado de todo. Es por eso que nadie se había molestado en conquistar su planeta, carecía de interés en todo sentido. Pobre en minerales, pobre en mano de obra, tan solo rico en agua. Y para colmo: agua salada. Hmp. ¿Cómo es que sigo viviendo en semejante lugar? ¡Qué increíble!
Me di cuenta de algo: por más que buscaba caminos diversos para ascender mi energía, no daba con la tecla. Presentía que solo tenía un camino para lograr transformarme pero eso significaba una contradicción. Si quería purificar mi alma tendría que eliminar de ella todas las ideas que tenía y eso era demasiado sacrificio. Intenté engañar a mi mente con mil trucos distintos, intenté pensar en algo bueno y surgió Bulma, pero eran sentimientos forzados por mí para lograr el objetivo.
Después de meses de entrenamientos intensivos logré desterrar la ira de mi corazón. Enterré al Freezer que aún seguía viviendo en mis recuerdos y en mis pesadillas. Y lentamente fue surgiendo en mi alguien que no sabía que era. Yo, con los deseos que tenía y no con los que aprendí a crecer. Un Vegeta tranquilo, pacífico, inmutable ante los sentimientos y pasiones pero incapaz de abrir mi corazón para reconocer que era capaz de amar.
Era demasiado sacrificio, demasiado dolor el que tendría que soportar si permitía que mi coraza se desvaneciera. Tendría que endurecerme pero no sabía como es que podría alguien como yo prescindir de su escudo impenetrable y sobrevivir después. Si mis enemigos se enterasen de mis vulnerabilidades sería mi perdición.
Sin darme cuenta casi de ello, me fui dirigiendo a los lugares más horribles para entrenar. ¿Necesitaba sufrir para expiar mis culpas? Es posible que de forma inconsciente así fuera y lo hiciera por eso. Pero… ¿no había yo ya sufrido bastante durante toda mi vida? ¿No era suficiente el dolor que sentía en el orgullo al haber sido asesinado por quien consideraba casi un padre? un odiado padre, el monstruo que había destruido a toda mi especie.
Después de múltiples intentos fallidos por transformarme en Súper Saiyajin, quise ser tan irracional como Kakarotto y me obligué a ir a lugares peligrosos en los cuales pudiera jugarme el pellejo. Así fue como aterricé en un planeta de escasa atmósfera, rocoso y próximo a un campo de asteroides. Dudo de que existiera siquiera en los mapas estelares del ejército de Freezer.
El problema surgió cuando el campo de asteroides se aproximó al planeta. Estaba entrenando y para cuando quise darme cuenta ya estaban encima, cayendo cerca de mi nave. Si la destruían estaba perdido. Jamás podría salir de aquel agujero, así que empecé a combatir con ansias contra cuanto meteorito iba cayendo. Lo hacía bien a pesar de que eran cientos de ellos. No había tiempo para acudir a la nave y despegar. Me vi tan cerca de la muerte que creí que mi fin sería ese. Morir solo, tal y como había vivido toda mi existencia. Pero también morir sin ser recordado por nadie salvo, quizás para maldecidme.
Mi hijo pensaría que fui un cobarde y que me había marchado de la Tierra por temor a enfrentarme a los androides. Bulma iba a pensar que todo lo que dijo era cierto, pero tenía que demostrarle que se equivocaba, que yo era más que todo eso. Llevaba ya varias horas de agotadora lucha contra los asteroides. Estaba hambriento, cansado, mis fuerzas flaqueaban, mis manos estaban abrasadas por el impacto de las rocas. Me costaba respirar, vi venir un gran asteroide, me lancé a detenerlo y fallé.
Caí de espaldas contra la tierra por un segundo acepté mi sino, de rodillas arañé la tierra con las uñas y dejé un reguero de sangre en la piedra que se mezcló con un río de lágrimas incontenibles. No podía morir así, tan miserablemente, de forma tan injusta. Sin mi estaban perdidos, mi hijo, Bulma. Ellos… eran mi… ¿mi familia? Les quería, les necesitaba, y ni siquiera conocía al niño, intuía que existía, pero también era posible que esa mujer hubiera abortado… - No, ella… - ¿qué me estaba pasando?
Tenía que volver a verla, tenía que salvarles. – NO PUEDO MORIR ASIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIII – grité y salí volando hacia el asteroide en el acto más irracional de toda mi vida.
Entonces, entonces fue cuando lo sentí, la fuerza del Súper Saiyajin renaciendo dentro de mi espíritu. Tal energía emanó de mí que logré destruirlo y entonces, cuando agotado volvía a la nave y me dispuse a salir de aquel infernal planeta me dije que era el momento de volver a la Tierra.
Ah, le mostraría cómo me había logrado transformar y tendría que reconocer que estaba equivocada. La vería, conocería a mi hijo. Estaba confuso pero conforme me aproximaba a la Tierra sentía algo que no había sentido desde mi infancia. Volver al hogar… ¿hogar? Casi me parecía patético pensar aquello, pero no veía el momento de llegar. Contaba las horas que restaban para mi regreso y sentía paz, tranquilidad, calidez. Sentía, yo… ¿sentía? Si, podía sentir, aunque nadie debía enterarse de ello, ni siquiera yo mismo…
Siguiente capítulo: Embarazada y sola.
