22. Embarazada y sola:
¡Qué duros fueron aquellos meses de soledad!
Al principio los pasé maldiciendo al saiyajin orgulloso del cual, muy a mi pesar, me había enamorado. Estaba furiosa con el, rabiosa de que me hubiera dejado de aquella forma. Le odiaba por cuanto lloraba a su costa, por cuanto le quería y le deseaba…
Yamcha quiso que volviéramos a intentarlo, me pareció que podríamos darnos una nueva oportunidad, aunque solo fuese por apartar de mis pensamientos el afecto no correspondido de Vegeta. Nunca había sufrido como entonces. Me costaba llorando, me levantaba desganada, estallaba en sollozos por cualquier cosa y mentía diciendo que me había entrado en el ojo cualquier cosa. Rehuía estar con mi familia para que no viesen el estado lamentable y depresivo en que me encontraba…
Yamcha quiso ayudarme, confieso que en aquel tiempo se portó conmigo mejor que nadie, hasta que un día me levanté, vomité y caí en la cuenta de que mi cansancio, mi sensibilidad y mis extraños antojos (una noche me comí yo sola una pierna de cordero completa, mezclada con crema de chocolate), tenían una explicación posible, una, de la cual no sabía qué sentir.
L test dio positivo. Estaba embarazada y aún así no podía creerlo. Pero lo tremendo del asunto era que el padre era Vegeta. El principito odioso que me había roto el corazón, el culpable de que no quisiera siquiera seguir viviendo, alguien que me había abandonado… Vegeta.
Pero, a pesar de las circunstancias un sentimiento de fortaleza se apoderó de mí misma. Iba a ser madre. Yo, por fín, después de tanto tiempo… Así que corrí al teléfono, quería decírselo a alguien. Pero reparé en que la persona a quien iba a comunicárselo no estaría nada feliz de saberlo. Yamcha… pobre Yamcha. Ahora que me amaba como nunca antes en toda su existencia debía descorazonarse de aquella forma.
Pero quizás lo mejor era eso, porque yo no le amaba ya. Simplemente le utilizaba para dejar de sentirme miserablemente sola y no era justo. No estaba bien lo que yo hacía. Mi hijo me dio las fuerzas para enfrentarme a la vida. Trunks fue quien me sacó de l pozo oscuro de mi existencia.
Después vinieron unos meses tan difíciles como extraños para mí. Quería llamar a Chichi, preguntarle infinidad de cosas acerca de su embarazo. No debía ser lo mismo estar preñada de un saiyajin, de alguien de otro planeta. Confieso que me daba algo de temor que el bebé me diese una patada en las costillas y acabase conmigo antes de nacer siquiera… Por respeto a Yamcha no podía decírselo a nadie, no podía. Y también por temor a Vegeta, porque si se enteraba… ¿sería capaz de asesinarle?
Me repetía interiormente que, a pesar de lo que todos opinaban de él, nunca sería capaz de quitarnos la vida. Pero la semilla de la duda habitaba en mi interior y se hacía un espacio poderoso a medida que avanzaban los meses y no volvía. Aunque, de alguna forma, prefería que no volviese, no al menos hasta que hubiese dado a luz.
El embarazo fue bien, aunque comía a la semana el equivalente a comida de un regimiento de soldados, jajaja. Pero no engordé ni un solo gramo extra del que me correspondía por lo evidente de la maternidad y mi figura quedó bien después del parto. Es curioso, estaba completamente segura de que sería un niño. Desde el principio. Y le hacía con los ojos azules, como los míos. No imaginé que heredaría ese ceño y esa "fea" mirada dura y casi siempre fruncida de su padre… de la que me enamoré por suerte o desgracia. Tenía la esperanza de que no se pareciese a Vegeta, poder disimular un poco… En fin… luego descubrí que eso era casi imposible tratándose del todopoderoso Príncipe de los saiyajins.
Mis padres fueron quienes mejor lo tomaron. Mi madre lloró. Mi padre saltó de alegría. Estaban felices aunque ni siquiera tuviera un padre para el bebé. A Yamcha lo aparté de mi vida para siempre. Se ofreció a ayudarme, incluso quiso, en un ataque de nobleza que me hizo llorar y lamentar profundamente abandonarle después de haberle causado tanto daño, reconocer como suyo al bebé. Pero no lo permití. Le puse de nombre Trunks Briefs. Mis apellidos, que luego fueron cambiados en el registro civil por los de Trunks Vegeta Briefs… pero eso fue varios años más adelante en esta historia.
A menudo, mientras amamantaba al pequeño me preguntaba dónde estaría su papá. Si volvería a salvar la Tierra, o se lo pensaría mejor y no vendría, por aquello de saber que moriría. Me intrigaba saber si se había convertido en super saiyajin, o si estaría quizás en algún planeta en los brazos de otra… De todos los pensamientos, el más doloroso e insoportable era hacerle en su vida con otra mujer. Pero algo me decía que vendría otra vez, y mi propio orgullo me empujaba a desatar cuando esto sucediese, todas mis armas de mujer para conquistarle. Después, cuando le hubiese enamorado, le dejaría sentir lo que se siente cuando se quiere a una persona y se la abandona. Me iría una temporada y gozaría con su sufrimiento ante mi ausencia.
El parto fue por cesárea, a los 7 meses. Y una colita de monito adornaba a mi niño, que fue amputada al instante, por supuesto. No hubiese quedado demasiado bien en el reportaje que nos hizo la prensa del corazón… Me recordaba a Goku cuando era niño con aquella diminuta colita. Tanto como quería hablar con mi viejo amigo, preguntarle infinidad de cosas de los bebes saiyajins temía hacerlo, que descubriera mi pequeño secreto y que se lo dijera a todos. Y que luego los otros hicieran sentirse a Vegeta ridículo y él decidiera eliminar al objeto de su ridiculización. Pero estaba equivocada. Vegeta me sorprendió con el tiempo, muy al contrario de lo que yo pensaba, amaba a su hijo, y me amaba a mí, aunque no pudiera reconocérselo a sí mismo sino muchos años después, pasados los sinsabores de la desidia y de una pasión tormentosa.
Porque si hay algo que puede definir cómo nos amanos a su regreso es la palabra pasión, pasión ciega, desenfrenada, pasión que no entiende de enemigos o amigos, ni de familia o hijos. Amor en estado salvaje… tan salvaje como el Super Saiyajin en el que se transformó.
Estaba dormida. Trunks tenía apenas un mes de nacido. Era un niño muy bueno, no lloraba casi nunca por las noches, pero debía levantarme a amamantarlo cada dos por tres, era una tortura seguir aquellos horarios tan esclavos. Yo siempre he trasnochado, pero iba a mi aire, libre, algo desorganizadilla, un poco trasteando las horas. Todo eso había cambiado para siempre.
Escuché un ruido, sentí un temblor en mi cama que se extendió a todo el cuerpo. Era él, había vuelto, Vegeta, el Vegeta que odiaba, el que amaba, el que quería ver sufrir, a quien quería enloquecer de amor, mi príncipe gris, oscuro, sin piedad…
Corrí por el pasillo, apenas llevaba una camisa, no me importó. Bajé las escaleras y mis zapatillas de andar por casa se quedaron en la carrera a la mitad de los pasillos. Salí al jardín y sentí el frío del rocío mojando mis pies descalzos. La nave había aterrizado. No amanecía aún, pero clareaba y sentí de pronto, que un nuevo día llegaba a mi vida. Pero no quise hacerme demasiadas ilusiones, con Vegeta no era posible planificar nada…
Bajó orgulloso, magullado, quise correr a ver si estaba herido pero me contuve. Aguardé al final de la interminable pasarela de descenso, a una distancia prudencial, con una gélida mirada. Vegeta me miraba fijamente como si quisiera penetrar en mi alma. Sonreía triunfalmente a su vuelta, como un general que ha vencido en una gran batalla.
Cuando paró a mi altura pregunté con seriedad - ¿Lo has conseguido? ¿Eres ya un Super Saiyajin?
Sonrió retorcidamente, con esa forma que él y sólo él es posible que hacer, y después mi hija. Y al final toda la familia acabamos sonriendo un poco de aquella manera, al paso de muchos años, muchos… Se alejó de mi caminando hacia la casa como si pasara de largo. Iba a volverme para golpearle, agarrarle el pelo, ahogarle, tirotearle, matarlo, cuando frenó en sus pasos y dijo serio, apuesto que emocionado - ¿De veras quieres verlo?
Mi enojo se esfumó por un instante cediendo a la curiosidad que me producía aquella revelación. Dios mío, era el padre de mi hijo, Trunks podría convertirse cómo él cuando fuese mayor. – Si.
Se volvió, me dijo que me apartase con un grito, y acumuló en su cuerpo una energía arrolladora que provocó un cráter en el suelo y me hizo hincarme de rodillas en la hierba sin poder apartar los ojos de la luz cegadora que le envolvía. Estaba hechizada, sentía la electricidad en el ambiente, podía percibir su energía rodeándome, grandiosa, asediándome, enloqueciéndome. - ¡VEGETA! – grité y ya era oro lo que le envolvía.
Sus ojos eran dos témpanos azules, su pelo, parecía piedra brillante. Desprendía haces de luz que rivalizaban con el amanecer que comenzaba a despuntar y deslumbraba. Sonreí, lo había logrado, me sentí orgullosa de él. Pero Vegeta avanzó hasta mi, parecía contrariado, turbado… Me agarró de los hombros, me rasgó la ropa, miró mi vientre.
Dios mio, pensé, seguro que ha notado que he parido. Pero no, no era el caso. Le abofeteé. No hizo nada para parar el golpe que me dolió más a mi. Volví a abofetearle una y otra vez, quería, si no hacerle daño a él, romperme la mano contra su odioso rostro que tanto me había hecho sufrir. Estaba serio, mortalmente serio, como si se dispusiera a matarme. Entonces me agarró un pecho, lo exprimió y una gota de leche maternal manchó sus manos. Y entonces rió, probó el sabor de lo que manó a sus dedos y mirándome con lascivia me dijo:
- No sabes cómo me excita verte tan furiosa y brava. Eres valiente mujer. Podría matarte solo con la mirada…
Seguí golpeándole, nada me importaban mis delicadas manos casi amoratadas, ni mis adoloridos pies patada a patada.
- Te odio.
Rió en alto cuando escuchó que le odiaba. Y entonces me agarró la mano, miró el dorso herido, encerró mis manos entre sus férreos puños y algo de lo que hizo alivió el dolor que sentía. Creo que me transmitió parte de su energía. Y en ese instante, cuando me soltó nuevamente y disponía a volver a golpearle, agarró mi mano, me encerró contra su pecho duro como el mármol y caliente como una brasa. Y me besó, me caló su boca hirviente hasta el fondo de la garganta, me estrechó entre sus brazos como si fuese una cosa diminuta. No cesó de sostenerme y besarme los labios, el cuello y de nuevo la boca hasta que me rendí ante la evidencia de que no podía resistirme a él y me entregué nuevamente al delirio de su tacto.
Espero que os haya gustado el capítulo.
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Besitos. SUPERBRAVE
