Durante un largo año, la sacerdotisa de tan solo 13 años adiestró a Keitarô en el arte de la espada, cómo usar su báculo como arma, le enseñó cómo mover objetos con la mente y también a crear una barrera para evitar que las armas arrojadizas le hirieran. Dos meses más tarde de su decimoséptimo cumpleaños, en la época en la que conoció a Motoko, éste se presentó ante ella y le pidió expresamente un enfrentamiento para comprobar los efectos de las enseñanzas de la sacerdotisa, pero ésta casi se echa a reír.

-¿de verdad quieres enfrentarte a mí?

-me has enseñado el arte de la lucha, y he conseguido desarrollar mi poder. He aprendido cada una de tus enseñanzas y me he esforzado en igualar tu fuerza. Ahora estoy preparado para medirme contigo.

-¡osadas palabras, necio! La fuerza de la que dispones ahora no es equiparable ni de lejos a la mía. ¿O es que acaso has olvidado la habilidad que tus familiares te enseñaron para medir la fuerza sagrada durante este año?

-sé bien que, al igual que yo tengo la habilidad de detectarla, tú tienes la destreza de ocultarla. Tan solo muestras una fracción de tu fuerza para confundirme.

-si lo sabes, ¿por qué me retas?

-porque quiero comprobar esa fuerza por mí mismo.

Ella permaneció un momento en silencio y después sonrió.

-pobre iluso. ¿Realmente piensas que tu entrenamiento ha acabado?

Keitarô se sorprendió.

-lo bueno está por empezar, Keitarô.

-es hora de que aprendas cómo usar el zhao, tu poder sagrado como arma –le indicó Motoko al día siguiente –no creas que el poder que te han concedido los dioses se queda solo en hacer niñerías como mover objetos con la mente o protegerte de los ataques con una barrera, o que consiste meramente en incrementar tus cualidades físicas. Eso es solo el principio. Ahora comenzaremos a explotar el poder dormido que llevas dentro. Y para eso...

Motoko desenvainó su espada y dejó la saya (funda de madera de la katana) en la arena. Sin embargo no le tendió arma ninguna a Keitarô, lo que le extrañó bastante.

-¿no querías luchar, Keitarô? ¡Pues luchemos!

Sin mediar más palabras la joven arremetió una estocada contra él, con la que, de no haberse arrojado al suelo, ahora estaría sin cabeza.

-¿qué significa esto, Motoko? ¿Por qué no me das a mí una espada?

-porque tienes un arma mejor con la que defenderte.

Tras decir esto volvió a atacarle. Esta vez Keitarô hizo acopio de sus fuerzas y de sangre fría y evitó el ataque de la sacerdotisa creando una barrera. Sin embargo, tuvo que hacer un gran esfuerzo esta vez, porque no era lo mismo parar un objeto o un arma que ella le lanzaba a parar el poderoso ataque de la joven. Por fin, consiguió lanzarla por los aires, pero pronto vio que ella, además de caer de pié sin dificultad, ni siquiera tenía un rasguño.

-no ha estado mal, Keitarô, veamos si lo haces otra vez.

Una vez más corrió hacia él con la espada con intención de lanzar un ataque contra él, ataque que esta vez apenas consiguió parar y le alcanzó el brazo izquierdo, donde la espada le hizo un corte del que empezó a emanar la sangre. Tras eso, Motoko realizó un corte al aire para escurrir la sangre del filo de su espada, recogió la funda y la envainó.

-hemos acabado por hoy. Si mañana no quieres acabar con más heridas, estate atento la próxima vez.

¿Ese era el entrenamiento que le esperaba a partir de ahora? Casi prefería haberse callado el día anterior y no haber retado a Motoko. ¿Cómo era capaz de derrotar su barrera? Lo había intentado con todas sus fuerzas, pero bien sabía que fue ella quien detuvo su ataque la primera vez y por eso su barrera la rechazó con tal fuerza que la mandó despedida por los aires. Un año entero de entrenamiento... y apenas se había acercado a la fuerza de Motoko, y sin embargo, él había aumentado considerablemente su fuerza. Era normal que la joven se burlara de él, a su lado era insignificante. ¿Y él era el poseedor de la fuerza divina? ¿El elegido? ¿El salvador? El Hijo de la Luz... desde luego, por donde tenía que empezar era por ser humilde.

Durante los dos primeros meses de ese segundo año que pasaba en el santuario del viento, Motoko repitió cada día el mismo procedimiento de entrenamiento, y se sintió orgullosa al ver la tenacidad y las ganas que ponía su pupilo al aprendizaje y la gran resistencia que enseguida empezó a demostrar, esquivando sus ataques y permaneciendo más tiempo con la barrera, aumentando a su vez la fuerza de ésta. Sin embargo, tuvieron que dejar un mes en blanco debido a la gran cantidad de heridas infringidas a Keitarô con la espada. Al retomar los entrenamientos, Motoko cambió su espada por un bokken, es decir, una espada de madera, con la que sólo le hacía moratones o como mucho, podía provocarle alguna fractura.

Al sexto mes, durante un entrenamiento, Motoko aseguró que llegaba la hora, aunque Keitarô no entendía a lo que se refería. Lo único que pudo comprobar es que ella desplegó gran parte de su fuerza aquella tarde, tomó un semblante realmente serio y comenzó a embestir con agresividad, y él pudo a duras penas aguantar sus ataques. Sin embargo, la sacerdotisa apenas le dejaba un respiro, hasta que al fin le propinó un duro golpe en el costado que le dejó sin respiración varios segundos, arrodillado en el suelo. El combate había acabado.

-vamos, ¡levántate! –ordenó furiosa la sacerdotisa.

-¿qué?

Motoko no atendió a explicaciones y volvió a atacarle. Keitarô saltó lo más alto que pudo y pensó que se había librado, cuando de pronto vio que la chica saltó tras él. Sin embargo, aunque estaban más o menos a la misma altura, había una cierta distancia entre ellos. Pero algo le sorprendió. Él caía mucho más rápido que ella, que parecía casi flotar cuando, de pronto, ella comenzó a caer a una gran velocidad en dirección a él, como si se hubiera impulsado y hubiera cambiado la dirección de la caída a su antojo.

-¡imposible!

No pudo evitar el ataque y el golpe se lo llevó esta vez en el hombro. Cayó al suelo de pié, pero no pudo mantenerse y comenzó a rodar por el suelo hasta detenerse. Vio que Motoko estaba muy cerca y oía sus pasos caminar hacia él, cuando estuvo a su lado, la miró. No entendía nada.

-levanta –volvió a exigirle.

Esta vez, sin decir una palabra, hizo lo que la sacerdotisa le había mandado y se levantó como pudo.

-se acabaron las tonterías. Voy a conseguir que despiertes de una vez, aunque tenga que dejarte medio muerto.

La chica extendió una mano frente a Keitarô y un fuerte viento le golpeó de pronto lanzándole por los aires hasta pararse golpeándose fuertemente contra el tronco de un árbol. Cuando quiso recuperarse, ya tenía a la joven encima a punto de golpearle. Esta vez ni siquiera pudo hacer nada y la única reacción que tuvo fue cubrirse la cabeza con los brazos. Lo siguiente fue un gran grito de dolor, ya que había parado el golpe con el brazo derecho. Se le saltaron las lágrimas del dolor y se encogió en el suelo, arrodillado. Motoko tomó el bokken con la mano izquierda en señal de que el combate había acabado y observó las consecuencias de su último ataque. Keitarô se había roto el brazo.