En el santuario le entablillaron y vendaron el brazo roto, y pasó el resto del día en reposo. La noche le fue dura, le dolía el brazo a horrores y apenas pudo dormir. A la mañana siguiente parecía haberse calmado al menos un poco, o tal vez también se debiera a que el resto de los golpes también le hacían mella y notaba menos el dolor del brazo, lo que estaba claro es que apenas podía moverse. No cruzó palabra en todo el día con la sacerdotisa, sobre todo porque ella ni siquiera le miraba a la cara ni le preguntó por su estado. Era normal. Él no era más que su pupilo, y por muy elegido que fuera, ahora mismo no era más que un simple monje que no sabía cómo usar su poder. Sin embargo, por la tarde ella se acercó a él y le pidió que la acompañara. Lo siguiente que hizo fue llevarle fuera y coger su bokken.
-prepárate, vamos a empezar –indicó la chica.
-pe... pero no puedo entrenar, tengo el brazo roto –argumentó el chico.
-¿y eso a mí qué me importa?
Keitarô se sorprendió al escuchar esas palabras.
-Me han asignado la misión de adiestrarte, y es lo que voy a hacer. Así que estés listo o no, voy a empezar, así que empieza a entrar en situación o acabaré rompiéndote el otro brazo.
Y llegó el primer ataque, que tuvo que esquivar saltando.
-¿vas a estar huyendo toda la tarde, Keitarô, o piensas contraatacar?
¿Cómo iba a contraatacar teniendo ella un arma y él un brazo roto? Pero si no quería salir peor parado, debía intentarlo. A la caída, comenzó a caer de cabeza hacia Motoko, que desplegó su barrera, y él contestó con otra produciéndose un choque entre ambos. Keitarô puso todas sus fuerzas en derrotar la barrera de Motoko, era su única oportunidad... con un grito desplegó toda su energía e invadió a la chica, la golpeó y se llevó su arma, y rodó en el suelo hasta volver a posicionarse esta vez con el bokken en la mano, preparándose para ser él quien atacara esta vez. Comenzó a correr cargando contra ella, preparándose para atacar.
-no ha estado mal, Keitarô.
Lanzó su ataque y, como era de esperar, ella lo paró momentáneamente con su barrera. Pero no, esta vez no, esta vez ganaría él.
-sin embargo, no es suficiente para derrotarme.
De pronto él pudo ver un destello luminoso que comenzó a aflorar de la palma de la mano de la sacerdotisa. Extendió la mano frente a él y una fuerte ráfaga de energía le hizo salir despedido, destrozando el arma de madera y dejándole derrotado en el suelo. ¿Qué demonios había sido eso? Con mucho esfuerzo, se incorporó un poco y se acunó el brazo, que había vuelto a resentirse.
-ahora me toca a mí –dijo la sacerdotisa.
Cogió de nuevo su katana y la desenfundó, apartando el saya a un lado. Sabía que no era una broma, y que estaba a punto de cargar contra él, y si no se defendía, resultaría seriamente herido, podían incluso expulsarle del santuario del viento y dejar de impartirle los entrenamientos. Motoko colocó su espada lateralmente y comenzó a correr en dirección a Keitarô, con el semblante serio, sin fruncir apenas el ceño, pero sabía que en el último momento ella desplegaría todo su poder. Intentó disfrutar de la escena por si era lo último que veía. La joven lucía preciosa vestida con las ropas típicas orientales, con su hakama roja y el haori blanco, la espada en la mano, el pelo negro bailando libre al viento y esos ojos verdosos tan profundos como impenetrables. Recordó su familia, a la que tanto echaba de menos, y les pidió perdón avergonzado por ser tan débil. Había llegado la hora de la verdad. Notó cómo la chica tensó todos los músculos de su cuerpo y un fuerte viento se desató a su alrededor. Él se levantó del suelo y se preparó para recibir el ataque. La suerte estaba echada.
De nuevo un choque. Una medida de fuerzas. Cuerpo a cuerpo. Keitarô comenzó enseguida a ceder terreno y la hoja de la espada se acercaba poco a poco a su piel hasta tomar contacto en su cuello. Notó enseguida cómo el filo se hundía muy poco a poco en su carne, dejado correr libre la sangre, pero sin poder detener el progreso de la espada.
-¡Keitarô! –gritó la chica.
Él la miró y se asombró al verla llorar. ¿Qué significaba eso?
-por favor –rogó ella-, no me hagas matarte. ¡Tienes que reaccionar!
Pero en contradicción de sus lágrimas, ella aumentó la fuerza de su ataque. Sin embargo, las palabras habían calado en Keitarô y ya habían hecho su efecto. De pronto la katana saltó de sus manos por una fuerza extraña, Motoko miró al chico y se asustó al ver en su mirada unos ojos fríos vacíos de sentimientos. Después, el joven lanzó un poderoso grito al cielo, apretó los puños con fuerza y se desató una enorme fuerza envuelta en una luz cegadora de su interior que hirió a Motoko, proyectándola por el cielo y rasgó sus ropas hasta dejarla casi desnuda. Cayó de golpe al suelo y, con el grito estremecedor de Keitarô de fondo, sonrió.
-por fin... –susurró-, el despertar del Hijo de la Luz. Aún hay esperanza. Nunca pensé que la fuerza que decían que poseía fuera tan fuerte.
Después de decir esto, Motoko se desmayó.
