Durante el siguiente año y medio, Motoko enseñó a Keitarô a controlar su zhao, a levitar (como había hecho ella cuando a Keitarô le pareció que volaba) y a concentrar la energía del zhao hasta materializarlo para usarlo como arma, que era la auténtica finalidad del entrenamiento. Cuando cumplió los 19 años, había progresado muy notablemente y vencía a Motoko con facilidad. Había madurado mucho en su técnica, y aunque Motoko también había progresado, había llegado al límite de su fuerza y ahora su alumno se había convertido en maestro. Podía ver cómo dominaba las técnicas que a ella le habían costado años aprender con una facilidad que parecía haber sido adiestrado desde niño, incluso él mismo inventaba movimientos y se movía con la agilidad de un gato, y utilizaba su fuerza con la astucia de un zorro, previendo los movimientos de su adversario y utilizando únicamente las energías que necesitaba para vencer rápidamente. El día que hizo tres años que abandonó su casa, Motoko le dijo que su entrenamiento había finalizado. Ya no podía enseñarle más. Ahora debía regresar con su familia y recibir órdenes sobre lo que debía hacer a continuación. Su última orden como sensei fue que se marchara.

-fuera de las puertas de este templo tú eres ahora mi superior, te presento mis respetos –dijo ella a la despedida del chico con una reverencia- te has convertido en un hombre, Keitarô, y en un gran guerrero.

Keitarô la miró a los ojos serio. Por una vez, pudo ver su alma a través de ellos, y tan solo era una joven de dieciséis años, la misma edad con la que había llegado al templo, pero también era una mujer con la entereza de los grandes guerreros.

-ven conmigo. Acompáñame en mi misión –le pidió.

-no puedo hacer eso...

-ya no tienes nada que hacer aquí. Has cumplido la misión que te encomendaron y me has enseñado. ¿Qué sentido tiene ahora tu vida, cuando ya has realizado tu cometido? Por favor, Motoko, acompáñame.

Tenía razón. Su misión en este mundo ya estaba cumplida. Ya sólo le quedaba permanecer recluida en el templo y esperar a que su familia la casara. Así que con total convencimiento aceptó la proposición y se marchó con él. Tres días más tarde llegaron a las tierras del clan de los Urashima, donde recibieron a Keitarô con todos los honores. Su madre le abrazó con lágrimas en los ojos, y le dijo que cuando le dejó partir se marchó como un niño, y había vuelto como un hombre, con el cuerpo desarrollado, el pelo ligeramente más largo y las facciones del rostro más marcadas, y mucho más seguro de sí mismo. Eso por no hablar de la gran fuerza que había logrado adquirir.

-bienvenido a casa, Keitarô.

Él miró hacia la persona que le había saludado y sonrió con dulzura.

-gracias, Mutsumi –respondió.

Se había convertido en toda una mujer desde que se fue de su aldea. Era normal, porque por aquel entonces tenía también dieciséis años y aún tenía el cuerpo de una adolescente sin desarrollar.

-estas guapísima –piropeó él –Oh, Motoko, te presento a Mutsumi Otohime, mi prometida.

-¿pro... metida? –saludó educadamente y apartó la vista –su prometida... –susurró esta vez.

"está claro que tienen que continuar la estirpe", pensó Motoko. No podía evitar estar enamorada de Keitarô después de pasar tres años entrenándole, viendo cómo su cuerpo cambiaba, cómo progresaba, respirando el mismo aire que él, comiendo la misma comida que él, compartiendo el mismo tiempo... pero tenerle era apenas un sueño.

Lo siguiente que hizo Keitarô fue alojar a Motoko en una habitación de su casa, cerca de él para que estuviera bien atendida y le enseñó el pueblo. El resto del día lo pasó con todos sus familiares a los que tanto había echado de menos. Por la noche, la sacerdotisa no podía dormir, y tan solo podía contemplar la luna. De pronto oyó cómo alguien corría la puerta. Era Keitarô.

-he venido por si necesitabas algo. Ya veo que no puedes dormir... te pasa lo que a mí. Acostumbrados a dormir en el santuario estos años...

-sí –respondió únicamente la chica.

Se produjo un silencio.

-si no necesitas nada, me marcharé a descansar.

-Keitarô –llamó, y él se detuvo, ella no le miraba –aún hay técnicas de zhao que no conoces, si quieres puedo enseñarte los secretos del dios del viento, a cambio de que tú también me enseñes a mí.

-pero yo no tengo nada que enseñarte...

-hay una cosa en la que puedes instruirme –dijo la joven.

-¿de qué se trata?

-nadie me ha enseñado el arte del amor –confesó Motoko. El corazón le palpitaba muy deprisa, pero ya no tenía dudas –quiero que seas tú quien me haga una mujer, Keitarô.

Esta vez sí le miró a los ojos. Él no dijo nada y tan solo se arrodilló al lado de la joven sacerdotisa. En realidad, esa era la razón por la que había ido a visitarla a tan altas horas de la noche. Desde que la vio con apenas trece años había algo en ella que le había atraído, y ahora se estaba convirtiendo en una mujer, y él lo había estado viendo día tras día, aumentando el deseo que sentía por ella. Sin volver a mediar palabra, él la besó por primera vez y la trató con cuidado. Le quitó el leve kimono que tenía para dormir y su cuerpo quedó desnudo, acariciado por la luz de la luna, después se quitó el suyo propio y, despacio, con cuidado y dulzura, le hizo el amor. Después, se quedaron dormidos agotados por el cansancio del viaje y la excitación, abrazados piel con piel. Sin embargo, cuando Motoko despertó a la mañana siguiente, él ya no estaba. Por supuesto, aunque mantuvieran un romance, sólo podía quedarse en eso. Él tenía un compromiso con su clan, y además, aunque había sido muy dulce con ella y sabía que le tenía mucho afecto, no estaba enamorado de ella. Aunque para ella había sido suficiente, se conformaba con tenerle aunque fuera de esa manera y tuviera que compartirle con Mutsumi, no le importaba. Solo deseaba que llegara la siguiente vez que estuvieran solos en la intimidad.

Esa mañana, los viejos del templo le encomendaron una nueva misión a Keitarô. Debía reunir fuerzas para la lucha, ya que el bando de los demonios estaba haciendo acopio de sus mejores guerreros para apoyar en la batalla al Hijo de la Sombra, así que le mandó viajar al norte, donde se encontraba el clan de los Suu, conocedores de los secretos del fuego, para que uniera a sus filas a la hija menor del matrimonio del clan, que había sido dotada de una gran fuerza con poca edad, de modo que ese mismo día se llevó lo más indispensable e hizo que Mutsumi y Motoko le acompañaran en su viaje. Fueron cinco días de camino completos, parando a descansar lo justo para comer y reunir fuerzas. Al llegar, no tuvieron ni que explicar la situación a la familia de por qué debían quitarle a su hija menor, llamada Kaolla, y llevarla con ellos. Además, les dieron información valiosa, y le dijeron a Keitarô que a un día de camino se encontraba una aldea donde vivía una mujer que parecía poseer la bendición del dios del hielo, una superviviente de la estirpe Konno, que fue erradicada por los demonios hacía diecisiete años en celebración por el nacimiento de su particular salvador. Y así, tras unir a sus filas a Kaolla Suu y Mitsune Konno, que se cambió el nombre por Kitsune para no ser descubierta por los demonios, regresó de nuevo a casa, donde Motoko y Keitarô prosiguieron con sus particulares lecciones en el dormitorio, y el joven iba asimilando y absorbiendo los secretos de las técnicas del fuego con Kaolla, del viento con Motoko, del hielo con Kitsune y del agua con Mutsumi.