Dos meses más tarde, de pronto Keitarô se despertó muy alterado de un sueño. Miró a su alrededor, todavía era noche cerrada. Aún tenía a Motoko entre sus brazos, y al mirar su rostro relajado, sonrió, y se levantó del futón con cuidado de no despertarla, tras vestirse con el kimono de dormir se dirigió al templo, casi sin saber por qué. Hacía mucho que no rezaba a sus dioses. De pronto, cuando estaba arrodillado rezando en silencio, tuvo una visión: la sala se llenó de luz y pudo ver la extraña figura de seis individuos que no tenían forma humana ni animal, no acertaba a verlos ni a poder distinguir sus formas. Entonces entendió que estaba viendo a los dioses del cielo y la tierra.
-Hijo de la Luz, será pronto –anunciaron los dioses –la batalla se acerca. Será dentro de tres meses, cuando caiga la flor del cerezo. Estate preparado entonces.
Y tras eso, los dioses le devolvieron al templo. Tres meses. Regresó a la casa y fue a su habitación, comprobando antes que Motoko había cambiado de posición, de modo que se había percatado de que él ya no estaba a su lado.
Durante los tres meses siguientes que debían pasar según la profecía de los dioses, Keitarô entrenó duramente con todas las chicas, hasta aprender una por una todas las técnicas de los distintos elementos naturales, incluso llegando a conseguir sacar a la luz técnicas del dios del sol y la diosa de la luna que estaban muy dentro de él. Al fin y al cabo él tenía la sangre de las seis familias que fueron bendecidas con el poder de los dioses, y sus padres eran siervos del dios del sol. Por fin, una mañana contemplando la aldea, vio caer el primer pétalo de flor de cerezo. La batalla estaba a punto de empezar.
-di... disculpe.
-¿mmm?
Era una niña. Tenía los ojos azules, del mismo tono que su pelo que caía en media melena, y era muy guapa, solo que parecía muy tímida.
-¿te has perdido?
De pronto la niña cambió totalmente el gesto de su cara. Le dio un escalofrío solo de mirar ahora sus ojos, fríos como un lago en invierno.
-tengo un mensaje para ti –le dijo.
La niña se acercó a Keitarô y le dijo al oído:
-estás muerto.
Al segundo y sin siquiera percibirlo, la niña estaba a diez metros de él.
-con todo su afecto, de parte del Hijo de la Sombra –le dijo con rostro afable, pero escondiendo una sonrisa malévola.
-¿quién eres?
La niña rió.
-soy la sirvienta... del dios del caos. Mi nombre es Shinobu.
Y tan pronto como había aparecido, desapareció.
Ya había empezado.
